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54 • Enero - Junio 2012 • Pág. 99
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Con ocasión de la fiesta de san Josemaría, Basílica de San Eugenio, Roma (26-VI-2012)

Desde hace treinta y siete años nos reunimos en esta basílica para recordar en la Santa Misa el paso al Cielo de san Josemaría Escrivá. En los primeros años, ofrecíamos sufragios por su alma, a pesar de tener ya el convencimiento de que era él quien intercedía por nosotros ante el Señor; después de la beatificación y canonización, celebramos la Misa en honor de este gran siervo de Dios, que quiso ponerse siempre a disposición de la Iglesia y de todas las almas.

En el año 1975 llegamos aquí con el ánimo roto por el dolor de la separación física de san Josemaría, a pesar de que todos nosotros, que le conocíamos, estuviéramos más que convencidos de que el Señor había llevado su alma a gozar de su presencia. Una prueba evidente de ello era, entre otros aspectos, el elevado flujo de personas —cardenales, arzobispos, obispos y muchos, muchos fieles— que acudieron a rezar ante su cuerpo.

Cuando se decretó la beatificación, mi amadísimo precursor, Su Excelencia Mons. del Portillo, eligió los textos que se debían presentar a la Congregación para el Culto Divino para la Misa que hoy celebramos, y lo hizo con mucha devoción. San Josemaría amaba hondamente la Sagrada Escritura y Mons. del Portillo propuso como lecturas y como Evangelio algunos textos que había meditado y propuesto a la meditación de los demás repetidas veces, extrayendo la riqueza de la enseñanza del Antiguo y del Nuevo Testamento. De tales textos mana la certeza para cada uno de nosotros de que estamos siempre acompañados por este Dios que no nos abandona nunca. Somos nosotros, en cambio, los que a veces y desgraciadamente nos alejamos de la cercanía del amor de Dios.

Quisiera detenerme ahora en el contenido de estos textos.

En el ya lejano 1948, cuando conocí el Opus Dei, llamó mi atención la agudeza y la sensibilidad con las que san Josemaría leía aquel pasaje del Génesis que habla del amor que Dios infundió en la creación del mundo. Todas las criaturas materiales estaban al servicio de la primera pareja humana, de Adán y Eva, que estaban llamados a asumir un papel activo en el proyecto divino: precisamente para que mantuvieran el diálogo con el Señor, Yahvé les mandó que trabajaran. La Sagrada Escritura afirma que el hombre fue puesto en el Paraíso “ut operaretur” (Gn 2, 15), para que trabajara.

Siguiendo esta inspiración del Señor, san Josemaría repitió incansablemente que el trabajo no es un castigo. Después de la caída original de nuestros progenitores, experimentamos la fatiga, que es el castigo; pero el trabajo en sí mismo es diálogo con el Señor, es el quicio sobre el cual gira la vida ordinaria de cada mujer y de cada hombre. Es posible, por lo tanto, santificarse en el trabajo, santificar el trabajo, santificar a los demás con el trabajo. Es ésta una responsabilidad que nadie ha de olvidar. Puedo deciros que san Josemaría no solo luchó para vivir con delicadeza exquisita este mandamiento del Señor, sino que buscaba ser contemplativo con unidad de vida; es decir, buscaba la unión con Dios no sólo en la oración, sino que convertía el trabajo en oración: en aquellos instantes levantaba su alma al Señor para expresar su agradecimiento y ofrecer también su cansancio para la salvación de su alma y la de todas las personas. Y no olvidemos que trabajo es también atender a la propia familia, en las labores del hogar.

La segunda lectura es un pasaje de la epístola de San Pablo a los Romanos (cfr. Rm 8, 14-17) que revela la maravilla de la filiación divina. Hemos de considerar esta maravillosa realidad cada día con gratitud y con el deseo de corresponder a todo el amor de Dios, que nos ama más que un padre de la tierra, más que todos los padres y que todas las madres de la tierra juntos. Y nos dice: tú eres mi hija, tú eres mi hijo (cfr. Sal 2, 7).

Meditemos en esta cercanía. Reflexionemos sobre este amor de Dios, que está siempre con nosotros y sigue todo lo que hacemos. Hemos de intentar cumplir nuestros variados deberes con la certeza de que, si correspondemos al amor de Dios, podremos llevarlos a cabo en cualquier circunstancia. Me acuerdo perfectamente que san Josemaría nos decía —y se refería también a personas que no pertenecían al Opus Dei— que en cualquier situación, en cualquier momento, debemos vivir en la presencia de Dios, con un agradecimiento siempre mayor por haber llegado a ser hijos de nuestro Padre Dios en Cristo, y apoyarnos en el auxilio de la gracia para santificar todo lo que nos ocupa en cada momento.

