Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

english
| español | français | italiano    
Si desea leer la versión completa de Romana,    
puede suscribirse a la edición en papel    
EditorialSanta SedePreladoSobre el fundador del Opus DeiBeato ÁlvaroNoticiasIniciativasIn PaceEstudio
Inicio - Mapa del web | Suscripciones - Búsqueda Servicio de noticias


57 • Julio - Diciembre 2013 • Pág. 253
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Intervención en el congreso internacional “San Josemaría y el pensamiento teológico”, Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma (14-XI-2013)

A los cincuenta años del Concilio Vaticano II: la aportación de San Josemaría

También en el siglo XX el Espíritu Santo originó una de aquellas grandes renovaciones que lucen como estrellas en la historia ya bimilenaria de la Iglesia: un crecimiento espiritual, intelectual y teológico, fruto del entrelazamiento de diversos carismas, de varias corrientes de pensamiento y de la respuesta de los cristianos a los retos pastorales del mundo moderno. Es suficiente recordar figuras como, por ejemplo, la del Card. Joseph Cardijn, la del Beato Columba Marmion, la del abbé Paul Couturier, o fenómenos como el movimiento ecuménico o el litúrgico.

No han faltado santos, mujeres y varones, que por su mensaje y su actividad pastoral se pueden considerar como dones de Dios enviados para alumbrarnos en el camino de la Iglesia, lleno de vida. San Josemaría Escrivá es uno de ellos. La luz que recibió de Dios en Madrid, el 2 de octubre de 1928, fue una intervención divina en favor de la edificación del Cuerpo de Cristo, del cual habla San Pablo en la Carta a los Efesios (cfr. Ef 4, 13 y 15s). A mediados del siglo XX se convocó y se celebró el Concilio Vaticano II; los gérmenes de renovación espiritual y teológica, que habían surgido y crecido en los años anteriores, fueron el fundamento que inspiró, bajo la acción del Espíritu Santo, la redacción de los documentos magisteriales y el establecimiento de las directivas básicas para trasmitir la fe en el mundo actual. Aquella Asamblea conciliar fue, no cabe duda, un gran don de Dios a su Iglesia a finales del segundo milenio.

Como es conocido, desde 1928 en adelante San Josemaría se dedicó generosamente a difundir el mensaje divino que el Espíritu Santo le había confiado, y que influyó en el Concilio Vaticano II. Todavía hoy, pasados cincuenta años desde el Concilio, aquel mensaje sigue ofreciendo a la Iglesia su luz, junto a la luz de tantos otros santos antiguos y modernos, para que el Pueblo de Dios cumpla plenamente la misión que Cristo le confió. Lo subrayó el Beato Juan Pablo II en 1993, un año después de la beatificación del fundador del Opus Dei, recordando lo que el Concilio había reafirmado acerca del servicio de la Iglesia a la redención, en todas las dimensiones de la existencia humana, cuando añadió: «el mensaje del Beato Josemaría [...] constituye uno de los impulsos carismáticos más significativos en esta dirección».

Han transcurrido veinte años desde aquel discurso de Juan Pablo II y nosotros seguimos mirando al Concilio y a San Josemaría Escrivá como a dos grandes dones de Dios a la Iglesia, no solo para el siglo XX sino también para el momento presente: por su mutua relación y su diversidad contribuyen a que Cristo esté cada día más presente en la vida de los cristianos del mundo. La diversidad es evidente. El Concilio y los documentos que el Concilio aprobó son una manifestación especial del magisterio eclesiástico. La enseñanza de un santo es, en cambio, un testimonio personal de fe, esperanza y caridad hondamente vividas a lo largo de toda una vida, que es normalmente extensa y variada. El Concilio, como todo acto del Magisterio eclesiástico asistido por el Espíritu Santo, trasciende su tiempo. De modo análogo, también el influjo de los santos no se agota en los acontecimientos que ellos vivieron. De modo especial, el influjo de San Josemaría, como recordaba Mons. del Portillo, mi amado predecesor, no se extiende solo a los años de su vida o a su contribución al desarrollo del Vaticano II, sino que sigue siendo eficaz también en nuestros días. No pretendo ahora detenerme a describir, en su conjunto, el influjo del espíritu del Opus Dei sobre la vida de la Iglesia; ni mucho menos quisiera mirar al futuro. Intentaré describir, más sencillamente y en la medida de lo posible, la contribución de San Josemaría y del Opus Dei a la Asamblea conciliar y a la inmediata recepción de los documentos magisteriales.

Antes deseo formular dos consideraciones que pueden ser útiles para situar correctamente nuestro tema en la historia y en la vida de la Iglesia.

La primera se refiere a la valoración de la contribución de un santo a la enseñanza de un concilio ecuménico o, más en general, al desarrollo del magisterio y del pensamiento cristiano. No faltan los estudios, y otros seguirán en el futuro, en los que se examina cuánto debe un concilio a un santo, a un teólogo, a un pastor o a una determinada escuela de pensamiento. Pablo VI, hablando del Vaticano II, lo presentó como “la hora de Newman”. En el futuro, el desarrollo de los estudios teológicos e históricos podrá precisar más el alcance del influjo del cardenal inglés sobre la reunión conciliar, como el eventual influjo de otros santos de la época moderna o contemporánea.

En nuestro caso es preciso tener presente que, cuando el Beato Juan XXIII anunció la convocación del Concilio, el fundador del Opus Dei era una persona ya madura, con muchos años de experiencia en la dirección del Opus Dei, que había tenido —gracias a Dios— un gran desarrollo en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Por tanto, su contribución no se puede reducir a una sencilla comparación de sus escritos con los textos conciliares, sino que es necesario considerar también otras fuentes y otros caminos. Su espíritu entró en el Concilio a través de sus conversaciones con los Padres conciliares, que puedo atestiguar personalmente por mi presencia constante a su lado en aquellos años. Y también, o sobre todo, gracias a la vida de tantos fieles del Opus Dei , que manifestaban, en los diversos países en los que vivían y trabajaban, un espíritu capaz de fomentar con eficacia la santidad en medio del mundo, respondiendo a los desafíos que un cristiano encuentra en el propio camino.

La segunda consideración se refiere al desarrollo del Vaticano II y al papel que desempeñó el fundador del Opus Dei en su celebración. San Josemaría no fue un Padre conciliar. Nos encontramos, por tanto, ante una relación que no se puede comparar con las intervenciones en el aula conciliar, como sucedió —en cambio y por ejemplo— con el Beato Juan Pablo II, que intervino en el Concilio como Padre conciliar por ser el obispo auxiliar de Cracovia. No obstante, San Josemaría tuvo una relación intensa, aunque indirecta, con el Vaticano II en todas las etapas de los trabajos conciliares: a) en los años anteriores al Concilio, fue su precursor por su predicación y su labor sacerdotal; b) durante el Concilio desempeñó un trabajo notable en Roma, gracias a los frecuentes encuentros personales con los que intervenían en las sesiones del Concilio; c) en la acogida de los documentos conciliares, que recibió y aplicó al Opus Dei, como todos los pastores que desempeñaron este oficio en los años posteriores al Concilio.

Estas consideraciones determinan la estructura de esta ponencia. En primer lugar, veremos la contribución de San Josemaría Escrivá durante la fase preparatoria y ante-preparatoria del Vaticano II. Me ocuparé, luego, de su actuación durante el desarrollo de las sesiones y, finalmente, examinaré cómo orientó y fomentó la recepción de la doctrina conciliar.

