Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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50 • Enero - Junio 2010 • Pág. 100
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Conferencia “Identidad sacerdotal, piedad sacerdotal”, dirigida al clero de Valencia, España (5-II-2010)

Con alegría y con deseos de aprender de todos, he acogido la invitación de Mons. Carlos Osoro para dirigir unas palabras a los sacerdotes de esta Archidiócesis, con motivo del Año sacerdotal. Si siempre me causa alegría reunirme con mis hermanos en el sacerdocio, en este caso se añade el hecho de encontrarme en Valencia, tierra que San Josemaría Escrivá de Balaguer llevaba muy dentro del corazón.

Hay muchos motivos que dan razón de este especial afecto de San Josemaría a Valencia. Aquí, en efecto, tuvo lugar la primera expansión del Opus Dei fuera de Madrid, donde había nacido el 2 de octubre de 1928. A esta ciudad viajó con frecuencia el Fundador de la Obra, antes y después del conflicto que flageló el país, para poner las bases de la labor apostólica; de aquí salieron algunas de las primeras personas —hombres y mujeres— llamados por Dios al Opus Dei; aquí predicó varios cursos de retiro espiritual —también a seminaristas y a sacerdotes—, ya desde 1939, y mantuvo una amistad fraterna con sacerdotes ejemplares.

Sin la pretensión de una enumeración exhaustiva, me gustaría recordar a algunos de esos grandes servidores de la Iglesia. En primer lugar, al Arzobispo don Prudencio Melo y Alcalde, que le urgía con frecuencia a comenzar la labor estable de la Obra en esta Archidiócesis; a don Antonio Rodilla, Vicario General y luego Rector del Seminario, que le pidió que dirigiera cursos de retiro a los sacerdotes, a los seminaristas, a los universitarios; al Siervo de Dios don Eladio España, sacerdote con gran fama de confesor, que enviaba a San Josemaría a los jóvenes deseosos de recibir una formación más honda en la fe y en la vida cristiana. También a don Joaquín Mestre, secretario del Arzobispo don Marcelino Olaechea, testigo de la fama de santidad que el Fundador de la Obra gozó en vida. En el proceso canónico para la beatificación del Fundador del Opus Dei, don Joaquín Mestre testimonió lo que le repetía don Marcelino al final de su vida: “Si yo muero antes que don Josemaría, di que siempre lo he considerado un sacerdote santo”. Igualmente trató a don José María García Lahiguera y al queridísimo don Miguel Roca. A don José María le guardó un particular agradecimiento, porque le acogió fraternalmente cuando era blanco de la incomprensión de los buenos; a don Miguel le trató con cariño paterno y le orientó hacia el sacerdocio.

Estos breves recuerdos nos sitúan en el ámbito en el que desean moverse las presentes consideraciones: mostrar que la piedad sacerdotal, que dimana de sabernos alter Christus, ipse Christus, es condición necesaria para la eficacia de nuestro ministerio en servicio de las almas. Bien podemos hacer nuestras las palabras que San Josemaría escribió en uno de sus libros: «Dios mío, veo que no te aceptaré como mi Salvador, si no te reconozco al mismo tiempo como Modelo».

1. El sacerdocio de Cristo, único sacerdocio de la Nueva Alianza

Desde sus primeras líneas, el decreto Presbyterorum Ordinis del Concilio Vaticano II pone de manifiesto que «el Señor Jesús, “a quien el Padre santificó y envió al mundo” (Jn 10, 36), hace partícipe a todo su Cuerpo místico de la unción del Espíritu con que Él fue ungido (cfr. Mt 3, 16; Lc 4, 18; Hch 4, 27; 10, 38)». Esta verdad fundamenta una enseñanza basilar sobre la naturaleza de la Iglesia: la participación de todos los cristianos en la unción y en la obra salvadora de Cristo, es decir, en su Sumo Sacerdocio. En efecto, glosando palabras de la primera Epístola de San Pedro, el Concilio prosigue: «En Cristo todos los fieles son hechos sacerdocio santo y real, ofrecen sacrificios espirituales a Dios, por medio de Jesucristo, y anuncian el poder de quien los llamó de las tinieblas a su luz admirable (cfr. 1 Pe 2, 5.9). No hay, pues, miembro alguno que no tenga su cometido en la misión de todo el Cuerpo, sino que cada uno debe glorificar a Jesús en su corazón (cfr. 1 Pe 3, 15) y dar testimonio de Él con espíritu de profecía (cfr. Ap 19, 10)».

