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51 • Julio - Diciembre 2010 • Pág. 432
 
 
 
 •  Estudio
 

La hora de un santo

El tiempo en las enseñanzas de Josemaría Escrivá de Balaguer

Prof. Alfonso Nieto
Universidad de Navarra

En el verano de 1951 leí por primera vez Camino. Comencé su lectura con sentido crítico: quizá era una injustificada reacción a los elogios del amigo que me había aconsejado el libro. Sin embargo, conforme pasaba sus páginas, poco a poco descubrí la sabiduría humana y sobrenatural que contenía. Entre otras cosas, entendí que lo temporal y lo eterno no estaban tan alejados: se abría ante mis ojos un nuevo sentido del tiempo. ¿Por qué? En las siguientes líneas intento responder a esta pregunta, haciendo ver cómo el valor del tiempo depende de su relación con aquello que no cambia, por la “presencia de la eternidad” en él. Para esta tarea me serviré de las enseñanzas de San Josemaría: un santo que supo percibir la trascendencia que el bueno uso del tiempo reviste para quienes buscan la perfección humana y cristiana a través de sus actividades cotidianas.

1. Sentido del tiempo

1.1. Nace el tiempo

Dicen que lo pintó en un día. Miguel Ángel Buonarroti arropa al Creador con túnica roja y, en genial escorzo, figura a Dios que separa la luz y la oscuridad. En la Capilla Sixtina queda esa imagen del primer día de la creación. «Dijo Dios: “Hágase la luz”. Y hubo luz. Vio Dios que la luz era buena, y separó Dios la luz de la tiniebla. Dios llamó a la luz día y a la tiniebla llamó noche. Hubo tarde y hubo mañana: día primero» (Gn 1, 3-5). Nace el tiempo.

¿Qué es tiempo? El santo obispo de Hipona decía que ignoraba la respuesta, pero en el silencio del diálogo con Dios tenía bien experimentado el ayer, hoy y mañana. Dieciséis siglos después, Juan Pablo II vuelve a preguntar «¿qué es tiempo?» y responde: «tanto la fe como la razón, por encima de los datos verificables y mensurables, remiten a la perspectiva del misterio». El tiempo tiene un componente de misterio desvelado en los tres grandes “momentos” de la historia de la salvación: «al inicio, la creación; en el centro, la encarnación-redención; y al final, la “parusía”».

La noción habitual de tiempo hace referencia a la duración de las cosas sujetas a cambio. A la permanencia en un ente que no experimenta cambio llamamos eternidad; a la permanencia en un ente sujeto al cambio decimos tiempo. Tiempo es la duración propia de un ser que cambia; eternidad es permanencia inmutable, no una suma de tiempos. Con otras palabras: Dios eterna y continuamente crea el tiempo, da el reloj y es el relojero.

¿Es posible conciliar eternidad y tiempo? «Es posible precisamente a la luz de la revelación de Cristo, que unió en sí a Dios y al hombre, la eternidad y el tiempo, el espíritu y la materia». Con la Redención, el tiempo es cauce para descubrir la eternidad. Ese descubrir trae a la memoria unas palabras de San Josemaría. Recordando que Dios nos espera en el trabajo de cada día, decía a los profesores y alumnos de la Universidad de Navarra: «Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir». El misterio del tiempo se comienza a desvelar cuando en la vida personal hay afán por descubrir ese algo que rodea de eternidad al tiempo, y permite comprender que «no existen fechas malas o inoportunas: todos los días son buenos para servir a Dios», sin excluir los tiempos ‘duros’.

Cuando se ‘endiosa’ el tiempo los calendarios son juguetes, el tiempo da la mano a lo intemporal, los años avanzan y retroceden, el hombre puede ser niño y adulto a la vez. San Josemaría recibió la gracia de endiosar el tiempo. A los veintiséis años pedía a Dios con toda su alma «ochenta años de gravedad (…) para saber utilizar el tiempo, para aprender a aprovechar cada minuto, en su servicio». A los setenta años seguía pidiendo ser niño delante de su Padre Dios. «Resulta duro porque el alma pone en ejercicio las potencias que Dios nos ha dado para seguir el camino. Y llegan momentos en los que es necesario prescindir de la memoria, rendir el entendimiento, doblegar la voluntad. Resulta duro, repito, porque esa actividad del alma es lógica, como el reloj que tiene cuerda, y da necesariamente el tic-tac».

No se ha inventado la máquina que haga retroceder y avanzar en el tiempo, entre otras razones porque el ingenio tendría que ser intemporal. El alma que vive la lógica de lo eterno en medio de la lógica del tiempo, hace ofrenda de inteligencia, memoria y voluntad, deposita libremente en Dios su libertad. Esto suele suceder en el silencio, como el que sigue al Fiat de la Virgen María, cuando «¡todo un Dios!, quedó escondido en la Humanidad de Cristo para servirnos. El Omnipotente se presenta decidido a oscurecer por un tiempo su gloria, para facilitar el encuentro redentor con sus criaturas».

1.2. Tiene dueño

Tiempo es de las pocas cosas al alcance de todos los humanos, y lo gastamos haciendo uso de nuestra libertad. Es el gasto más radical: mientras se gasta hay vida, cuando falta esa posibilidad termina la vida en la tierra. Del tiempo sólo hablan los vivos, los muertos quedan en el recuerdo.

Como Dios «hace salir el sol sobre buenos y malos» (Mt 5, 45), es difícil decir «que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque todos los tiempos han sido buenos y malos». El gasto se transforma en inversión si la vista está puesta en la eternidad, en el Creador, no en uno mismo; por esto, la mejor rentabilidad sigue al desprendimiento total del tiempo cuando Dios lo pide.

Cabría preguntarse, ¿es posible gastar tiempo sin ser su dueño? Una respuesta precipitada podría atribuir a cada persona la propiedad de su tiempo. Lo erróneo de esa respuesta queda patente ante la realidad de la vida y la realidad de la muerte. Nacer y morir tienen marcado su tiempo desde la eternidad.

¿Quién es el dueño del tiempo?

Un amigo, excelente joyero y sagaz comerciante, adquirió hace años un lote de relojes de arena que cubrían media hora de tiempo. Antes de ponerlos a la venta, alguien sugirió incorporarles una leyenda: Dominum tempus habet qui non es tu, el tiempo tiene un dueño que no eres tú. En pocos días vendió los relojes a buen precio, quizá por el latín, o porque eran bonitos, o por las dos cosas. Sí, el tiempo tiene un dueño: «no me pertenece porque es del Padre Nuestro que está en los Cielos».