1. Entre el anuncio y la inauguración del Vaticano II.

Desde el momento en que el Beato Juan XXIII anunció la convocatoria del Concilio ecuménico, San Josemaría lo acogió viendo en este hecho un acontecimiento destinado a contribuir poderosamente al bien de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo. Como buen conocedor de la historia, sabía también que los concilios aportan a la Iglesia grandes bienes, pero corren el peligro de ser objeto de lecturas parciales o hasta equivocadas, y advertía las dificultades que acechaban en las divisiones ideológicas de la civilización contemporánea. No estaba lejos la tentación de enfocar la doctrina en otro contexto ideológico y de instrumentalizarla al servicio de las propias ideas. Él, en cambio, se adhirió enseguida a la luz de la fe, sin ingenuidad, pero al mismo tiempo sin temor a la renovación y a las reformas que con el tiempo produciría, según los deseos de Juan XXIII.

Por vivir muy cerca de San Josemaría en aquellos años, pude comprobar su gran esperanza sobrenatural en la acción de Dios, que a través del Concilio iba a favorecer a toda la Iglesia, comunicando un renovado impulso a su misión en el mundo. Entre otros bienes, esperaba que el Concilio subrayara la llamada universal a la santidad y al apostolado, la vocación y misión de los laicos, como también su espiritualidad específica. Y todo esto sin renunciar a la posibilidad, ardientemente deseada, de encontrar una solución satisfactoria a la situación jurídica e institucional del Opus Dei en la Iglesia. Como bien se sabe, sobre este tema específico hay ya una bibliografía abundante.

Algunos meses antes de la apertura del Concilio, San Josemaría escribió a las personas que Dios le había confiado:

«En estas fases preliminares del próximo Concilio Ecuménico Vaticano II —por el que todos nosotros, en fervorosa unión de intenciones con el Santo Padre Juan XXIII, estamos pidiendo la asistencia especial del Espíritu Santo, y ofreciendo mortificaciones diarias— se dedica particular atención al tema del laicado: a su espiritualidad y a su misión apostólica.

»¡Si vierais cuánto me alegro de que el Concilio vaya a ocuparse de asuntos que desde 1928 llenan nuestra vida! Doy gracias a Dios, nuestro Señor, por la parte que la Obra —con su vida, su espiritualidad, con sus apostolados— pudo desempeñar, junto con otras Asociaciones beneméritas de fieles, en la puesta en marcha de este fenómeno de profundización teológica, que sin duda aportará a la Iglesia grandes bienes».

Ya antes de la carta que acabamos de citar y, por tanto, después del anuncio comunicado por el Papa Juan XXIII, el fundador del Opus Dei había escrito a todos los fieles del Opus Dei, presentes en aquel momento en casi cincuenta países, para pedir especiales oraciones y mortificaciones para el éxito feliz de la Asamblea. San Josemaría bien sabía, en efecto, que las iniciativas apostólicas y los acontecimientos eclesiales dan un fruto duradero cuando se realizan o actúan en unión con Aquel que es Dador de gracia y de vida, y en comunión con el Romano Pontífice. Después de una audiencia que le concedió el Papa Juan XXIII el 27 de junio de 1962, escribió :

«Recordaréis que, cuando el Santo Padre anunció el Concilio Ecuménico, os escribí a todos vosotros (hijas e hijos míos), para indicaros las oraciones y las mortificaciones [...] que debían ofrecerse al Señor por el Concilio Ecuménico: ahora, después de esta Audiencia, mi deseo es que añadáis a las oraciones ya enumeradas, con más generosidad, penitencias voluntarias [...] y que ofrezcáis por esta intención también muchas horas de vuestro trabajo diario, sea cual sea el lugar donde trabajéis: en las universidades, en las fábricas, en los campos, en las oficinas públicas o en los estudios profesionales, en la administración doméstica de nuestras casas o en el seno de las familias: haced todo esto en unión con Dios, para el feliz éxito de esta gran iniciativa que es el Concilio Vaticano II. Sé que es esta la gran intención de nuestro Santo Padre, y quiero que también nosotros, en nuestro ámbito, aparentemente reducido, podamos contribuir a ello, mediante nuestra oración, la penitencia y el trabajo santificado y santificador».

Además de acudir a los medios sobrenaturales, el fundador del Opus Dei procuró contribuir al feliz resultado del gran acontecimiento conciliar con su propia colaboración y su trabajo personal. Como es bien sabido, el Papa Juan XXIII instituyó en 1959 una comisión ante-preparatoria, presidida por el Card. Domenico Tardini, Secretario de Estado, con el encargo de recoger las propuestas sobre las cuestiones que tendría que estudiar el futuro Concilio. Recuerdo que la carta con la que el cardenal pidió a todas las autoridades eclesiásticas y académicas esta ayuda, movió a San Josemaría a organizar en Villa Tevere —la sede central del Opus Dei — un equipo de trabajo para preparar, bajo su dirección, temas y sugerencias que se enviarían luego a los diversos organismos que se estaban creando. Aconsejó además a todos sus hijos que se manifestaran disponibles a lo que se les pidiera o, si se veían capaces, que colaboraran con ideas y sugerencias en las reuniones promovidas a este fin en las Iglesias particulares.

Las respuestas que llegaron a la Santa Sede procedentes de los obispos, universidades y otros institutos de estudios fueron muy numerosas y el año siguiente el Sumo Pontífice pudo abrir la fase preparatoria del Concilio, con el “Motu proprio” Superno Dei nutu de 5 de junio de 1960, con el que instituía las diversas comisiones encargadas de la elaboración de los esquemas. A finales de mes, el 27 de junio, San Josemaría se entrevistó con el Card. Tardini, con el que habló, entre otras cosas, de la preparación de la Asamblea; el cardenal le pidió que le enviara una lista de miembros de la Obra que pudieran colaborar en las comisiones preparatorias. Al día siguiente Mons. Escrivá le contestó con una carta en la que indicaba doce nombres, entre los cuales destacaba el de don Álvaro del Portillo, entonces Secretario general del Opus Dei y, por tanto, su estrechísimo colaborador, aunque esto supusiera inevitablemente para San Josemaría una sobrecarga de trabajo, si se acogía su sugerencia. Pocos días después, el 4 de julio, una carta de la Comisión central, firmada por Mons. Pericle Felici, le daba las gracias por los nombres.

De este modo algunas personas del Opus Dei tomaron parte en aquella fase preparatoria del Concilio. Don Álvaro fue nombrado secretario de la Comisión sobre los laicos y miembro de otra comisión conciliar. San Josemaría se esmeró para asegurar a don Álvaro una adecuada asistencia por parte de otros miembros del Opus Dei, expertos en teología, derecho canónico y filosofía. En cuanto secretario de la Comisión De Laicis, don Álvaro colaboró en la redacción del material que se debía entregar a los Padres conciliares, después de introducir las aportaciones de otras sugerencias e ideas. Todo lo que había escuchado y vivido con San Josemaría constituyó la fuente inspiradora de todo su trabajo.

