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61 • Julio - Diciembre 2015 • Pág. 296
 
 
 
 •  Del Prelado
 

Meditaciones mensuales sobre las obras de misericordia: diciembre de 2015

El Jubileo extraordinario, convocado por el Papa Francisco, pone la misericordia en el centro de atención del caminar cristiano; y señala el Santo Padre que la misericordia es «palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros, ya que él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible».

Cada uno de sus hijos puede ser testigo del amor de Dios en el decurso de su propia vida, y de que estamos llamados a responder con amor a ese amor. El Papa invita a todos a ser portadores de la misericordia de Dios, que tantas veces hemos experimentado personalmente: y basta pensar en cuántas veces nos perdona —¡siempre!—, en el sacramento de la Penitencia. Por eso, los próximos meses deben ser un «tiempo propicio para la Iglesia, para que muestre más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes».

Esa cercanía del Señor nunca podrá quedarse en una palabra abstracta; a diario ha de traducirse en obras, en la conducta concreta de cada jornada, en esas «intenciones, actitudes y comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano». El sucesor de Pedro ha manifestado que «la misericordia de Dios nos muestra su responsabilidad por cada uno de nosotros. Él se siente responsable, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos. Sobre esta misma longitud de onda —continúa el Santo Padre— se ha de orientar el amor misericordioso de los cristianos. Como ama el Padre celestial, así han de amar los hijos. Como él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros».

En este sentido, adquieren un peso muy serio las obras de misericordia que nuestro Señor transmitió a su Iglesia. Jesucristo —el «rostro de la misericordia del Padre»— invita a los cristianos a volver los ojos a él constantemente y con atención, con deseos de llegar a unirnos a su vida, de imitarle como los pequeños imitan a sus padres o a sus hermanos mayores.

San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, cultivó con pasión durante su caminar terreno las obras de misericordia corporales y espirituales, siguiendo a Jesucristo. Con razón pudo escribir en una de sus homilías: «Se comprende muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes, con un alma naturalmente cristiana, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar».

A continuación, detalló algunos de los males que aquejan al mundo: «Los bienes de la tierra —puntualizaba san Josemaría—, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera [de esos lugares], hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas, porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como números de una estadística».

Ante la ausencia de misericordia y de auténtica fraternidad, no cabe dejarse llevar por el desaliento, sino acoger el consejo de san Juan de la Cruz: «Pon amor donde no hay amor y sacarás amor». Estamos llamados ¡todos! a ser otros Cristos, el mismo Cristo, y así actuar en su nombre, contagiando la caridad en todos los lugares. En este sentido, también san Josemaría señalaba que Jesucristo «continúa invitándonos a que pongamos en práctica ese mandamiento nuevo del amor, el mandatum novum […]. Hay que reconocer a Cristo, que nos sale al encuentro en nuestros hermanos los hombres. Ninguna vida humana es una vida aislada, sino que se entrelaza con otras vidas, con la nuestra. Ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos todos parte de un mismo poema divino, que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad».

Quizá alguno podría pensar que —sobre todo en los países más avanzados— los progresos en la asistencia social, sanitaria, laboral, etc., harían innecesarias, o hasta superfluas, las tradicionales obras de misericordia: ¡y no es así! Incluso en las naciones más desarrolladas, muchas personas se desenvuelven en el umbral de la pobreza, carecen de los servicios más elementales o sufren la soledad o el abandono, aunque dispongan de medios materiales. Certeramente, el fundador del Opus Dei observaba, muchos años atrás, que, cuando las circunstancias históricas parecen haber superado la miseria o el dolor, precisamente entonces se vuelve más urgente esta agudeza de la verdadera fraternidad cristiana, que sabe adivinar dónde hay necesidad de consuelo, también en medio del aparente bienestar general.

Con la ayuda de Dios, a lo largo de estos meses, me propongo ofrecer algunas consideraciones sobre las catorce obras de misericordia, espirituales y corporales, con la intención de que calen más profundamente en nuestra existencia ordinaria. En los avatares de cada jornada —el trabajo, la vida en familia, las relaciones con los demás—, el Maestro nos invita a identificarnos con él.

De esa forma, nuestro caminar terreno con Jesucristo podrá convertirse en una «escuela de misericordia».


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