Conservo muy vivo el recuerdo del gozo con que San Josemaría acogió esta enseñanza conciliar, ya que, con su ministerio sacerdotal, llevaba difundiendo esta espléndida realidad durante más de siete lustros. Por eso, coincido plenamente con quienes consideran a este santo sacerdote como precursor del Concilio en esta doctrina, tan central para la espiritualidad laical en la Iglesia, y en otros aspectos de la doctrina cristiana, contenidos en los documentos de esta Asamblea ecuménica, como la llamada universal a la santidad.

El decreto Presbyterorum Ordinis añade inmediatamente que el mismo Señor «constituyó entre ellos [entre los bautizados] a algunos ministros que, en la sociedad de los fieles, tuvieran la sagrada potestad del Orden, para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados (cfr. Conc. Trident. sess. 23, cap. 1 y can. 1: Denz. 1764 y 1771), y desempeñaran públicamente, el oficio sacerdotal en nombre de Cristo, en favor de los hombres». Sobre esta base, quisiera destacar algunas consecuencias para nuestra vida y nuestra misión sacerdotal.

Comencemos por recordar que todo sacerdocio en la Iglesia es participación del único sacerdocio de Jesucristo, según muestra admirablemente la carta a los Hebreos. Dios, llegada «la plenitud de los tiempos», quiso suscitar un nuevo sacerdocio que sustituyera el sacerdocio levítico. Este último era bueno y conveniente para el tiempo en que había sido establecido, pero estaba destinado a desaparecer cuando hubiera cumplido su cometido de preparación del sacerdocio eterno e inmutable de Cristo, sacerdocio nuevo «según el orden de Melquisedec» (cfr. Hb 5, 6.10; 6, 20; 7, 1-3.11-17).

El autor de la carta expone los motivos por los que, ya en la antigua Ley, el sacerdocio de Melquisedec se demostró superior al sacerdocio levítico; y también las razones intrínsecas de la superioridad del sacerdocio de Cristo —perfecto, indefectible y eterno—, sellado por Dios mediante juramento. Concluye subrayando que sólo Cristo podía encarnar tal sacerdocio: «Nos convenía que el Sumo Sacerdote fuera santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores y encumbrado por encima de los cielos; que no tiene necesidad de ofrecer todos los días, como aquellos sumos sacerdotes, primero unas víctimas por sus propios pecados y luego por los del pueblo, porque esto lo hizo una vez para siempre cuando se ofreció a sí mismo» (Hb 7, 26-27).

A Cristo le convenía el Sumo Sacerdocio porque era —y lo es in æternum—, como Hijo de Dios, santo e inmaculado. Si la carta añade la expresión «separado de los pecadores», no es porque se hubiera alejado de nosotros, los hombres, sus hermanos —pues vino a buscar lo que se había perdido (cfr. Lc 15, 1ss)—, sino porque careció de toda mancha de pecado (cfr. Hb 4, 15). El autor de la epístola a los Hebreos señala, por otra parte, que Cristo «con una sola oblación, hizo perfectos para siempre a los que son santificados» (Hb 10, 14) aludiendo con esta frase al único sacrificio verdaderamente redentor, el de la Cruz.

La expresión «hizo perfectos» define una fórmula de profundo contenido teológico, pues encierra la idea de «perfección», «plenitud», «consagración», «santificación». La correspondiente expresión hebrea se utilizaba para la unción de los sacerdotes de la Antigua Alianza, y para la consagración del Templo. Además —conviene señalarlo— es la “última palabra” que Jesús pronunció desde la Cruz: «Todo se ha cumplido» (Jn 19, 30).

