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60 • Enero - Junio 2015 • Pág. 162
 
 
 
 •  Estudio
 

¿Ciudadanos en la tierra como en el cielo?

Una aproximación a la encíclica Laudato sí y al mensaje de Josemaría Escrivá de Balaguer

Guillaume Derville*
Pontificia Universidad de la Santa Cruz (PUSC), Roma



Sumario. 1. Cuidar de la creación: amor a la creación, fe y opiniones. Egoísmos contra pobrezas. Ser administradores y evitar malgastar. 2. Trabajo y responsabilidad ciudadana: ciudadanos libres y responsables. Trabajo, desarrollo personal, relación y santificación. Alabanza eucarística y recapitulación. 3. Persona y relación: el hombre, ser de relaciones. Seres de carne y de sangre, tierra, exilio e identidad. Fraternidad universal, misericordia y llamada a la santidad.

La encíclica social Laudato si’ [LS] aborda numerosas cuestiones ligadas a la relación de la persona humana con su ambiente. Al subrayar la interrelación de todas las cosas entre sí, Francisco abre amplios horizontes. Se hace eco de aquellos compromisos generosos que nos propone el Evangelio (cfr. LS 245-246). Me gustaría decir —utilizando una hermosa imagen de san Josemaría Escrivá de Balaguer— que, frente a la misión de «recordar que esa buena nueva puede vivificar cualquier situación humana», nos damos cuenta de que «la labor que nos espera es ingente. Es un mar sin orillas» . Se puede leer la LS como se miran los primeros lienzos de Brueghel, con sus enjambres de personajes; pero en este caso no son solamente los pueblos y el mundo rural los que aparecen ante nuestros ojos: son además la ciudad, la calle, y también la montaña y el mar; y una humanidad real, feliz e infeliz, a menudo en rebelión contra la creación, humanidad pobre y a veces alegre al mismo tiempo. Después, como sucede en la obra del pintor flamenco, es la persona, cada una, única, cuyo rostro, «reflejo de la Trinidad» (LS 239), se descubre poco a poco.

El Papa Francisco pone en evidencia las causas éticas y espirituales que explican el deterioro del ambiente. Se refiere al «cuidado de la casa común», expresión también usada por san Juan Pablo II cuando, en la encíclica Evangelium vitae, afirmaba que hoy «el Estado deja de ser la “casa común” donde todos pueden vivir según los principios de igualdad fundamental». Si antes “casa común” nos hacía pensar en la paz y la igualdad en la sociedad, ahora el Papa Francisco nos invita a ampliar este concepto, hasta abarcar el mundo entero en clave ecológica (una palabra forjada a finales del siglo XIX a partir del griego “oikos”, casa).

La LS retoma temas queridos por el Papa Francisco y que han sido abordados por varias conferencias episcopales. Eran ya centrales en la exhortación apostólica Evangelii gaudium: en una lectura de la situación económica mundial, que aparece como desplomada por una crisis moral y antropológica, el Obispo de Roma subrayaba la dimensión social de la fe; rechazaba la ignorancia de las pobrezas en la economía y también las desigualdades flagrantes; pedía que los mercados fuesen permeables a las cuestiones sociales, denunciaba la corrupción y la competencia nociva; interpelaba al sector financiero a ponerse al servicio de la economía y del bien común, y deploraba la usura y la idolatría del dinero. Siguiendo a Giuseppe Tanzella-Nitti, en la presente encíclica están en juego, entre otras cuestiones: un ensanchamiento del concepto de “calidad de vida”; la centralidad del “principio de solidaridad” en el bien común (cfr. LS 156-158), del que forma parte el clima —ligado especialmente a la agricultura—; el rechazo de la neutralidad del objeto técnico (cfr. LS 107), porque la técnica tiende a la dominación (cfr. LS 108); una llamada a la unidad del saber, reivindicando la luz de la fe (cfr. LS 62-64) y pidiendo verdad y sabiduría para el progreso científico (cfr. LS 105, 117). Además, la técnica misma a veces desemboca en «la imposición de un estilo hegemónico de vida» (LS 145) sin regulación justa (cfr. LS 173), al tiempo que no se terminan de aprender las lecciones de la crisis financiera (LS 189). Es necesario reorientar el mundo (cfr. LS cap. III). Como concluye Antonio Porras, Francisco invita a un nuevo «estilo de vida» (LS 16) que sea conforme con una «ecología integral» (LS 10). La LS lamenta efectivamente la degradación de la calidad de vida en las ciudades (cfr. LS 149-154) y en las zonas rurales (cfr. LS 45, 134, 151-152, 154, 180), por ejemplo, a causa de una mala gestión de los desechos (cfr. LS 173).

