Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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50 • Enero - Junio 2010 • Pág. 125
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Entrevista concedida al semanario Paraula, Valencia, España (20 al 26-VI-2010) (por Francisco Pastor)

—Benedicto XVI convocó el Año Sacerdotal que se está celebrando. ¿Cuáles son los grandes retos que se presentan al sacerdocio en nuestro tiempo? ¿Qué reflexiones se realizan dentro de la Prelatura del Opus Dei al respecto?

Pienso que el reto más importante, y que resume cualquier otro, es la necesidad de que los sacerdotes luchemos por ser santos: que dejemos actuar a Dios en nosotros y a través de nuestro ministerio. De hecho, Benedicto XVI, en la convocatoria del Año Sacerdotal, nos exhorta a una profunda renovación interior, que contribuya a difundir las magnalia Dei, las maravillas divinas, a toda la humanidad, con las palabras y las obras.

El mensaje de San Josemaría invita a los sacerdotes a santificarse en el ejercicio de su ministerio, que está al servicio del sacerdocio común de todos los fieles. Entre tantos desafíos, en este marco, está el de aprender cada día a celebrar bien la Santa Misa: aprender de nuevo, descubriendo que es el centro de nuestra vida, que en el altar somos Cristo. De ahí la necesidad de ser humildes, para que sólo Dios se luzca.

—San Josemaría es conocido mundialmente por ser el fundador del Opus Dei, pero antes ejerció labores como sacerdote de las diócesis de Zaragoza y luego de Madrid. De esa labor, quizás no tan divulgada, ¿puede destacar algún hecho o experiencia?

San Josemaría, al poco de ordenarse en 1925, se hizo cargo de la parroquia de Perdiguera, un pueblo de la provincia de Zaragoza. El párroco estaba ausente por una enfermedad grave. Allí tuvo sus primeras experiencias pastorales sin la ayuda de otro sacerdote más experimentado. Puso toda su ilusión humana y sobrenatural en ese encargo. Recordó siempre con mucho cariño esa época, y sentía una profunda admiración por el trabajo escondido de tantos párrocos de pueblos y aldeas.

Desde el primer día, vio claro que debía dedicar tiempo al confesonario y cuidar delicadamente la liturgia, así como la piedad popular, mediante el rezo del rosario por la tarde o la hora santa de los jueves. Dedicó particular atención a la catequesis con los niños y a la preparación de las primeras comuniones. Y cultivó una preocupación especial por los enfermos. Los visitaba con frecuencia y, aunque no estuviesen graves, si le pedían sacramentos, siempre los atendía. Además, movilizó a la población para limpiar la iglesia: la casa del Señor debía destacar también por su pulcritud. Trabajó también en la parroquia de otro pequeño pueblo. Me consta que agradeció constantemente al Señor esas oportunidades de servir a las almas. Igualmente, en Zaragoza atendió a innumerables personas, de todos los ambientes, dejando un rastro de amor a la Iglesia.

Cuando llegó a Madrid, en 1927, conoció con más asiduidad otra realidad, la de la miseria urbana: la de las chabolas de los barrios extremos. También a esta realidad dedicó solícitamente sus desvelos pastorales, como capellán del Patronato de Enfermos: muchas veces, de modo heroico.

—No todas las personas tienen la oportunidad de haber conocido y haberse relacionado con un santo. Puede explicarnos, con detalle, su relación personal con San Josemaría.

Considero una bendición de Dios haber sido su secretario personal desde 1953 hasta su fallecimiento en 1975. Le acompañaba también en sus abundantes viajes y veía cómo quería a toda la gente. Era un verdadero padre, para mí y para las demás personas que encontraba, en primer lugar para quienes tenía más cerca. Le podría comentar, por ejemplo, cómo me atendía cuando estaba enfermo, o cómo se interesaba si me veía preocupado por algo. Aunque fue hombre de gran corazón, esa paternidad no tenía sólo una explicación humana: procedía de una sobrenatural participación de la paternidad divina, que le llevaba a sentir como propias las tristezas o alegrías de sus hijos. Me sorprendía también su capacidad de querer a los que le habían atacado públicamente.

—Monseñor, usted ha dicho en alguna ocasión que un hecho que demuestra el interés por la religión también en este siglo, es que la Biblia sigue siendo uno de los libros más editados del mundo. La obra Camino también cuenta con millones de ejemplares en todo el mundo, un auténtico bestseller. ¿Por qué cree que Camino ha ayudado y sigue ayudando a tantas personas? ¿Cuál es su cita predilecta de esta obra?