San Josemaría estaba plenamente disponible para colaborar con el Concilio y de buena gana hubiera participado en las reuniones conciliares, a pesar de sus serios compromisos inevitables, para no descuidar el trabajo de gobierno del Opus Dei. Sabía, sin embargo, que su participación se valoraría como la de quien interviene en calidad de Presidente General de un Instituto secular. Esto se hubiera podido interpretar como una tácita aceptación de la figura jurídica de Instituto secular que él, como muchos sabían, no consideraba adecuada a la naturaleza del Opus Dei. Precisamente por esto, su participación activa, como Padre conciliar o equivalente, hubiera podido constituir un dato de hecho, o al menos un precedente, desfavorable para la futura posible revisión del marco jurídico del Opus Dei. Para no poner en peligro el pleno reconocimiento del carisma fundacional del Opus Dei, San Josemaría decidió adelantarse y comunicó a la Santa Sede que prefería no tomar parte activa en las sesiones; explicó los motivos de su decisión que fueron entendidos inmediatamente.

En aquella circunstancia, Mons. Capovilla, intérprete del pensamiento de Juan XXIII, le comunicó que, si lo deseaba, podría estar presente en el aula al menos como perito conciliar. San Josemaría, reiterando su disponibilidad, explicó los motivos que le inducían a considerar más conveniente negarse también a esta posibilidad: por una parte, no hubiera podido dedicar el tiempo necesario para aquella tarea. Por otra, visto que algunos hijos suyos hubieran sido nombrados Padres conciliares, su oficio de simple perito hubiera parecido ciertamente extraño. Además, si hubiera aceptado el nombramiento como perito, alguien hubiera podido pensar que su intención era actuar detrás del escenario o con subterfugios, mientras otros, que no conocían estas consideraciones, hubieran podido deducir de todo ello que la importancia del Opus Dei en la vida de la Iglesia era muy escasa. La negativa de San Josemaría fue, por tanto, una manifestación de gran prudencia, para evitar que la Santa Sede fuera puesta en mala luz. En cualquier caso, en su contestación San Josemaría se remitió a la decisión del Papa.

Era conocido el deseo del Papa, y de diversas personas de la Curia Romana, de que San Josemaría participara de manera directa en los trabajos conciliares, no solo por sus experiencias en el apostolado de los laicos, en la búsqueda de la santidad en el trabajo ordinario y en la acción de la Iglesia en el mundo moderno, sino también en el terreno del Ecumenismo, ya que el Opus Dei había empezado a admitir como Cooperadores, desde hacía muchos años, a personas no católicas y hasta no cristianas. Se planteaba, en definitiva, un dilema: por una parte, era evidente el beneficio que suponía para los trabajos del Concilio la participación de San Josemaría; pero, por otra parte, no se daba una adecuada definición jurídica del Opus Dei para justificar su presencia en el aula conciliar, sin perjudicar los pasos sucesivos del iter jurídico. ¿Cómo se podía salir de esta embarazosa situación? A final, el Espíritu Santo hizo encontrar una solución que, como veremos, permitió que las ideas, las sugerencias y las experiencias de San Josemaría llegaran a los Padres conciliares a través de sus encuentros personales con ellos, aunque él no estuviera presente en el Aula del Concilio.

2. La aportación de San Josemaría a lo largo de las sesiones conciliares

Juan XXIII inauguró el Concilio Vaticano el 11 de octubre de 1962, animando a que la Asamblea tuviera un fin pastoral: transmitir la verdad revelada así como había sido entendida por la Tradición de la Iglesia, pero formulándola de un modo más oportuno y comprensible para el hombre moderno. Esta orientación pastoral fue compartida por San Josemaría, como tuve ocasión de oírle decir varias veces, porque daba mucho relieve a la importancia decisiva de la acción apostólica. Por otra parte, San Josemaría era consciente de los grandes problemas teológicos, filosóficos e ideológicos presentes en la cultura de nuestra época y por tanto preveía que, antes o después, serían necesarias de manera inevitable algunas declaraciones de carácter doctrinal, como de hecho sucedió en los documentos conciliares y, todavía más, en el magisterio pontificio posterior.

Después del inicio del Concilio, San Josemaría se puso de acuerdo con la Presidencia y la Secretaría del Vaticano II para poder encontrarse con los Padres conciliares y ofrecerles material de estudio y de trabajo, dentro de los límites del secreto de oficio. Su compromiso de colaborar con la Asamblea conciliar se realizó, en primer lugar, por medio de la ayuda, de los consejos y del ánimo que dio a tres Padres conciliares, miembros del Opus Dei: Mons. Ignacio de Orbegozo y Mons. Luis Sánchez-Moreno, ambos obispos de Perú, y a Mons. Alberto Cosme do Amaral, que, a partir de la tercera sesión conciliar, fue consagrado obispo auxiliar de Porto, en Portugal, y que, desde hacía ya varios años, era socio de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Su ayuda y sus consejos llegaron al Concilio también, y principalmente, a través de don Álvaro del Portillo, que en la fase preparatoria de la asamblea había sido nombrado y había trabajado como secretario de la Comisión De Laicis y que, después de la nueva organización aprobada por el Concilio en las primeras semanas de octubre, fue nombrado secretario de la Comisión para la disciplina del clero y del pueblo cristiano, además de ser consultor de otras comisiones conciliares. Don Álvaro fue —he sido testigo personal de ello— una de las personas que vivieron con mayor hondura el mensaje que Dios confió a San Josemaría en 1928, y supo transmitirlo con la máxima fidelidad. Estas dotes se manifestaron también en el trato personal con los Padres conciliares, según las diversas tareas que desempeñó a lo largo del Concilio. Por medio de don Álvaro, la contribución de San Josemaría al Concilio llegó mucho más allá de lo que se puede reconstruir a partir de las Actas conciliares. Como confirmación del influjo de San Josemaría, es necesario tener presente lo que don Álvaro dijo algunos años después, es decir, que cuando se aprobaron los textos conciliares hubiera sido de justicia felicitar al fundador del Opus Dei, porque lo que él enseñaba y vivía desde 1928 había sido proclamado solemnemente por el Magisterio de la Iglesia.

Para su trabajo en el Concilio, don Álvaro se valió de la colaboración de don Julián Herranz, actualmente cardenal, nombrado entonces oficial con funciones de subsecretario de la misma comisión; y de otros expertos en derecho canónico: don José Luis Gutiérrez, don Amadeo de Fuenmayor, don Xavier de Ayala y el prof. Pedro Lombardía; como también de teólogos como Giuseppe Molteni y don Pedro Rodríguez, todos miembros del Opus Dei y, finalmente, entre los miembros del Opus Dei que trabajaron como peritos estuvo también don Salvador Canals.

A lo largo de aquellos años San Josemaría mantuvo un trato frecuente con los miembros del Opus Dei que intervenían en el Aula Conciliar, también a diario, sobre todo con los que residían en Villa Tevere, dedicando generosamente su tiempo a escucharlos y a contestar a sus preguntas. Estuvo también pendiente de su descanso y procuró que pudieran trabajar con tranquilidad, sin ser molestados o distraídos.

Los encuentros de San Josemaría con personas que tomaban parte en el Concilio no se limitaron solo a los Padres conciliares miembros del Opus Dei que, como ya dije, eran pocos, sino que alcanzaron a muchas otras personas. Don Álvaro, y junto a él varias otras personalidades, tenían gran interés en que San Josemaría Escrivá fuera conocido por numerosos Padres conciliares para que pudieran aprovecharse de su experiencia en la pastoral con los laicos y en la búsqueda de la santidad en el mundo. Entre los Padres que San Josemaría frecuentó se contaban lógicamente varios prelados españoles, que le conocían ya desde hace tiempo, como Mons. José María García Lahiguera, Mons. Casimiro Morcillo —que fue vicepresidente de la Comisión de presidencia del Concilio—, Mons. Juan Hervás, o el Card. José María Bueno Monreal. Otros, españoles y de otras nacionalidades, no le conocían pero eran bien conscientes de la importancia de escuchar su pensamiento sobre temas relacionados con la teología del laicado, la evangelización de la sociedad y la relación de la Iglesia con el mundo moderno. Algunos, finalmente, presentados por otros Padres o peritos o por alguna autoridad eclesiástica, le conocieron precisamente a lo largo de las sesiones conciliares.

