Opus Dei. Boletín RomanaBoletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei

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61 • Julio - Diciembre 2015 • Pág. 290
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la ordenación diaconal de fieles de la Prelatura, basílica de San Eugenio, Roma (31-X-2015)

Queridísimos hijos míos que vais a recibir el diaconado. Queridos hermanos y hermanas:

1. Con sincera y profunda alegría, vamos a celebrar una “fiesta de la Iglesia” como es la ordenación diaconal de veintisiete fieles de la prelatura del Opus Dei. El hecho de que coincida con la solemnidad de Todos los Santos, que nos llena de júbilo, nos ayuda a considerar que todos estamos llamados a la santidad. La liturgia nos invita a mirar, a pensar en el Paraíso, nuestra morada definitiva, donde podremos unirnos a la multitud de los santos. La Virgen, nuestra madre, se ocupa de ayudarnos en nuestra pelea cotidiana por servir mejor a Dios.

Después está esa inmensa muchedumbre que san Juan menciona con palabras conmovedoras: una gran multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie ante el trono (...), que gritaban con fuerte voz: —¡La salvación viene de nuestro Dios, que se sienta sobre el trono, y del Cordero! (Ap 7, 9-10).

Consideremos además que muchas personas a las que hemos conocido, que ya han dejado este mundo en la gracia de Dios, nos ayudan a agradecer al Señor la estupenda llamada a gozar de él para siempre. Llevan en sus manos ramos de palma, símbolos de la victoria. Vivamos así la esperanza de que el Señor nos espera y nos ama con su providencia infinita mientras caminamos aquí abajo, para unirnos a su amor por toda la eternidad.

El Señor mismo, en el Evangelio de la Misa de hoy, nos muestra el recorrido del cristiano con sus exigencias: las bienaventuranzas, tesoros que cada uno debe llevar a la práctica de acuerdo con la llamada recibida de él. Representan un programa muy atractivo que se refiere a todos los bautizados, precisamente por ser cristianos.

Bienaventurados los pobres de espíritu porque suyo es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados (...). Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios (Mt 5, 3-8). No pensemos que se requiere un esfuerzo ímprobo o un triste caminar. Aunque es verdad que el empeño por la santidad supera nuestras capacidades naturales, también es verdad que la gracia divina nos da la posibilidad y la fuerza para seguir adelante. Basta acudir a las fuentes de la vida sobrenatural: la participación en la Santa Misa con el alimento de la Eucaristía, la Confesión sacramental, la oración.

Sin ninguna duda los hombres y las mujeres más felices del mundo, que desean alcanzar la alegría de estar siempre con Dios, han sido y siguen siendo los cristianos leales a Jesucristo.

2. Deseo dirigirme ahora a los nuevos diáconos. Como los apóstoles eligieron siete hombres para hacerles colaboradores de su ministerio, así ahora, mediante la imposición de las manos del obispo y la invocación del Paráclito, el Señor —porque es él quien os ha elegido— imprimirá en vosotros un nuevo sello, el carácter diaconal, con la misión de servir a la Iglesia y a todas las almas, a semejanza del mismo Cristo, que, siendo Señor de todos, se ha hecho voluntariamente servidor de todos (cfr. Jn 13, 13-17). Vosotros, que dentro de poco seréis ordenados diáconos, y que luego os convertiréis en sacerdotes, sois consagrados «para servir. No para mandar, no para brillar —escribió san Josemaría—, sino para entregarse, en un silencio incesante y divino, al servicio de todas las almas».

El sacramento del Orden confía a quienes lo reciben, en diversos modos, la responsabilidad de ser «los custodios y los testigos autorizados del depósito de la verdad entregado a la Iglesia, como son también los ministros de la caridad; estos dos aspectos van juntos. Siempre deben ser conscientes de que estos dos servicios son inseparables, pues en realidad es uno solo: verdad y caridad, reveladas y donadas por el Señor Jesús. En ese sentido, su servicio es ante todo un servicio de amor: la caridad que deben vivir y promover es inseparable de la verdad que custodian y transmiten. La verdad y el amor son dos caras del mismo don, que viene de Dios y, gracias al ministerio apostólico, es custodiado en la Iglesia y llega a nosotros hasta la actualidad». Pensad en la grandeza de las palabras de Cristo, que tanto gustaban a san Josemaría: Euge serve bone et fidelis (Mt 25, 23); bien, siervo bueno y fiel. Ahí se revela la complacencia con la que Dios mismo nos mira, todos los días, momento tras momento.

Cerca ya del comienzo del Año de la misericordia, quisiera recordaros este aspecto, a vosotros y a todos los presentes. «La Misericordia es el segundo nombre del Amor», es decir, el modo en el que se ha manifestado visiblemente, en Jesucristo, el rostro misericordioso de Dios Padre; porque no hay prueba de amor más grande que dar la vida por los hermanos. Y esto es lo que ha hecho nuestro Señor en el leño de la Cruz, y nosotros hemos de seguir sus huellas.

Dentro de pocos meses seréis consagrados sacerdotes. Entonces seréis ministros de la misericordia divina, fortaleciendo a las almas con la Eucaristía y los demás sacramentos —de modo especial con la administración del sacramento de la Penitencia—, robusteciéndolas con la predicación de la palabra divina, trabajando con los mismos sentimientos de Jesús que, aun siendo de naturaleza divina, no desdeñó abajarse a nuestro nivel, para ser el servidor de todos (cfr. Flp 2, 5-8). Pero ya desde ahora tratad de cumplir vuestros deberes con abundancia de misericordia. Tratando con delicadeza sobrenatural y humana a las personas que encontréis en vuestro camino, mirad a la humanidad como una herencia que el Señor deposita en vuestras manos.

La invitación al servicio, válida para todos los cristianos, significa, «en gran parte, cuidar de la fragilidad [...]. Son los rostros sufrientes, desprotegidos y angustiados a los que Jesús propone mirar e invita concretamente a amar. Amor que se plasma en acciones y decisiones».

Todos somos invitados a examinar cómo servir mejor a nuestro prójimo, sobre todo a aquellos que están más cerca de nosotros, con acciones concretas: siempre, y de modo especial en el próximo Año de la misericordia.

3. Acompaño con todo el corazón a las familias y a los amigos de los nuevos diáconos. A todos os recuerdo el deber de rezar por estos hermanos nuestros y por todos los ministros de la Iglesia; sobre todo por el Santo Padre Francisco. Pidamos también que haya muchas ordenaciones sacerdotales en la Iglesia. Agradezco al cardenal Vallini, vicario del Papa para la diócesis de Roma, que me ha comunicado que reza por vosotros y expresa su gratitud por vuestra decisión de seguir a Cristo tan de cerca.

Antes de terminar, os recomiendo que sigáis teniendo muy presentes las necesidades de las familias. Pocos días después de la conclusión del Sínodo, nuestra oración ha de hacerse más constante, más confiada, más perseverante, para que las conclusiones de esta asamblea sirvan de guía para una fidelidad mayor al designio divino de la salvación, que pasa a través de esta institución fundada por Dios en la creación.

Escuchemos las sugerencias del Papa, acercándonos mejor preparados a los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Que todos nosotros, como la Virgen, al recibir a Jesús sepamos llevarlo con nosotros y lo hagamos conocer a aquellas personas que tratamos.

Sea alabado Jesucristo.


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