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59 • Julio - Diciembre 2014 • Pág. 335
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la inauguración del año académico, Universidad Pontificia de la Santa Cruz, Roma (7-X-2014)

Eminencia Reverendísima, Excelencia, profesores, colaboradores, estudiantes, señoras y señores:

Participamos en esta inauguración del año académico, que la Providencia hace coincidir con la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, al día siguiente del aniversario de la canonización de san Josemaría y pocos días después de la beatificación de monseñor Álvaro del Portillo, que ha tenido lugar, como sabéis, el 27 de septiembre. Una coincidencia muy significativa, ya que el nuevo beato fue el primer gran canciller de nuestra Universidad. Fue él, de hecho, quien promovió su creación y apoyó su desarrollo, impulsado por el gran afecto a la universidad que san Josemaría le había transmitido como parte de su apasionado amor por el mundo.

Damos gracias a la Santísima Trinidad por habernos dado a don Álvaro, a quien agradecemos sus esfuerzos por dar vida a aquel Centro Académico Romano que, creciendo poco a poco, se ha convertido en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Ha sido el fruto de una prolongada acción de fidelidad filial al fundador del Opus Dei, que ya desde muchos años antes quería implementar este proyecto.

Siguiendo esa línea, y con profunda perspectiva, el beato Álvaro del Portillo consideró que había llegado el momento de la creación de esta universidad eclesiástica en Roma, pensando en el servicio a las iglesias particulares y a las almas.

La cercanía con Dios dilata el corazón del hombre, haciéndole capaz de «que quepan todos y todo en los deseos de poner el universo a los pies de Jesús». Cuanto más crece la identificación con Cristo por obra de la gracia, tanto más el cristiano mira al mundo con los ojos de Dios, origen y fin de toda la creación, tratando de ver a cada uno y cada cosa tal como el Señor nos ve.

El beato Álvaro, en 1992, recordando las enseñanzas de san Josemaría, decía: «la luz de la Revelación, enteramente aceptada mediante la fe, no elimina ni disminuye la legítima autonomía de cada una de las ciencias, les confiere, por el contrario, algo que no alcanzan por sí solas: la capacidad de servir acabadamente, en su más hondo sentido, a la plenitud de la humanidad. La verdad es el objeto de la tarea específica del universitario, que ha de investigarla con el deseo de conocer más profundamente la realidad y que debe amarla como un ideal que compromete su propia vida, sin dejarse influenciar por ambientes poco propicios a aceptar las concretas y graves exigencias que, en ocasiones, reclama esa verdad para ser coherentes con ella».

De hecho, la fe da una nueva luz a la mirada del hombre sobre el mundo, le permite conocerlo y amarlo más profundamente. Por esto, la fe no solo no se opone a la universalidad de la razón, como pretenden algunas concepciones reduccionistas, sino que más bien la fundamenta y la fortalece. La fe en Dios y la fidelidad del beato Álvaro al carisma recibido de san Josemaría se manifestaron también en la promoción de esta universidad.

En 1991, en un acto académico similar al de hoy, el primer gran canciller monseñor Álvaro del Portillo explicaba la relación que existe entre las palabras omnes traham ad meipsum, del Evangelio de san Juan (Jn 12, 32) —que tuvieron una gran resonancia en la vida interior del fundador del Opus Dei— y el lema Regnare Christum volumus! que Mons. del Portillo había elegido para su escudo episcopal. En el Verbo encarnado, el cosmos entero es atraído hacia la unidad que brota de la Trinidad, y el deseo de que Él reine se convierte así en expresión de nuestro amor apasionado por el mundo.

La universidad, en virtud de tal atracción, debe abrirse radicalmente para tratar de revitalizar el mundo como la levadura. El estudio, en verdad, puede alabar al Creador en la medida en que logra revelar la unidad y la verdad de la realidad y la pone a disposición de la atracción de Cristo que lleva todo y a todos al Padre.

En esta perspectiva, por ejemplo, el estudio de la historia de la Iglesia, así como el camino de los hombres en la búsqueda de la verdad de Dios, se convierte en un elemento para profundizar en todo don recibido, para redescubrir la trascendencia del propio carisma y comunicarlo con renovado vigor.

También la apertura a los diferentes campos del conocimiento, a las multiformes realidades culturales de ayer y de hoy, es un requisito para “saborear” el propio carisma y apreciar la grandeza del don recibido. El verbo “saborear” deriva del verbo latino sapere, del que procede también la palabra sabiduría. Todo cristiano, bajo la guía del Espíritu Santo, es capaz de saborear, y hacer saborear a los demás, la propia identidad cristiana.

Lo dice a menudo el Papa Francisco: «El tiempo es superior al espacio». El Dios hecho Hombre está presente en el tiempo y actúa siempre a través de la providencia ordinaria, la efusión de los carismas y la asistencia constante a su Iglesia; de ese modo trasciende los espacios concretos en los que se encuentra el cristiano y le incita a salir al mundo.

La Iglesia “en salida” también se manifiesta allí donde se forma a los sacerdotes, religiosos y laicos que luego regresan a sus respectivas diócesis. Una Iglesia “en salida” necesita la ayuda de una universidad “en salida”, que no se encierre en su torre de marfil, sino que desarrolle su pensamiento en el servicio de la vida. Necesitamos que la enseñanza de las diferentes materias brote de la fe, de la unidad de vida cristiana: así será capaz de trabajar siempre al servicio de la Iglesia universal.

El beato Álvaro del Portillo, con su habitual claridad, afirmaba: «La universalidad de la institución universitaria tiene su más inmediata manifestación en estar interesada en el cultivo de todas las ciencias, en cuanto debe estar interesada por toda verdad».

El espíritu que inspira la universidad y el trabajo de quienes en ella enseñan y estudian, lleva a mantener «relaciones estrechas y fructíferas con el mundo cultural y universitario, en el marco del ideal universitario de la unidad del conocimiento y de la armonía entre la fe y la cultura».

Para que se haga posible la acción de las universidades, tal universalidad teológicamente fundada debe ser vivida ante todo en la vida cotidiana de las personas que trabajan en ellas. En consecuencia, es prioritario dedicar energías a las buenas relaciones entre los componentes del personal docente, llamados a colaborar, a compartir experiencias no sólo de investigación, sino también de vida pastoral, para que a su vez la vida pueda hacer fecundo el pensamiento. Con el mayor respeto, obviamente, por la libertad de investigación —en el marco del magisterio de la Iglesia— y siguiendo la voluntad explícita de san Josemaría, que nunca quiso para el Opus Dei una “escuela” de pensamiento propio.

El mismo espíritu de apertura y de colaboración debe informar también las relaciones con el personal no docente y con los estudiantes. Lo que más les motivará es el amor por su trabajo, que se percibe – se debe percibir - día tras día a través del reconocimiento de la contribución de cada uno. En un entorno de estas características, se formarán auténticos servidores de los demás, porque, una vez más con palabras del beato Álvaro, «no se puede separar en el hombre lo sobrenatural y lo humano». De hecho, como enseña Lumen Gentium, cuyo quincuagésimo aniversario celebraremos el próximo 16 de noviembre, «todos los hombres están llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos».

Mientras acompañamos en espíritu de oración al Sínodo de la familia, y rezamos más intensamente por la paz en muchas partes del mundo, confiamos a Nuestra Señora del Rosario estas intenciones y el nuevo año académico 2014-2015, que declaro inaugurado.


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