En definitiva, el autor de la carta a los Hebreos quiere decirnos que Cristo realizó un sacrificio de tal eficacia —infinita— que los que participan con sinceridad de corazón cuando se hace presente en el altar, pueden alcanzar la perfección, la santidad de vida, el perdón de los pecados, la pureza de conciencia, el acceso a la vida íntima de Dios. Merced a la ofrenda hecha por Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, cabe repetir —con palabras de San Josemaría pronunciadas en una homilía del Viernes Santo— que «el abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a los hombres (...). Podemos imaginar —para acercarnos de algún modo a este misterio insondable— que la Trinidad Beatísima se reúne en consejo, en su continua relación íntima de amor inmenso y, como resultado de esa decisión eterna, el Hijo Unigénito de Dios Padre asume nuestra condición humana, carga sobre sí nuestras miserias y nuestros dolores, para acabar cosido con clavos a un madero». Pero vence con su resurrección, y así resultan muy esperanzadoras las palabras del final de la homilía: «Nos llamaremos vencedores: porque Cristo resucitado vencerá en nosotros, y la muerte se transformará en vida».

2. Coordenadas del ministerio sacerdotal

La condición de los presbíteros está caracterizada por una dimensión profundamente cristológica, razón por la que toda la vida sacerdotal ha de ser un reflejo de la santidad, autoridad y donación sin límites de Cristo. A esto se une, de modo inseparable, la dimensión eclesiológica, por la que todo el quehacer sacerdotal se debe orientar al servicio del pueblo de Dios, a la santificación de los hombres. Por eso, sin dejar lugar a dudas, con una fe profunda, San Josemaría comentaba, haciéndose esta pregunta: ¿que cuál es la identidad del sacerdote?; la de Cristo, que quiere perpetuar su sacerdocio —el único sacerdocio— a través de sus ministros.

a) Perspectiva cristológica del ministerio sacerdotal

Ya que el sacerdocio de los presbíteros deriva directamente del sacerdocio de Cristo, su ministerio en la Iglesia debe estar en relación íntima e inmediata con ese sacerdocio: «Somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros», escribe San Pablo a los Corintios (2 Cor 5, 20). El decreto conciliar lo subraya con estas palabras: «Por la ordenación sagrada y por la misión que reciben de los obispos, los presbíteros son promovidos para servir a Cristo, Maestro, Sacerdote y Rey, de cuyo ministerio participan». El Señor se sirve de los sacerdotes para mantener su presencia vital en la Iglesia, según su promesa: «Sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

En este sentido, resulta muy significativo que, en su primer encuentro con el clero de Roma, el 13 de mayo de 2005, Benedicto XVI señalara como punto determinante: «Es indispensable volver siempre de nuevo a la raíz de nuestro sacerdocio. Como bien nos consta, esta raíz es una sola: Jesucristo nuestro Señor». Y añadía el Romano Pontífice: «Pero este Jesús no tiene nada que le pertenezca; es totalmente del Padre y para el Padre». De ahí sacaba el Papa la consecuencia para cada uno de nosotros: «Esta es también la verdadera naturaleza de nuestro sacerdocio. En realidad, todo lo que constituye nuestro ministerio no puede ser producto de nuestra capacidad personal». El Santo Padre descendía a resoluciones concretas: «No hemos sido enviados a anunciarnos a nosotros mismos o nuestras opiniones personales, sino el misterio de Cristo (...). Nuestra misión no consiste en decir muchas palabras, sino en hacernos eco y ser portavoces de una sola “Palabra”, que es el Verbo de Dios hecho carne por nuestra salvación».

Así pues, realizarse como sacerdote significa estar plenamente unido a Cristo, identificarse con Él en el ministerio sacerdotal y en toda la conducta. Se trata de ser transparentes, para que los fieles vean al Maestro, al Redentor, sin sentirse atraídos a fijar su mirada en la persona del sacerdote. A este propósito, me parece altamente significativo un hecho sucedido en esta tierra valenciana. Lo narra una de las primeras mujeres del Opus Dei, Encarnación Ortega, cuyo proceso de beatificación se halla en curso, que asistió a un curso de retiro para universitarias predicado por San Josemaría en Alacuás, donde las Operarias Doctrineras tenían una casa de ejercicios.

