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59 • Julio - Diciembre 2014 • Pág. 236
 
 
 
 •  El beato Álvaro del Portillo
 

27 de septiembre

Homilía en la Misa de beatificación de Álvaro del Portillo
Cardenal Angelo Amato, S.D.B., prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos
Madrid,
27-IX-2014

1. «Pastor según el corazón de Cristo, celoso ministro de la Iglesia». Este es el retrato que el Papa Francisco ofrece del beato Álvaro del Portillo, pastor bueno, que, como Jesús, conoce y ama a sus ovejas, conduce al redil las que se han perdido, venda las heridas de las enfermas y ofrece la vida por ellas.

El nuevo beato fue llamado desde joven a seguir a Cristo, para ser después un diligente ministro de la Iglesia y proclamar en todo el mundo la gloriosa riqueza de su misterio salvífico: «Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para presentarlos a todos perfectos en Cristo. Por este motivo lucho denodadamente con su fuerza, que actúa poderosamente en mí» (Col 1, 28-29). Y este anuncio de Cristo Salvador lo realizó con absoluta fidelidad a la cruz y, al mismo tiempo, con una ejemplar alegría evangélica en las dificultades. Por eso, la Liturgia le aplica hoy las palabras del Apóstol: «Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24).

La serena felicidad ante el dolor y el sufrimiento, es una característica de los Santos. Por lo demás, las bienaventuranzas —también aquellas más arduas como las persecuciones— no son sino un himno a la alegría.

2. Son muchas las virtudes —como la fe, la esperanza y la caridad— que el beato Álvaro vivió de modo heroico. Practicó estos hábitos virtuosos a la luz de las bienaventuranzas de la mansedumbre, de la misericordia, de la pureza de corazón. Los testimonios son unánimes. Además de destacar por la total sintonía espiritual y apostólica con el santo fundador, se distinguió también como una figura de gran humanidad.

Los testigos afirman que, desde niño, Álvaro era «un chico de carácter muy alegre y muy estudioso, que nunca dio problemas»; «era cariñoso, sencillo, alegre, responsable, bueno...».

Heredó de su madre, doña Clementina, una serenidad proverbial, la delicadeza, la sonrisa, la comprensión, el hablar bien de los demás y la ponderación al juzgar. Era un auténtico caballero. No era locuaz. Su formación como ingeniero le confirió rigor mental, concisión y precisión para ir en seguida al núcleo de los problemas y resolverlos. Inspiraba respeto y admiración.

3. Su delicadeza en el trato iba unida a una riqueza espiritual excepcional, en la que destacaba la gracia de la unidad entre vida interior y afán apostólico infatigable. El escritor Salvador Bernal afirma que transformó en poesía la prosa humilde del trabajo diario.

Era un ejemplo vivo de fidelidad al Evangelio, a la Iglesia, al magisterio del Papa. Siempre que acudía a la basílica de San Pedro en Roma, solía recitar el Credo ante la tumba del apóstol y una Salve ante la imagen de Santa María, Mater Ecclesiae.

Huía de todo personalismo, porque transmitía la verdad del Evangelio y la integridad de la tradición, no sus propias opiniones. La piedad eucarística, la devoción mariana y la veneración por los santos nutrían su vida espiritual. Mantenía viva la presencia de Dios con frecuentes jaculatorias y oraciones vocales. Entre las más habituales estaban: Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem!, y Cor Mariae Dulcissimum, iter para tutum; así como la invocación mariana: Santa María, Esperanza nuestra, Esclava del Señor, Asiento de la Sabiduría.

4. Un momento decisivo de su vida fue la llamada al Opus Dei. A los 21 años, en 1935, después de encontrar a san Josemaría Escrivá de Balaguer —que entonces era un joven sacerdote de 33 años—, respondió generosamente a la llamada del Señor a la santidad y al apostolado.

Tenía un profundo sentido de comunión filial, afectiva y efectiva con el Santo Padre. Acogía su magisterio con gratitud y lo daba a conocer a todos los fieles del Opus Dei. En los últimos años de su vida, besaba a menudo el anillo de prelado que le había regalado el Papa para reafirmarse en su plena adhesión a los deseos del Romano Pontífice. En particular, secundaba sus peticiones de oración y ayuno por la paz, por la unidad de los cristianos, por la evangelización de Europa.