Supongo que lo sabe, pero la primera edición de Camino se imprimió precisamente en Valencia, en 1939.

Pienso que el interés de tantas personas y —diría— la “utilidad” en sus vidas, provienen del hecho de que se trata de puntos cortos e incisivos, y de que su autor se encontraba muy cerca de Dios y procuraba transmitir su propia experiencia cristiana. Camino ayuda a hacer oración porque es a la vez muy humano y muy sobrenatural. Si se mira bien, aunque muchos puntos no lo manifiesten explícitamente, todos son cristocéntricos: Camino es un encuentro con Jesús, Dios y hombre, el verdadero Camino.

No tengo ningún punto preferido.

Para muchos lectores de Camino, ha sido una sorpresa encontrarse después con otros dos libros de estructura similar, Surco y Forja. Hace poco, me hablaba un amigo de lo mucho que Forja le había acercado al Señor en la oración.

—Dentro de la gran diversidad de movimientos y realidades de la Iglesia, a veces da la impresión de que algunos ponen especial énfasis en la gracia de Dios, en abandonarse al mismo, en el perdón continuo y en la misericordia incesante divina, mientras que otros ponen más énfasis en la voluntad, en el afán de perfección personal, en la continua superación como esfuerzo personal, y en la exigencia diaria. ¿Pueden correr unos el riesgo de esforzarse en hacer crecer sus talentos personales y otros en no confiar en la gracia del Espíritu? ¿Cómo deben conjugarse la voluntad y la gracia?

Hay muchos caminos en la Iglesia. Todos tienen como fin la vida en Cristo. Siempre se conjugan la gracia de Dios y el concurso de la correspondencia humana, nuestra respuesta libre al amor divino. Me viene a la mente una afirmación de San Josemaría: cuando una luz se enciende en servicio del Señor, hemos de llenarnos siempre de alegría.

Por otro lado, en esta pequeña parte de la Iglesia que es la Prelatura del Opus Dei, erigida por Juan Pablo II, formada por el prelado, su presbiterio y numerosos hombres y mujeres, laicos de toda condición social, el fundamento de la vida espiritual radica en el sentido de la filiación divina, en sabernos hijos de Dios. Y a la vez tenemos que vivir la responsabilidad personal de luchar por ser santos en medio del mundo, especialmente en el trabajo profesional y en los demás aspectos de la vida ordinaria.

—¿Cuál es su lema episcopal? ¿Por qué lo eligió?

“Deo omnis gloria” (para Dios toda la gloria). Es una frase que San Josemaría usaba con frecuencia y que expresa muy bien cuál es el afán que hemos de proponernos todos.

—Monseñor, su libro “Getsemaní” (Editorial Planeta-Testimonio) lleva por subtítulo “Orar con Jesús”. Va usted sacando luz a todas y cada una de las palabras de los Evangelios sobre uno de los momentos más trascendentales de Jesús. Getsemaní, es el momento entre la Eucaristía y la Cruz. En dichos momentos que usted disecciona extrae múltiples lecciones para la vida actual, pero uno cree ver una constante: la importancia de la oración diaria y continua como mandato del propio Jesús. Hay muchos cristianos que siguen los preceptos dominicales y sin embargo confiesan que no encuentran momentos para la oración diaria ¿Qué les diría?

Sencillamente, que hablar personalmente con el Señor a diario es una maravilla. Los tiempos de oración son ratos de paz y de gozo, y una necesidad del alma, aunque a veces suponga esfuerzo. ¡Necesitamos estar a solas con Él! En esto coincide la vida y la enseñanza de todos los santos. Para seguir a Jesús, hay que conocerle y tratarle. Es cierto que a veces el alma en la oración se encuentra árida, como muda, o bien está distraída, pero a Dios nuestro afán de recurrir a Él le resulta siempre grato, también en esos casos de más dificultad.

Para eso, les aconsejaría que consideren que Dios está presente y nos habla: que tomen con esta disposición una página del Evangelio, que se metan en la escena como un personaje más y que se dirijan personalmente a Jesús.

—Si me permite la broma, Monseñor, le diría que en su libro Getsemaní “se le nota que es usted del Opus Dei”: con mucha delicadeza pero también con claridad realiza muchas alusiones a los “apóstoles adormecidos” que pese a sus buenas intenciones caen en una parálisis o inactividad. Una de las aportaciones que el Opus Dei, que comparte con otras realidades eclesiales, hace a la Iglesia es el especial activismo de sus miembros. ¿Por qué hay tantos cristianos adormecidos en su vida de oración y en sus obras? ¿Qué consejo les daría a aquellos párrocos que se ven incapaces de despertar las obras de sus feligreses?

