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58 • Enero - Junio 2014 • Pág. 60
 
 
 
 •  Del Prelado
 

“Abundancia de luz”, O Estado de São Paulo, Brasil (5-III-2014)

«Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?». Con estas palabras de Evangelii gaudium (n. 8), el Papa Francisco evoca nuestra divinización, esa elevación que se nos concede como don de Dios. En Cristo descubrimos quién es la persona humana y la grandeza de su vocación (cf. Gaudium et spes, n. 22). Del encuentro con Jesús nace el deseo de compartir esa alegría con los demás (cf. EG n. 3). Francisco nos invita a «salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (EG n. 20). En efecto, inquieta que «tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo» (EG n. 49). Esta me parece que puede considerarse como una de las grandes enseñanzas de la Exhortación apostólica para la Iglesia contemporánea.

La “salida” a la que nos invita el Papa, expresa lo que se ha denominado tradicionalmente en la Iglesia con los términos “apostolado” y “evangelización”: labor que se caracteriza, entre otras cosas, por un absoluto respeto de la libertad, y se aleja de la acepción negativa –que ha tomado principalmente en el siglo XX– el vocablo “proselitismo”. Lo señala el Papa en el n. 14 al afirmar que «la Iglesia no crece por proselitismo sino “por atracción”». En la enseñanza de Cristo hay una evidente exclusión de cualquier actitud que no respete la libertad de los demás e ignore la dignidad de la persona. Dios quiere ser amado de verdad, lo que presupone una elección libre. Toda vocación es una historia de amor y un encuentro de dos libertades: la llamada de Dios y la respuesta del hombre.

Cualquier tipo de coacción, física o moral, es incompatible con la dignidad humana y el mensaje del Evangelio. El cardenal Bergoglio siempre alertó sobre aquellas sectas que, con dinero, con promesas materiales, con medios turbios, buscan enrolar a personas que quizá se encuentran en situación de miseria: aprovechan quizá una sed de Dios que nosotros, los cristianos, no siempre hemos sabido percibir.

La clave que define una actitud auténticamente cristiana está en el Amor. El Papa Francisco emplea palabras y tiene gestos evangélicos que lo manifiestan: “invito” (EG nn. 3, 18, 33, 108), “insisto” (EG n. 3); habla del “corazón rebosante” (EG n. 5) y anima a entrar “en ese río de alegría” (EG n. 5) que es la comunidad cristiana; empuja a no poner condiciones innecesarias a la recepción del bautismo o del sacramento de la confirmación. Recientemente, en un Ángelus, Francisco hacía considerar que Cristo quizá estaba pasando en medio de los que le escuchaban en la plaza de San Pedro.

«Entrar». Jesucristo increpó duramente a los escribas y fariseos: «Ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que quieren entrar» (Mt 23,13). Dejar entrar, permitir que se entre, invitar a entrar: esa fuerza que atrae es -decía san Josemaría– “abundancia de luz”, simpatía humana, oración y sacrificio personal, presencia de Cristo en el cristiano: «Amor verdadero es salir de sí mismo, entregarse» (Es Cristo que pasa, n. 43). Este es el sentido del apostolado cristiano, el sentido original del término proselitismo, como tradicionalmente se entendió en la Iglesia, tomado del hebraísmo. Lacordaire empleaba esta fórmula lapidaria: «Como no hay cristiano sin amor, tampoco hay cristiano sin proselitismo».

El apostolado de persona a persona supone dedicar tiempo al prójimo y no tiene otra fuerza que la de la oración, de la paciencia caritativa, de la comprensión, de la amistad, del amor por la libertad. Supone un salir de sí mismo para preocuparse por los demás y compartir con ellos lo más verdadero, bonito y bello: nuestra vocación cristiana. Una conversación «siempre respetuosa y amable»; el primer momento «es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón» (EG n. 128). El “sígueme” de Cristo, lejos de forzar, respeta la libertad de cada uno. Lo manifiesta de modo tristemente elocuente el diálogo con el joven rico. ¿Y hoy? Francisco señala que cuando más necesitamos un dinamismo misionero que lleve sal y luz al mundo, muchos laicos sienten el temor de que alguien les invite a realizar alguna tarea apostólica, y tratan de escapar de cualquier compromiso que les pueda quitar su tiempo libre» (EG n. 81).

La luz del Evangelio es “una luz que atrae” (EG n. 100) pues es la ley del amor que nos invita a hacer el bien (EG nn. 100-101). Al ver las buenas obras del cristiano, el prójimo está llevado a dar gloria a Dios (cf. Mt 5,16): descubrir y alabar el inefable amor de Dios, una luz divina, no sencillamente humana. En este sentido, el apostolado –el celo santo por las almas– es dar testimonio de la luz, como dice san Juan (1,7), dar abundancia de luz, sin la más mínima sombra de imposición, con suma delicadeza, pues Dios solo quiere amor y, por esto, actúa con mansedumbre: con vigor y benignidad (cf. Sab 8,1). En su Mensaje para la XX Jornada mundial de oración por las vocaciones (2 de febrero de 1983), Juan Pablo II afirmaba: «No debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona joven o menos joven la llamada del Señor. Es un acto de estima y confianza. Puede ser un momento de luz y de gracia».

«No actuéis por rivalidad ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada uno a los demás como superiores, buscando no el propio interés, sino el de los demás» (Fil 2, 3-4). Es precisamente ese buscar el bien de los demás lo que lleva a compartir con ellos el amor de Jesucristo, haciendo propios los sentimientos del Señor, proyectados hacia el futuro de la Iglesia, como su Cuerpo en el cual somos todos miembros. Se vence la posible timidez, que podría denotar una falta de fe y de humildad, con la luz de Cristo que transmite cada cristiano.

¿Qué luz? Benedicto XVI concluía su primera encíclica con estas palabras: «El amor es una luz -en el fondo la única– que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido creados a imagen de Dios. Vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo» (Deus caritas est, n. 39). En perfecta continuidad, Francisco señala en su primera encíclica que «el movimiento de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu ha recorrido nuestra historia; Cristo nos atrae a sí para salvarnos (cf. Jn 12, 32)» (Lumen fidei, n. 59).

En las antípodas de un proselitismo malentendido que no respeta la persona, se encuentra un apostolado concebido como atracción, es decir, la propuesta, transparente y respetuosa, de una dedicación generosa -justo a la que se refiere el Papa– que engloba un testimonio plenamente consciente de la libertad y dignidad de la persona, y hace que el corazón del cristiano participe del amor divino y humano de Jesús. Un corazón que no puede contener sus deseos de comunicar la alegría del Evangelio.

+ Javier Echevarría
Prelado del Opus Dei


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