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61 • Julio - Diciembre 2015 • Pág. 218
 
 
 
 •  Editorial
 

Año de la misericordia

Al convocar un jubileo, el Santo Padre Francisco invita a considerar que la Iglesia se sabe portadora de ese empuje irrefrenable del Señor: la salvación es hoy. Utinam hodie vocem eius audiatis: nolite obdurare corda vestra, ¡Ojalá escuchéis hoy su voz! No endurezcáis vuestro corazón (Sal 95, 8). En el Antiguo Testamento, una prefiguración de la salvación de Dios es precisamente el año jubilar, que tenía lugar cada 50 años. Al cumplirse siete semanas de años (Lv 25, 8) —siete veces siete años— se iniciaba un año en el que los esclavos eran liberados, y cada uno volvía a su propiedad y a su familia (cfr. Lv 25, 10.39), porque los hombres no pertenecen a nadie, sino a Dios (cfr. Lv 25, 55). Si una palabra tuviera que resumir lo que suponía un jubileo para el pueblo de Israel, podría ser “libertad” (cfr. Lv 25, 10).

Libertad: ¿no está hoy más que nunca esta palabra en boca de todos? Y, sin embargo, muchas veces olvidamos que la libertad, en su sentido más profundo, proviene de Dios. Con su pasión salvadora y su resurrección, él nos libera de la peor esclavitud: el pecado. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (Lc 1, 78-79).

La fuente de la verdadera libertad está en la misericordia de Dios. Para una lógica meramente mundana, esta afirmación parecería una ingenuidad: se admitiría quizá que un poco de misericordia podría venir bien para dulcificar las relaciones, pero solo después de haber resuelto muchas otras cosas más urgentes. En una audiencia general del mes de diciembre, Francisco explicaba que poner la misericordia en primer lugar, «humanamente hablando es de locos, pero lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres (1 Cor 1, 25)». El mundo necesita de la misericordia para salir de tantas espirales de resentimiento, de envidia, de frustración; la necesitan las familias, la sociedad.

A un mundo que suspira por la libertad sin lograr encontrarla, la Iglesia le ofrece incansablemente la misericordia del Señor, que trae consigo la libertad de los hijos de Dios (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 267; cfr. Ga 5, 1). «La Iglesia necesita este momento extraordinario. En nuestra época de profundos cambios, la Iglesia está llamada a ofrecer su contribución peculiar, haciendo visibles los signos de la presencia y de la cercanía de Dios. Y el Jubileo es un tiempo favorable para todos nosotros, para que contemplando la Divina Misericordia, que supera todo límite humano y resplandece sobre la oscuridad del pecado, lleguemos a ser testigos más convencidos y eficaces», decía Francisco al día siguiente de abrir la puerta santa en San Pedro.

La puerta santa nos recuerda, de un modo más vivo, de dónde viene la salvación: del redil de Dios, del espacio de Dios, al que él nos invita a entrar. A veces los hombres pensamos que no hay puerta de salida y, sin embargo, Dios «se hace el encontradizo con los que no le buscan» —afirmaba el fundador del Opus Dei (Amar a la Iglesia, n. 39) y nos invita a abrir una puerta de esperanza. El Jubileo es «un Año Santo para sentir intensamente dentro de nosotros la alegría de haber sido encontrados por Jesús, que, como Buen Pastor, ha venido a buscarnos porque estábamos perdidos», dijo el Papa en una homilía (11-IV-2015).

Estamos, pues, ante un momento especial para experimentar la fuerza liberadora de la misericordia divina, que perdona nuestros pecados y nos abre a los demás hombres: «Este Jubileo, en definitiva, es un momento privilegiado para que la Iglesia aprenda a elegir únicamente “lo que a Dios más le gusta”. Y, ¿qué es lo que “a Dios más le gusta”? Perdonar a sus hijos, tener misericordia con ellos, a fin de que ellos puedan a su vez perdonar a los hermanos, resplandeciendo como antorchas de la misericordia de Dios en el mundo. Esto es lo que a Dios más le gusta» (Francisco, Audiencia, 9-XII-2015).

La reconciliación con Dios —que recibimos en la Confesión, sacramento que está puesto en el centro del Año jubilar (cfr. Bula Misericordiæ Vultus, n. 17)— abre una puerta para dejar entrar en nuestra vida a quienes nos rodean. Porque la misericordia de Dios no es un simple manto que tapa nuestras miserias, sin que en realidad nada cambie en nuestra vida. Al contrario, su misericordia nos transforma radicalmente, nos hace hombres y mujeres misericordiosos como el Padre (cfr. Lc 6, 36): lo somos cuando perdonamos a quien nos había ofendido, realizamos quizá con esfuerzo alguna obra de caridad, damos a conocer el mensaje salvador del Evangelio a quien vive lejos del Señor. Acercarse a la misericordia de Dios, aseguraba san Josemaría, implica necesariamente convertirse en instrumentos de su compasión hacia quienes nos rodean: «El corazón del Señor es corazón de misericordia, que se compadece de los hombres y se acerca a ellos. Nuestra entrega, al servicio de las almas, es una manifestación de esa misericordia del Señor, no sólo hacia nosotros, sino hacia la humanidad toda» (Carta, 24-III-1930, n. 1).


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