En Villa Tevere, donde residía San Josemaría, se formó un verdadero y auténtico ir y venir incesante de prelados, de diversos países y con experiencias pastorales muy variadas, que tenían interés en consultarle y querían hablar con él: cardenales como Siri, Lercaro, Döpfner, Marty, König, Antoniutti y Ciriaci; obispos de diversas nacionalidades, como Mons. Marc-Armand Lallier, Mons. George Andrew Beck, Mons. Jean-Julien Weber y Mons. Léon-Arthur-Auguste Elchinger; peritos como Mons. W. Onclin y Mons. C. Moeller; teólogos como Mons. C. Colombo.

Todavía más, otros como los obispos Wheeler, Schmitt, y varios franceses; cardenales y obispos como Darío Miranda, Marella, López Ortiz, Castán, Modrego, Marcelo González, Deskur, Polschneider, Suquía, etc.

Puedo afirmar que en aquellos años visitaron a San Josemaría varios centenares de prelados, peritos y observadores, atraídos no solo por su experiencia pastoral en numerosos temas debatidos en el Aula conciliar, sino también por su autoridad moral, reconocida por todos gracias a la fama de santidad de la que ya entonces gozaba. A veces él mismo iba a visitar prelados o peritos y tuvo también la oportunidad de visitar el Aula conciliar, pero fuera del desarrollo de las congregaciones generales.

La impresión que estos prelados recibían de las entrevistas, así como la alegría espiritual que llevaban consigo después de la visita a San Josemaría Escrivá, no se pueden traducir en palabras, como sucede con frecuencia en la vida del espíritu. Fui testigo de las reacciones de los invitados y comprobé el afecto y el agradecimiento de muchos de ellos, después del fallecimiento de San Josemaría, por medio de las cartas de pésame enviadas a mi predecesor, Mons. Álvaro del Portillo, y por las cartas “postulatorias” con las que pidieron al Santo Padre Pablo VI que se abriera la Causa de beatificación y canonización del fundador del Opus Dei, cuando pareciera oportuno.

Quisiera citar aquí, sucintamente, cuatro testimonios como piezas de un mosaico para que se pueda intuir el impacto que tuvo. El primero es de Mons. Juan Hervás, entonces obispo de Ciudad Real, que afirmaba que el influjo de San Josemaría sobre los Padres conciliares que iban a visitarle se ejercía principalmente gracias a su autoridad moral, que, sin imponer nada a nadie y respetando a todos, apoyaba el trabajo conciliar, que se volvía con frecuencia más pesado a causa de las discusiones en el Aula y de las presiones de los medios de comunicación. «Recuerdo, a propósito de aquellas visitas —recordaba el prelado— que salía siempre animado a trabajar más y mejor y a tomar una parte más activa en las tareas conciliares de mi competencia».

El segundo testimonio es de Mons. Paul-Joseph Schmitt, obispo de Metz, que afirmaba: «descubrí en él un hombre extraordinariamente sensible y cercano a los problemas de sus contemporáneos. Ninguno de los grandes temas que el Concilio nos manifestaba o nos hacía considerar con profundidad le era extraño. Estaba preocupado de igual modo tanto por el porvenir del mundo como por el futuro de la Iglesia. Era perfectamente consciente de la gravedad de lo que estaba en juego y demostraba un profundo convencimiento de que no se podía pensar en aportar solo algún retoque superficial. Las reformas de las estructuras, por sí solas, le parecían insuficientes. Pensaba que solo una vuelta a las fuentes de la fe permitiría a la Iglesia cumplir su misión en el mundo».

El tercer testimonio tiene como protagonista a Mons. Abilio del Campo y de la Bárcena, obispo de Calahorra, La Calzada y Logroño, que atestiguó su sincero convencimiento acerca de la contribución decisiva de San Josemaría para esclarecer diversos puntos en los cuales «las luces que había recibido de Dios y su extraordinaria experiencia pastoral en el mundo del trabajo eran casi insustituibles. Fueron muchos los Padres conciliares que, sacando provecho de su amistad, pudieron valerse de sus sabios consejos».

El último testimonio que menciono es el de Mons. François Marty, entonces arzobispo de Reims, que llegó a ser cardenal arzobispo de París, el cual decía que «un rato de conversación con él parecía un rato de oración. Se notaba que vivía aquel espíritu de contemplación en medio del mundo, que nunca había cesado de predicar desde 1928 en adelante. Todo esto, sin embargo, no disminuía en nada su buen humor, su sentido sobrenatural, su caridad llena de afecto».

Estos recuerdos, además de esbozar un perfil humano, espiritual, teológico y pastoral de San Josemaría y confirmar que el fundador del Opus Dei pudo seguir muy bien los trabajos conciliares, muestran que diversos Padres conciliares tenían clara conciencia de que en aquellos encuentros habían recibido no solo palabras de aliento, ideas y aclaraciones sobre algunas cuestiones, sino también la invitación a tomar conciencia de la cercanía de Dios y a amar su voluntad, como es típico de los santos.

A medida que el trabajo del Concilio progresaba, se reforzaba el convencimiento de que este trabajo iba a exigir más tiempo de lo previsto al comienzo. En efecto, Juan XXIII no llegó a ver la segunda sesión del Concilio, porque en mayo de 1963 enfermó gravemente. San Josemaría siguió el curso de la enfermedad del Pontífice por medio de Mons. Dell’Acqua, entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, con el cual mantenía una relación amistosa y fraterna. Las noticias de los sufrimientos del Papa fueron para él fuente de un profundo dolor, como tuve ocasión de comprobar de cerca. Cuando recibió la noticia del fallecimiento del Santo Padre, San Josemaría se arrodilló y rezó, conmovido, por el eterno descanso de su alma, invitándonos a orar desde aquel mismo momento por el futuro Papa. El 21 de junio de 1963 fue elegido para la Sede de Pedro el Card. Montini, una de las primeras personas amigas que San Josemaría encontró a su llegada a Roma, en 1946. Montini tomó el nombre de Pablo VI y, poco después de la elección, declaró que el Concilio continuaría después del verano.

San Josemaría vivió todo el periodo conciliar como un entrelazado de alegrías y penas. Uno de sus primeros gozos fue que el Papa Juan XXIII aprobara la introducción de San José en el Canon Romano de la Misa. Le parecía un gesto bonito para subrayar el papel de San José como patrono de la Iglesia universal, que contribuiría a manifestar el valor sobrenatural de una vida normal de trabajo, en diálogo con Dios, en medio del mundo. Aquella medida, por otro lado, ha sido reafirmada recientemente por Papa Francisco, que ha insertado el nombre del Santo Patriarca en las otras plegarias eucarísticas.

