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53 • Julio - Diciembre 2011 • Pág. 293
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Discurso en la inauguración del curso académico, Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma (10-X-2011)

Eminencias, Excelencias e Ilustrísimas autoridades, Profesores, Estudiantes y todos los que trabajáis en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.

Señoras y señores

Hace pocas semanas, en el contexto de la Jornada Mundial de la Juventud, celebrada este verano en Madrid, tuve la dicha de tomar parte en el encuentro del Santo Padre con los jóvenes profesores universitarios en San Lorenzo de El Escorial. Estoy seguro de que habréis leído una y otra vez las palabras de Benedicto XVI, pronunciadas a lo largo de aquellos días inolvidables, y de que habrá calado hasta el fondo de vuestras almas el contenido de aquel discurso, dirigido de modo especial a nosotros, porque conmigo estabais idealmente presentes también vosotros que formáis parte de esta Universidad. Considero, sin embargo, que la inauguración de este año académico será todavía más fecunda si volvemos a meditar las palabras del Papa con el fin de que sigan siendo luz para hacer madurar, en nuestro ser y en nuestro obrar universitario, el lema de aquellas jornadas: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”.

Llena realmente de alegría, de fe, de esperanza y de optimismo el efecto tan positivo logrado, en tantos hombres y mujeres del mundo de la cultura, por el esfuerzo del Papa para hacer brillar la armonía intrínseca entre razón y fe. No son pocos los intelectuales que, inspirándose en su Magisterio, profundamente penetrado por su amor a la universidad, han reconocido que una cultura plenamente humana no puede prescindir de la religión y que la apertura a la trascendencia es indispensable para nuestra sociedad.

Otro motivo de particular alegría lo constituye el hecho de que este año celebramos el 25º aniversario de la fundación del Instituto Superior de Ciencias Religiosas all’Apollinare. El Instituto, promovido con intuición pastoral penetrante y audaz por el Card. Pietro Palazzini, de venerada memoria, fue erigido por la Congregación de la Educación Católica el 17 de septiembre de 1986. En 1988 el Siervo de Dios Mons. Álvaro del Portillo, primer Gran Canciller de nuestra Universidad, secundó con gozo la petición del Card. Palazzini para que el Instituto fuera puesto bajo la tutela académica de la Facultad de Teología, para ofrecer a la Iglesia en Italia un servicio cualificado, también en este terreno.

Las palabras del Papa a las que me refería nos animan a empezar este nuevo año de estudio y de trabajo, bien conscientes de que estamos «unidos a esa cadena de hombres y mujeres que se han entregado a proponer y acreditar la fe ante la inteligencia de los hombres», con la conciencia clara también de que no es suficiente limitarse a enseñar o estudiar los diversos tratados: la fe exige ser vivida, encarnada cada día.

La orientación de nuestro trabajo universitario ha de contribuir a que sean más profundas las raíces de la fe y la vida cristiana en nosotros mismos y en la cultura de nuestro tiempo. Es preciso, por tanto, estar prevenidos contra el riesgo de entender que la misión de la universidad es únicamente utilitarista, de que nos podemos limitar sólo a formar unos profesionales de las ciencias sagradas, competentes y eficaces, capaces de satisfacer las necesidades de cada momento, dando el primer lugar a la “pura capacidad técnica” en los terrenos de la docencia, del gobierno pastoral, de la administración eclesiástica o de la comunicación institucional. No: nuestra aspiración es mucho más elevada, va más allá de la simple utilidad y del pragmatismo inmediato.

En esta «casa donde se busca la verdad propia de la persona humana» —así le gusta a Benedicto XVI definir la universidad— se encienden y se alimentan los afanes apostólicos y los deseos de intimidad con Dios, porque, como explicaba san Josemaría, «no hay tarea humana que no sea santificable, motivo para la propia santificación y ocasión para colaborar con Dios en la santificación de los que nos rodean». Y añadía, con palabras que se pueden muy bien aplicar al trabajo universitario: «Trabajar así es oración. Estudiar así es oración. Investigar así es oración. No salimos nunca de lo mismo: todo es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentar ese trato continuo con Él, de la mañana a la noche».