¿Con qué título una persona gasta tiempo? Podría decirse que a título de usufructuario por plazo incierto. Por tanto, carece de sentido reivindicarlo a su Dueño diciendo: «¡eh!, que mis años son para mí, no para Ti». El usufructuario de tiempo contrae la obligación de cuidarlo conforme a la concesión del propietario, y adquiere el derecho a disfrutar los años de vida aunque ignora cuántos serán.

De las enseñanzas de San Josemaría se pueden señalar cuatro características del disfrute de tiempo: es breve, instantáneo, sereno, valioso.

a) Breve

Jesucristo «vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa», el misterio pascual. Todo lo demás pasa, es breve, «ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer», ésta es la realidad. Por mucho que alguien se empeñe en derribar el reloj, el tiempo continúa pasando, como lo proclama desde hace siglos el texto del reloj de sol en un rincón de Royal Tunbridge Wells: «Tú me podrás desechar, pero no detener».

La Biblia advierte muchas veces y de formas diversas sobre la brevedad del tiempo de vida, e incluso lo cuantifica: «los años de nuestra vida son unos setenta, u ochenta para los más fuertes; (…) pasan rápidos y emprendemos el vuelo» (Sal 90, 10). Job es más escueto: «mi vida es como un soplo» (Jb 7, 6). A los cristianos de la ciudad del doble puerto, San Pablo se lo dice en cuatro palabras: «Hermanos os digo esto: el tiempo es corto» (1 Co 7, 29).

Breve, corto, pasa rápido, además es… pequeño. Que el tiempo es pequeño servía a la Santa de Siena -San Josemaría le tenía singular devoción- para hacer ver que las fatigas son pequeñas porque el tiempo es muy pequeño, «è quanto una punta d’ago e non più», como la punta de una aguja y no más. Y concluye, «pasado el tiempo, ha pasado la fatiga». Quizá el ser pequeño ayuda a su función de ‘tamiz’ de acontecimientos que pasan por el cedazo de los años y adquieren el verdadero relieve. Porque es suma de tiempos pequeños, la hora se escapa en minutos y estos parecen volar en segundos. San Josemaría nota a lo largo de su vida la «falta de tiempo», aunque esta carencia de tiempo tiene trasfondo: «cuando hay amor, los días vuelan».

b) Instantáneo

Comunicar en “tiempo real” -real time- supone aproximar al máximo el tiempo de difusión de un mensaje y el de su recepción. El instante, mínima porción de tiempo, mide la eficiencia de productos en la industria de la comunicación, es valor positivo que frecuentemente se identifica con el tiempo real.

Se podría decir que Dios siempre habla en tiempo real, porque lo hace desde lo más intangiblemente real: la eternidad. Por esto el Fundador del Opus Dei aconseja «docilidad a las llamadas divinas de cada instante, porque Dios nos espera precisamente ahí». Aplazar ese diálogo diciendo ‘mañana’ o ‘después’ puede suponer «resistencia a la gracia», ante el ahora abierto a la «felicidad eterna».

San Josemaría con frecuencia une dos adverbios -«hoy, ahora»- para destacar que «el tiempo urge», y «el Señor es cada día más exigente». Consecuencia de vivir el sentido instantáneo del tiempo es saber corregir en el momento oportuno, transmitir a tiempo el consejo adecuado.

Sin embargo, el ‘instante’ de Dios no necesariamente coincide con el ‘instante’ humano. Puede servir de muestra la historia de una higuera que cuenta el Evangelio. Los higos suelen llegar con el comienzo del otoño, mas el Señor del Tiempo pide a la higuera su fruto fuera de época. «No era tiempo de higos; pero Nuestro Señor se acerca a tomarlos, sabiendo muy bien que en esa estación no los encontraría. Sin embargo, al comprobar la esterilidad del árbol con aquella apariencia de fecundidad, con aquella abundancia de hojas, ordena: nunca jamás coma ya nadie fruto de ti». Cuando Dios lo pide, siempre hay posibilidad de dar buen fruto, no sólo hojas bailando frívolamente al son de la brisa. Si la frivolidad tuviera escudo, podría incluir aquella higuera.

Por el contrario, los santos saben dar fruto en el ahora que Dios les señala. A propósito, san Juan de la Cruz hace una pregunta comprometedora: «Pues en la hora de la cuenta te ha de pesar de no haber empleado este tiempo en servicio de Dios, ¿por qué no le ordenas y empleas ahora como lo querrías haber hecho cuando te estés muriendo?».

c) Sereno

Just in time -en tiempo justo- es un sistema de administración empresarial, utilizado para detectar y suprimir los ‘desperdicios’ de tiempo. El principal objetivo es reducir tiempos en la gestión y en los inventarios innecesarios. El sistema ha conseguido resultados sorprendentes, sin embargo corre el riesgo de relegar el tiempo de trabajo de las personas para subordinarlo al tiempo de producción material. Pues no se debe de olvidar que el protagonista insustituible del tiempo y el trabajo es la persona. Tiempo es suma de tiempos que piden ser gastados de modo sereno, sosegado, sin aceleraciones que pretendan conseguir horas de sesenta y cinco minutos. De aquí se deduce una verdad a veces olvidada: el tiempo de descanso no es desperdicio de tiempo.

El escudo familiar de San Josemaría Escrivá de Balaguer tiene dos palabras como lema que llaman a la serenidad del tiempo: «alma, calma». La calma en el alma lleva a ver que «las obras de Dios, Dios las hace. En cambio, los monumentos humanos los hace y deshace el tiempo». Es calma diligente, no perezosa, que permite contener la impaciencia y decidir en el justo tiempo, porque la vida enseña que lo ‘urgente’ no siempre coincide con lo ‘importante’.

La serenidad pide equilibrio al hacer gasto de tiempo. Refiriéndose al tiempo en la relación con Dios, dejó escrito San Josemaría: «cuando vayas a orar, que sea éste un firme propósito: ni más tiempo por consolación, ni menos por aridez». La visión serena y positiva del tiempo tiene su raíz en un hecho: con la venida del Hijo de Dios a este mundo «se inició la era favorable, el día de la salvación» (cfr. 2 Co 6, 2). Vivimos en el mejor de los tiempos: si hubiera otro mejor, Dios nos lo habría dado. Los cristianos podemos decir lo que con frecuencia comenta un amigo mío: quien esté mejor que nosotros, ¡qué bien tiene que estar!

d) Valioso

¿Cuánto vale el tiempo? Dependerá de quién lo valora y para qué lo usa. En el mercado de la comunicación el tiempo es moneda de uso corriente y los precios suelen ser elevados. Por ejemplo, el precio de un segundo en spots de televisión emitidos durante el Super Bowl norteamericano del año 2010, osciló entre 83.000 y 93.000 dólares. Estas cifras fueron inferiores a las del 2009 cuando el precio de un spot publicitario de treinta segundos alcanzó 3 millones de dólares. Hay quien considera el tiempo como «una dimensión del nuevo capitalismo», pero el valor real del tiempo -que supera al puro ‘valor de mercado’- no cabe en una cifra por muchos dígitos que tenga; conocer el tiempo es sabiduría, don del Espíritu.

