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51 • Julio - Diciembre 2010 • Pág. 232
 
 
 
 •  Editorial
 

Una existencia libre

Durante cuatro días, del jueves 16 al domingo 19 de septiembre, Benedicto XVI realizó un viaje histórico al Reino Unido, un viaje rico de contenido y de significado. El Papa ha recordado aspectos de la vida de Cristo y de la vida humana dignos de una pausada reflexión porque tocan el sentido profundo de la existencia. En la vigilia de oración con motivo de la beatificación del Card. Newman, por ejemplo, el Santo Padre recordó que «cada uno de nosotros tiene una misión, cada uno de nosotros está llamado a cambiar el mundo, a trabajar por una cultura de la vida, una cultura forjada por el amor y el respeto a la dignidad de cada persona humana».

Estas palabras del Romano Pontífice proporcionan, por así decirlo, un marco de interpretación a una enérgica frase de San Josemaría recogida en Amigos de Dios: «Os quiero rebeldes, libres de toda atadura, porque os quiero —¡nos quiere Cristo!— hijos de Dios».

De las dos frases apenas citadas, una de un Papa, otra de un santo, es posible indicar un punto en común de gran relieve: cada hombre y cada mujer ha de hacer crecer día a día lo que es el núcleo de su dignidad y el fundamento de su misión: la libertad de los hijos de Dios.

San Josemaría exhortaba a quienes trataba a tener la valentía de ser libres, con el riesgo y la responsabilidad que comporta, y a defender o conquistar —sin esperar a que les sea concedida por otros— esa libertad que Cristo ha ganado para todos los hombres, conscientes de que «como hombres y mujeres a imagen y semejanza de Dios, fuimos creados para conocer la verdad, y encontrar en esta verdad nuestra libertad última y el cumplimiento de nuestras aspiraciones humanas más profundas».

Durante su vida, San Josemaría pudo observar con dolor varios fenómenos culturales y sociales que han causado una fuerte despersonalización: masificación, diversos tipos de alienaciones, totalitarismos y dictaduras, deformaciones debidas al clericalismo... También ahora, «la dictadura del relativismo amenaza con oscurecer la verdad inmutable sobre la naturaleza del hombre, sobre su destino y su bien último». Ante estos ataques a la persona y a su libertad, la respuesta cristiana se encamina a defender la dignidad de cada ser humano.

Desde hace varias décadas, se viene percibiendo la necesidad de garantizar la libertad; sin embargo, en ocasiones, una equivocada concepción de su significado lleva a considerarla causa de daños, más que fuente de oportunidad. Si es vista como pura capacidad de elección, o como motivo para desinhibirse de la tarea de construir la sociedad abdicando o cediendo los propios derechos, o como pretexto para no pensar cuáles son las decisiones fundamentales de la vida, o como oportunidad para el anonimato, entonces cabe preguntarse qué sentido tiene asegurar esa libertad. Según el Fundador del Opus Dei, la libertad, en su sentido principal y radical, es libertad ante Dios y para Dios y está, por tanto, estrechamente ligada a su acción creadora, que ha de desarrollarse y crecer con el obrar del hombre, hecho a su imagen y semejanza: la auténtica libertad implica compromiso con el mundo, con Dios y con nosotros mismos.

La libertad, se puede concluir, está inseparablemente unida a la responsabilidad: cada ejercicio de la libertad viene necesariamente acompañado de una serie de consecuencias —con repercusiones distintas y de diversas magnitudes— de las que la persona no puede dejar de responder. Como conocedor profundo de estas verdades, San Josemaría se esforzaba por extraer a las personas de la masificación que lleva al anonimato, a la pérdida de la responsabilidad y a la privación de una relación auténticamente humana con Dios y con los demás.

La libertad y la responsabilidad se estimulan mutuamente en el crecimiento personal, mientras que la falta de una o de otra constituye una profunda pérdida antropológica. Por esto, al hablar de libertad personal, San Josemaría señalaba como manifestación de libertad responsable la participación activa de los cristianos junto a los demás ciudadanos en los más variados tipos de asociaciones, sindicatos, partidos políticos, etc., para intervenir y estar presentes en las decisiones humanas de las que dependen el presente y el futuro de la sociedad: «Con libertad, y de acuerdo con tus aficiones o cualidades, toma parte activa y eficaz en las rectas asociaciones oficiales o privadas de tu país, con una participación llena de sentido cristiano: esas organizaciones nunca son indiferentes para el bien temporal y eterno de los hombres». Pero sobre todo, el cristiano influirá en la sociedad con su presencia, su ejemplo y su apostolado, cumpliendo con unidad de vida sus deberes familiares y profesionales: siendo un cristiano formado, contemplativo en medio del mundo.

Es evidente que «tenemos el desafío de proclamar con renovada convicción la realidad de nuestra reconciliación y liberación en Cristo, y proponer la verdad del Evangelio como la clave de un desarrollo humano auténtico e integral»; los grandes retos de la historia han de encontrar a los cristianos preparados, con el sentido de responsabilidad de quienes se saben identificados con Cristo en la Cruz, que salva y libera de las esclavitudes y por ello «los hijos de Dios, ciudadanos de la misma categoría que los otros, hemos de participar “sin miedo” en todas las actividades y organizaciones honestas de los hombres, para que Cristo esté presente allí. Nuestro Señor nos pedirá cuenta estrecha si, por dejadez o comodidad, cada uno de nosotros, libremente, no procura intervenir en las obras y en las decisiones humanas, de las que dependen el presente y el futuro de la sociedad».