Encarnita, entonces joven de veintiún años, había acudido a aquellos días de retiro movida por el deseo —o quizá la curiosidad— de conocer al autor de Camino, un libro que le había causado un profundo impacto. Después del fallecimiento de San Josemaría redactó un testimonio en el que muestra cómo le impresionó la figura de este sacerdote, incluso antes de oírle predicar. Escribe: «Su recogimiento, lleno de naturalidad, su genuflexión ante el Sagrario y el modo de desentrañarnos la oración preparatoria de la meditación, animándonos a ser conscientes de que el Señor estaba allí, y nos miraba y nos escuchaba, me hizo olvidar inmediatamente mis deseos de escuchar a un gran orador y se cambiaron por la necesidad de escuchar a Dios y de ser generosa con Él».

Plenamente congruente con ese comportamiento es el siguiente consejo de San Josemaría: «Me parece que a los sacerdotes se nos pide la humildad de aprender a no estar de moda, de ser realmente siervos de los siervos de Dios —acordándonos de aquel grito del Bautista: illum oportet crescere, me autem minui (Jn 3, 30); conviene que Cristo crezca y que yo disminuya—, para que los cristianos corrientes, los laicos, hagan presente, en todos los ambientes de la sociedad, a Cristo».

b) Perspectiva eclesiológica

Volvamos a la carta a los Hebreos, al capítulo 5. En primer lugar, se detiene en el sacerdocio levítico, pero algunos de los trazos que ahí expone son perennes: «Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede compadecerse de los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está rodeado de debilidad, y a causa de ella debe ofrecer expiación por los pecados, tanto por los del pueblo como por los suyos. Y nadie se atribuye este honor, sino el que es llamado por Dios, como Aarón. De igual modo, Cristo no se apropió la gloria de ser Sumo Sacerdote, sino que se la otorgó el que le dijo: “Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy”. Asimismo, en otro lugar, dice también: “Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec”» (Hb 5, 1-6).

Estas palabras trazan y describen la misión que corresponde al sacerdote en la Iglesia, en armonía con su ser y su vivir en Cristo. El ministerio sacerdotal se caracteriza porque es profundamente eclesial. El presbítero, «escogido de entre los hombres» por una vocación divina, que se actúa en la recepción del sacramento del Orden, queda «constituido a favor de los hombres»: ordenado al bien de toda la humanidad. No a un bien terreno, aunque no se desinterese de la felicidad temporal; pero no es eso lo que define su misión, sino «lo que se refiere a Dios». Como calificará San Pablo a Timoteo, el sacerdote es un «hombre de Dios» (1 Tm 6, 11). Y, como repetía San Josemaría a lo largo de su vida, parafraseando al Apóstol: tenemos que predicar a Cristo, a Cristo crucificado, que es Amor del Cielo por cada criatura.

En el citado encuentro con el clero romano, Benedicto XVI puso de relieve que, «al tener su raíz en Cristo, el sacerdocio es, por su misma naturaleza, en la Iglesia y para la Iglesia (...). Tiene una relación constitutiva con el cuerpo de Cristo, en su doble e inseparable dimensión de Eucaristía e Iglesia, de cuerpo eucarístico y cuerpo eclesial. Por eso, nuestro ministerio es amoris officium (San Agustín, In Ioann. ev. tract. 123, 5), es el oficio del buen pastor, que da su vida por las ovejas (cfr. Jn 10, 14-15)»; y lo cumple gozosamente, consciente de esa maravillosa realidad, pues cada uno es sacerdos in æternum: hoy, ahora y para siempre.

Sobre este deber de ser “buen pastor” a semejanza del Buen Pastor, Cristo, insiste el Papa en la homilía de una Misa de ordenaciones presbiterales, donde manifestaba «las tres afirmaciones fundamentales de Jesús sobre el buen pastor». La primera es que el pastor da su vida por las ovejas. «Debemos entregarla día a día, explicaba el Santo Padre. Debo aprender jornada tras jornada que yo no poseo mi vida para mí mismo. Día a día debo aprender a desprenderme de mí mismo, a estar a disposición del Señor para lo que necesite de mí en cada momento, aunque otras cosas me parezcan más atractivas y más importantes».

La segunda afirmación es que el buen Pastor conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen a Él (cfr. Jn 10, 14-15). «Esto implica ante todo actuar en una profunda relación con Cristo y, por medio de Él, con el Padre, como condición imprescindible para comprender verdaderamente a los hombres y poder acompañarlos en sus necesidades e interrogantes (...). Ha de ser un conocimiento con el corazón de Jesús, un conocimiento orientado a Él, un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto».