Destacaba por la prudencia y rectitud al valorar los sucesos y las personas; la justicia para respetar el honor y la libertad de los demás; la fortaleza para resistir las contrariedades físicas o morales; la templanza, vivida como sobriedad, mortificación interior y exterior. El beato Álvaro transmitía el buen olor de Cristo —bonus odor Christi (cfr. 2 Cor 2,15)—, que es el aroma de la auténtica santidad.

5. Sin embargo, hay una virtud que Monseñor Álvaro del Portillo vivió de modo especialmente extraordinario, considerándola un instrumento indispensable para la santidad y el apostolado: la virtud de la humildad, que es imitación e identificación con Cristo, manso y humilde de corazón (Mt 11, 29). Amaba la vida oculta de Jesús y no despreciaba los gestos sencillos de devoción popular, como, por ejemplo, subir de rodillas la Scala Santa en Roma. A un fiel de la Prelatura, que había visitado ese mismo lugar pero que había subido a pie la Scala Santa, porque —así se lo comentó—se consideraba un cristiano maduro y bien formado, el beato Álvaro le respondió con una sonrisa, y añadió que él la había subido de rodillas, a pesar de que el ambiente estaba algo cargado por la multitud de personas y la escasa ventilación. Fue una gran lección de sencillez y de piedad.

Monseñor del Portillo estaba, de hecho, beneficiosamente “contagiado” por el comportamiento de Nuestro Señor Jesucristo, que no vino a ser servido, sino a servir. Por eso, rezaba y meditaba con frecuencia el himno eucarístico Adoro Te devote, latens deitas. Del mismo modo, consideraba la vida de María, la humilde esclava del Señor. A veces recordaba una frase de Cervantes, de las Novelas Ejemplares: «Sin humildad, no hay virtud que lo sea». Y a menudo recitaba una jaculatoria frecuente entre los fieles de la Obra: «Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies» (Sal 51 [50], 19); no despreciarás, oh Dios, un corazón contrito y humillado.

Para él, como para san Agustín, la humildad era el hogar de la caridad. Repetía un consejo que solía dar el fundador del Opus Dei, citando unas palabras de san José de Calasanz: «Si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser muy santo, sé muy humilde». Tampoco olvidaba que un burro fue el trono de Jesús en la entrada a Jerusalén. Incluso sus compañeros de estudios, además de destacar su extraordinaria inteligencia, subrayan su sencillez, la inocencia serena de quien no se considera mejor que los demás. Pensaba que su peor enemigo era la soberbia. Un testigo asegura que era “la humildad en persona”.

Su humildad no era áspera, llamativa, exasperada; sino cariñosa, alegre. Su alegría derivaba de la convicción de su escasa valía personal. A principios de 1994, el último año de su vida en la tierra, en una reunión con sus hijas, dijo: «Os lo digo a vosotras, y me lo digo a mí mismo. Tenemos que luchar toda la vida para llegar a ser humildes. Tenemos la escuela maravillosa de humildad del Señor, de la Santísima Virgen y de San José. Vamos a aprender. Vamos a luchar contra el propio yo que está constantemente alzándose como una víbora, para morder. Pero estamos seguros si estamos cerca de Jesús, que es del linaje de María, y es el que aplastará la cabeza de la serpiente».

Para don Álvaro, la humildad era «la llave que abre la puerta para entrar en la casa de la santidad», mientras que la soberbia constituía el mayor obstáculo para ver y amar a Dios. Decía: «La humildad nos arranca la careta de cartón, ridícula, que llevan las personas presuntuosas, pagadas de sí mismas». La humildad es el reconocimiento de nuestras limitaciones, pero también de nuestra dignidad de hijos de Dios. El mejor elogio de su humildad lo expresó una mujer del Opus Dei, después del fallecimiento del fundador: «El que ha muerto ha sido don Álvaro, porque nuestro Padre sigue vivo en su sucesor».

Un cardenal atestigua que cuando leyó sobre la humildad en la Regla de san Benito o en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, le parecía contemplar un ideal altísimo, pero inalcanzable para el ser humano. Pero cuando conoció y trató al beato Álvaro entendió que era posible vivir la humildad de modo total.

6. Se pueden aplicar al beato las palabras que el cardenal Ratzinger pronunció en 2002, con ocasión de la canonización del fundador del Opus Dei. Hablando de la virtud heroica, el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe dijo: «Virtud heroica no significa exactamente que uno ha llevado a cabo grandes cosas por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él se ha mostrado transparente y disponible para que Dios actuara [...]. Esto es la santidad».