Pero hacer presente a Cristo en los asuntos temporales no implica imponer una única perspectiva, ni pretender uniformar las ideas, como si existiese una única solución, que habría que llamar “católica”, para resolver los distintos problemas humanos. Implica, por el contrario, la defensa de la libertad en todo el inmenso campo de lo opinable, cualquiera que sea el terreno profesional: ya sean ideas políticas, sociales, económicas, culturales, teológicas, filosóficas, científicas o artísticas.

El Fundador del Opus Dei contrapuso el reconocimiento de este sano y legítimo pluralismo, característico de la mentalidad laical —es decir, del modo de pensar que tiene, en la libertad y en la asunción de la personal responsabilidad, uno de sus elementos fundamentales— con una concepción de libertad, típica del clericalismo y del laicismo secularizador, que no respeta ni la justa autonomía de las realidades temporales, ni la naturaleza y las leyes puestas por Dios en sus criaturas. «Cuando se comprende a fondo el valor de la libertad, cuando se ama apasionadamente este don divino del alma, se ama el pluralismo que la libertad lleva consigo».

Al defender la libertad como una característica esencial de la secularidad de los fieles laicos, San Josemaría no quería decir que entre los clérigos o religiosos la libertad estuviera ausente. Más bien, buscaba subrayar que la actividad de los laicos en el mundo, en cuanto cristianos, ha de estar señalada por la libertad —«no hay dogmas en las cosas temporales», decía— esto es, guiada por las verdades de la fe y principalmente por la Verdad que es Cristo.

No se trata de sostener una especie de «libertinismo cristiano» que separe las actividades seculares de la fe —nada más contrario a su pensamiento—; sino más bien de que la fe ilumine todos los problemas temporales porque no es posible para el cristiano dejar de serlo —como si la fe fuese algo postizo, que se pone y se quita a voluntad— cuando es parlamentario, médico, arquitecto o ama de casa, pues cada uno, según sus circunstancias, está llamado a santificar la familia, el trabajo y el mundo, para llevarlos a Cristo.

La actualidad de estas ideas ha sido avalada también por Benedicto XVI, que no dudó en subrayar que para los cristianos «no puede haber separación entre lo que creemos y lo que vivimos» y urgió, con palabras claras, a ejercer la libertad en modo responsable también en el ámbito público: «os invito particularmente a vosotros, fieles laicos, en virtud de vuestra vocación y misión bautismal, a ser no sólo ejemplo de fe en público, sino también a plantear en el foro público los argumentos promovidos por la sabiduría y la visión de la fe. La sociedad actual necesita voces claras que propongan nuestro derecho a vivir, no en una selva de libertades autodestructivas y arbitrarias, sino en una sociedad que trabaje por el verdadero bienestar de sus ciudadanos y les ofrezca guía y protección en su debilidad y fragilidad. No tengáis miedo de ofrecer este servicio a vuestros hermanos y hermanas, y al futuro de vuestra amada nación».

Las iniciativas del cristiano, como se ha señalado, no pueden proponerse por tanto de modo fundamentalista. No deben comprometer o vincular a la Iglesia con opciones personales, por muy oportunas y buenas que sean. Con razón ha señalado el Romano Pontífice que «el papel de la religión en el debate político no es tanto proporcionar dichas normas [objetivas], como si no pudieran conocerlas los no creyentes. Menos aún proponer soluciones políticas concretas, algo que está totalmente fuera de la competencia de la religión. Su papel consiste más bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos».

De aquí se deduce el sano pluralismo antes mencionado. Pretender vincular la fe cristiana a una posición concreta en el campo temporal, por muy bienintencionada que fuera, sería una forma de clericalismo —de tiranía, decía San Josemaría— porque se estaría anulando la libertad personal de los demás adoptando de este modo una actitud incompatible con la secularidad cristiana que es inseparable de la libertad. Así, San Josemaría llega a afirmar: «No va de acuerdo con la dignidad de los hombres el intentar fijar unas verdades absolutas, en cuestiones donde por fuerza cada uno ha de contemplar las cosas desde su punto de vista, según sus intereses particulares, sus preferencias culturales y su propia experiencia peculiar». En efecto, es propio del reconocimiento de la dignidad de las personas, no sólo tolerar, sino considerar los puntos de vista de los demás como una riqueza, por lo que la pretensión de fijar «verdades absolutas» en esas cuestiones supone un empobrecimiento, una desconfianza en las aportaciones del otro en el acercamiento a la verdad.

San Josemaría procuraba contemplar la libertad en su sentido más hondo a través de la luz con la que el Espíritu Santo le ha hecho sentir y de algún modo comprender la filiación divina: la libertad de los hijos de Dios es el mayor tesoro que nos ha legado el Creador y que Jesucristo nos ganó con su muerte redentora. En la Cruz, de modo sublime y con plena libertad, Cristo expresa su amor infinito a la voluntad del Padre y su deseo de liberar a todos los hombres; y es también por la Cruz que alcanzará la victoria sobre la muerte: la Resurrección.

El cristiano bebe de toda esa corriente trinitaria de amor que llega al colmo en la Pasión —máximo ejercicio de la libertad y del señorío de querer servir a toda la humanidad— y es con ese amor con el que se ha de identificar. Así nos ha conquistado Cristo la libertad. En Glasgow, el Santo Padre invitaba a considerar el amor personal de Jesús por cada uno de nosotros como la única cosa que permanece: «Buscadlo, conocedlo y amadlo —decía—, y él os liberará de la esclavitud de la existencia deslumbrante, pero superficial, que propone frecuentemente la sociedad actual. Dejad de lado todo lo que es indigno y descubrid vuestra propia dignidad como hijos de Dios».


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