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57 • Julio - Diciembre 2013 • Pág. 237
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la inauguración del año académico, Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma (7-X-2013)

«Ven, Santo Espíritu, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Son palabras que hemos cantado antes de la lectura del Evangelio y esto es lo que hoy, en la apertura de este nuevo año académico, pedimos especialmente a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad: que nos llene de sus dones y nos encienda con el fuego de su amor para corresponder constantemente a la amable voluntad de Dios.

La vida del cristiano consiste, en efecto, en caminar «según el Espíritu», como nos recuerda San Pablo en el pasaje de la carta a los Gálatas que hemos escuchado hace poco. Y el Apóstol precisa con decisión que no es posible armonizar el caminar «según el Espíritu» con el «satisfacer el deseo de la carne», porque «se oponen mutuamente». Por esto nuestro compromiso, que reafirmamos en este momento mientras se celebra la Santa Misa, no puede ser otro que el de dejarnos «guiar por el Espíritu» en cada circunstancia de nuestra vida. Esto significa acoger sus constantes mociones, tanto las que Él inspira directamente en el interior de nuestra alma, como las que nos llegan a través de los canales normales de la vida cristiana, especialmente en la Eucaristía y la Confesión, sin olvidar que el Paráclito interviene también en el ámbito de la vida ordinaria y universitaria, en particular en todo lo que se refiere al conocimiento y la transmisión de la Palabra de Dios en todos sus aspectos.

Sólo si nos dejamos guiar por el Espíritu es posible producir los frutos buenos que el Apóstol enumera en la misma carta a los Gálatas: «la caridad, el gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la continencia. Contra estos frutos no hay ley» (Gal 5,22-23). Son señales que indican que nuestra vida se desarrolla conforme al querer divino, con un continuo progreso, porque eliminamos las tendencias egoístas; señales por tanto de la identificación con Cristo, porque «los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus deseos» para vivir una vida en Dios.

«Envía tu Espíritu Señor», repetimos con las palabras de la antífona del Salmo responsorial, conscientes de que sin esta presencia divina que viene de lo alto no es posible caminar hacia Dios, ni cumplir la misión de «renovar la tierra» como dice la misma antífona. El mundo será renovado por medio de nuestra vida, a través de nosotros —pobres hombres—, si acogemos al Espíritu divino, porque Dios quiere hacer cosas grandes por medio de nuestra ciencia y de nuestra piedad. Es algo que ya indicó Benedicto XVI en su Carta Apostólica con la que promulgaba el Año de la Fe, que se encamina ya a su término. Afirmaba allí que el «cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este “estar con él” nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso» (n. 10).

Jesús mismo expuso y aclaró esta realidad en la Última Cena, como hemos escuchado en el Evangelio de la Misa. En aquel momento sublime dijo a sus discípulos: «Cuando venga el Paráclito que Yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. También vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo» (Jn 15, 26-27). Eran palabras dirigidas en primer lugar a los Apóstoles, pero no sólo a ellos: estaban dirigidas a todos sus discípulos de todos los tiempos. Viene a mi memoria el comentario del Papa Francisco en la audiencia general del miércoles 15 de mayo, relativo al texto joánico que habla del «Espíritu de verdad». Después de haber señalado que Jesús es la Verdad que se hizo carne en la plenitud de los tiempos (Jn 1, 1-14), añadía que «necesitamos dejarnos inundar por la luz del Espíritu Santo, para que Él nos introduzca en la Verdad de Dios, que es el único Señor de nuestra vida. En este Año de la fe preguntémonos si hemos dado concretamente algún paso para conocer más a Cristo y las verdades de la fe, leyendo y meditando la Sagrada Escritura, estudiando el Catecismo, acercándonos con constancia a los Sacramentos. Preguntémonos al mismo tiempo qué pasos estamos dando para que la fe oriente toda nuestra existencia».

Antes de concluir, quisiera recordar la plegaria al Espíritu Santo compuesta por san Josemaría en el lejano abril de 1934: «¡Ven, Santo Espíritu! ilumina mi entendimiento para conocer tus mandatos. Fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo, enciende mi voluntad... He oído tu voz y no quiero endurecerme y resistir diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora! No vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras…»

Maestra de una fidelidad completa al Espíritu Santo es nuestra Madre Santa María, como nos recordaba el Romano Pontífice cuando afirmaba: «Pensemos en María, que “conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19-51). La acogida de las palabras y de las verdades de la fe, para que se conviertan en vida, se realiza y crece bajo la acción del Espíritu Santo. En este sentido es necesario aprender de María, revivir su “sí”, su disponibilidad total a recibir al Hijo de Dios en su vida, que quedó transformada desde ese momento».


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