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60 • Enero - Junio 2015 • Pág. 76
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la solemnidad litúrgica de san Josemaría, basílica de San Eugenio, Roma (26-VI-2015)

Queridos hermanos y hermanas:

1. En la segunda lectura, san Pablo nos recuerda que «cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios […] y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo» (Rm 8, 14-17).

Todos los días, pero hoy con más intensidad, me dirijo a san Josemaría pidiéndole que nos ayude a amar siempre más al Señor, a la Iglesia, a la humanidad, bajo la intercesión de la Santísima Virgen.

La Iglesia es la familia de Dios en la tierra, nacida del sacrificio de Cristo en la Cruz. El Padre de esta gran familia es nuestro Padre Dios, «de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra» (Ef 3, 15). Jesús, el Hijo unigénito, mediante su encarnación, es nuestro Hermano mayor, a quien nos debemos parecer cada día más; el Espíritu Santo es el Amor del Padre y del Hijo, que ha sido derramado en nuestros corazones. Y para que no falte nada en esta familia de la Iglesia, se nos ha dado a María Santísima como Madre. ¿No os parece más que suficiente esta enumeración para dar gracias a Dios con un nuevo brío?

También damos gracias a san Josemaría, en el día de su fiesta litúrgica, por habernos transmitido —con su vida y sus palabras— un tesoro de doctrina que se apoya sólidamente sobre la consideración de la filiación divina, fundamento esencial, insustituible, de la vida cristiana.

2. Siguiendo las intenciones del Papa Francisco, aprovechemos estos meses de preparación hacia el Sínodo de los obispos sobre la familia, que tendrá lugar en octubre, para rezar más intensamente por esta intención. Os confío que, con el fin de dar más fuerza a nuestras peticiones, en el Opus Dei estamos recorriendo un año mariano: mediante la intercesión de Santa María, pedimos a la Santísima Trinidad que los trabajos sinodales fortalezcan la comprensión de la naturaleza y de los fines de la familia, institución basilar para el bien de la Iglesia y de la sociedad.

Querría considerar hoy algunos puntos de las enseñanzas de san Josemaría sobre estos temas. Conocemos su pasión por el bien de la familia. Él pensaba siempre con esperanza y con cariño «en los hogares cristianos, en todas las familias que han brotado del sacramento del matrimonio, que son testimonios luminosos de ese gran misterio divino —sacramentum magnum! (Eph 5, 32), sacramento grande— de la unión y del amor entre Cristo y su Iglesia. Debemos trabajar para que esas células cristianas de la sociedad nazcan y se desarrollen con afán de santidad, con la conciencia de que el sacramento inicial —el bautismo— ya confiere a todos los cristianos una misión divina, que cada uno debe cumplir en su propio camino».

3. Somos conscientes —no es ninguna novedad— de los ataques que sufre la institución familiar. Muchas personas persisten en rechazar los designios divinos sobre la unión matrimonial, basados en la creación y confirmados en la redención. Como explicaba san Josemaría, los motivos que determinan esos argumentos contrarios aparecen, a menudo, como una especie de “neocolonialismo demográfico”. También lo ha denunciado recientemente el Papa Francisco: «Estemos atentos a las nuevas colonizaciones ideológicas […] que buscan destruir la familia. No nacen […] de la oración, del encuentro con Dios, de la misión que Dios nos da. Vienen de afuera, por eso digo que son colonizaciones. No perdamos la libertad de la misión que Dios nos da, la misión de la familia».

La situación actual nos debe interpelar —siempre con esperanza y optimismo sobrenatural— para recuperar y promover el verdadero sentido de la familia, en particular de la familia cristiana, que está llamada —como dijo san Juan Pablo II— «a tomar parte viva y responsable en la misión de la Iglesia de manera propia y original, es decir, poniendo a servicio de la Iglesia y de la sociedad su propio ser y obrar, en cuanto comunidad íntima de vida y de amor».

Benedicto XVI alentaba a las familias cristianas a encontrar en la Eucaristía una fuente de fuerza e inspiración. «El amor entre el hombre y la mujer, la acogida de la vida y la tarea educativa se revelan como ámbitos privilegiados en los que la Eucaristía puede mostrar su capacidad de transformar la existencia y llenarla de sentido».

4. En este sentido, quiero recordar otras palabras de san Josemaría que pueden servir de estímulo para todos nosotros. Escribía: «Seamos sinceros: la familia unida es lo normal. Hay roces, diferencias... Pero esto son cosas corrientes, que hasta cierto punto contribuyen incluso a dar su sal a nuestros días. Son insignificancias, que el tiempo supera siempre: luego queda sólo lo estable, que es el amor, un amor verdadero —hecho de sacrificio— y nunca fingido, que lleva a preocuparse unos de otros».

El reino de Dios se presenta débil en apariencia, como un grano de mostaza. Reclama, ciertamente, nuestra colaboración; conscientes de que se trata de una iniciativa y de un don del Señor. El Papa Francisco lo recordaba hace pocas semanas: «Nuestra débil obra, aparentemente pequeña frente a la complejidad de los problemas del mundo, si se la sitúa en la obra de Dios no tiene miedo de las dificultades. La victoria del Señor es segura: su amor hará brotar y hará crecer cada semilla de bien presente en la tierra. Esto nos abre a la confianza y a la esperanza, a pesar de los dramas, las injusticias y los sufrimientos que encontramos». Por eso os invito a rezar cada día por el Santo Padre, por los obispos y por los sacerdotes.

Aconsejo, de manera especial a los matrimonios aquí presentes, a los novios que se casarán próximamente y a todos vosotros, que tengáis una gran fe en la acción del Espíritu Santo por el bien de todas la familias. Para sostener la familia resulta oportuno hacer una catequesis de la Confesión y de la Eucaristía: son un tesoro sin igual para vivir la caridad con todos y, lógicamente, la unidad en las familias.

Acudimos a la Santísima Virgen, que intercede siempre por sus hijos. Utilizamos la misma súplica que ella dirigió a su divino Hijo en las bodas de Caná: «No tienen vino» (Jn 2, 2). Madre nuestra, obtennos de Jesús el buen vino de la gracia de Dios para todas las familias, para que Dios sea amado y obedecido —en la vida cotidiana— en el cumplimiento de su designio salvífico, por el bien de la humanidad entera. Así sea.

¡Alabado sea Jesucristo!


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