Después, el amadísimo don Álvaro, gran siervo de la Iglesia y de las almas, sugirió que en los textos aprobados —como dije antes— por la Congregación para el Culto Divino, apareciera como lectura del Evangelio el relato de la primera pesca milagrosa. A san Josemaría —puedo decíroslo con total seguridad, porque fui testigo de esta escena muchas veces— se le iluminaban el rostro y los ojos cuando consideraba que el Señor nos pide prestada, como a Pedro, nuestra pobre barca, nuestra vida.

No podemos excusarnos diciendo: yo soy así de débil, soy así de mezquino…; no, no, no. Es Dios quien nos pide nuestra barca para hablar a todas las personas, para que podamos hacerles descubrir que pueden y deben aspirar a la intimidad con Dios, a la santidad. San Josemaría se detenía en esta escena en la que Jesús sube a la barca de Pedro y desde allí comienza a hablar como Maestro, pero como un Maestro que no humilla, como un Maestro que ilumina, un Maestro que se ocupa de todos los asuntos de sus hermanos, de sus hermanas. Después se dirige a Pedro con aquella petición maravillosa: Duc in altum! (Lc 5, 4). Rema mar adentro, has de ir lejos, empuña los remos, esfuérzate para llegar donde se puede pescar. Al comienzo, Pedro piensa como a veces pensamos nosotros. Era un experto en la pesca y trabajaba habitualmente por la noche para tratar de conseguir algún pez. En aquella ocasión no habían pescado nada, absolutamente nada; pero, al ver el interés y la confianza con que Cristo nos sigue, obedeció; remó con todos los demás hacia el mar abierto y allí escucharon otro consejo del Maestro: echad vuestras redes para pescar (Ibid.).

No podemos escudarnos con falsas razones. Podemos, así como somos, lanzar la red del Señor, para que muchas personas descubran su amistad. Y se repitió el milagro, el prodigio, en aquel mar en el cual no habían cogido nada. Recogieron gran cantidad de peces, tantos que las redes se rompían (Lc 5, 6). Tantos que no podían sacar las redes solos, y llamaron a los de la otra barca. San Josemaría sacaba de este episodio esta enseñanza: la obediencia lleva a la fraternidad; la fraternidad lleva a la obediencia, a la docilidad, abre el camino de la gracia.

Hermanos y hermanas míos: procuremos realizar nuestro trabajo con docilidad a la gracia. Si vivimos así, si nos portamos con fidelidad, podemos tener la certeza de que no sólo nosotros mismos nos acercaremos al Señor, sino que acercaremos a otros también, porque viendo nuestra felicidad, nuestra paz, nuestra seguridad —porque el Señor no nos deja nunca solos—, se preguntarán y nos preguntarán: ¿cómo logras vivir así?; podremos explicarles que vivir como hijos de Dios proporciona una gran ventaja, no solo para nosotros, sino también para otras personas. Si se esfuerzan por vivir de este modo, experimentarán que no les faltará nunca la paz y el gozo de estar con el Señor.

Hemos visto como Pedro, asombrado frente al prodigio del cual ha sido testigo, dice a Jesús: ¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador! (Lc 5, 8). Recuerdo que san Josemaría, entendiendo perfectamente la admiración de Pedro, precisaba: “Señor, no te alejes de mí, sígueme de cerca, porque sin ti nada puedo hacer”. Comprendía también que Pedro, lleno de admiración, dijera al Señor que no era digno de estar con Él. Pero, gracias a la misericordia, al amor de Dios, todos nosotros nos hemos vuelto dignos de estar con Dios, porque Él nos ofrece los sacramentos para poner remedio a nuestros errores y fragilidades. Procurad hacer el apostolado de la Confesión; hablad con vuestros amigos, con vuestros parientes, de la maravilla de un Dios que perdona porque ama, porque comprende.

Os pido, finalmente, que oréis, como siempre, por el Santo Padre Benedicto XVI: puesto que somos hijas e hijos suyos, tenemos la obligación de sostenerle, de ayudarle con nuestra oración, con nuestro trabajo, con nuestra alegría y con nuestra paz.

Os pido también que recéis por los obispos y los sacerdotes de todo el mundo; y que levantéis vuestra voz como hijas e hijos para decir al Señor: “envíanos muchos seminaristas que quieran ser santos en el ministerio sacerdotal”.

Nos dirigimos también a Nuestra Señora, Madre de Dios y Madre nuestra, para decirle que queremos ser fieles a los mandamientos del Señor, que queremos estar siempre unidos a Cristo, que queremos también ser mujeres y hombres que saben convertir su vida en un apostolado constante. La gente nos espera; con María, podemos llegar hasta el último rincón de esta tierra nuestra, que está sedienta de la misericordia y del amor de Dios.

¡Alabado sea Jesucristo!


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