La tercera característica es: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las debo atraer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor» (Jn 10, 16). Y el Papa concluye: «Obviamente, un sacerdote, un pastor de almas, debe preocuparse ante todo por los que creen y viven con la Iglesia (...). Sin embargo, como dice el Señor, también debemos salir siempre de nuevo “a los caminos y cercados” (Lc 14, 23) para llevar la invitación de Dios a su banquete también a los hombres que hasta ahora no han oído hablar para nada de Él o no han sido tocados interiormente por Él».

En este contexto me parecen muy significativas otras palabras de San Josemaría, con las que salía al paso de la equivocación de quienes «piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote —decía—, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aún de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo —labor sacerdotal en este caso—, la caridad, la educación, la delicadeza en el trato. Pero, junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal».

Luego ejemplificaba lo que se halla implícito en esas afirmaciones: «Esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los Sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean (cfr. Presbyterorum Ordinis, n. 6), que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que —aunque conociese perfectamente— no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados».

Estas consideraciones nos permiten adentrarnos en la tercera parte de nuestra exposición.

3. Algunas constantes propias de la vida sacerdotal

Al hablar del ministerio de los presbíteros, el decreto Presbyterorum Ordinis, recuerda como funciones primordiales, en relación con los tria munera Christi, el ministerio de la palabra, el de los sacramentos, y el de regir al pueblo de Dios.

a) Ministerio de la palabra

La comunidad cristiana, explica el decreto conciliar, «se congrega, ante todo, por la palabra de Dios vivo, que con todo derecho hay que esperar de la boca de los sacerdotes. Pues, como nadie puede salvarse, si antes no cree, los presbíteros, como cooperadores de los obispos, tienen como obligación principal el anunciar a todos el Evangelio de Dios». Existe, pues, un deber ineludible de transmitir la “palabra de Dios”, para que la fe alcance a todos los hombres de cualquier raza y condición. Su fundamento está en el mandato de Jesús a los Apóstoles y a los que habrían de continuar su misión en el tiempo: anunciar el “evangelio”, la “buena nueva” del Reino que había quedado instaurado con su venida. Con claras luces lo entendió el Apóstol de las gentes, cuando afirmaba: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara!» (1 Cor 9, 16).

No es éste el momento de detenernos en el modo de llevar a cabo el ministerio de la palabra, tarea que —según las circunstancias de personas, lugares y tiempos— puede presentar formas muy variadas, entre las que ocupa un lugar principal la homilía. Pero juzgo de enorme interés aludir a que el sacerdote, en cuanto enviado por Jesucristo a anunciar el mensaje evangélico, debe fomentar vivamente la «santa inquietud» de llevar a todas las almas la fe y el amor de Dios, incluyendo cuanto da sentido y orientación a la vida humana, en vistas de la felicidad eterna, siempre con abundancia de verdad y con lenguaje eficaz y atractivo.

Me refería anteriormente a la fama de buen predicador que rodeaba a San Josemaría ya por los años de 1940, como se comprueba por el hecho de que muchos Obispos le llamaban para que predicara cursos de retiro a los sacerdotes de sus diócesis. A este propósito, Mons. Álvaro del Portillo recordaba un comentario de don Luciano Pérez Platero, que sería con el tiempo Arzobispo de Burgos. Cuando era Obispo de Segovia, asistió a un curso de retiro para el clero y, al final, se sintió obligado a pronunciar unas palabras de agradecimiento al predicador. Entre otras cosas dijo: «Don Josemaría siempre hiere; unas veces con espada toledana; otras, con bomba de mano».

Me parece que este comentario ilustra muy bien la «santa inquietud» que todo sacerdote debería suscitar con su predicación en las almas de los fieles. No es fruto de la elocuencia ni de la sabiduría humana —aunque hay que tratar de cultivarlas—, sino que es obra del Espíritu Santo. El Paráclito se sirve de la vida interior y de la preparación de los presbíteros para producir esas reacciones saludables en las almas.