El tiempo no es un ‘valor añadido’ a nuestra existencia. Para San Josemaría, el tiempo más bien «es nuestro tesoro, el “dinero” para comprar la eternidad». En una homilía que luego se publicaría con el título El tesoro del tiempo, trazó las líneas maestras de lo que me parece es ‘carta magna’ de la santificación del tiempo, y urdimbre de estas páginas.

1.3. Tiempo e inteligencia como realidades intangibles

Intangible es lo que no se puede tocar por carecer de entidad física. La inteligencia humana, bien intangible por excelencia, genera conocimientos que tienen proyección económica en el llamado ‘capital intelectual’, parte contable del inmovilizado inmaterial.

Tiempo y conocimiento se entrelazan como dos realidades intangibles complementarias, cuyo valor económico se puede reflejar en los derechos conferidos al titular de una patente, en el nombre comercial, la marca, etc. En su consideración intangible el tiempo es más una idea que un objeto, por eso tiene fuerza para ordenar la vida de las personas.

En los comienzos del siglo XXI el trabajo de conocimiento con frecuencia supone mayor gasto de tiempo que el trabajo con inmediatos resultados materiales, como puede ser la producción industrial. Sin embargo, a pesar de las innovaciones en medición de tiempos, todavía no se ha logrado encontrar un sistema de medición objetivo y fiable del tiempo destinado al trabajo de la inteligencia; por esto, la mayoría de las veces se acude al siempre limitado ‘valor de mercado’.

Desde la perspectiva del trabajo humano el tiempo intangible se muestra con evidencia en algunas etapas del proceso laboral; por ejemplo, la búsqueda de información, los intercambios de ideas o conceptos, tareas cuyo contenido es de naturaleza inmaterial.

Juan Pablo II decía: «¡Las grandes dimensiones del tiempo! Aunque el tiempo sea siempre un alejarse del principio, pensándolo bien es simultáneamente una vuelta al principio. Y esto tiene una importancia fundamental». Ciertamente es importante reconocer que el tiempo viene de Dios y vuelve a Dios. En la convergencia del tiempo intangible y el tiempo tangible queda enmarcada la «plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4), el tiempo establecido (Rm 5, 6) al que corresponde «una especial plenitud de la comunicación de Dios uno y trino en el Espíritu Santo». San Josemaría Escrivá toma ese abrazo de tiempos y lo introduce en el corazón de los hombres: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1, 15) (…) Cuando te acerques al Señor, piensa que está muy cerca de ti, en ti: regnum Dei intra vos est (Lc 17, 21). Lo encontrarás en tu corazón».

Uno de los peligros en la gestión de negocios es olvidar la importancia del largo plazo, del tiempo largo, y querer obtener grandes beneficios a corto plazo, en tiempo inferior a un año. Este olvido acorta horizontes al trabajo, achica el campo de la esperanza, hace miope el corazón. Es necesario tener paciencia para esperar el fruto que llega a su tiempo, con la sabiduría de descubrir la grandeza encerrada en lo pequeño del comienzo. En cierta ocasión, a quienes estaban promoviendo una Universidad les dijo San Josemaría: «comenzad haciéndola pequeña, para que salga un aguilucho y no un pajarito frito». El aguilucho nace para ser águila, el pajarito…

La visión a largo plazo facilita el equilibrio de situar cada cosa a su tiempo, sin anclarse en el pasado, sin complejos del presente, con la seguridad de que todos los tiempos y ambientes pueden ser ajustados «a la santidad de la doctrina moral de Jesucristo». El largo plazo facilita otear la eternidad, no moverse por la prisa, ser pacientes y comprensivos, «persuadidos de que las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo».

La unión de tiempo e inteligencia viene de muy atrás. Un testimonio lo encontramos en la antigua Grecia. La Esfinge, apostada en el camino de Tebas, daba muerte a quien no sabía responder a la pregunta: ¿qué ser vivo camina a cuatro patas al alba, con dos a medio día y con tres al atardecer? Sólo Edipo respondió ‘el hombre’: gatea de niño con manos y rodillas, camina con dos pies de adulto, y a la vejez se ayuda de un bastón. Sagaz respuesta, aunque cabe decir que el tiempo no sólo cambia el modo de andar: en el tiempo el hombre cambia la historia, aunque esto le pueda llevar siglos.

Vale la pena recordar que el tiempo avanza inexorable y no podemos dejar que pase «como el agua sobre los cantos rodados, sin dejar rastro», entre otras razones porque esa agua tiene fuerza intangible que «salta hasta la vida eterna». Pero el agua puede ser el mayor enemigo incluso de la roca más firme: «es esa agua menuda que se mete gota a gota, entre las rendijas de la peña, hasta arruinar su estructura»; y concluye la comparación, «el peligro más fuerte para el cristiano es despreciar la pelea en esas escaramuzas, que calan poco a poco en el alma hasta volverla blanda, quebradiza e indiferente, insensible a las voces de Dios».

En esa pelea el cristiano usa de su libertad y -también ‘gota a gota’- construye, teje la historia. Aquí entra en juego una certeza de San Josemaría: «certeza en la indeterminación de la historia, abierta a múltiples posibilidades, que Dios no ha querido cerrar». Así lo corrobora la realidad de que «la vida y el comportamiento de los que sirven a Dios han cambiado la historia, e incluso muchos de los que no conocen al Señor se mueven -sin saberlo quizá- por ideales nacidos del cristianismo». El sentido de responsabilidad con el tiempo que hace la historia, le lleva a exclamar: «¡Si tú y yo hubiéramos conocido el día del Señor! ¡Si los hombres hubiéramos querido dar otro curso al amor de Dios!».

Las personas podemos cambiar la historia si usufructuamos correctamente el tiempo, si procuramos que dé fruto, sin desplazar el tiempo y hacerlo objeto o cosa ajena a la vida personal. ¿Por qué digo esto?