Para San Josemaría fue un motivo de especial alegría que, a medida que se aprobaban los diversos decretos, declaraciones y constituciones, encontraba en ellos los temas que había predicado desde el comienzo de su trabajo de fundador. Entre los que reflejaban aspectos específicos del espíritu del Opus Dei, subrayo dos: la llamada universal a la santidad y al apostolado, presente principalmente en los capítulos segundo y quinto de la Constitución dogmática Lumen gentium; y la vocación y misión del laico en la Iglesia y en el mundo, presente en la misma Constitución pero también en otros documentos, como la Constitución Gaudium et spes y el Decreto Apostolicam actuositatem. Obviamente estos documentos, que trataban estos temas, eran el fruto de una gran variedad de contribuciones, pero puedo atestiguar que en aquellos encuentros de San Josemaría con centenares de Padres conciliares se habló de ellos extensamente, en especial de la santificación del trabajo, factor decisivo para una presencia auténticamente cristiana en el mundo. Él había manifestado el deseo, ya desde cuarenta años atrás, de que se diera todo el relieve posible a la vocación de los cristianos en medio del mundo, de modo plenamente conforme con su naturaleza y sus leyes y, al mismo tiempo, con las exigencias éticas de la recta conciencia y del diseño salvífico de Dios. Se trataba, en otros términos, de subrayar la importancia de santificarse a sí mismos y de colaborar a la santificación de los demás.

Puesto que, en esta sede, no puedo comentar todos los temas tratados en el Concilio que estuvieron presentes también en la predicación y en el mensaje de San Josemaría, me limitaré a enumerarlos con brevedad: la Santa Misa, vista como centro y raíz de la vida espiritual y de la misión del cristiano; la posibilidad y la conveniencia de la cooperación de los hermanos no católicos, e incluso no cristianos, en las actividades organizadas por los fieles católicos; la unidad de vida del cristiano que no admite separación entre oración y trabajo; la unión entre consagración bautismal y misión del cristiano y del sacerdote. He de mencionar también la contribución de San Josemaría para que se reconociera el dinamismo pastoral de la estructura jerárquica de la Iglesia, afirmada por el Decreto Presbyterorum ordinis, que, entre otras consecuencias, fue el fundamento de la configuración jurídica definitiva del Opus Dei como Prelatura personal. Todas las discusiones y las votaciones sobre estos temas las vivió San Josemaría con una continua acción de gracias al Señor.

Muchas fueron, por tanto, las alegrías pero también fueron abundantes los dolores. Recuerdo que en la primera sesión conciliar, o tal vez al principio de la segunda, San Josemaría se refirió a algunos historiadores para quienes los concilios, por lo general, van precedidos o seguidos de épocas de una vida eclesial en la que los buenos deseos, expresión de la luz y de la vitalidad de la Iglesia, se mezclan también con dudas, proyectos equivocados y reivindicaciones pretenciosas. Esto, advirtió, es lo que está sucediendo también ahora. No era el único que pensaba de este modo. Por otra parte no solo los historiadores, sino también algunos grandes protagonistas de la vida de la Iglesia, como por ejemplo el Beato Card. John Henry Newman, habían señalado la difusión de intrigas y lecturas sesgadas, en contextos parecidos a los del Vaticano II, que ponen en evidencia solo el aspecto humano, demasiado humano, presente en cualquier reunión y también, desgraciadamente, en los concilios ecuménicos.

Para situar históricamente el ambiente cultural en el tiempo del Vaticano II, puede ser útil mencionar dos datos importantes. Por una parte, la existencia, como ya dije anteriormente, de una profunda división ideológica y filosófica en la sociedad de entonces, que indudablemente repercutía también en el campo teológico. Por otra parte, hay que tener en cuenta el cambio del contexto histórico y sociológico. En el siglo XX los poderes civiles no tenían la misma posibilidad de presionar sobre el Concilio como en el pasado; sin embargo, todavía era posible una presión de naturaleza distinta, pero no por esto menos fuerte: la de los medios de comunicación social. La convocatoria del Concilio y su desarrollo habían despertado en la opinión pública un gran interés por la vida eclesial. Esta disposición, buena de por sí, podía ser orientada, sin embargo, por algunos medios de comunicación en sentido negativo, dando paso a criterios hermenéuticos no adecuados a la realidad de la Iglesia y comentarios no correctos acerca de los debates y de las discusiones que se tenían en el aula.

San Josemaría tenía gran estima por los medios de comunicación social. Ya desde los años cincuenta había alentado una escuela de periodismo en la Universidad de Navarra. Pero, al mismo tiempo, era consciente de la posibilidad de emplearlos para forzar la opinión pública y, por tanto, también el trabajo de los Padres conciliares. Se dio cuenta muy pronto de la inclinación a analizar los argumentos presentados por los Padres conciliares de modo simplista, lo que llevaba a enfocar cuestiones complejas con un esquema de lectura inadecuado, que hubiera comunicado a la opinión pública una imagen deformada de los trabajos conciliares. El resultado hubiera sido inevitablemente el convencimiento de que existía una lucha entre bandos opuestos: entre los defensores de lo antiguo y de lo nuevo; o bien que las decisiones eran fruto de elecciones en consonancia con estrategias y cálculos no precisamente cristianos. Varias personas hablaron, ya desde el inicio del Concilio, de la existencia de dos “concilios”, y este juicio fue repetido luego con insistencia: uno se celebraba en el interior de la basílica Vaticana, en el que no faltaban divergencias, pero siempre en un contexto de comunión; y otro, fruto de la manipulación mediática, abiertamente en contraste con el primero, orientado a presentar el Concilio como una ocasión para obrar un profundo cambio en la Iglesia, hasta el punto de alterar su verdadera esencia.

Pablo VI estuvo al tanto de esta oposición y manifestó su preocupación en varias circunstancias. Otro tanto le sucedió a San Josemaría, que reaccionó afirmando su propia fe en la asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia, convencido de que Dios intervendría —como dijo con frecuencia— para que en los textos y en las orientaciones finales, a pesar de todos los eventuales percances sufridos en el recorrido, se manifestara la verdad del Evangelio y se fomentara el bien de la Iglesia. Su reacción fue, por tanto, rezar, mortificarse y pedir a muchas personas que rezaran y ofrecieran mortificaciones por el feliz resultado del Concilio.

Como buen pastor en el Opus Dei, desde los años del Concilio procuró ayudar a sus miembros para que supieran distinguir entre estar abiertos a las enseñanzas conciliares, del dejarse arrastrar por el clima de confusión, creado por los medios de comunicación y por algunos pensadores o protagonistas de la época. En el verano de 1964, después de la publicación de la primera encíclica de Pablo VI, Ecclesiam suam, en la cual el Papa había señalado el diálogo como modo de promover la evangelización del mundo, escribió con un tono que compaginaba la actitud apostólica con la fidelidad radical a la fe:

«El diálogo de los cristianos, y concretamente el diálogo ecuménico, es una exigencia de la misma naturaleza de la Iglesia, una, santa y católica: ha habido diálogo siempre y debe haberlo mientras haya celo por las almas. Por eso, estoy persuadido de que el Concilio Ecuménico, que se está celebrando y por el que tanto rezo y hago rezar, le dará nuevo vigor, mayor impulso.

El dinamismo de estas notas de la verdadera Iglesia, la vitalidad perenne de su vida divina, exige de todos los católicos una noble apertura a la comunicación con todos los hombres. No es —pues— la necesidad de dialogar una simple exigencia de un tiempo y de unas circunstancias».