Permitidme que vuelva a ese curso de retiro en Alacuás, al que me he referido anteriormente. La protagonista del relato narra que, al escuchar las palabras del Fundador del Opus Dei, experimentó una profunda inquietud sobrenatural. Se dio cuenta de que el Señor la invitaba a darle su vida entera en medio del mundo; pero su primera reacción fue de autodefensa, de querer ahogar la voz que resonaba en su interior por medio de las palabras del sacerdote. Hasta que un día, predicando sobre la Pasión del Señor, San Josemaría invitó a las asistentes a considerar esas escenas como actuales, de modo personal: «Todo eso lo ha sufrido por ti. Tú, al menos, ya que no quieres hacer lo que te está pidiendo, ten la valentía de mirar al Sagrario y decirle: eso que me estás pidiendo ¡no me da la gana!».

El desenlace de esa pelea interior fue claro. Aquella mujer quiso también hacer la Obra y, junto con otras jóvenes, constituyó el primer núcleo estable de mujeres del Opus Dei, que entonces estaba consolidándose; precisamente el próximo 14 de febrero van a cumplirse ochenta años del día en que el Señor puso en el alma de San Josemaría ese afán, y por eso me atrevo a pedir oraciones para que ese fermento de santidad continúe siendo muy eficaz en la vida de los cristianos.

Podemos extraer una enseñanza de estos episodios. Para que la voz de Cristo, que habla en su Iglesia, resuene fielmente en sí mismo y en los demás, el sacerdote ha de esforzarse por crecer constantemente en intimidad con Dios. Por esta razón, ha de dedicar el tiempo necesario a la meditación de la palabra de Dios, y preparar con esmero la predicación en sus diversas formas. La transmisión de la palabra de Dios exige, como señalaba San Josemaría, «vida interior: hemos de hablar a los demás de cosas santas, ex abundantia enim cordis, os loquitur (Mt 12, 34); de la abundancia del corazón, habla la boca. Y junto con la vida interior, estudio (...). Estudio, doctrina que incorporamos a la propia vida, y que sólo así sabremos dar a los demás del modo más conveniente, acomodándonos a sus necesidades y circunstancias con don de lenguas».

b) Ministerio de los sacramentos

Recordábamos que el Concilio Vaticano II presenta la institución del sacerdocio ministerial diciendo que el Señor constituyó «a algunos ministros que, en la sociedad de los fieles, tuvieran la potestad sagrada del Orden, para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados».

En efecto, la misión santificadora de los presbíteros se manifiesta principalmente en la celebración de dos sacramentos: la Eucaristía y la Penitencia. En el altar se hace presente el Santo Sacrificio del Calvario, fuente de la vida de la Iglesia, y en la Confesión sacramental, auricular y secreta, tiene lugar ese encuentro grandioso de Cristo con cada alma, para perdonarle los pecados. La celebración de estos dos sacramentos, explicaba San Josemaría, «es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor. Otras tareas sacerdotales —la predicación y la instrucción en la fe— carecerían de base, si no estuvieran dirigidas a enseñar a tratar a Cristo, a encontrarse con Él en el tribunal amoroso de la Penitencia y en la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario, en la Santa Misa».

Por eso, los muchos sacerdotes santos de la Iglesia —también ahora los hay— han hecho presente diariamente el Santo Sacrificio y han procurado dedicar todas las horas posibles de su jornada a la celebración del sacramento de la Penitencia, como resulta patente en el caso del Cura de Ars. No cabe olvidar que este santo patrono de los confesores, aunque la borrasca revolucionaria de su tiempo había tratado de eliminar cualquier vestigio de práctica religiosa, «intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus feligreses redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la presencia eucarística».

Por lo que se refiere al Sacrificio eucarístico, me parece muy oportuno, en este contexto, releer estas otras palabras de Benedicto XVI: «En el misterio eucarístico, Cristo se entrega siempre de nuevo, y precisamente en la Eucaristía aprendemos el amor de Cristo y, por consiguiente, el amor a la Iglesia. Así pues, repito con vosotros, queridos hermanos en el sacerdocio, las inolvidables palabras de Juan Pablo II: “La Santa Misa es, de modo absoluto, el centro de mi vida y de toda mi jornada”. Y cada uno de nosotros puede repetir estas palabras como si fueran suyas: “La Santa Misa es, de modo absoluto, el centro de mi vida y de toda mi jornada”».

