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61 • Julio - Diciembre 2015 • Pág. 301
 
 
 
 •  Del Prelado
 

En la inauguración del año académico, Universidad Pontificia de la Santa Cruz, Roma (5-X-2015)

Eminencias reverendísimas, excelencias, profesores, colaboradores, estudiantes, señoras y señores:

Empieza el Sínodo ordinario sobre la familia e inicia también este nuevo año académico. A nuestras oraciones por un evento tan importante para la vida de toda la Iglesia, queremos sumar y ofrecer el trabajo académico que —aunque nunca desaparece del horizonte de un estudiante o de un profesor durante el verano— reviste hoy una importancia especial, con motivo de esta solemne inauguración.

¿Qué mejor manera de ayudar a la Iglesia durante este año académico que con nuestro esfuerzo personal perseverante, en este trabajo universitario? El estudio no es una tarea ardua o una formalidad académica que se debe cumplir rápidamente para después pasar a otras cosas, a la vida “verdadera”. Hemos de ver el estudio con gratitud, porque se trata de una oportunidad que Dios nuestro Señor nos ofrece, aunque implique esfuerzo y cansancio. Esto significa, sobre todo, hacer descubrimientos para nuestra vida intelectual y progresos en nuestra vida espiritual. ¡Qué alegría da encontrarnos de nuevo al comienzo de un camino en el que, ya sabemos, nos encontraremos con el Señor! Él siempre está dispuesto a iluminarnos, a ayudarnos, a sostenernos, y queremos estar atentos a su paso por nuestras vidas para recibir su luz y, por lo tanto, mejorar nuestro conocimiento de la verdad, de la única Verdad, que viene de él. Sí, también nosotros queremos perseverar en la enseñanza de los apóstoles (Hch 2, 42), no sólo para nuestro beneficio personal, sino para el crecimiento de toda la sociedad.

En el estudio encontraremos a Dios y encontraremos a los demás. Estos años de estudio en Roma no nos alejan de las preocupaciones inmediatas y concretas de nuestro mundo, de nuestro lugar de origen. Al contrario, este período de profundización intelectual nos ayuda a comprender mejor y a preocuparnos por los desafíos de nuestro tiempo, un tiempo expuesto al peligro de la ignorancia, del oscurecimiento de la verdad. En la falta de verdad se encuentra la verdadera pobreza de la humanidad y de ahí proceden tantas otras formas de pobreza. El estudio no nos aísla en un mundo teórico, lejano de la humanidad, no nos encierra en una torre de marfil. ¡Al contrario! En muchas ocasiones, el papa Benedicto XVI subrayó que «la fe tiene un contenido concreto. No es una espiritualidad indeterminada, una sensación indefinible para la trascendencia. Dios ha actuado y precisamente él ha hablado. Realmente ha hecho algo y realmente ha dicho algo. Ciertamente, la fe es, en primer lugar, confiarse a Dios, una relación viva con él. Pero el Dios al cual nos confiamos tiene un rostro y nos ha dado su Palabra».

En nuestros días tenemos necesidad de escuchar esta Palabra, de entender su fecundidad: es la única capaz de nutrir verdaderamente este mundo nuestro. Encontramos la misma idea en la primera encíclica del Papa Francisco, cuando habla de la relación entre ciencia y fe: «La luz de la fe, unida a la verdad del amor, no es ajena al mundo material, porque el amor se vive siempre en cuerpo y alma; la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús. Ilumina incluso la materia, confía en su ordenamiento, sabe que en ella se abre un camino de armonía y de comprensión cada vez más amplio. […] Invitando a maravillarse ante el misterio de la creación, la fe ensancha los horizontes de la razón para iluminar mejor el mundo que se presenta a los estudios de la ciencia».

Si queremos «ensanchar los horizontes» e iluminar de verdad el mundo de hoy, hemos de empezar por nosotros mismos y aplicar estas luces de Dios a nuestra vida, con conversiones personales pequeñas pero constantes que, poco a poco, construyen en nosotros esta unidad de vida, que san Josemaría señalaba como un aspecto central de una vida verdaderamente cristiana. Así, el estudio nos llevará a Dios si se convierte en «ocasión para colaborar con Dios en la santificación de los que nos rodean. […] Trabajar así es oración. Estudiar así es oración. Investigar así es oración. No salimos nunca de lo mismo: todo es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentar ese trato continuo con El, de la mañana a la noche. Todo trabajo honrado puede ser oración; y todo trabajo, que es oración, es apostolado. De este modo el alma se enrecia en una unidad de vida sencilla y fuerte».

