Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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55 • Junio - Diciembre 2012 • Pág. 300
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la ordenación sacerdotal de fieles de la Prelatura, Santuario de Torreciudad, España (2-IX-2012)

Queridísimos hermanos y hermanas. Queridísimos ordenandos:

Hace pocos días he vuelto a leer unas palabras de san Josemaría; hablaba de la misión de la Obra de Dios en el mundo y nos decía: «estamos en un camino divino, en el que hemos de seguir las huellas de Jesucristo, llevando nuestra propia cruz, ¡la Santa Cruz!: y espera Dios Nuestro Señor que nos esforcemos generosamente, que nos sintamos dichosísimos, cooperando con sacrificio a que la Obra se realice». Muy apropiadas son estas consideraciones para quienes, dentro de pocos momentos, van a recibir el Sacramento del sacerdocio, y pienso que también lo son para todos los católicos con respecto a nuestro común servir a la Iglesia santa. Como afirmaba el Fundador del Opus Dei, la Prelatura es una partecica de la Iglesia y si no es para servirla —añadía terminantemente— ¡que se destruya!

En este domingo, día del Señor, sabiéndonos cada uno miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo, demos gracias a Dios por la ordenación presbiteral de estos tres hermanos nuestros y, a la vez roguemos fervientemente a la Trinidad Santísima que despierte en cada una y en cada uno de los que aquí nos encontramos, en este Santuario de la Virgen, un hondo y eficaz sentido del alma sacerdotal, que a todos se nos ha infundido por el sacramento del bautismo.

Ponderemos que somos portadores de Cristo; y esta responsabilidad santa, porque Dios ha querido contar con nosotros, nos debe empujar a tratar más de cerca a Jesucristo, a conocerle con más intimidad y a darle a conocer. Nada más lejano a tal confianza que el Cielo nos muestra, que una actitud pasiva o de desentendimiento. Hemos de esforzarnos a diario para dejar más espacio a Dios en nuestras almas —diría que ese espacio debe ser total—, para ponernos en condiciones de transmitir al mundo, y más concretamente a nuestros parientes, a nuestros colegas de trabajo, a nuestras amistades, la incomparable alegría de nuestra condición de hijos de Dios; y también para que, por Él —por Cristo—, con Él y en Él —como rezamos en la doxología final de la Plegaria eucarística— nos afanemos en transformar en tarea divina los diferentes quehaceres que nos ocupan.

Jesucristo pidió a los doce Apóstoles: id por todo el mundo y predicad el Evangelio. Es una exhortación que también nos dirige a nosotros, ninguno excluido; una tarea que podemos llevar a cabo —no es difícil, pero exige lucha— con una conducta coherente con la Gracia que de continuo Dios nos infunde. No lo dudemos, si actuamos así, si damos testimonio de nuestra fe, sin respetos humanos, no pocas personas nos preguntarán sobre el motivo de nuestra actitud o se sentirán interpeladas, y encontraremos tantas oportunidades de dar razón de nuestra esperanza, de transmitir el tesoro de la fe. Como ya sabemos, el Papa Benedicto XVI ha convocado el Año de la Fe, con la Carta Apostólica Porta fidei, no solamente para nuestro beneficio personal, sino para que descubramos o recordemos a la gente el gozo de que todos somos hijos de Dios, y de que a todos nos llama a su amistad. Así se expresaba en ese documento, recogiendo unas palabras pronunciadas en la homilía de su inicio del Pontificado: «Como Cristo, la Iglesia en su conjunto, así como sus pastores, han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud».

Muy a propósito viene el texto de Evangelio de san Juan, apenas proclamado. Jesucristo nos dice que Él es el buen Pastor y que ha dado su vida por sus ovejas. San Josemaría, con mucha frecuencia, comentaba estas palabras que el Maestro dedicó al buen Pastor. Se dirigía a los fieles del Opus Dei, pero no excluía a los demás católicos, ciudadanos iguales a los miembros de la Prelatura. Puntualizaba que todos, en la Iglesia, somos oveja y pastor, y con esta afirmación quería señalar que, al ser los bautizados continuadores en el tiempo de la misión de Jesucristo, a todos nos compete —de acuerdo con el sacerdocio ministerial o con el sacerdocio común de los fieles— ser servidores de los demás, dando ejemplo con nuestra conducta y con nuestra formación doctrinal. Porque si leemos habitualmente y con piedad los Evangelios, si los hacemos vida de nuestra propia vida, nos propondremos prestar con generosidad ayuda espiritual, también la humana a nuestro alcance, a quienes con nosotros conviven; conscientes a la vez de que —por la Comunión de los santos—, desde donde nos encontremos, podemos enviar sangre arterial —ayuda espiritual proveniente de la Sangre vivificadora de Cristo— a toda la humanidad.

Lo que acabo de comentar no ha de quedarse en una simple ilusión, en un fuego de bengala, que brilla por un momento y desaparece sin dejar rastro. El Papa Benedicto XVI repite sin cansancio que Dios quiere servirse de los santos, para propagar la fuerza salvadora que Jesucristo, enviado por su Padre, ha traído a la humanidad de todos los tiempos, la Buena Nueva que siempre será actual y eficaz. Por tanto, si cada una y cada uno de nosotros se esfuerza en caminar lealmente con el Maestro, seremos buenos pastores y saldremos, con continua y entera disponibilidad, en busca de las almas, persuadidos de la trascendencia de nuestra vida cristiana, ya que, como no dejaba de repetir san Josemaría, «cuando la siembra es de santidad, no se pierde».