Sí, la Santa Misa ha de ser para todos nosotros «centro y raíz de la vida interior», como repetía San Josemaría a todos los fieles. Pero es preciso realizar una intensa tarea de catequesis, de formación y orientación en lo que se refiere a la vida sacramental, con el ejemplo y con la palabra. Junto a esto —añadiría—, hemos de cuidar con esmero la casa de Dios y el arte litúrgico que la enriquece, para que todo se desarrolle con la máxima dignidad y se realice un culto digno del Señor: «Su casa», nos advierte la Escritura, ha de ser «casa de oración para todas las naciones» (Mc 11, 17).

Los sacerdotes hemos de esmerarnos también en el culto eucarístico fuera de la Misa, en el trato con Jesucristo en el Sagrario. Acude a mi memoria otro suceso de la vida del Fundador del Opus Dei, que arroja mucha luz sobre este punto. Sucedió en el año 1974, ya al final de su existencia en esta tierra, durante un largo viaje pastoral por varios países de América del Sur. Un día mostraron a San Josemaría algunas diapositivas del Perú; entre otras, había una en la que se veían los efectos de un huaico, un derrumbamiento de tierra típico de los países andinos, que había sepultado una aldea. Sólo se veía la parte superior del campanario de la iglesia. Cuando le dijeron que en aquella iglesita estaba reservada la Eucaristía, pues no había sido posible retirarla antes de que se produjese el derrumbamiento, San Josemaría quedó fuertemente impresionado. El recuerdo de ese tabernáculo sepultado bajo varios metros de fango, en el que el Señor se encontraba solo, le llevó a no poder dormir aquella noche: la pasó en vela, acompañando al Santísimo Sacramento con el deseo, haciendo muchos actos de amor y comuniones espirituales.

c) Regir al pueblo de Dios

Los presbíteros también tienen encomendado el ministerio de regir al pueblo de Dios, participando de la autoridad de Cristo Cabeza y Pastor. Se trata de una potestad espiritual, conferida para la edificación de las almas (cfr. 2 Cor 10, 8; 13, 10). En esta tarea —recuerda el Concilio Vaticano II— «han de tratar a todos con eximia humanidad, a ejemplo del Señor. Deben comportarse, no según el gusto de los hombres (cfr. Gal 1, 10), sino conforme a las exigencias de la doctrina y de la vida cristiana, enseñándoles y amonestándolos como a hijos amadísimos (cfr. 1 Cor 4, 14), según las palabras del Apóstol: “Insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Tm 4, 2)».

Son múltiples los aspectos en los que se manifiesta ese comportamiento lleno de caridad, que debe acompañar la vida de los sacerdotes. Recuerdo sólo algunos: no mirar por los propios intereses, sino por los de Jesucristo (cfr. Flp 2, 21); imitar a Cristo, que «no vino a ser servido sino a servir, y dar su vida en redención de muchos» (Mt 20, 28); reconocer y promover sinceramente el papel que corresponde a cada cristiano en la misión de la Iglesia; respetar máximamente la justa libertad que todos tienen en la sociedad humana; secundar las nobles aspiraciones que surgen en la comunidad cristiana; examinar con la ayuda de la gracia los diversos carismas, reconociéndolos con gozo cuando son de Dios y fomentándolos con diligencia, especialmente aquellos que mueven a una vida espiritual más elevada. En definitiva, lo digo con palabras de Presbyterorum Ordinis: «Piensen los presbíteros que están puestos en medio de los laicos para conducirlos a todos a la unidad de la caridad: “amándose unos a otros con amor fraternal, honrándose a porfía mutuamente” (Rm 12, 10) (...). A su especial cuidado se encomiendan los que se apartaron de la práctica de los sacramentos, e incluso quizá de la misma fe, y no dejen de acercarse a ellos, como buenos pastores».

4. El primado de la gracia en la vida sacerdotal

Entrando en la última parte de esta exposición, quisiera leer unas palabras del Papa en otro encuentro con sacerdotes, esta vez en la Diócesis de Albano.

