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53 • Julio - Diciembre 2011 • Pág. 282
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la inauguración del año académico, Universidad Campus Bio-Médico, Roma (13-X-2011)

Ilustres autoridades, muy queridos profesores, estudiantes, personal directivo y técnico-administrativo de la Universidad Campus Bio-Médico de Roma:

Perdonadme si me alargo un poco. Esto se debe al gran afecto que siento por vosotros y que me llevaría a quedarme aquí el día entero, si me fuera posible. Vuelvo con la memoria a lo que dije la primera vez que celebré la Santa Misa en este lugar: lo que os dará fuerza y felicidad en vuestro trabajo está aquí escondido en el Sagrario; pero no olvidéis que este Señor nuestro, que dio su vida por nosotros y resucitó para que participáramos en su vida, es quien creó el mundo y sostiene también toda nuestra existencia.

Repito que para mí es un gran motivo de alegría encontrarme aquí con vosotros, por la ceremonia de apertura del año académico. Celebramos la Santa Misa votiva del Espíritu Santo, precisamente para invocar que venga a nuestros corazones. ¡Estamos tan necesitados de Èl!

En la primera lectura hemos escuchado el relato de la venida del Espíritu Santo sobre la Bienaventurada Virgen María y los Apóstoles, reunidos en oración en el Cenáculo, en Jerusalén. Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego —escribe san Lucas—, que se dividían y se posaron sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo,

En la segunda lectura san Pablo nos dice: hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo; y diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; y diversidad de acciones, pero Dios es el mismo, que obra todo en todos.

Con estas palabras el Apóstol exhorta a los corintios a que guarden la unidad, que es una característica esencial de la vida de la Iglesia, y es obra del Espíritu Santo, pero requiere el esfuerzo de todos los fieles. La unidad es indispensable en cualquier proyecto apostólico: con actividades y oficios muy distintos, todos estamos llamados a construir algo grande. Es lógico que sea así también desde un punto de vista humano, pues la falta de unidad lleva, antes o después, a la ineficacia y a la disgregación.

No debe sorprendernos que, a veces, no sea fácil ni espontáneo construir juntos, es decir, descubrir y perseguir un objetivo común en colaboración de las personas que trabajan a nuestro lado. Cualquier proyecto de gran envergadura —y el Campus Bio-Médico lo es sin ninguna duda— presenta muchas facetas, plantea complejidades y se enfrenta con puntos de vista diferentes, no siempre conciliables con facilidad, pero nunca imposibles de conciliar. Lo importante es que busquemos siempre la ayuda los unos de los otros.

Para llegar cada vez más lejos es preciso perseguir la unidad. Es muy gráfico lo que san Josemaría escribió en Camino: «¿Ves? Un hilo y otro y muchos, bien trenzados, forman esa maroma capaz de alzar pesos enormes». Nosotros, los cristianos hemos de ser así, en la vida familiar y profesional, y también en el descanso. Si pensamos constantemente en los demás, seremos siempre más felices.

San Pablo nos ofrece un motivo más de meditación cuando añade que a cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para provecho común. El mensaje es claro: la pretensión de alcanzar una meta por uno mismo, por nuestra cuenta, resultaría veleidoso y podría conducirnos al fracaso o, por lo menos, al egoísmo, si esa meta estuviera destinada a conseguir una afirmación exclusivamente personal. Este resultado no nos puede satisfacer: el mensaje cristiano, del cual somos transmisores, nos compromete a ser mujeres u hombres sembradores de paz y alegría.

El Espíritu Santo comunica a cada uno luces particulares, para que, unidos en la caridad de Cristo, podamos descubrir, comprender y procurar poner en práctica su Voluntad. En otros términos, sólo cuando estamos dispuestos a dejarnos iluminar por la luz que Dios concede también a las personas que están a nuestro alrededor, escuchando con sincera apertura los puntos de vista de los demás, recibimos la luz que nos indica el justo camino que hemos de recorrer.

En teoría sabemos que muchas veces el Señor nos habla por medio de otras personas. ¡Que no olvidemos esta verdad! Sin embargo, luego, en la práctica, nos resulta difícil, a veces, abrirnos verdaderamente a los demás para pedir consejo; no sabemos escuchar con interés, con aquella docilidad de quien está dispuesto a cambiar de parecer inmediatamente, si es necesario. «Cuando nuestras ideas —afirma san Josemaría— nos separan de los demás, cuando nos llevan a romper la comunión, la unidad con nuestros hermanos, es señal clara de que no estamos obrando según el espíritu de Dios».

