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61 • Julio - Diciembre 2015 • Pág. 279
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la parroquia de San Josemaría de Burgos, España (1-VII-2015)

Excmo. y Revmo. y queridísimo Sr. Arzobispo. Y digo con toda sinceridad que estos tres adjetivos para mi son igualmente importantes. Excelentísimo porque le quiero. Reverendísimo porque tiene toda la carga del episcopado para regir esta queridísima archidiócesis. Queridísimo, porque le acompañamos todos con nuestra oración y nuestro agradecimiento por el trabajo que ha realizado, y también pedimos al Señor que le siga llevando de tal manera por los caminos de Dios que con su vida anuncie a Jesucristo.

Queridísimos hermanos en el sacerdocio, y queridísimos hermanas y hermanos:

Estoy conmovido -no lo puedo negar- por estar celebrando aquí, en esta archidiócesis y, concretamente, en esta iglesia , esta misa en recuerdo del santo que pasó muchas veces, y durante meses continuados, en esta ciudad de Burgos. Sirviendo a Dios, sirviendo a las almas y amando -siempre más y más- a toda la Iglesia.

Es verdad que la Trinidad Santísima quiere operar a través de sus santos. Y es verdad también que los santos pudieron alcanzar esa intimidad con Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo dejando obrar precisamente a la tres personas divinas, aunque les pidiera en muchísimas cuestiones generosidad, amor y que contara, para sus planes, con cada uno de sus santos. San Josemaría estuvo siempre pronto a escuchar la voz de Dios: apenas pasara por su vida el Señor, y le anunciara que algo quería de él... ¡Tomó tantas palabras del Evangelio que le servían de alimento para su vida y de directriz para su apostolado!

Los textos que hemos escuchado, se propusieron a la Santa Sede, a la Congregación para el Culto divino, para que se utilizasen en esta misa. Son textos que a san Josemaría le producían siempre –como todo el Antiguo y el Nuevo Testamento – una remoción, porque veía la cercanía que Dios quiere tener con cada una y con cada uno de nosotros. Por eso le gustaba mucho esa lectura: para que todas y todos –cada una y cada uno– quiera santificar la vida ordinaria; sabiendo que es confianza de Dios, que es manifestación del amor de Dios, el trabajo en el que tenemos que estar muy integrados; sabiendo que no solamente sirve para alabar al Señor, sino también para dar testimonio a tantas personas – colegas, amigos, familiares, parientes –; conscientes de que la vida corriente tiene todo ese brillo del diálogo con Dios que nos lleva a elevar todo lo que hagamos a su presencia ,y a ofrecerlo, no solamente para que lo santifiquemos, sino también para que ayudemos a la santificación de todas las almas.

Lo mismo ocurre con el Salmo 2, que está en el salmo responsorial de esta Misa. Hermanas y hermanos míos, tengamos la seguridad de que Dios nos ha confiado el mundo como heredad (cfr. Sal 2, 8). No nos alejemos del mundo porque tenemos que estar metidos en las entrañas de esta sociedad para prestar servicios a Dios, y para prestar servicios directísimos a todas las personas. Os están esperando, nos están esperando. Por lo tanto, no podemos ser remisos en ese servicio que tenemos que prestar a todas las almas. También a los que no nos comprenden, sabiendo que quizás nosotros mismos, si no hubiese sido por esta intervención de amor que el Señor ha tenido con nosotros, estaríamos en la misma situación. Por lo tanto, conociendo que el Señor os ha dado, nos ha dado, este mundo por herencia; vayamos al encuentro de la gente. No nos asustemos si alguna vez no nos comprenden. Tengamos perseverancia en hablar con amor, porque- como dijo el santo castellano: «Amor, con amor se paga!».

Por eso, a este Dios generoso, infinito, amoroso, correspondamos con nuestra entrega, y también, como hizo él, sirviendo a todas las personas. No vayáis por Burgos. o por los lugares en donde estéis, con anonimato. Tenéis que ser protagonistas, encomendando al Señor a todas las personas con las que os encontréis. Eso hacía san Josemaría, quien tantas veces nos preguntaba: «¿Estáis rezando por las personas con las que coincidimos, por las personas que van en los otros coches?». Mirad que vuestra oración tiene esa trascendencia de la Comunión de los Santos.