En este sentido, hay una expresión recurrente en la reciente encíclica del Papa Francisco, que ofrece una clave de lectura muy útil para quien desea vivir con coherencia su fe: «Todo está conectado», repite el Santo Padre. Señalando concretamente algunos errores del antropocentrismo moderno, afirma: «Si el ser humano no redescubre su verdadero lugar, se entiende mal a sí mismo y termina contradiciendo su propia realidad». Conocer a Dios, entenderse a sí mismos, convertirse para ayudar a los demás: he aquí la responsabilidad a la que nos impulsa el estudio. Al haberme dado la oportunidad de estudiar en Roma, Dios me ha hecho un “administrador responsable” que debe cuidar de los demás y de todo lo creado. Nuestra responsabilidad se inserta plenamente en esta invitación del Papa: «El trabajo debería ser el ámbito de este múltiple desarrollo personal, donde se ponen en juego muchas dimensiones de la vida: la creatividad, la proyección del futuro, el desarrollo de capacidades, el ejercicio de los valores, la comunicación con los demás, una actitud de adoración».

Una vez más, no se trata de cosas teóricas. Esta responsabilidad por nuestro tiempo se debe traducir en nuestra vida cotidiana, poniendo la mirada, como dice el Santo Padre, en otro «estilo de vida», que consiste en «asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas». «No hay que pensar —subraya el papa Francisco— que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo. Esas acciones derraman un bien en la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que se pueda constatar, porque provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente». Todo está conectado: nuestra perseverancia en el estudio, nuestra lucha ascética, nuestra preocupación por los demás estudiantes y profesores, nuestro cuidado de la creación y, querría añadir, nuestro respeto por el trabajo de los demás, especialmente por el trabajo escondido de todas las personas, en las oficinas técnicas o de secretaría, que contribuyen a hacernos la vida más fácil y amable.

Responsabilidad con todo y con todos: ni el estudio ni la investigación académica nos aíslan de los demás, ¡al contrario! No existe universidad si no se da un diálogo constante con los demás, una apertura hacia las otras disciplinas, una ayuda recíproca en la búsqueda de la única Verdad y, al mismo tiempo, si no se está dispuesto a escuchar a quienes piensan de otro modo, por ejemplo, porque proceden de culturas distintas. El Santo Padre nos invita a «volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo, que vale la pena ser buenos y honestos». La universidad es, quizá, el mejor lugar para seguir «el ejemplo de santa Teresa de Lisieux [que] nos invita a la práctica del pequeño camino del amor, a no perder la oportunidad de una palabra amable, de una sonrisa, de cualquier pequeño gesto que siembre paz y amistad».

Querría detenerme en un evento importante, que nos implicará a todos, no sólo por el hecho de vivir en Roma, sino también como estudiantes o profesores: la apertura del Año jubilar de la misericordia. No hay ningún período de la vida que esté libre de tensiones o incomprensiones, y la comunidad universitaria no es un lugar preservado de dificultades. No me refiero sólo a los exámenes. El mundo universitario tiene sus exigencias, que son consecuencias lógicas de la meta alta que nos proponemos: conocer la verdad que viene de la Palabra de Dios y vivir en consecuencia. Dios mismo, precisamente porque nos ama, es exigente con sus hijos, exigente y misericordioso. Verdad y misericordia están íntimamente unidas en él.

El Papa Benedicto XVI se hacía esta pregunta: «La verdad, al menos como nos la presenta la fe de la Iglesia, ¿no es por ventura demasiado alta o demasiado difícil para el hombre? […] Ciertamente es elevado y arduo el camino que conduce a la verdad y el bien —reconocía el Papa emérito— no es un camino cómodo. Desafía al hombre». Este desafío nos puede dar miedo, como da miedo a tantos hombres de nuestro tiempo que prefieren huir de las exigencias de la verdad y permanecer en la comodidad del propio yo. Sin embargo, Dios no nos deja nunca solos delante de una verdad desencarnada y fría, que sería un yugo insoportable para el hombre. En Jesucristo, decía el Papa Benedicto, «el Logos, la Verdad en persona, es al mismo tiempo también la reconciliación, el perdón que trasforma más allá de todas nuestras capacidades e incapacidades personales». Así, con nuestro Señor, «el yugo de la verdad resulta ligero (cfr. Mt 11, 30)».

La apertura del Año de la misericordia nos hará entender que «todo está conectado»: la verdad y la misericordia están enraizadas en la misma fuente de amor. Nuestro estudio nos hará conocer las exigencias de la caridad, nos hará ver la necesidad de vivir en conformidad con esas exigencias, en nuestro trabajo, en las cosas pequeñas de nuestra vida ordinaria, en nuestra relación con los demás.

Mientras acompañamos con espíritu de oración el Sínodo ordinario de la familia, confiamos a la Virgen del Rosario estas intenciones y el nuevo año académico 2015-2016 que declaro inaugurado.


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