El proverbio chino sentencia: «hay un tiempo para ir de pesca, y un tiempo para secar las redes». Bien, pero ¿dónde queda el tiempo de los peces? Si se desconoce el tiempo de los peces se puede ir a pescar sin saber dónde están: en tal caso de poco sirve que las redes estén secas. El gasto de tiempo está en manos humanas, no se admite ceder esa prioridad. Un pasaje muy citado del Eclesiastés afirma: «hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el sol»; lo concreta en catorce verbos contrapuestos a otros tantos. De manera tan bella como breve señala: tiempo para nacer y tiempo para morir; plantar, cosechar; matar, sanar; destruir, construir; llorar, reír; lamentar, bailar; lanzar piedras, recogerlas; abrazar, despedir; intentar, desistir; guardar, desechar; rasgar, coser; callar, hablar; amar, odiar; guerrear, pacificar (Cfr. Qo 3, 1-8). Sólo el hombre conjuga en el tiempo los veintiocho verbos.

El paso del tiempo puede cambiar las cosas, los hechos y circunstancias que rodean la vida de las personas, de aquí la necesidad de rectificar cuando el cambio lo exija, o mantener la decisión con «un temple de honradez ante situaciones que pueden comprometer la propia seguridad». Aunque también cabe considerarlo desde el otro punto de vista: el hombre, ejerciendo las virtudes, puede cambiar el tiempo en el que vive, y simultáneamente, perfeccionarse a sí mismo.

La liturgia de la Iglesia, don del Espíritu Santo, da nombre propio y hace tangibles épocas de la vida del Hijo de Dios en la tierra. Año tras año -siglo tras siglo- hace memoria de la Historia de la Salvación. San Josemaría vivió y enseñó a vivir la liturgia con profunda inteligencia y amor a la Iglesia. Así, el Adviento es etapa para implorar la misericordia divina, «tiempo de esperanza» que renueva las «ansias sinceras por la venida de Cristo». La Cuaresma es tiempo «de penitencia, de purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años». En ese tiempo hay sitio para la alegría que alcanza especial significación en el tiempo de Pascua, sin que se limite a esa época del año litúrgico, «sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano».

El cristiano contrae la obligación de administrar el tiempo para obtener el mayor beneficio. El beneficio puede ser inmaterial, material, o de ambas formas y al mismo tiempo. Porque es un bien escaso para la mayoría de las personas que trabajan, aumenta su valor sobre todo para quienes ‘no tienen tiempo’. «¿Que no tiene tiempo?...» -se pregunta el autor de Surco- y responde: «Mejor. Precisamente a Cristo le interesan los que no tienen tiempo». En la economía de los sin tiempo los minutos valen horas y los segundos valen minutos.

Pudiera suceder que las anteriores consideraciones despertaran la sonrisa escéptica de quien considera el tiempo como una cosa subjetiva, psicológica, intrascendente, con valor relativo. Ante esa posibilidad viene al recuerdo -aunque quizá no sea del todo adecuado- el consejo de Paul Valéry a los que ignoran el sentido y significado del tiempo: «Esperad a tener hambre. Privaos de comer y veréis lo que es el tiempo».

2. En el tiempo

2.1. Siempre

Examinemos ahora, en relación al tiempo, el adverbio siempre. Éste contribuye a expresar contrastes en la vida de las personas: verdades, falsedades; promesas, engaños; alegrías, llantos; esperanzas, fracasos; fidelidades, infidelidades. Significa ‘en todo o en cualquier tiempo’: más que suma de tiempos, es un estado para hacer de forma continuada acciones buenas o acciones malas, porque no hay un ‘siempre’ que sea indiferente.

En la historia de la humanidad las innovaciones nacen en tiempos concretos que procuran alargarse en un siempre con pretensiones de permanente originalidad. Si la inteligencia, memoria y voluntad procuran hacer en cada momento «lo que es agradable al Señor», el ‘siempre’ tiene un algo de eternidad, supera el tiempo: «siempre está a punto». Los santos son promotores de ese ‘siempre’ cuando el mundo los necesita, es decir, cuando Dios los envía. Los recuerdos de santidad suelen ir acompañados con un coloquial ‘siempre’: siempre estaba alegre, siempre era generoso, siempre ayudaba con lo que podía, siempre estaba rezando, sin que todas estas alabanzas sean consecuencia de su poderío humano. Por esto, refiriéndose a los primeros apóstoles que acompañaron a Jesucristo, señala San Josemaría que «no contaban nada en su tiempo».

Para entender el ‘siempre’ que descansa en Dios, no basta pensar en el inevitable paso del tiempo, es necesario tener en cuenta cómo se gasta el tiempo. Hay un verbo que acompaña al ‘siempre’ y explica el estiramiento de una virtud en el tiempo cronológico: servir. A San Josemaría le gustaba repetir «serviam!, serviré»; aquí está la clave del verdadero ‘siempre’.

El afán de servir lleva a dejarlo todo por Dios, sin excesiva preocupación por el mañana -es suficiente con los trabajos de cada día (cfr. Mt 6, 34)-, incluso sin espantarse ante la muerte pues «vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga». Es sentirse «instrumentos en las manos de Dios, con los que El cuenta diariamente y, por eso, diariamente nos esforzamos en servirle».

El día a día alcanza proyección universal porque en ese siempre se «edifica el Reino de Dios», tarea confiada a todos y de la que «ninguno puede sentirse eximido»; exige aprovechar el tiempo porque no podemos tirar «ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno».

La meta del ‘siempre’ supera el tiempo, se transforma en el “para siempre” de la eternidad. Para llegar a esa meta son necesarias dosis de paciencia, fortaleza y esperanza.

a) Paciencia

«Dios crea cada margarita separadamente, pero nunca se cansa de crearlas». A Chesterton le maravilla que Dios crea una a una las margaritas, y su admiración aumenta ante la eterna perseverancia de la acción creadora. Dios es paciente y constante; por eso todas las primaveras nos regala margaritas sin cansarse de regalarlas. El ‘siempre’ es perseverante en el deseo de servir a los demás, como aquel dueño de la viña que fue a contratar trabajadores a las 9, 12, 13 y 15 horas del día (cfr. Mt 20, 5-13).

Saber esperar el tiempo oportuno es un modo de ser paciente. San Josemaría pone un ejemplo único en la historia: «De sobra sabía el Señor que la humanidad padecía una apremiante necesidad de Él. Tenía por eso hambre de venir a la tierra para salvar a todas las almas: y no precipita el tiempo. Vino a su hora como llegan al mundo los demás hombres».

