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60 • Enero - Junio 2015 • Pág. 82
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Declaración con motivo de la beatificación de Mons. Óscar Romero

El 3 de febrero, el Santo Padre Francisco autorizó a la Congregación para las Causas de los Santos para promulgar el decreto relativo al martirio del siervo de Dios Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, junto a otros futuros beatos. Monseñor Romero (El Salvador, 1917-1980) fue arzobispo de San Salvador, asesinado por odio a la fe el 24 de marzo de 1980, mientras celebraba la Santa Misa.

Al conocer la noticia, Mons. Javier Echevarría afirmó: «Los mártires nos interpelan a todos, creyentes y no creyentes, pero sobre todo son un faro luminoso para quienes tienen puesta su esperanza en Dios. Estoy seguro de que monseñor Óscar Romero va a ser un santo muy querido».

«Conocí a monseñor Romero —explicaba el prelado del Opus Dei— con ocasión de alguna de las visitas que hizo a san Josemaría, en Roma, el año 1974. Era un hombre piadoso, desprendido de sí mismo y entregado a su pueblo. Se notaba que luchaba por la santidad. Mons. Romero fue uno de los primeros obispos que, tras la muerte de san Josemaría en 1975, escribió al beato Pablo VI para pedirle la apertura de su causa de canonización. Estoy seguro de que ahora, desde el Cielo, seguirá intercediendo con su amigo san Josemaría por esta porción del pueblo de Dios».

San Josemaría y monseñor Óscar Arnulfo Romero se conocían desde 1955. El arzobispo de San Salvador estimó el espíritu del Opus Dei y mantuvo contactos frecuentes con la labor apostólica de los fieles del la Prelatura en El Salvador. En 1974 viajó a Roma y tuvo varias conversaciones con san Josemaría. Como relata el sacerdote Antonio Rodríguez Pedrezuela en su libro Un mar sin orillas, el fundador del Opus Dei se ocupó de que Mons. Romero descansara durante aquellos días romanos, porque conocía bien la situación de tensión que se vivía en el Salvador.

El cariño era mutuo y, al fallecer el fundador del Opus Dei, Mons. Romero, en la carta postulatoria para la causa de canonización de san Josemaría, expresaba su agradecimiento por haber recibido «aliento y fortaleza de Josemaría Escrivá para ser fiel a la doctrina inalterable de Cristo y para servir con afán apostólico a la Santa Iglesia Romana».

En la misma carta escribió: «Supo unir en su vida un diálogo continuo con el Señor y una gran humanidad: se notaba que era un hombre de Dios y su trato estaba lleno de delicadeza, cariño y buen humor. Son muchísimas las personas que desde el momento de su muerte, le están encomendando privadamente sus necesidades». Como manifiesta una carta que le dirigió el beato Álvaro del Portillo meses antes de su muerte, ese afecto continuó después del fallecimiento del fundador del Opus Dei.

Le unía una profunda amistad con Mons. Fernando Sáenz, que fue vicario del Opus Dei en el país y, más tarde, sucesor de Mons. Romero como arzobispo de San Salvador. Esta amistad duró hasta el mismo día de su asesinato, el 24 de marzo de 1980. Precisamente, en esa dura jornada, Mons. Romero había participado, como en otras ocasiones, en una convivencia para sacerdotes organizada por sacerdotes del Opus Dei, a la que había asistido. Años más tarde, Mons. Sáenz relataba en un artículo cómo había sido la última jornada del beato.


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