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51 • Julio - Diciembre 2010 • Pág. 344
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la inauguración del año académico, Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma (4-X-2010)

Muy queridos hermanos y hermanas:

Doy gracias a Dios porque me ha permitido, una vez más, estar con vosotros para celebrar esta solemne Eucaristía. Como es tradicional, la Misa que celebramos en la inauguración del curso académico de nuestra Universidad es la Misa votiva del Espíritu Santo. Es muy necesario dirigirse a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad al empezar un nuevo curso, porque queremos dar gracias al Santificador por el inmenso don de la fe con el cual Él ilumina nuestro entendimiento, para que pueda atender a sus inspiraciones y ser dócil a sus mandatos.

La primera lectura nos ha hecho revivir el día de Pentecostés: «Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaron sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse» (Hch 2, 3-4). Los entendimientos de los Apóstoles que, hasta entonces, habían quedado a veces dominados por pasiones, prejuicios y miedo, se abren definitivamente a los rayos de la Verdad divina.

Como entonces, también hoy necesitamos liberarnos de todo lo que impide escuchar la voz del Espíritu. La reciente beatificación del Cardenal John Henry Newman, que el Santo Padre celebró personalmente en su viaje al Reino Unido, muestra que la Pentecostés sigue siendo actual y lo será siempre. La vida y las obras del nuevo beato son el eco de una voz interior que muchas veces no coincide con la voz de los deseos personales, de lo que parece más ventajoso o atrae más consensos, sino más bien se identifica con la voz de la conciencia por medio de la cual Dios se hace oír en el interior del alma. En efecto, la conciencia humana, lejos de encerrar a las personas en su subjetividad, las abre a la Trascendencia haciendo que sean dóciles al querer de Dios.

«Newman —afirmó el Santo Padre en la Misa de la beatificación— nos ayuda a entender en qué consiste esto para nuestra vida cotidiana: nos dice que nuestro divino Maestro nos ha asignado una tarea específica a cada uno de nosotros, un “servicio concreto”, confiado de manera única a cada persona concreta: “Tengo mi misión”, escribe, “soy un eslabón en una cadena, un vínculo de unión entre personas” (Meditations and devotions, 301-2)».

Podemos preguntarnos: ¿cómo es posible esto? Me parece que una contestación muy oportuna la podemos encontrar en una consideración de San Josemaría, que con su vida puso los cimientos de esta Universidad. Decía: «La venida solemne del Espíritu en el día de Pentecostés no fue un suceso aislado. Apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de Él y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana: Él es quien inspira la predicación de San Pedro (cfr. Hch 4, 8), quien confirma en su fe a los discípulos (cfr. Hch 4, 31), quien sella con su presencia la llamada dirigida a los gentiles (cfr. Hch 10, 44-47), quien envía a Saulo y a Bernabé hacia tierras lejanas para abrir nuevos caminos a la enseñanza de Jesús (cfr. Hch 13, 2-4). En una palabra, su presencia y su actuación lo dominan todo».

Pentecostés crea también un vínculo indisoluble entre la capacidad de entrar en contacto con Dios y el don divino de las lenguas, que permite la evangelización de diversas culturas y sociedades: «Les oímos hablar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios» (Hch 2, 11). La investigación de la verdad acerca de Dios y acerca de la persona humana no puede limitarse, por tanto, a la asistencia a las clases y al estudio de los tratados de teología, filosofía y ciencias humanas; esta búsqueda de la verdad es también un diálogo abierto y humilde con todos los que viven y trabajan a nuestro lado, y, sobre todo, con la Trinidad Santísima, que tiene su morada en el templo de nuestra alma en gracia. Sólo así, gracias a la docilidad a la acción del Paráclito, es posible conseguir la verdadera sabiduría y encontrar la respuesta a los retos que se presentan a los hombres en todo tiempo y lugar. «Si el mismo Espíritu Santo no asiste interiormente al corazón del que oye, de nada sirve la palabra del que enseña».

Me dirijo ahora de modo especial a vosotros, queridos estudiantes. En el curso de vuestra estancia en la Ciudad Eterna tendréis la oportunidad de conocer personas de los cinco continentes, procedentes de los más distintos lugares, con distintas culturas y modos de pensar. Aprended a dialogar con ellas, a escuchar y apreciar todo lo que hay de positivo en sus culturas, tradiciones y puntos de vista. Será para vosotros una oportunidad para vivir de modo especialmente visible la catolicidad, la universalidad de la Iglesia. Llegaréis a ser así expertos en humanidad y —lo que es más importante— detectaréis en las cosas pequeñas de cada día el dulce soplo del Espíritu Santo.

Escuchar de la voz del Espíritu, que implica muchas consecuencias prácticas en la vida de oración, en la ciencia, en el trabajo profesional y en las relaciones con otras personas, nos animará a proclamar las magnalia Dei de las cuales hemos sido testigos. «Así —escribió San Josemaría— terminaremos nuestro quehacer con perfección, llenando el tiempo, porque seremos instrumentos enamorados de Dios, que advierten toda la responsabilidad y toda la confianza que el Señor deposita sobre sus hombros, a pesar de la propia debilidad».

Que Nuestra Señora, Templo del Espíritu Santo, interceda por cada uno de nosotros para que nuestros deseos de docilidad al Paráclito sean realmente operativos. A Ella —vita, dulcedo, spes nostra, como cantaremos, al final de la Santa Misa, en la Salve— pedimos que haga resplandecer siempre en nuestras vidas la imagen de su Hijo, Jesús. Así sea.


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