Este es el mensaje que nos entrega hoy el beato Álvaro del Portillo, «pastor según el corazón de Jesús, celoso ministro de la Iglesia». Nos invita a ser santos como él, viviendo una santidad amable, misericordiosa, afable, mansa y humilde.

La Iglesia y el mundo necesitan del gran espectáculo de la santidad, para purificar, con su aroma agradable, los miasmas de los muchos vicios alardeados con arrogante insistencia.
Ahora más que nunca necesitamos una ecología de la santidad, para contrarrestar la contaminación de la inmoralidad y de la corrupción. Los santos nos invitan a introducir en el seno de la Iglesia y de la sociedad el aire puro de la gracia de Dios, que renueva la faz de la tierra.

Que María Auxiliadora de los cristianos y Madre de los santos, nos ayude y nos proteja.

Beato Álvaro del Portillo, ruega por nosotros. Amén.

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Alocución final del prelado del Opus Dei
Mons. Javier Echevarría
Madrid,
27-IX-2014

Al finalizar esta solemne celebración, deseo manifestar mi más hondo agradecimiento a la Santísima Trinidad por el don que hoy ha hecho a toda la Iglesia. La elevación a los altares de don Álvaro del Portillo, sucesor de san Josemaría Escrivá de Balaguer, nos recuerda de nuevo la llamada universal a la santidad, proclamada con gran fuerza por el Concilio Vaticano II. La trayectoria terrena del beato Álvaro nos muestra que el cumplimiento cabal de los propios deberes marca el camino de la santificación personal, la senda que conduce a la plena unión con Dios, a la que todos debemos aspirar.

Doy gracias también a la Santísima Virgen, de cuya mediación materna nos llegan todos los dones del Cielo. Ruego a la Madre de Dios y Madre nuestra que siga intercediendo por todos, por cada una y por cada uno, para que recorramos hasta el final nuestra senda de santificación. Le suplicamos de modo particular por las hermanas y los hermanos nuestros que, en diversas partes del mundo, sufren persecución e incluso martirio a causa de la fe.

Mi gratitud se dirige también al Santo Padre Francisco por su paternal mensaje, por su cercanía y por sus claros consejos para la lucha espiritual de los cristianos. Con honda gratitud me dirijo al Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, que, en nombre del Papa, con tanta dignidad y afecto ha procedido a la beatificación. Pido a todos que este agradecimiento se manifieste en una oración diaria, constante, esforzada, por la persona y las intenciones del Romano Pontífice, por los obispos y sacerdotes. Tengamos muy presente la inminente Asamblea del Sínodo de los obispos. Supliquemos al Espíritu Santo que ilumine a los padres sinodales en sus reflexiones, para el bien de la Iglesia y de las almas.

Me considero deudor de especial agradecimiento a Benedicto XVI, que abrió el camino de esta beatificación con el reconocimiento de las virtudes heroicas de don Álvaro; también al cardenal Antonio María Rouco, arzobispo de Madrid, que con tanto interés ha seguido el iter de la causa a lo largo de estos años. Agradezco, en fin la presencia de tantos cardenales, obispos y sacerdotes. Para todos, la beatificación de don Álvaro del Portillo tiene un significado especial por la fidelidad con que vivió su servicio directo de la Iglesia, a lo largo de muchos años. No olvido, además, que es uno de los colaboradores del Papa en la Curia Romana que, habiendo participado activamente en el Concilio Vaticano II, ha sido declarado beato.

Imagino la alegría —parte de la gloria accidental— que tendrán en el Cielo los santos pontífices Juan XXIII y Juan Pablo II, y el próximo beato Pablo VI, a quienes don Álvaro sirvió con fidelidad plena y trató con afecto filial. Y me agrada muy de veras pensar especialmente en el gozo de san Josemaría Escrivá de Balaguer, al ver que este hijo suyo fidelísimo ha sido propuesto como intercesor y ejemplo a todos los fieles.

Doy las más expresivas gracias a los componentes del coro y de la orquesta, que nos han ayudado a vivir más a fondo la sagrada liturgia, y a todos los presentes: con vuestras respuestas y vuestros cantos habéis entonado una magnífica sinfonía dirigida al Cielo.

Nunca acabaría de manifestar mi gratitud a quienes han dedicado horas y horas de trabajo alegre para preparar la celebración. Un agradecimiento particular para los profesionales de los medios de comunicación, que han hecho posible que tantas personas en todo el mundo hayan podido participar desde sus países en esta ceremonia.