Tened esa seguridad de que somos hijas e hijos de Dios, hijos del Todopoderoso, hijos del amor infinito, hijos de ese Padre que nos comprende. Y no solamente nos comprende, sino que cuando alguna vez hemos tenido un fallo, nos espera – como dice la parábola del hijo pródigo– con los brazos abiertos para llenarnos de besos, para llenarnos de alegría, para llenarnos de optimismo y ¡A recomenzar! (cfr. Lc 15, 11-32). No os desalentéis nunca, aunque toquemos la profundidad de nuestra miseria. Dios esta con nosotros, Dios quiere vivir con nosotros, Dios quiere caminar con nosotros.

Y, finalmente, ese texto del Evangelio tan maravilloso en que el Señor mismo quiere ocupar nuestra pobre barca. San Josemaría, viendo la generosidad de Dios, que quiere llegar a todo el mundo sirviéndose de la barca ¡Pobre!, ¡cuatro maderas viejas!, pensaba: en nosotros –cuando nos veamos con pocas condiciones–, si el Señor nos invita a que estemos cerca de Él, sigámosle. Tengamos el convencimiento de que también nosotros podemos ir Duc in altum! (Lc 5, 4), a las profundidades de los océanos de esta sociedad nuestra. Es nuestra sociedad y tenemos que ir, a llevar a Dios por todos los sitios -como decía san Josemaría- para tratarle, tratarle mas; para conocerle, para conocerle mas, y para darle a conocer. Se entiende perfectamente que Pedro, viendo el prodigio que se ha obrado cuando el Señor le indica: Echa las redes para pescar (cfr. Lc 5, 4). Y ya no pueden sostener la carga de la pesca. ¡Qué maravilla! Él, que era un pescador experto, ve que la esterilidad de la noche pasada se ha convertido – por la acción de Dios – en algo que da muchos frutos. Qué tengáis ese convencimiento. No os desalentéis ¡nunca! Cuando a veces no encontramos la respuesta que querríamos, precisamente para que la gente fuera mas feliz. No os desalentéis. Perseverad y sabed que Dios esta con nosotros para que le amemos y también para que le hagamos amar mas a tantas personas que pueden coincidir con nosotros a lo largo de nuestra vida.

Os pido también, como es lógico, que recemos por el Papa Francisco. Tuve la oportunidad, el día 29, de saludarle. Manda su bendición, estima mucho la labor de cada una y de cada uno y se apoya en vuestra vida. Por eso, si alguna vez algo se resiste o nos resistimos, pensad que el Papa te esta diciendo: «¡Ayúdame!». Fue una de las cuestiones que me indicó en una de las audiencias – no penséis que estoy todo el día con el Papa –, pero me dijo: «diga usted a las personas que me ayuden, que es mucho el peso». Seamos generosos, sabiéndonos hijos del padre común y alentémosle con nuestra oración, con nuestro sacrificio y con nuestra cercanía.

Podría contaros muchas anécdotas de la estancia de san Josemaría en Burgos, ¡maravillosas!, porque era un hombre que sabia amar, era un hombre que sabía agradecer, También cuando el Señor permitió que tuviese contradicciones o pruebas.

Cómo no terminar recurriendo a nuestra madre del Cielo, Santa María. Ella, que tan cerquita ha estado siempre de Dios. Y no penséis: ¡pero es que era una persona extraordinaria! ¡Lo era! Pero lo era precisamente porque en aquella aldea perdida de Nazaret se santificó estando a la altura de la plenitud de la gracia. Por lo tanto no tenemos excusa. Es que si yo estuviera aquí, si yo estuviera aliá, si yo pudiera hacer esto ... ¡No! Pensad que la Virgen se santificó precisamente en el lugar donde estaba. ¡Quién iba a decir que una mujer, una doncella, joven, excelente, que sabía ver y hablar con Dios a través de las circunstancias, iba a tener la trascendencia maravillosa de traernos a Dios? Lo mismo que cada uno de nosotros. Podemos traer a Dios y podemos llevar a Dios por todos los lugares.

Acudimos a ti, Madre santa, para que nos ilumines; para que nos hagas ser cada día mas delicados y para que queramos ser mas hijos de Dios, mas hermanos de Dios, mas ilustrados por la gracia del Espíritu Santo. Qué Dios os bendiga.


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