La paciencia se pone a prueba cuando da la «impresión de que Jesús duerme, de que no nos oye». Es el momento de «confiar plenamente en el Maestro, hay que abandonarse en sus manos sin cicaterías». Ese abandono puede costar e incluso pedir heroísmo, pero a cambio proporciona paz, equilibrio en el alma. El paciente vive la leyenda que adorna un reloj de los Museos Vaticanos: Oneratem aequilibro; pone equilibrio en lo pesado y oneroso. Las dificultades quedan envueltas en mesura, sensatez, ecuanimidad.

b) Fortaleza

El ‘siempre’ pide fortaleza porque es totalizador: busca al Señor «en todo tiempo y en todas las cosas». Servir a Dios no tiene tamaño, lo abarca todo, hasta el pensamiento que dura un segundo porque «un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo; por tanto, sólo Dios es digno de él».

La fortaleza del siempre se mide por la libertad, no sólo por el reloj. Servir en el tiempo no es ser esclavo del reloj, sino dominarlo. Es necesaria fortaleza para que el reloj no acelere ni ralentice el tiempo.

c) Esperanza

Si el ‘siempre’ mira a la eternidad, está lleno de la esperanza que contiene todos los valores humanos, la «esperanza de Cristo». Desde esta posición esperanzada «el corazón del sabio sabe el tiempo y el modo, ya que cada cosa tiene su tiempo y su modo» (Qo 8, 5-6). La esperanza del para siempre «ha hecho grande a Teresa de Jesús. Cuando ella -niña- salía por la puerta del Adaja, atravesando las murallas de su ciudad acompañada de su hermano Rodrigo, para ir a tierra de moros a que les descabezaran por Cristo, susurraba al hermano que se cansaba: para siempre, para siempre, para siempre».

Una pregunta que hace San Josemaría traza la senda por la que discurre la aventura del siempre: «¿Qué buscamos siempre, aun sin especial atención, en todo lo que hacemos?» Y responde: «cuando nos mueve el amor de Dios y trabajamos con rectitud de intención, buscamos lo bueno, lo limpio, lo que trae paz a la conciencia y felicidad al alma». Cuando encontramos lo bueno y limpio es para darlo a los demás, lo cual pide tiempo y estar lleno de lo que se da; con palabras del poeta, «demos tiempo al tiempo: para que el vaso rebose hay que llenarlo primero». Llenar de bien el tiempo es estar en cada momento en lo que se debe hacer, sin pensar en soluciones egoístas ni dejar el futuro en manos de una prolongada desidia. El tiempo se llena con trabajo y también con el descanso.

A finales de la década de los años cincuenta del pasado siglo, sobre la fotografía de un asno joven, mirada serena y orejas levantadas, San Josemaría escribió: Semper ut iumentum, siempre como un borrico. Le gustaba ponderar la humildad del borrico trabajador, fiel y dócil a las indicaciones de su amo. El borrico es mencionado -entre otros lugares- en un texto del 16 de febrero de 1932, que cita el dicho popular escuchado en su alma: «obras son amores y no buenas razones», con el significado de llamada a ser «ampliamente generoso». El contexto de esas palabras está enmarcado en muchas horas de oración, de trabajo pastoral, con preocupaciones económicas, e incomprensiones.

El ‘siempre’ es exigente porque Dios pide más. Se comprende que en la homilía La conversión de los hijos de Dios recuerde las palabras de San Agustín: «Si dijeses basta, estás perdido. Ve siempre a más, camina siempre, progresa siempre».

2.2. Disfrutar

A diferencia de los demás usufructos, el del tiempo que ahora observamos no disminuye el pleno dominio del Dueño del Tiempo, pues puede pedir en cualquier momento la definitiva rendición de cuentas. Es una inseguridad que el usufructuario inteligente interpreta como estímulo para gozar adecuadamente de los frutos del tiempo de vida, para apreciar el regalo de vivir, trabajar el tiempo y compartirlo con quienes le rodean. Son tres modos de disfrute que suscitan algunas consideraciones.

a) Vivir el tiempo

Por mirar muchas veces el reloj no se disfruta de la vida, aunque se pueda decir qué hora es minuto a minuto. Al contrario, esa tensión puede conducir a la angustia de tiempo, o a una sutil forma de matarlo por precipitación sin dar tiempo al tiempo para llenarlo al compás de la vida. Disfruta una hora quien saborea cada uno de los sesenta minutos que la componen.Ya Séneca distinguió entre vivir el tiempo y existir en el tiempo. Vive el tiempo quien lo llena con obras y lo disfruta pensando en los demás por Dios. San Josemaría aconseja: «emplea para tu vida, esta receta: “no me acuerdo de que existo. No pienso en mis cosas, pues no me queda tiempo” ¡Trabajo y servicio!».

Vivir el tiempo es tener la posibilidad de multiplicarlo, como Josué al conseguir que «un sólo día fuera tan largo como dos» (Qo 46, 5; Jos 10, 12-14). Dios alarga los días a quien vive con alegría el tiempo y, siendo fiel, logra un contento que «cada día será mayor». La alegría al vivir el tiempo es un modo de ejercer el derecho a ‘mejorar’ el bien usufructuado, convirtiendo la vida en «una continua oración, en un buen humor, en una paz». El gozo no desaparece porque no se vea el sol, pues para marcar la hora el sol se sirve de la sombra. Así, «toda la jornada puede ser tiempo de oración: de la noche a la mañana y de la mañana a la noche».

El juego del día con la noche me recuerda el zoológico de Chester, en el Reino Unido, con su casa de los murciélagos. En una profunda oscuridad los murciélagos pasan a pocos centímetros del visitante en vuelo veloz. Para esos mamíferos voladores es de noche, aunque afuera brille el sol. Al final de su jornada de trabajo, se encienden las luces y comienzan a descansar. Los murciélagos vivían el tiempo conforme lo marcaba el interruptor de la luz eléctrica. El hombre tiene su propia llave para marcar el día y la noche y, cuando lo hace cara a Dios, vive el tiempo en cualquier tiempo.

Poco antes de concluir el siglo XVI escribió Francis Bacon: «elegir tiempo es ahorrar tiempo». El disfrute de la vida consiste en acertar la elección de tiempo para cada actividad, comenzando por la relación con Dios, y «si Dios es para nosotros vida, no debe extrañarnos que nuestra existencia de cristianos haya de estar entretejida de oración». Por esto, vivir el tiempo es ocasión de redimirlo y hacerlo partícipe de la corredención. Un texto paulino aconseja caminar en sabiduría tempus redimentes, redimiendo el tiempo.

Redimir el tiempo es idea usada en ámbitos universitarios para relacionar tiempo y sabiduría: al estudio debe seguir la sabiduría, el esfuerzo por conseguirla suscita ‘redimir’ el tiempo perdido.