Las manifestaciones de esta solicitud pastoral fueron varias. Por una parte, iban dirigidas a corregir falsas informaciones o ambigüedades, como por ejemplo los conceptos de “apertura al mundo” o de “aggiornamento o puesta al día “, interpretados a veces como invitación a un cambio que rompía con la tradición cristiana, y no como un desarrollo interno manteniendo la fidelidad a la palabra y a la voluntad de Cristo. Por otra parte, estas manifestaciones buscaban promover el conocimiento y el estudio de los documentos conciliares conforme eran aprobados y publicados. Animó a los fieles del Opus Dei que trabajaban en los medios de comunicación a que ofrecieran informaciones sobre el Vaticano II verídicas y presididas por el amor a la Iglesia. Deseaba que el mundo de “los medios”, como todos los demás ambientes —incluyendo los filosóficos y teológicos—, estuvieran en sintonía con la acción del Espíritu Santo, que asistía al Concilio.

En un contexto rico de luces y de sombras, San Josemaría percibió el daño que los contrastes encarnizados podían hacer al sentido de unidad doctrinal y pastoral, esencial para la vida de la Iglesia. Se esforzó con todo su empeño y de modo activo, para dar valor a los contenidos positivos y perennes del patrimonio eclesial y, en particular, rezó e hizo rezar mucho para que en el Concilio se llegara tanto a una mayor hondura en la doctrina relativa al principio de la colegialidad, como a una clara reafirmación de la autoridad del Papa.

Es oportuno tener en cuenta que, aunque el Concilio procedía con rapidez en su trabajo, no faltaban dificultades y los debates conciliares se volvían a veces muy agudos. Esta situación, por el modo en que los medios presentaban el trabajo conciliar, causaba confusión en los fieles. Pablo VI sufrió mucho por la aspereza que se había creado en el clima de trabajo y porque algunos intentaban instrumentalizar el Concilio con fines no acordes con su verdadera finalidad. Todo esto llevó al Papa a concluir que era oportuno acelerar los tiempos, con miras a una rápida conclusión. San Josemaría se mantenía al tanto de esta situación por medio de Mons. Angelo Dell’Acqua, Sustituto de la Secretaría de Estado, gran amigo suyo, a quien veía con frecuencia. El Santo Padre conocía y favorecía tales entrevistas; constituían también para él un modo informal de escuchar el parecer de una persona que consideraba muy próxima a Dios y rica de experiencia pastoral y eclesial. En este periodo, y en particular en el mes de abril de 1964, el fundador del Opus Dei escribió una carta filial a Pablo VI en la que decía:

«Rezamos mucho todos en el Opus Dei, por Su Augusta y Amadísima Persona y por Sus intenciones, para que pronto pueda finalizar el actual Concilio, y por el gran trabajo que será necesario en el periodo post-conciliar. Sobre todo rezamos para que la autoridad del Romano Pontífice no se condicione jamás ni por nada ni por nadie, y sea así posible asegurar las normas jurídicas que regulen, con suavidad y con fortaleza, el camino a través del cual llegue a todos la sana doctrina».

El deseo de Pablo VI de llevar el Concilio a su conclusión se cumplió el 8 de diciembre de 1965. En los textos aprobados, muy ricos y profundos, se trasmitía la doctrina de la Iglesia con un lenguaje de clara inspiración bíblica y litúrgica, que quería promover la plena adhesión de todos los cristianos y, por tanto, la eficacia de su acción en el mundo contemporáneo. Entre otros puntos centrales del mensaje cristiano, el Concilio proclamaba de modo solemne la llamada universal a la santidad y la misión apostólica de los laicos, miembros de pleno título de la Iglesia y llamados por vocación divina a llevar lo creado hacia su perfección. Celebrando en 1969 los cuatro años de la clausura de los trabajos conciliares, Pablo VI subrayó la importancia de estas enseñanzas: «el Concilio Vaticano II [...] invitó repetidas veces a todos los cristianos de toda condición y clase social a perseguir la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad; y esta llamada a la santidad se considera como especialísimo oficio del mismo magisterio conciliar y como su última finalidad».

Me atrevo a reiterar que se trataba precisamente de los asuntos que San Josemaría había predicado desde el 1928, cuando muchos veían todavía la figura del laico como una longa manus de la jerarquía, y la llamada a la santidad como una meta alcanzable solo por quien entraba en el sacerdocio ministerial o en la vida religiosa. En 1979, el Beato Juan Pablo II afirmó en una homilía que Mons. Escrivá había sido «precursor de aquella teología del laicado, que luego caracterizó la Iglesia del Concilio y del post-Concilio». No es un juicio aislado: muchos Padres conciliares, como también otras personalidades eclesiásticas, tuvieron la posibilidad de reconocer que San Josemaría había sido un precursor del Vaticano II precisamente en temas centrales del magisterio conciliar.

Quisiera por tanto concluir este apartado con un párrafo —un poco largo— que resume el conjunto de sentimientos que San Josemaría experimentó en los años del Concilio. Lo cito a partir de una carta dirigida a los fieles del Opus Dei poco antes del final del Concilio:

«Hijas e hijos míos, conocéis el amor con que he seguido durante estos años la labor del Concilio, cooperando con mi oración y, en más de una ocasión, con mi trabajo personal. Sabéis también mi deseo de ser y de que seáis fieles a las decisiones de la Jerarquía de la Iglesia hasta en los menores detalles, obrando no ya como súbditos de una autoridad, sino con piedad de hijos, con el cariño de quienes se sienten y son miembros del Cuerpo de Cristo.

»No os he ocultado tampoco mi dolor ante la conducta de los que no han vivido el Concilio como un acto solemne de la vida de la Iglesia y una manifestación del obrar sobrenatural del Espíritu Santo, sino como una oportunidad de afirmación personal, para dar rienda suelta a las propias opiniones o, peor aún, para hacer daño a la Iglesia.

»El Concilio está terminando: se ha anunciado repetidas veces que ésta será la última sesión. Cuando la carta que ahora os escribo llegue a vuestras manos, se habrá iniciado ya el periodo postconciliar, y mi corazón tiembla al pensar que pueda ser ocasión para nuevas heridas en el cuerpo de la Iglesia.

»Los años que siguen a un Concilio son siempre años importantes, que exigen docilidad para aplicar las decisiones adoptadas, que exigen también firmeza en la fe, espíritu sobrenatural, amor a Dios y a la Iglesia de Dios, fidelidad al Romano Pontífice».

En estas palabras se sintetizan sus sentimientos a lo largo de todo el Concilio. Al mismo tiempo se advierte lo que su alma de pastor presentía que se iba a producir en los años siguientes, y se entrevén las huellas de su programa de acción pastoral para la era post-conciliar, a la cual dedicaremos la tercera y última parte de esta ponencia.

3. La contribución de San Josemaría a la recepción del Vaticano II

El Beato Newman afirmaba que el análisis de la historia de los concilios de la antigüedad le había llevado a concluir que después de cada concilio hubo, exceptuando contadas excepciones, una gran confusión en la vida de la Iglesia. Al cumplirse el temor por una situación análoga también después del Vaticano II, que expresó el fundador del Opus Dei en la carta del 24 de octubre de 1965 que acabamos de citar, se confirma la sentencia de Newman.

Poco después de la clausura del Concilio comenzó un periodo marcado por la difusión de publicaciones, traducciones y comentarios de los textos conciliares, como también de los primeros documentos para la aplicación del Concilio. En este sentido la acogida fue muy positiva. Pero el horizonte no estaba claro porque, en aquel mismo tiempo, aparecieron escritos polémicos y se difundieron conductas extrañas a los deseos conciliares y pontificios.