El Opus Dei quiere difundir el Evangelio, la vida y las enseñanzas de Jesucristo, y ayudar a vivir como los primeros cristianos. La responsabilidad apostólica no es propiamente activismo. Nace del trato con Dios y de la amistad desinteresada —verdadera caridad— con los demás. En la vida sobrenatural, es difícil medir el dinamismo y realizar comparaciones. Para llevar la luz de Dios a las almas, resulta esencial el trabajo de los laicos, desde su profesión y situación familiar y social, si tratan de ser “contemplativos en medio del mundo”, como decía San Josemaría; pero imagine también, por ejemplo, con qué potencia contribuye a la santificación del mundo la oración y el sacrificio escondido de las almas consagradas en los conventos de clausura.

Todos podemos adormecernos, si descuidamos la vida sacramental y no nos esforzamos en la oración diaria, si no somos coherentes en el trabajo profesional, en la vida familiar y en las relaciones sociales, si no nos empeñamos por estudiar y formarnos en el contenido de nuestra fe. El consejo que daría a esos párrocos —me lo doy a mí mismo— es que secunden las orientaciones de su Obispo, que sigan celebrando la Eucaristía con piedad, que recen mucho, que cuiden de los pobres y de quienes sufren y que no se desanimen: que no duden en invitar a los jóvenes a pensar en una posible llamada al sacerdocio. Y siempre con fe, con esperanza, con optimismo sobrenatural y humano.

—El Derecho canónico fija en 25 años la edad mínima para el sacerdocio, sin embargo da la impresión aparente que los sacerdotes de la prelatura se ordenan a mayor edad ¿Puede indicarnos algo al respecto?

La llamada al Opus Dei no saca a nadie de su sitio: quien la recibe, como cualquier otra persona, es alguien que tiene que trabajar para ganarse la vida; además, ha de procurar convertir ese trabajo en camino de santidad. Esto no impide que algunos fieles de la Obra, al cabo de unos años, acepten con libertad y alegría la llamada al sacerdocio, para servir ministerialmente a los fieles de la Prelatura y a todas las almas: en una palabra, a la Iglesia. Los sacerdotes del Opus Dei suelen ordenarse después de unos años de ejercicio profesional. Han sido médicos, profesores, empleados, etc., y después, o bien en una fase intermedia, interrumpiendo por algún tiempo su vida laboral, han dedicado unos años también a la formación requerida para el sacerdocio.

—En décadas pasadas, parece que muchos seminarios menores han cerrado sus puertas, sin embargo muchos sacerdotes mayores formados en dichos centros tienen un gran sentimiento de gratitud hacia la formación que recibieron en ellos. ¿Cuál es su experiencia al respecto?

El Opus Dei no ha tenido nunca seminarios menores, ni los tendrá, también por lo que acabo de decirle: los sacerdotes incardinados en la Prelatura deben proceder de sus propios fieles laicos, después de algún tiempo de ejercicio de una profesión civil. Pero esos seminarios pueden ser muy buenos para las diócesis. Así lo veía San Josemaría, que animaba a los Obispos en este sentido. Recuerdo que aconsejaba que los estudios que allí se realizaran fueran útiles y válidos para una eventual carrera universitaria, y que se evitara un ambiente cerrado.

Comprendo perfectamente el sentimiento de gratitud de muchos sacerdotes, que hablan del seminario menor como del lugar en el que han crecido en formación humana y en intimidad con el Señor.

—Valencia cuenta con una parroquia dedicada a San Josemaría, cuenta con diversos centros educativos vinculados al Opus Dei ¿Qué relevancia tiene Valencia para la Obra?

La Providencia divina dispuso que Valencia fuese la primera ciudad del mundo a la que San Josemaría decidió extender el mensaje del Opus Dei, tras su fundación en Madrid. Aquí tuvo grandes amigos, como don Antonio Rodilla y el Siervo de Dios don Eladio España. Poco antes de morir, en su última visita a Valencia, afirmó que amaba con especial predilección a esta ciudad. Explicaba que, en 1936, cuando había planeado que miembros del Opus Dei fuesen a París y Valencia, estalló la guerra civil y, con pena, pospuso esos planes. Pero nada más terminar la contienda, se puso en marcha el primer centro del Opus Dei en Valencia, en la calle Samaniego, muy cerca de la redacción de la revista que usted dirige.


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