La acción redentora alcanza al tiempo de las personas y de las generaciones. «Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo», entre otras motivaciones por la necesidad de participar en el «ajetreado avanzar de la historia humana». El tiempo corredentor mete la eternidad en el calendario humano, y lleva al momento sublime de petición, sacrificio, adoración, agradecimiento: la Misa. Recién cumplidos treinta años, -fue en 1932- San Josemaría escribe: «Al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes». El sacerdote ofrenda la eternidad en el tiempo.

b) Trabajar el tiempo

«“Santificar el trabajo. Santificarse en el trabajo. Santificar a los demás con el trabajo”. En esta frase gráfica resumía el Fundador del Opus Dei el núcleo del mensaje que Dios le había confiado, para recordarlo a los cristianos». Las palabras citadas por Mons. Javier Echevarría tienen traslado al tiempo de trabajo, al trabajo que hace fecundo el tiempo. El trabajo da sentido a la vida, pues la vida es llenar tiempo con trabajo, físico, intelectual, y con descanso. Para el cristiano trabajo, descanso y tiempo quedan enriquecidos porque tienen a Dios como primer destinatario.

El Creador hace libre al hombre y no le cercena el tiempo, puede ordenarlo y gastarlo del modo que libremente elija. En Cristo encontramos un paradigma de tiempo dedicado al trabajo pues «se gana el pan, durante largos años, con su propio trabajo».

Trabajar el tiempo es hacer rendir los días «que Dios pone a nuestra disposición». El buen trabajador aprovecha el tiempo además de por el resultado tangible de su esfuerzo, por el beneficio intangible que personalmente obtiene: «no sólo es oro, ¡es gloria de Dios!»; «representa un anticipo de la gloria que se nos concederá después».

En la sociedad que nos corresponde vivir, donde el tiempo es un bien escaso, con frecuencia escuchamos quejas por ‘falta de tiempo’. La economía del tiempo mira con especial atención el paso de las agujas del reloj. Desde el realismo, San Josemaría eleva el tiempo a la consideración trascendente para afirmar con seguridad, digna del mejor empresario: «No nos debe sobrar el tiempo, ni un segundo, y no exagero. Trabajo hay». No es exageración porque un segundo puede tener valor infinito, de eternidad.

Son muchos los textos en los que aconseja aprovechar el tiempo en diversas circunstancias de la vida, por ejemplo: en el trabajo del hogar, en el estudio; o tomando como referencia pasajes del evangelio: la higuera maldecida, las vírgenes necias.

Todos los minutos tienen sesenta segundos, todas las horas consumen sesenta minutos. Pero la voluntad de trabajar intensamente hace que algunos segundos valgan por minutos, y que el resultado de una hora de trabajo supere los sesenta minutos. Tiempo y trabajo se enlazan en rendimiento cuando hay intensidad en el esfuerzo que hace indispensable el descanso para recuperar fuerzas. Ante este planteamiento se comprende que «no hay horas libres», pero con la actitud serena de aprovechar «las épocas de bienestar físico, los tiempos buenos», para recibir con «alegría sobrenatural los sucesos que la gente equivocadamente califica de malos». En las enseñanza de San Josemaría sobre el trabajo del tiempo hay un constante entrelazarse de sentido trascendente de la vida y sentido común, propio de los ciudadanos que viven en las situaciones normales de la vida ciudadana.

c) Compartir el tiempo

El tiempo es una plataforma de relaciones. No hay relación de tiempo sin ‘otro’, no hay ‘otro’ sin tiempo para relacionarse. Los sujetos de esa relación son las personas, en un contacto directo o a través de los medios de comunicación. El reloj puede medir la duración de las relaciones en tiempos concretos, pero no es la relación ni el medio de establecerla.

El objeto de la relación tiempo es la relación misma, el relacionarse, estar relacionado en tiempos determinados, no en ninguna hora pues, en tal caso, no hay relación. Desde la creación del tiempo -por voluntad de su Creador y Dueño- la mejor relación es compartir tiempo con Él y, desde esa relación primera, con las personas que nos relacionamos en la vida. No cabe compartir tiempo con uno mismo y pretender que todas las horas sean ‘yo’. Ante la tentación de «querer reservarse un poco de tiempo para sí mismo», es necesario «poner remedio a tanta pequeñez, rectificando enseguida».

La visión solidaria lleva a ser generoso en el gasto de tiempo para que otros lo disfruten cuando lo requieran «los intereses buenos y justos de los demás», y ayudar a quienes lo pidan.

Compartir tiempo pide saber adaptarse al paso del tiempo, en ocasiones con aparente «monotonía de días aparentemente siempre iguales». Otras veces el tiempo es portador de sequedad o contrariedades que obligan a «“marchar a contrapelo”, sin ningún consuelo espiritual ni humano».

2.3. Restituir

Es obligación del usufructuario restituir el bien que le ha sido entregado para su uso y disfrute. El propietario tiene derecho a exigir la restitución. En este caso, ¿qué significa restituir tiempo?

La restitución tiene en cuenta, en primer lugar, el gasto de tiempo libremente realizado y la alteración -positiva o negativa- del tiempo recibido en usufructo. La pretensión de restituir la misma cantidad de tiempo recibido, supone ignorar quién es el Dueño, qué es el tiempo y la condición de usufructuario. Una vez más viene al recuerdo la parábola de los talentos y el deber de hacer rendir lo recibido. No se debe malgastar el tiempo, ni olvidar su destino: «¿Tu tiempo para ti? ¡Tu tiempo para Dios!».

El reloj ayuda a controlar el gasto de tiempo y, de alguna forma, contribuye a medir su rentabilidad, pero marcar las horas no indica si están llenas o vacías, si miran al Cielo o a uno mismo. En el noble oficio de la relojería se llama reloj maestro a aquel cuya marcha sirve de norma a la de otros. Cuando del tiempo de vida se trata, el reloj maestro no solo marca las horas o los siglos, marca el sin tiempo o eternidad.

¿Qué caracteriza la obligación de restituir tiempo? Entre otras, señalo tres notas: es continua, insustituible, arriesgada.

a) Continua

El reloj maestro que gobierna la restitución de tiempo marca con idéntica precisión la eternidad y los segundos, por esto la obligación de restituir es permanente y continua, no limitada al tiempo de abandono de la vida terrena. El tiempo se restituye en la medida que se gasta, segundo a segundo, con acciones u omisiones. San Josemaría usa con frecuencia la palabra instante -porción breve de tiempo- para reflejar el continuo gasto de tiempo: «El Señor tiene derecho -y cada uno de nosotros obligación- a que “en todo instante” le glorifiquemos. Luego, si desperdiciamos el tiempo, robamos gloria a Dios».