Vosotros, los profesores —estoy convencido—, sois bien concientes de que, como dice el Santo Padre, «los jóvenes necesitan auténticos maestros; personas abiertas a la verdad total en las diferentes ramas del saber, sabiendo escuchar y viviendo en su propio interior ese diálogo interdisciplinar; personas convencidas, sobre todo, de la capacidad humana de avanzar en el camino hacia la verdad» sobre Dios, el hombre, la sociedad y la misma Iglesia.

Vosotros sabéis que «esta alta aspiración es la más valiosa que podéis transmitir personal y vitalmente a vuestros estudiantes», y no olvidáis que «la enseñanza no es una escueta comunicación de contenidos, sino una formación de jóvenes a quienes habéis de comprender y querer, en quienes debéis suscitar esa sed de verdad que poseen en lo profundo y ese afán de superación. Sed para ellos estímulo y fortaleza». Precisamente porque —como afirmó de modo perentorio san Josemaría en una memorable ocasión— «no hay Universidad propiamente en las Escuelas donde, a la transmisión de los saberes, no se una la formación enteriza de las personalidades jóvenes». Os repito, por tanto, con el Papa: «Sed para ellos estímulo y fortaleza».

Pero también vosotros, queridos miembros del personal de la Universidad que desempeñáis tareas no docentes, aunque igualmente necesarias, contribuís a la formación de los alumnos para servir mejor a la Iglesia, con el ejemplo de vuestro trabajo bien hecho, cuidado hasta los detalles más pequeños, que pueden encerrar mucho amor de Dios.

Y, finalmente, me dirijo a vosotros, queridos estudiantes de esta Universidad. No dejéis de vivir «los años de vuestra formación con profunda alegría, en actitud de docilidad, de lucidez y de radical fidelidad evangélica, así como en amorosa relación con el tiempo y las personas en medio de las que vivís».

Al comienzo del año académico, me parece importante para todos nosotros recordar que la santificación del trabajo universitario —es decir, el fin para el cual estamos aquí reunidos— implica amar el estudio, porque «no podemos avanzar en el conocimiento de algo si no nos mueve el amor; ni tampoco amar algo en lo que no vemos racionalidad».

Al mismo tiempo, hemos de querer a todas las personas —profesores, alumnos, personal no docente— con las que compartimos esta tarea: no sería auténtico un amor que permitiera encerrarse en el deseo egoísta de adquirir conocimientos.

Sabemos también que la piedra de toque del amor es el dolor: en los momentos en que el estudio o el trato con los demás pueden resultar más difíciles, perseveremos, no sencillamente por el deseo de alcanzar la sabiduría, sino porque tengamos la seguridad de ser amados, «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe».

Con esta firme y honda raíz —como nos exhortaba san Josemaría—, «la Universidad sabe que la necesaria objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo conformismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública».

Para seguir adelante en el camino de la santificación, que nos lleva a saber amar con una perseverancia firmemente apoyada en la fe, es indispensable una virtud, necesaria en todos los oficios, y expresamente mencionada por Benedicto XVI a propósito precisamente del trabajo intelectual y docente: la humildad, «que protege de la vanidad que cierra el acceso a la verdad».

Si somos humildes sabremos dialogar, porque tendremos la capacidad de saber escuchar. Estaremos dispuestos a reconocer que nos hemos equivocado, porque «la verdad misma siempre va a estar más allá de nuestro alcance. Podemos buscarla y acercarnos a ella, pero no podemos poseerla del todo: más bien, es ella la que nos posee a nosotros y la que nos motiva».

Como a san Josemaría le gustaba repetir, la humildad es la verdad, y por esto es una virtud imprescindible para todos los que tienen la misión de cooperar en la difusión de la verdad. Pidámosla a Jesús, realmente presente en el SS. Sacramento, cuando vamos a saludarle en el Sagrario, desde donde preside estos edificios, y tendremos la seguridad de estar firmemente arraigados en Él.

Invoquemos, pues, al Señor y acudamos también a nuestra Madre Santa María, Sedes Sapientiæ, para que Ella nos haga humildes pero eficaces colaboradores de su Hijo, en la difusión de la verdad, a lo largo de este año académico 2011-2012, que declaro inaugurado.


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