Se hallaban presentes en el escenario dos posturas extremas opuestas. Por una parte, la de quienes a partir de un concepto equivocado de tradición, adoptaban una disposición de cerrazón y de resistencia a las enseñanzas del Concilio. Por otra, la de aquellos que deseaban una reforma radical de la Iglesia y buscaban forzar a los obispos y al mismo Romano Pontífice, presentando como propuestas orientadas a una renovación pastoral iniciativas que, en realidad, conducían al subjetivismo en la fe. Según afirma uno de los grandes expertos en la historia de los concilios, Hubert Jedin, «la crisis había surgido porque ya no se quería solo poner en práctica el Concilio, sino que se quería utilizarlo como injerto para renovaciones radicales, que en realidad dejaban a sus espaldas los decretos del Concilio». Las declaraciones de la realidad de la crisis, y también las medidas pastorales y disciplinares adoptadas por la autoridad eclesiástica, fueron presentadas no pocas veces —más aún, con mucha frecuencia— a la opinión pública como obstáculos puestos a la legítima libertad, o como postura reaccionarias y hostiles al progreso de la vida eclesial.

Consecuencia de esto fueron las defecciones del sacerdocio y de la vida consagrada, así como también el desconcierto en los fieles. La situación se hizo tan grave, que Pablo VI tuvo que intervenir varias veces para explicar cómo se debía interpretar el Vaticano II. Así, en 1966, afirmaba: «el Concilio tanto vale cuanto continúa la vida de la Iglesia; no la interrumpe, no la deforma, no la inventa; sino que la confirma, la desarrolla, la perfecciona, la “aggiorna”». En un texto de aquel mismo año añadía: «las enseñanzas del Concilio no constituyen un sistema orgánico y completo de la doctrina católica; esta es mucho más extensa, como todos saben, y el Concilio no la pone en discusión o la modifica sustancialmente [...]. No debemos separar las enseñanzas del Concilio del patrimonio doctrinal de la Iglesia, sino que se ha de ver cómo se injertan en él, cómo son coherentes con él, y cómo le aportan testimonio, incremento, explicación, aplicación». En los años siguientes sus intervenciones se multiplicaron y se volvieron cada vez más dolidas, hasta llegar a asumir tonos dramáticos.

Nos encontramos ante una realidad bien conocida, lo que nos permite evitar la cita de otros textos pontificios. Podemos, por tanto, limitarnos a mencionar uno solo de ellos, con fecha del 23 de junio de 1972, en el cual Pablo VI subrayaba de nuevo que la confusión y la crisis se debían atribuir a «una falsa y arbitraria interpretación del Concilio, que desea romper con la tradición, también doctrinal, hasta llegar al rechazo de la Iglesia preconciliar, y al arbitrio de concebir una Iglesia “nueva”, casi “reinventada” desde dentro, en su constitución, en el dogma, en la moral, en el derecho».

En aquel tiempo San Josemaría no ahorró esfuerzos para vivir una plena fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Se separó con claridad y decisión de quien rechazaba el Concilio y negaba su asentimiento a todos, o al menos a algunos, de sus documentos. Y denunció sin demora la postura de los que negaban que el Concilio había logrado completar la necesaria reforma de la Iglesia, y se dejaban guiar del así llamado “espíritu del Concilio”, considerándose autorizados a ir más allá de los documentos conciliares o, inclusive, a pedir un nuevo concilio.

San Josemaría acogió con un espíritu cristiano lleno de vida todos las enseñanzas del Vaticano II. Leyó y meditó sus documentos —también de esto soy testigo— buscando siempre sacar todas las riquezas contenidas en esos documentos. En diversas ocasiones —como dije antes— le oí decir que el magisterio conciliar no había supuesto ningún cambio de rumbo para su mensaje y su misión de fundador del Opus Dei, sino más bien una confirmación de todo lo que estaba predicando desde muchos años atrás. El Vaticano II, en efecto, no solo había abierto el camino hacia una solución jurídica adecuada para el Opus Dei, sino que ofreció un horizonte y un lenguaje relativos a la fe, en el terreno del magisterio, favorables para la vida cristiana en el mundo, en cualquier profesión y en cualquier condición. No pocas veces San Josemaría acudió con agradecimiento a los textos conciliares para explicar alguna idea que estaba exponiendo desde hacía mucho tiempo, y empleaba con gozo las expresiones contenidas en aquellos textos, porque le permitían explicar con más eficacia lo que había recibido de Dios en 1928 y había vivido siempre en los años sucesivos.

Como pastor del Opus Dei, San Josemaría dispuso que se pusieran en práctica las decisiones conciliares, siguiendo las indicaciones que el mismo Magisterio había establecido, y leyendo los textos a la luz de la tradición católica en la cual el Concilio mismo se insertaba. Consideraba, en efecto, que esos textos estaban dirigidos a todos los fieles del Opus Dei, como quiso manifestar en una carta de marzo de 1967, y en otras ocasiones, cuando hizo notar que «muchas equivocaciones actuales provienen de entender el Concilio Vaticano II como un punto y aparte en la historia de la Iglesia, una especie de nuevo origen del cristianismo».

Por este motivo no le gustaba el uso indiscriminado del término “post-concilio”, porque podía suponer la pretensión de una ruptura con la doctrina anterior al Concilio Vaticano II, y recordaba a todos que cada Concilio representa una manifestación de continuidad con los anteriores: es siempre el Espíritu Santo —añadía— quien guía la Iglesia. A veces le oí comentar, en privado y con una pizca de ironía llena de fe que, en realidad, toda la historia de la Iglesia, desde el Concilio de Jerusalén en adelante, se puede definir “post-conciliar”. Actuó, en definitiva, buscando favorecer siempre una plena acogida del Concilio en comunión con la tradición de la Iglesia y en unión con el Romano Pontífice. En este sentido creo que es lícito afirmar que su disposición coincide con la denominada “hermenéutica de la reforma en la continuidad” .

Dicho esto, quisiera detenerme en dos argumentos que, entre otros, fueron objeto de una especial atención por parte de San Josemaría: la puesta en práctica de la reforma litúrgica y el ámbito de la doctrina y de la moral católica.

Los libros litúrgicos publicados como aplicación de la Constitución Sacrosanctum Concilium, presentaban menos indicaciones específicas que los anteriores y dejaban una gran libertad de elección. San Josemaría, además de indicar que se siguiera fielmente la nueva norma litúrgica, puso el acento en lo que se relacionaba con la piedad personal tanto del sacerdote como de los fieles. Un ejemplo muy claro de este modo de proceder es que subrayó lo que se establecía en las rúbricas de la Misa, es decir, que después de elevar la forma consagrada y el cáliz, el sacerdote “genuflexus adorat “, se arrodilla y adora; recomendaba, como consecuencia, que la genuflexión fuera pausada, de modo que constituyera y manifestara un verdadero y profundo acto de adoración. Insistía en la necesidad de celebrar la Santa Misa como lo hace un sacerdote sinceramente piadoso y aconsejó que se guardaran, siempre dejando plena libertad en lo opinable, algunos detalles del misal anterior que resultaban útiles para fomentar la piedad, cuando esto no estuviera en contraste con las nuevas normas litúrgicas.

Pasemos ahora al segundo aspecto anteriormente señalado, es decir, a la doctrina de la fe y de la moral cristiana. A propósito de esto quisiera subrayar que San Josemaría se esforzó, desde el primer momento, para que los fieles del Opus Dei y todas las personas que estaban en contacto con las actividades apostólicas por ellos promovidas, pudieran recibir la luz que procedía de los textos del Concilio. En los Centros internacionales de estudio para los fieles del Opus Dei —el Colegio Romano de la Santa Cruz en Roma y el Colegio Mayor Aralar en Pamplona, para los hombres, y el Colegio Romano de Santa María, para las mujeres— la enseñanza filosófica y teológica incorporó enseguida, bajo su guía, los documentos conciliares, insertándolos en los cursos y en los seminarios de estudio. Otro tanto aconteció en todos los centros de formación de los diversos países en los que el Opus Dei ejercía su apostolado.