Me vienen a la memoria las palabras que mi predecesor, el Siervo de Dios S.E. Mons. Álvaro del Portillo, os dirigió a todos vosotros en una circunstancia análoga (aunque, en realidad, muchos de los estudiantes que hoy están aquí presentes, entonces eran unos recién nacidos). No sabéis cuánto amó a Italia y a todas las obras apostólicas en Italia. Se sentía completamente romano y, como romano, de todas las partes de Italia y universal.

En la inauguración del primer año académico del Campus Bio-Médico, hace casi veinte años, el queridísimo don Álvaro dijo lo siguiente: «Os recomiendo que trabajéis con un espíritu de unidad y de comprensión, con optimismo; superaréis de este modo los obstáculos con la ayuda de Dios, seréis felices y —lo que es todavía más importante— os santificaréis y ayudaréis a los demás a santificarse, porque estaréis viviendo el mandamiento del amor».

¡La paz sea con vosotros!, dice el Señor resucitado en el Evangelio que se ha proclamado hace poco: al ver al Señor, los discípulos se alegraron. La alegría cristiana es fruto también del esfuerzo de cada uno para ver a Cristo en los demás, para vivir, día a día, el mandamiento del amor.

Si volvemos la mirada al pasado, dirigiendo el pensamiento a estos años de la vida del Campus Bio-Médico, hemos de reconocer, con profunda gratitud al Señor, que el camino ya recorrido no es corto. Las dificultades —que no han faltado ni pueden faltar en una empresa como ésta— han sido superadas; el trabajo realizado en común, y el espíritu de unidad, de comprensión y de optimismo, han permitido apreciar el valor de lo que han aportado todas las mujeres y los hombres que han contribuido al crecimiento de la Universidad.

Ésta es la lógica que anima las obras de apostolado promovidas por los fieles del Opus Dei, en unión con muchas otras personas, en el mundo entero. Con palabras de san Josemaría, os recuerdo un consejo importante: «Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir».

Hoy podemos afirmar de nuevo que, cuando se trabaja en un proyecto apostólico, y también en un proyecto familiar, se recibe la llamada a descubrir aquel algo santo, presente también en los corazones y en los entendimientos de las personas que colaboran con nosotros.

La lógica de Dios es una lógica de servicio: los reyes de las naciones las dominan y los que tienen potestad sobre ellas son llamados bienhechores. Vosotros no seáis así, enseña Jesús dirigiéndose a sus discípulos, y por tanto a cada uno de nosotros; al contrario: que el mayor entre vosotros se haga como el menor, y el que manda como el que sirve. Porque ¿quién es mayor: el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Sin embargo, yo estoy en medio de vosotros como quien sirve. Cada cristiano, por el mismo hecho de haber sido buscado por Cristo, ha de ser apóstol. ¡Absolutamente todos! El Señor nos ha pedido a todos que luchemos para ser santos en la vida ordinaria y que nos ocupemos de la salvación de las almas.

Ven, oh Espíritu Santo, y envíanos desde el Cielo un rayo de tu luz. Mirándoos a vosotros, los estudiantes, y pensando en todos los que han pasado y pasarán por las aulas de esta Universidad, me resulta espontáneo invocar, para cada una y para cada, uno la luz del Espíritu Santo. Que sigáis teniendo horizontes grandes, universales, y que busquéis alimentar en vosotros un sincero ideal de servicio, tanto en vuestro estudio como en todos los demás aspectos de vuestra formación humana, profesional y espiritual. Pedid al Señor la gracia de hacer de vuestra vida algo grande, y de conseguir encender todos los caminos de la tierra con la luminaria de la fe y del amor, también cuando volvéis a casa quizá cansados.

En una reciente intervención, el Santo Padre Benedicto XVI recordó a los jóvenes que «en el Bautismo, el Señor enciende por decirlo así una luz en nuestra vida». Y los invitaba, sin reparos, a buscar la santidad: «Tened la valentía de usar vuestros talentos y dones al servicio del Reino de Dios y de entregaros vosotros mismos, como la cera de la vela, para que el Señor ilumine la oscuridad a través de vosotros. Tened la osadía de ser santos brillantes, en cuyos ojos y corazones resplandezca el amor de Cristo, llevando así la luz al mundo». Hoy consideramos que esta invitación está dirigida también a cada uno y a cada una de nosotros.

Que la Virgen Santísima, templo del Espíritu Santo, nos ayude a reconocer la voz de Dios y mantenga nuestras inteligencias y nuestros corazones abiertos y dispuestos a escucharla. Recibiremos así la luz de Dios y, en correspondencia, podremos llevarla a toda la tierra. Soñad y la realidad superará vuestros sueños.


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