¿Cómo medir los instantes? La respuesta va más allá del reloj y del tiempo, de las tácticas y sistemas de medición: está en el amor «que es la ‘táctica’ de Dios». Esa perspectiva lleva a exclamar: «¡Qué grande es el hombre, cuando se reconoce criatura predilecta de Dios y acude a El, tota die, en cada instante de su peregrinación terrena!».

La restitución continua de tiempo tiene inmediata respuesta. Refiriéndose al trabajo, escribe San Josemaría: «Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta».

b) Insustituible

Prácticamente todos los productos que circulan por los mercados de bienes de rápido consumo tienen posibilidad de ser sustituidos por otros, iguales o semejantes. Esta realidad es uno de los pilares de la competencia en el libre mercado. En el caso del tiempo no es posible la sustitución: es personal e intransferible. Se puede contratar tiempo de trabajo, pero las horas siguen siendo de uno, aunque las destine a tareas de otro.

El tiempo configura la vida; de ambos -tiempo y vida- ignoramos cuánto nos queda. Si no se pueden sustituir, ¿se pueden recuperar? La vida no; el tiempo, sí.

Los relojes humanos -desde el de sol hasta el atómico- ni recuperan tiempo pasado ni llenan tiempo futuro: marcan el presente. Pero el eterno reloj maestro, con el amor de Dios como tic-tac, acoge tiempo para rectificar el pasado. La gracia de Dios, especialmente manifestada en el sacramento de la Penitencia, permite volver a empezar, y recuperar las horas perdidas; también, por ejemplo, mediante una mayor entrega e intensidad en el trabajo.

Podemos perder tiempo o nos lo pueden robar. Ya en el siglo XV a.C. al reloj de agua se le llamó Clepsidra, en griego ‘roba agua’, ladrón de agua. Las personas robamos tiempo a Dios y a los demás cuando lo perdemos. Hay ladrones de tiempo especializados para cada persona, sin embargo uno de los más comunes se llama imaginación. La imaginación suelta y descontrolada consume minutos, horas, días. Es una situación que a veces propician los nuevos soportes de la comunicación digital, que podrían disparar la imaginación, llevándola a que consuma incluso jornadas.

c) Arriesgada

El momento de la rendición de cuentas es delicado y comprometido. Si de la vida se trata, es un acto único para presentar el balance final del tiempo vivido y someterlo al juicio del Señor del Tiempo. Cuando se ha sabido rendir cuenta de cada ‘instante’, previsiblemente no habrá muchas sorpresas; en caso contrario, puede haber una sorpresa que no tienen remedio: se ha perdido la eterna felicidad.

Uno de los mayores factores de riesgo es no darse cuenta de los tiempos muertos que uno ha matado por egoísmo. A San Josemaría le producía pesar lo que coloquialmente se expresa con matar el tiempo. «Qué pena matar el tiempo, que es un tesoro de Dios». El riesgo es grande, se puede decir que infinito porque «cuando el cristiano mata su tiempo en la tierra, se coloca en peligro de matar su Cielo». Con una imagen que no deja hueco a la duda, escribió: «si matas el tiempo abres las puertas de tu alma al demonio».

3. Desde el tiempo

La preposición ‘desde’ significa punto de partida hacia un final. El tiempo es siempre un comienzo hacia el futuro, terminal del pasado que pasa en el presente y busca una meta. Desde el tiempo equivale a señalar un horizonte sin tiempo, y esto a pesar de la pertinacia humana que anhela medir el tiempo con precisión y por plazo cada vez más largo. San Josemaría enseña que todos los estratos de la humanidad pueden «elevar al orden de la gracia el quehacer diario, la profesión u oficio». Nace así «una esperanza nueva que trasciende el tiempo y la caducidad de lo mundano». Es una esperanza que demanda poner medios sobrenaturales y humanos. Desde el tiempo se comprende el momento del Apocalipsis cuando el ángel proclama «que no habrá más tiempo» (Ap 10, 7), siempre será de día «pues noche allí no habrá» (Ap 21, 25).

3.1. A imagen de la eternidad

Dice el libro de la Sabiduría «Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad y lo hizo a imagen de su propia eternidad. Mas por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sb 2, 23-24). Dios crea al hombre en y para la eternidad. El misterio del pecado y el misterio de la Redención inciden en nuestra comprensión de la eternidad, y por la rutina humana se puede olvidar su profundo significado. Lo señala el Fundador del Opus Dei: «¡Qué capacidad tan extraña tiene el hombre para olvidarse de las cosas más maravillosas, para acostumbrarse al misterio!».

A veces, la palabra ‘siempre’ se utiliza para atenuar el misterio: siempre ha sido así, siempre fue cuestión no resuelta, etc., sin reconocer que ese adverbio tiene equivalencia de eternidad. «Desde siempre y para siempre, Tú eres Dios» (Sal 90, 2), que en algunas versiones es: ‘desde la eternidad a la eternidad, Tú eres Dios’. Esta realidad cobra fuerza en el punto 999 de Forja: «Sólo es verdad, con una verdad total, el “para siempre” de la eternidad».

Que el hombre haya sido creado a imagen de la eternidad lleva a plantear su paso por la tierra como peregrinaje para el que ha sido elegido, y que su inteligencia apunta al infinito eterno.

a) Tiempo de peregrinación

El verbo ‘peregrinar’ significa «entender la vida como un camino que hay que recorrer». Así lo entendió San Josemaría: «tiempo de peregrinación, de viaje», que revela el valor de eternidad de cosas aparentemente sin importancia, donde las ocupaciones corrientes y ordinarias «tienen un sentido divino de eternidad», de esperanza.

En ese peregrinar desde el tiempo la mirada llega al cielo «cuando se ven las cosas con ojos de eternidad», con la permanente referencia al paso de Jesús por la tierra, procurando meterse en los Evangelio «como un personaje más». Así, de modo inefable, el hombre disfruta del gozo anunciado por el Señor: «Dichosos los ojos que ven lo que veis» (Lc 10, 23). En consecuencia, el trabajo, las alegrías y las contrariedades de la vida producen frutos que son «semilla de eternidad».

b) Elegidos desde la eternidad

«No me gusta hablar de elegidos ni de privilegiados. Pero es Cristo quien habla, quien elige. Es el lenguaje de la Escritura: elegit nos in ipso ante mundi constitutionem -dice San Pablo- ut essemus sancti (Ef 1, 4). Nos ha escogido, desde antes de la constitución del mundo, para que seamos santos». No debemos atribuirnos mérito alguno en esa elección pues sólo somos «instrumentos del Creador del mundo».