«El tiempo que dedicamos a la oración no es un tiempo sustraído a nuestra responsabilidad pastoral, sino que es precisamente “trabajo” pastoral, es orar también por los demás. En el “Común de pastores” se lee que una de las características del buen pastor es que “multum oravit pro fratribus”. Es propio del pastor ser hombre de oración, estar ante el Señor orando por los demás, sustituyendo también a los demás, que tal vez no saben orar, no quieren orar o no encuentran tiempo para orar. Así se pone de relieve que este diálogo con Dios es una actividad pastoral».

Y refiriéndose a la celebración del Sacrificio del Altar y al rezo de la Liturgia de las Horas, añadía: «La Iglesia nos da, casi nos impone —aunque siempre como Madre buena— dedicar tiempo a Dios, con las dos prácticas que forman parte de nuestros deberes: celebrar la Santa Misa y rezar el Breviario. Pero más que recitar, hacerlo como escucha de la Palabra que el Señor nos ofrece en la Liturgia de las Horas. Es preciso interiorizar esta Palabra, estar atentos a lo que el Señor nos dice con esta Palabra, escuchar luego los comentarios de los Padres de la Iglesia o también del Concilio, en la segunda lectura del Oficio de lectura, y orar con esta gran invocación que son los Salmos, a través de los cuales nos insertamos en la oración de todos los tiempos (...). Este tiempo dedicado a la Liturgia de las Horas es tiempo precioso».

La piedad sacerdotal consiste en un sólido y profundo trato con Dios Padre por medio de Jesucristo en unión al Espíritu Santo, alimentado en las fuentes de la Palabra de Dios y de la Santísima Eucaristía, y animado de una tierna devoción a la Virgen, Madre del Sumo Sacerdote y Reina de los apóstoles. Bien lo entendía San Pablo cuando, en carta a Timoteo, escribía: «Ejercítate en la piedad. Porque el ejercicio corporal sirve de poco; en cambio, la piedad es útil para todo, pues contiene promesas para la vida presente y para la futura. Podéis estar seguros y aceptar plenamente esta verdad: nos fatigamos y luchamos porque tenemos puesta la esperanza en Dios vivo, que es Salvador de todos los hombres, principalmente de los fieles» (1 Tm 4, 7-10).

Ciertamente, para que esa piedad florezca se necesita paz interior, «porque Dios no es un Dios de confusión sino de paz» (1 Cor 14, 33). Esta paz que ofrece admirablemente la gracia del sacramento de la Penitencia y que procede, por una parte, de la lucha santa por evitar lo que el Apóstol llama «las obras de la carne» (Gal 5, 19); y por otra, del esmero por cultivar los frutos que, según el mismo San Pablo, el Espíritu Santo hace germinar en nosotros: «La caridad, el gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, la continencia» (Gal 5, 22-23).

Para vivir la piedad sacerdotal, en definitiva, hay que fortalecer la fe, la esperanza y el amor, poniendo toda la confianza en Dios, con verdadera devoción filial, pues realmente somos hijos suyos en Jesucristo, verdad gozosa que ha de guiarnos de continuo. Cualquier acontecimiento, hemos de pensar, sucede por bondad de Dios; e incluso lo que es humanamente penoso —aunque no lo entendamos—, sabemos que Dios lo permite por bondad, para sacar mayores bienes.

El Concilio Vaticano II nos pidió vivir nuestro ministerio «santamente y con entusiasmo, con humildad y fortaleza, según la imagen del Sumo y Eterno sacerdote, pastor y obispo de nuestras almas». Para eso necesitamos una fuerte unidad de vida, expresión típica de San Josemaría. Le gustaba repetir, de una forma o de otra, que «hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios». Aplicando estas palabras a nuestra existencia sacerdotal, diría que se trata de buscar el crecimiento en el amor de Dios y del prójimo a través del ejercicio cotidiano de nuestro ministerio, a veces en tareas humildes y escondidas, que siempre quedarán transformadas por la gracia en sendero gozoso de santidad y de servicio a los demás.

Concluyo con otras palabras del Fundador del Opus Dei, que tan lealmente encarnó la figura del Sumo y Eterno Sacerdote. Decía: «El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso... Por Él, con Él, en Él, para Él y para las almas vivo yo. De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva».

Pidamos a Santa María, Madre del Amor Hermoso, Madre de los sacerdotes, que nos obtenga de la Trinidad esos sentimientos.


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