Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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60 • Enero - Junio 2015 • Pág. 74
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la Misa solemne con motivo de la memoria litúrgica del beato Álvaro del Portillo, basílica de San Eugenio, Roma (12-V-2015)

Queridísimos hermanos y hermanas:

1. Celebramos por primera vez la memoria litúrgica del beato Álvaro del Portillo. La Santa Misa comienza con estas palabras: este es el criado fiel y solícito, que el Señor ha puesto al frente de su familia. Nos llenamos de alegría al constatar cómo el Señor nos transforma a nosotros, criaturas débiles, en hijos suyos amadísimos, hasta hacernos partícipes de su vida divina. Lo recordamos en la celebración de hoy, y también cuando la Iglesia declara la santidad de uno de sus hijos. Los Padres de la Iglesia afirmaban que la santificación de las personas es el portento más grande obrado por el Espíritu Santo, después del milagro de la conversión eucarística que se realiza cada día en nuestros altares.

Hace años, el entonces cardenal Joseph Ratzinger comentó las palabras del ciego de Jericó —Domine, ut videam!—, frecuentemente meditadas por san Josemaría. «Solo cuando se aprende a ver a Dios —decía el futuro Benedicto XVI— se ve bien. Y se empieza a ver a Dios cuando se ve la voluntad de Dios y se quiere los que él quiere. El deseo de ver la voluntad de Dios y poner la propia voluntad en la de Dios fue y sigue siendo la verdadera actividad de la vida de Escrivá». Fue también el camino seguido por el beato Álvaro. Demos gracias a Dios porque el Señor lo ha colmado de espíritu de verdad y de amor.

2. Don Álvaro alcanzó la bienaventuranza celestial porque desde joven, y especialmente desde que encontró a san Josemaría, se tomó en serio la llamada a la santidad dirigida por el Señor a todos. Fue la suya una «fidelidad indiscutible, sobre todo, a Dios en el cumplimiento pronto y generoso de su voluntad; fidelidad a la Iglesia y al Papa; fidelidad al sacerdocio; fidelidad a la vocación cristiana en cada momento y en cada circunstancia de la vida».

Las lecturas de la Misa nos hablan del Buen Pastor. En el libro del profeta Ezequiel, el Señor promete que él mismo será el pastor de sus ovejas: «como cuida un pastor de su grey dispersa, así cuidaré Yo de mi rebaño y lo libraré, sacándolo de los lugares por donde se había dispersado un día de oscuros nubarrones». Así se comportó el beato Álvaro, como pastor ejemplar en la Iglesia. Soy testigo de su ardiente amor por todas las almas; no solo de aquellas que le habían sido confiadas como prelado del Opus Dei, sino de las demás, sin excepción. Hizo propias las palabras de san Pablo de la segunda lectura: «ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros».

En la carta con ocasión de la beatificación de don Álvaro, el Papa Francisco escribió: «Destacado era su amor a la Iglesia, esposa de Cristo, a la que sirvió con un corazón despojado de interés mundano, lejos de la discordia, acogedor con todos y buscando siempre lo positivo en los demás, lo que une, lo que construye. Nunca una queja o crítica, ni siquiera en momentos especialmente difíciles, sino que, como había aprendido de san Josemaría, respondía siempre con la oración, el perdón, la comprensión, la caridad sincera».

3. El Evangelio de hoy nos presenta la figura del Buen Pastor que da su vida por las ovejas; el único que puede afirmar: «Conozco a mis ovejas y las mías me conocen». Jesús ha querido elegir algunos hombres que, en la Iglesia, lo representen y hagan sus veces. Entre éstos el beato Álvaro, primero como hijo fidelísimo de san Josemaría, y luego como su sucesor en el Opus Dei, guió durante casi veinte años a los fieles de la Prelatura —laicos y sacerdotes— por los senderos abiertos por el fundador. Nos recordó tantas cosas; entre otras, a vivir plenamente unidos a la voluntad divina, como había aprendido de san Josemaría. Esa era la raíz de su constante serenidad, que sabía contagiar a las personas que lo encontraban. Me gusta recordar el rostro de don Álvaro que infundía paz, alegría, amistad, disponibilidad para servir: muchas personas se vieron impulsadas, después de aquellos encuentros, a pensar con profundidad cómo debía ser la mirada de Cristo que atraía a sí las multitudes.

Puedo asegurar también que, ante las contrariedades, a veces graves, era para nosotros y para todos un firme y simpático apoyo. «¿Por qué aparecen llenos de paz los santos, aun en medio del dolor, de la deshonra, de la pobreza, de las persecuciones?», se preguntaba en una de sus cartas pastorales. «La respuesta se dibuja bien clara, —proseguía—: porque procuran identificarse con la voluntad del Padre del Cielo, imitando a Cristo; porque ante lo agradable y lo desagradable, ante lo que requiere poco esfuerzo y ante lo que quizás exige mucho sacrificio, deciden ponerse en la presencia de Dios y afirmar con clara actitud: “¿Lo quieres, Señor?... ¡Yo también lo quiero” (Camino, 762). ¡Ahí está la raíz de la eficacia y la fuente de la alegría!».

Con el paso de los años, me parece que es fácil descubrir en estas palabras una especie de autorretrato de don Álvaro. Había contemplado muy de cerca esta realidad en la existencia de san Josemaría, y su fidelidad fue tal que, sin tan siquiera darse cuenta, nos mostró la identidad propia de un hombre de Dios, también muy humano.

Hagamos hoy el propósito, siguiendo el ejemplo del beato Álvaro, «de dedicarnos humildemente a la misión salvífica de la Iglesia», como hemos pedido al inicio de la Santa Misa, haciendo el apostolado de los sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía. Confiamos nuestras súplicas a la Virgen en este mes a ella dedicado, y recemos con el Papa y por el Papa.

¡Alabado sea Jesucristo!


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