Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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57 • Julio - Diciembre 2013 • Pág. 239
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la ordenación de diáconos, basílica de San Eugenio, Roma (9-XI-2013)

Queridísimos ordenandos diáconos.

Queridos hermanos y hermanas.

1. Está a punto de concluirse el Año de la fe proclamado por Benedicto XVI. El Papa Francisco lo clausurará solemnemente en la solemnidad de Cristo Rey del universo. Esta circunstancia pone de relieve un aspecto particular de esta ordenación diaconal de treinta fieles del Opus Dei.

En efecto, estamos participando en una gran manifestación de fe. Cada uno de estos hombres, después de haber respondido libremente a la llamada del Señor, está a punto de convertirse en ministro de Cristo, servidor de todos. La elección es divina, como la de Jeremías, que hemos escuchado en la primera lectura: antes de plasmarte en el seno materno, te conocí —dice el Señor—, antes de que salieras de las entrañas, te consagré, te constituí en profeta de naciones (Jr 1, 5).

Vosotros, queridos hijos, habéis respondido a la llamada que se os ha dirigido personalmente. Adsum!, ¡aquí estoy!, habéis dicho. Y luego, a mi pregunta: ¿queréis ser consagrados al servicio de la Iglesia, mediante la imposición de mis manos con el don del Espíritu Santo?, vuestra voz resonará con fuerza ante toda la asamblea: volo!, ¡sí, quiero!

Como bien sabéis, la imposición de las manos del obispo constituye —junto con las palabras de la oración consagratoria— el signo fundamental del sacramento del Orden en sus diversos grados. La imposición de las manos del obispo, que hace las veces de Cristo Sumo Sacerdote, tiene un significado muy preciso: Jesús toma posesión de cada uno de vosotros, de todo vuestro ser, para que os convirtáis en instrumentos vivos de su acción santificadora; entiendo vuestra alegría y vuestra emoción al convertiros en ministros de Jesucristo, pues es muy grande el don que vais a recibir. Ya en el Bautismo y en la Confirmación cada cristiano se convierte, por la acción del Espíritu Santo, en otro Cristo, hijo adoptivo de Dios Padre, y —como decía san Josemaría— no sólo en otro Cristo, sino en el mismo Cristo, ipse Christus. Hoy, con la ordenación diaconal, y más adelante con la presbiteral, os transformaréis, por la fuerza del sacramento, en el mismo Cristo, participando de un modo nuevo en su sacerdocio.

Comentando este antiquísimo gesto de la imposición de las manos, Benedicto XVI afirmaba que, además de tomar posesión de los ministros ordenados, el Señor se dirige a ellos, uno a uno, y les dice: «Tú estás bajo la protección de mis manos. Tú estás bajo la protección de mi corazón. Tú quedas custodiado en el hueco de mis manos y precisamente así te encuentras dentro de la inmensidad de mi amor. Permanece en el hueco de mis manos y dame las tuyas».

Se trata de un nuevo y solemne compromiso de amor; seréis fieles a él, con la ayuda del Señor, si custodiáis y alimentáis el espíritu de oración; cumpliendo fielmente el encargo de recitar la Liturgia de las Horas; tratando de conformar vuestra vida a Jesucristo, cuyo Cuerpo, desde ahora, podréis distribuir a los fieles en la Comunión. Se entiende por qué san Josemaría decía: «Señor, ¿por qué me quieres tanto?».

2. Tras la imposición de las manos y la oración de consagración, la liturgia prevé algunas acciones simbólicas con las cuales pone de relieve los encargos asumidos. En primer lugar figura la vestición de los hábitos propios del diácono: la estola que apoya sobre el hombro izquierdo y la dalmática. Son signos de la destinación de los diáconos al servicio de la comunidad de fieles. Releamos lo que san Pablo nos ha dicho en la segunda lectura: siendo libre de todo, me hice siervo de todos para ganar a cuantos más pueda (...). Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos (1 Cor 9, 19-23).

Servid, pues, con alegría, humildad y caridad a vuestras hermanas y a vuestros hermanos, a todas las almas: con la predicación del Evangelio, con la administración de la Eucaristía y la exposición del Santísimo Sacramento para la adoración de los fieles, con los servicios de la caridad que os sean confiados.

Tras la vestición, se os entregará el libro de los Evangelios, para que anunciéis la buena nueva a todas las gentes. En el momento de confiároslo, el obispo dice: cree siempre lo que proclamas, enseña lo que has aprendido en la fe, vive lo que enseñas. Son palabras dirigidas específicamente a los nuevos diáconos, pero que también están dirigidas personalmente a todos los cristianos. Cada fiel, en efecto, debe creer en la Palabra de Dios, ha de ponerla en práctica y enseñarla a los demás. Y como Cristo es la Palabra del Dios vivo, que se ha hecho hombre por nuestra salvación, san Josemaría recomendaba frecuentemente a todos: «vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen» .

Ésta es la invitación que se nos ha dirigido en el texto del Evangelio que hemos escuchado: la primera pesca milagrosa, que se concluye con el mandato del Señor a Pedro y a los demás Apóstoles —también a ti y a mí— de ser pescadores de hombres (Lc 5, 10). Aquí podemos recordar algunas palabras del Santo Padre Francisco en una de las últimas audiencias: «Cristo invita a todos a “ir” al encuentro de los demás, nos envía, nos pide que nos movamos para llevar la alegría del Evangelio. Una vez más preguntémonos: ¿somos misioneros con nuestra palabra, pero sobre todo con nuestra vida cristiana, con nuestro testimonio? ¿O somos cristianos encerrados en nuestro corazón y en nuestras iglesias, cristianos de sacristía? ¿Cristianos sólo de palabra, pero que viven como paganos? Debemos hacernos estas preguntas, que no son un reproche. También yo lo digo a mí mismo: ¿cómo soy cristiano, con el testimonio realmente?» . Naturalmente os invito a rezar por la santidad de los seminaristas y de los sacerdotes de todo el mundo.

Antes de terminar, dirijo mi felicitación más cariñosa a los padres, hermanos y hermanas de los nuevos diáconos, a sus parientes y amigos. Y a medida que nos acercamos al final del Año de la fe, roguemos a Dios, por intercesión de María Santísima, este gran regalo para todos nosotros: un aumento de fe, de esperanza, de caridad y de piedad en el cumplimiento de nuestros deberes cristianos.

¡Sea alabado Jesucristo!


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