Deseo ahora dirigirme a vosotros tres, hijos queridísimos, escogidos por Jesucristo para ser continuadores en el tiempo de su único Sacerdocio. Habéis respondido libremente a esa llamada y, para que descubráis a diario la urgencia de este compromiso, se hace muy necesaria vuestra constancia para ser muy humildes, pidiendo también esta virtud para todos los sacerdotes y seminaristas del mundo, teniendo muy presente que el Sumo Sacerdote, Jesucristo, ha venido a esta tierra nuestra para servir, y no para ser servido. Recordad su invitación clara, terminante: discite a me..., aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Os sugiero que miréis a diario, con repetida frecuencia y con devoción, al Crucifijo —el libro en que está toda ciencia, afirmaba santo Tomás de Aquino—, porque hemos de ir adelante por la misma senda de abnegación total que Cristo recorrió. Al entregaros la hostia sobre la patena y el cáliz, escucharéis: recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor. No decaigamos en dar cumplimiento a esta propuesta

El Santo Padre, Benedicto XVI, en su carta para convocar un año sacerdotal nos escribió: «“El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos... » Y más adelante apuntaba el Papa: «Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros aquellas palabras que él» —san Juan María Vianney— «ponía en boca de Jesús: encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita». Os pido que meditéis estas ideas, y que releáis esa carta, que tanto bien hará a vuestra alma y os ayudará a ejercer muy rectamente vuestro ministerio, al servir con el sacramento de la penitencia a cuantos se acerquen a vuestro confesonario.

Al imponeros las manos para trasmitiros el don del sacerdocio de Cristo, el coro y el pueblo entonarán el himno Veni Creator. Acudid al Paráclito con honda piedad, para que se grabe en vuestra alma que con este sacramento vais a ser, de un modo especial, otro Cristo, y como añadía san Josemaría: el mismo Cristo; no supone esta afirmación una osadía temeraria, porque leemos en los Evangelios, no pocas veces y de diferentes maneras, las precisiones del Maestro: «quien a vosotros oye, a mí me oye», «haced esto en memoria mía», «id en mi nombre». Deseo añadiros que, en la Santa Misa, vais a ser el mismo Cristo, y que seréis ministros para distribuir al pueblo de Dios el Cuerpo y la Sangre del Unigénito, además de que en el sacramento de la Penitencia el Señor se servirá de vosotros, siendo Él mismo el que perdona, para lavar las almas de sus pecados.

Quiero rogaros también que tengáis muy presente que «no hay Iglesia sin Eucaristía, y no hay Eucaristía sin la Iglesia». Vosotros, a partir de este día, pasáis a ser de manera primordial guardianes fieles de este don inefable, en el que el mismo Jesucristo hace sacramentalmente presente el Sacrificio de la Cruz, y se queda oculto en los tabernáculos del mundo, esperando ciertamente que le acompañemos todos y muy concretamente sus sacerdotes. Cuidad celosamente la liturgia, sin acostumbraros jamás a celebrar las funciones del altar, y de modo especialísimo la Santa Misa. Celebradla con piedad y recogimiento: no se trata de hacer espectáculo, pero no olvidemos que el pueblo mira y aprende del culto que los ministros de Dios tributamos al Señor. Pedídselo de modo expreso a nuestro Padre, que hasta el final de su vida se esmeró en crecer en piedad desde que comenzaba el Santo Sacrificio hasta el ite, Missa est. Ponderad muchas veces aquel grito de un obispo santo, del que nuestro Padre se hizo eco en Camino: «¡tratádmelo bien!».

No olvidéis, hijos queridísimos, que recibís la ordenación sacerdotal para servir a la Iglesia, a todas las almas, y más directamente a las mujeres y los hombres de la Prelatura, en la que los sacerdotes y los laicos componemos una unidad orgánica que no puede desgajarse, porque se destruiría el camino de santidad personal que Dios nos pide, y también la eficacia apostólica del Opus Dei, en el mundo entero, al servicio de la Iglesia santa.

Sed siempre muy leales al Romano Pontífice, sea quien sea; amad a todos los obispos, sucesores de los Apóstoles, y a vuestro Ordinario, el obispo y prelado del Opus Dei; quered a los sacerdotes de cada diócesis; y rogad con constancia al Señor que envíe muchos operarios a la Obra y a toda su mies: numerosos seminaristas decididos a buscar la santidad y también vocaciones a la vida consagrada.

Pensando en cómo san Josemaría quiso —y ahora desde el Cielo quiere— a los padres y hermanos de sus hijas e hijos, felicito de todo corazón a los que componéis la familia de cada uno de los tres nuevos sacerdotes. Dad gracias a la Trinidad Santísima, apoyados en la intercesión de la Virgen, nuestra Señora de los Ángeles, para que proteja a estos hijos en su nueva etapa de servicio a la Iglesia y a las almas.

En este templo todo nos habla del amor de Dios y de su Madre a cada una y a cada uno de nosotros: el Sagrario con Jesús Sacramentado que contemplamos en el óculo del retablo, las escenas de la vida del Señor y de Santa María, la imagen de la Virgen de Torreciudad, el digno y amplio presbiterio con la estatua adorante del Fundador del Opus Dei, y hasta las mismas paredes de ladrillo. Cada elemento es una invitación a que pensemos que todos somos templo de Dios y, recogiendo la idea de san Josemaría apuntada en Camino, del mismo modo que los grandes edificios —este Santuario también—, se han levantado ladrillo a ladrillo, consideremos que cada detalle de nuestra vida puede y debe ser un continuo adorar a Dios Nuestro Señor.

No puedo concluir sin rogaros a todos que, a diario, salga de nuestras almas una oración fervorosa, acompañada de generosos sacrificios, por la persona e intenciones del Papa, por los obispos —por mi hermano el obispo de Barbastro—, por los sacerdotes, y por esta humanidad de la que formamos parte.

Sea alabado Jesucristo.


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