La elección se hace efectiva en la vida y en un tiempo determinado. Es personal, Dios no elige en bloques, sino uno a uno: «¡El Señor os tiene contados desde la eternidad!». La llamada es universal, «nuestro Señor se dirige a todos los hombres para que vengan a su encuentro, para que sean santos», la realiza en las circunstancias de tiempo y condiciones más favorables, «en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad». Es momento que la persona ignora hasta que se presenta, como sucedió con la Virgen María que, antes del anuncio por Gabriel Arcángel, ignoraba su elección desde toda la eternidad.

La elección respeta la libertad personal, pero una vez aceptada introduce en la vida el deseo de «vivir cada instante con vibración de eternidad», con la seguridad de la continua ayuda de Dios.

c) Ansia de Infinito

Para jugar con el tiempo es necesario conocer las reglas de ese juego. La primera es saber que tiene Creador y está marcado con un comienzo y final. La segunda, admitir que existe el sin tiempo llamado eternidad. Esto implica tener conciencia de que «la actual condición humana no es la definitiva». Para el cristiano la situación definitiva es consecuencia de una conquista espiritual con «ansia de Infinito, de eternidad», conquista desde la libertad, con etapas inevitables para el peregrino.

Cuando algo es inevitable el sentido común aconseja procurar la “amistad” de ese ‘algo’ que Dios envía o permite, y hacerlo con la serenidad de quien lo ve como decisión que de la eternidad viene y a la eternidad va. Inevitable es que un día se detenga el reloj fisiológico que todos llevamos dentro, llamado corazón. Cuando cesa su tic-tac natural, el ‘algo’ recibe un nombre: muerte. Si hemos cultivado su amistad, la sorpresa será menor. Con imagen poética hace muchos años escribió el autor de Camino: «¿Has visto, en una tarde triste de otoño, caer las hojas muertas? Así caen las almas en la eternidad: un día la hoja caída serás tú».

El Señor del Tiempo se reserva el día y la hora de ese trance inevitable, de ahí la importancia del «vigilad» evangélico (Mt 25, 13). Para ‘vigilar’ la muerte es preciso estar vigilante en la vida, sabiendo que aquélla es etapa para otro inevitable: rendir cuentas. En esa rendición de cuentas la aportación personal deberá ser alta, porque lo recibido es el rescate por redención divina, precio y tesoro «de la eternidad de cada uno».

Al dirigirse a los sacerdotes, San Josemaría les recordaba que «la gran necesidad a la que queremos poner remedio, es el pecado, el alejamiento de Dios, el riesgo de que las almas se pierdan para toda la eternidad. Llevar a los hombres a la gloria eterna en el amor de Dios: ésa es nuestra aspiración fundamental al celebrar la Santa Misa». La verdadera dimensión de la ofensa a Dios adquiere especial relieve al compararla con el sacrificio redentor de la Cruz: «por salvar al hombre, Señor, mueres en la Cruz; y, sin embargo, por un solo pecado mortal, condenas al hombre a una eternidad infeliz de tormentos...: ¡cuánto te ofende el pecado, y cuánto lo debo odiar!».

La espera de alcanzar la eterna bienaventuranza no es cómoda ni admite ignorar que el tiempo pasa. Pero el ejercicio de la esperanza trae tranquilidad al alma. En la homilía La esperanza del cristiano, San Josemaría desborda su pensamiento con seguro gozo. «Estoy feliz con la certeza del Cielo que alcanzaremos, si permanecemos fieles hasta el final». Esta convicción le incita a comprender que «sólo lo que está marcado con la huella de Dios revela la señal indeleble de la eternidad, y su valor imperecedero».

Dios da a todos un tiempo de vida y a todos ofrece la eternidad («nadie se encuentra excluido de la salvación») es conquista difícil pero asequible en cualquier instante, aunque pueda parecer imposible. Basta recordar la canonización otorgada por Jesucristo a un pecador -«hoy estarás conmigo en el paraíso»-, como respuesta al ruego humilde de quien le acompañaba desde otra cruz.

La gloria eterna tiene como moneda de compra el tiempo gastado en Dios. Allí se recibe «el eterno abrazo de Amor de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo y de Santa María». Allí alcanza pleno significado la palabra ‘felicidad’ sin que admita comparación alguna (cfr. Rm 8, 18).

3.2. La Cantiga 103

Hablar de la eterna bienaventuranza sin pensar en Santa María, es como decir amanecer y olvidarse del sol. Ella es Puerta y Reina del Cielo, Madre de la Eternidad. Si no hubiera existido el Cielo y la Eternidad, Dios los habría creado para Ella: es «la obra maestra de la misión del Hijo y del Espíritu Santo en la plenitud de los tiempos».

San Josemaría señala el camino que la Trinidad, «en la misteriosa economía divina», dispone para la Madre del Salvador: «Nuestra Señora, hecha partícipe de modo pleno de la obra de nuestra salvación, tenía que seguir de cerca los pasos de su Hijo: la pobreza de Belén, la vida oculta de trabajo ordinario en Nazaret, la manifestación de la divinidad en Caná de Galilea, las afrentas de la Pasión y el Sacrificio divino de la Cruz, la bienaventuranza eterna del Paraíso».

Son muchos los textos del Fundador del Opus Dei que alaban las glorias de María. Entre los más antiguos está el Santo Rosario, libro escrito en 1931, cuando el autor contaba 29 años. Esas páginas hacen vida el consejo que daba a los lectores para llegar a un trato con Jesús: el «confiado amor hacia María Santísima». En una de las páginas contempla la alegría de los Ángeles al ver a María «llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos», donde «la Trinidad beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y Esposa de Dios».

Los siglos han dejado señales de la devoción de los cristianos a su Madre, escritos, pinturas, esculturas, cantos, etc. San Josemaría recuerda uno de esos testimonios. «Viene a mi memoria una encantadora poesía gallega, una de esas Cantigas de Alfonso X el Sabio. La leyenda de un monje que, en su simplicidad, suplicó a Santa María poder contemplar el cielo, aunque fuera un instante. La Virgen acogió su deseo, y el buen monje fue trasladado al paraíso. Cuando regresó, no reconocía a ninguno de los moradores del monasterio: su oración, que a él le había parecido brevísima, había durado tres siglos».

La Cantiga hace el número 103 de las Cantigas de Santa María. El estribillo de la poesía, que se repite catorce veces, recuerda al cristiano que quien sirve bien a la Virgen, irá al Paraíso: Quen Virgen ben servirá / a Parayso irá.


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