Gracias también muy especialmente a los que han preparado —con su oración y su sacrificio— los abundantes frutos espirituales de estos días. Concretamente a los enfermos y a quienes, por diversos motivos, no han podido acompañarnos físicamente. Sin embargo, espiritualmente, han estado muy unidos a nosotros, con el ofrecimiento de sus enfermedades o de sus ocupaciones. A todos, ¡muchas gracias! Y que el ejemplo y la intercesión del nuevo beato nos impulsen a recorrer sin tregua, llenos de la alegría cristiana, la senda de la santidad.

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Palabras finales del arzobispo de Madrid
Cardenal Antonio María Rouco Varela
Madrid,
27-IX-2014

Al concluir esta solemne ceremonia de beatificación, doy gracias a Dios por cuantas maravillas ha hecho en la persona del beato Álvaro del Portillo y, a través de su fidelidad, en la de tantos hombres y mujeres de todo el mundo.

Mi gratitud se dirige también al Santo Padre Francisco, que quiso que la beatificación se celebrara en esta querida Archidiócesis de Madrid, pues me atrevería a decir que el beato del Portillo, nacido aquí, es particularmente nuestro, y que nos bendice especialmente desde el Cielo: y porque tenía esas raíces profundas, pudo y supo ser ciudadano del mundo, de esos cinco continentes a donde viajó; maravillosamente representados en esta asamblea orante.

En esta ciudad el nuevo beato recibió el Bautismo y la Confirmación, e hizo la Primera Comunión, y, gracias también a la educación recibida en su familia y en el colegio, creció desde joven en su amor a Jesucristo. Cursó en Madrid la carrera de ingeniero de caminos, siendo a la vez evangelizador de los más pobres en las chabolas de aquella ciudad capital de España en un proceso de expansión urbana y demográfica incesante en el que se reflejaban los graves problemas sociales, humanos y religiosos de una época —la primera mitad del siglo XX— de la historia española y europea, especialmente dramática.

Siempre en Madrid, en plena juventud, y tras conocer a san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, el beato Álvaro secundó con prontitud la llamada que Dios le dirigía a buscar la santidad en medio del mundo a través de la santificación del trabajo profesional y la dedicación al apostolado.

También en nuestra ciudad, y en los convulsos años de la Guerra Civil, tuvo ocasión de dar testimonio de su amor y fidelidad a Cristo, tanto en una difícil y arriesgada labor de catequesis como en los meses que pasó encarcelado. En 1944, el beato Álvaro del Portillo recibió la ordenación presbiteral de manos de mi predecesor, Mons. Leopoldo Eijo y Garay.

La Iglesia particular de Madrid es sensible a las necesidades de la Iglesia universal. Aunque el beato Álvaro marchara a Roma en 1946, no por esto dejamos de considerarlo madrileño. Como Iglesia diocesana nos enorgullecemos de su fiel ayuda a san Josemaría en la difusión del mensaje del Opus Dei por todo el mundo y de su contribución al Concilio Vaticano II. También de su ejemplar talento en suceder con humildad y fidelidad al fundador, y de su ejercicio del ministerio episcopal en unión con el Sucesor de Pedro y con el colegio episcopal.

Esta ceremonia en la que se han reunido personas del mundo entero, me trae el recuerdo de otra celebración festiva y universal de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid que supuso una lluvia de gracias para todos y de modo particular para nuestra ciudad. En aquellos días de agosto de 2012, presididos por el Papa Benedicto XVI, estaríais muchos de los presentes, acompañados también por el coro que hoy ha actuado.

La huella del nuevo beato está muy presente en Madrid. No sólo ni principalmente por razones históricas. Lo está también por la influencia que su vida y escritos obran en los corazones de tantos fieles de esta Archidiócesis. Y por el bien espiritual y social que hacen tantas iniciativas que a él deben su primera inspiración. ¡Que la intercesión del beato Álvaro del Portillo siga protegiéndolas!

Quiero recordar que, en el trato personal que tuve con el beato Álvaro, por ejemplo con ocasión del Sínodo de Obispos de 1990, percibí cuánto destacaban su bondad, su serenidad y su buen humor. “En la Comunión de la Iglesia”: sí, el beato Álvaro me recuerda mi lema episcopal, “In Ecclesiae Communione”. Amaba a la Iglesia y por esto era hombre de comunión, de unión, de amor.

Pido a la Santísima Virgen de la Almudena que también nosotros, como fieles anunciadores del Evangelio, sepamos corresponder a la llamada del Señor para servir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.


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