Además, recomendó a sus hijos que difundieran las enseñanzas del Vaticano II, publicando colecciones de documentos o revistas para contribuir a la difusión de la doctrina trasmitida por el Concilio. Se dedicó intensamente, de acuerdo con la jerarquía de la Iglesia en España, para que en la Universidad de Navarra se abriera una facultad de Teología de modo acorde con las sugerencias de la Declaración Gravissimum educationis y según las indicaciones del Decreto Optatam totius.

Todas estas iniciativas, y muchas otras que se podrían mencionar en este terreno, estaban inspiradas por el deseo de promover el conocimiento auténtico y profundo del Concilio. Fueron por esto acompañadas de orientaciones útiles para aprender a distinguir entre el Concilio y las interpretaciones que se alejaban, en un sentido o en el otro, de su realidad y, por tanto, de la tradición de la Iglesia. Animó, en consecuencia, a que se leyeran y se estudiaran las obras de los Padres de la Iglesia y de los grandes doctores —especialmente de Santo Tomás de Aquino—, como también de los catecismos seguros entonces existentes, como por ejemplo el de San Pío X. Entre los años 1966 y 1968 concedió varias entrevistas a la prensa en las que abordaba los asuntos que interesaban a la opinión pública de aquel tiempo, transmitiendo con claridad la doctrina de la Iglesia. En la década de los setenta se volcó en una serie de viajes de catequesis, primero a España y a Portugal y, luego, a diversos países de América Latina.

Por aquellas fechas escribió también varias cartas a los fieles del Opus Dei para ayudarlos a conocer la doctrina del Vaticano II y a discernir lo valioso de la literatura teológica que se publicaba en aquellos años. Por este motivo, en el Año de la Fe, proclamado por Pablo VI en 1967, decidió escribir una larga carta a los fieles del Opus Dei. Redactó un documento extenso, de casi doscientas páginas, orientado a comentar los principales artículos de la fe, en el que abundan las citas de la Sagrada Escritura y del Magisterio de la Iglesia. Entre estas últimas figuran alrededor de 80 textos sacados de documentos del Vaticano II y de intervenciones de Pablo VI que pertenecen a la época conciliar.

Resumiendo, podríamos decir que su actitud era el fruto de dos posturas complementarias: el optimismo, que nace de la fe, y la prudencia, fruto a su vez de la conciencia bien formada en lo relativo a las cuestiones en juego y del reconocimiento de los propios límites; prudencia necesaria para todo cristiano y de modo especial «para quien se dedica a la investigación teológica o está revestido de autoridad, porque unos daños incalculables podría causar, ahora más que nunca, la falta de serenidad y de medida en el estudio de los problemas». A estas dos características hay que añadir una tercera, que podemos sintetizar con una frase que San Josemaría pronunció numerosas veces: doctrina de teólogos y piedad de niños.

El cristiano, cada cristiano, debe poseer un adecuado conocimiento de la fe, pero este conocimiento ha de ser unidad en el amor, amor al sentido de nuestra filiación divina, y por tanto amor a la oración.

Estas afirmaciones no son declaraciones teóricas, sino que reflejan la vida de San Josemaría. Todo lo que el fundador del Opus Dei llevó a cabo a lo largo de su vida, y en particular en el periodo conciliar y post-conciliar, ha sido precedido y acompañado por la oración y la mortificación. En aquellos años hizo muchas peregrinaciones penitentes a diversos santuarios marianos, como el Divino Amore, Guadalupe o Fátima. Además, el 30 de mayo de 1971 consagró el Opus Dei al Espíritu Santo, pidiendo expresamente al Divino Paráclito sus siete dones, para que todos los miembros de la Obra y todos los cristianos se mantuvieran firmes en la fe y fielmente perseverantes en la vocación que cada uno hubiera recibido de Dios.

Estoy convencido de que la acción pastoral de San Josemaría puede y debe ser considerada como una de las realidades que más contribuyeron de modo eficaz a una verdadera y duradera recepción del Vaticano II. Puesto que vivió antes, mientras y después del Concilio, él constituye un claro ejemplo de santo y de pastor que supo sentire cum Ecclesia antes, durante y después de aquel evento. Entiendo que aquí se puede encontrar uno de los motivos que llevaron a Juan XXIII y a Pablo VI a querer conocer con frecuencia su parecer, a través de Mons. Capovilla y de Mons. Dell’Acqua. Y también por qué Juan Pablo II manifestó una especial alegría cuando celebró su beatificación y canonización; y Benedicto XVI también mostró, primero como cardenal y luego como Romano Pontífice, una gran estima por su figura y su mensaje.

4. Conclusión

Quisiera terminar recurriendo a algunas palabras del Card. Franz König, escritas en 1981, algunos años después de la muerte de San Josemaría. Después de haber considerado su gran fe, su serenidad, su optimismo sobrenatural, afirmaba: «la historia, todavía breve, de estos años que han seguido a la conclusión de los trabajos conciliares, las vicisitudes por las que ha pasado la aplicación de los decretos del Concilio, los experimentos efectuados hasta ahora, han confirmado la clarividencia del espíritu de Mons. Escrivá de Balaguer. Él supo tomar en serio el Vaticano II, distinguiendo entre lo que era moción del Espíritu y lo que venía de los ensayos meramente humanos de interpretar el Concilio. Se convirtió así en el modelo a seguir para realizar la imagen auténtica de la Iglesia descrita en los documentos conciliares».

San Josemaría, que rezó y trabajó mucho por el Concilio Vaticano II, es ya reconocido como uno de los precursores de varias enseñanzas conciliares, tales como la doctrina sobre el laicado, la llamada universal a la santidad, la secularidad, el valor cristiano del trabajo y, en general, del mundo y de las diversas actividades humanas. No obstante me parece oportuno ir todavía más allá, para subrayar que el significado de su persona y de su mensaje no se agota en el hecho histórico-cronológico de su contribución al Concilio. La vida y las enseñanzas de San Josemaría seguirán iluminando la renovación presente y futura de la Iglesia, porque ayudan a captar con profundidad su verdadera naturaleza como Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo, y su misión vivificadora del mundo. Llevan también, como consecuencia, a una comprensión más rica tanto del laico como del sacerdote, y a una percepción no solo teórica sino práctica del valor cristiano de todas las realidades terrenas. En estas verdades se encuentran, en mi opinión, las raíces de la importancia teológica del fundador del Opus Dei, ya ampliamente advertida pero, como sucede con cualquier figura de gran relieve, todavía por explorar. Deseo de verdad que este congreso dedicado al influjo ejercido por San Josemaría en el pensamiento cristiano, pueda constituir un paso importante en esta dirección.


Herramientas
 Archivo
Versión para imprimir 
Descargar a Palm 
Enviar a un amigo 
Enlaces útiles
Santa Sede
Opus Dei
Escritos del Fundador del Opus Dei
San Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei
 
 
 
Romana - Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei
Redacción: V.le Bruno Buozzi 73 - 00197 Roma | redazione@romana.org
Administración:es@romana.org
© es.romana.org · Aviso legal · Política de privacidad y cookies