Como encíclica social, la LS es un texto rico, que además pide una reforma de la sociedad a través de soluciones concretas que todavía han de ser identificadas e implementadas. Es también un documento magisterial sobre la teología de la creación. La encíclica desarrolla ciertos temas y perspectivas que el fundador del Opus Dei no tuvo la oportunidad de tratar, al menos con la amplitud, el recorrido y las metodologías de un documento actual del magisterio social (cfr. LS 15-16). Pero hay evidentemente otras cuestiones, como el trabajo, la participación del hombre en el poder de Dios o la misión de perfeccionar la creación que están muy presentes en la enseñanza de Josemaría Escrivá. Ahora bien, el mensaje de los santos puede fecundar el pensamiento teológico, como testimonia el soplo de la mística, el compromiso y el ejemplo de san Francisco de Asís y de otros santos en la LS.

Leyendo la encíclica percibo afinidades con san Josemaría en puntos de gran importancia, expresadas a veces con un lenguaje distinto. Por no citar más que algún ejemplo: el alcance del dogma de la creación, también para la vida moral y la espiritual; el valor del mundo; la conciencia de la proximidad de Dios en todo momento; el respeto de las realidades materiales; el cuidado de las cosas, incluidas las pequeñas. Esta concordancia de fondo sugiere varias líneas de reflexión, que lógicamente no pretenden agotar cada uno de los temas tratados, sino más bien situarlos en un horizonte. Serán una invitación a profundizar en las perspectivas dibujadas por la LS y en las intuiciones teológicas de san Josemaría. Distinguiré, pues, tres ejes en constante interacción: la llamada a cuidar de la creación, con las constataciones concretas que se derivan de la ciencia y a veces también a las verdades de la fe; el sentido del trabajo y de la responsabilidad ciudadana; y finalmente, la identidad relacional de la persona humana.

1. Cuidar de la creación

«El mundo procedió de una decisión» (LS 77), «hay una opción libre expresada en la palabra creadora» (LS 77) y «el ser humano está llamado a respetar lo creado con sus leyes internas» (LS 69; cfr. LS 140, 221): ninguna criatura carece de valor en sí misma (cfr. LS 69). En efecto, «es importante leer los textos bíblicos en su contexto, con una hermenéutica adecuada, y recordar que nos invitan a “labrar y cuidar” el jardín del mundo (cfr. Gn 2, 15). Mientras “labrar” significa cultivar, arar o trabajar, “cuidar” significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar. Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza» (LS 67).


El hombre y la naturaleza se custodian mutuamente, de algún modo. Por tanto el hombre, que «es para sí mismo un don de Dios», «debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado». Bossuet comentaba de esta manera Gn 2, 15: «Para el paraíso, Dios ordenó dos cosas al hombre: una es “cultivarlo”, y la otra es “custodiarlo”, es decir conservar su belleza; lo cual se aplica también a la cultura. […] Dios enseñó al hombre, por esta figura, a cuidar de sí mismo y, a la vez, a guardar el puesto que él tenía en el paraíso».

A lo largo de toda la encíclica, el Papa Francisco dirige su mirada de fe, de esperanza y de amor sobre la creación (cfr. por ej. LS 96-100): desde su origen (cfr. LS 5) hasta la apertura al estupor y a la maravilla (cfr. LS 11), junto con la amarga constatación de la pobreza y de la desigualdad, y de los «pecados contra la creación» (LS 8, 66, 218). Hay en la encíclica una gozosa declaración de amor a la creación, a la naturaleza y, al mismo tiempo, una «dramática» (LS 246) denuncia de los egoísmos que se acomodan a situaciones flagrantes de miseria y una llamada a la verdadera pobreza. La LS se centra en el problema de la degradación del ambiente a causa de la intervención humana, y señala la urgencia de la cuestión. Recuerda brevemente que el hombre está llamado a perfeccionar la creación. Las dos cosas van unidas, porque el Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara (Gn 2, 15). El Catecismo comenta que «Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos» . Vale la pena citar completo ese párrafo de la LS:

«No obstante, Dios, que quiere actuar con nosotros y contar con nuestra cooperación, también es capaz de sacar algún bien de los males que nosotros realizamos, porque “el Espíritu Santo posee una inventiva infinita, propia de la mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables”. Él, de algún modo, quiso limitarse a sí mismo al crear un mundo necesitado de desarrollo, donde muchas cosas que nosotros consideramos males, peligros o fuentes de sufrimiento, en realidad son parte de los dolores de parto que nos estimulan a colaborar con el Creador. Él está presente en lo más íntimo de cada cosa sin condicionar la autonomía de su criatura, y esto también da lugar a la legítima autonomía de las realidades terrenas. Esa presencia divina, que asegura la permanencia y el desarrollo de cada ser, “es la continuación de la acción creadora”» (LS 80).

Amor a la creación, fe y opiniones

Cuando trata de cuestiones técnicas, el Papa Francisco acompaña sus observaciones recordando la legítima «diversidad de opiniones», expresión que aparece en dos párrafos (LS 60-61), no sin insistir también en el «gran deterioro de nuestra casa común» (LS 61); ciertamente, una cosa es la técnica, y otra «su aplicación inadecuada o excesiva» (LS 133). El Papa no deja de recordar que «sobre muchas cuestiones concretas la Iglesia no tiene por qué proponer una palabra definitiva» (LS 61). No obstante, sobre las cuestiones que trata, el Obispo de Roma previene contra la duda fácil: «Tenemos la tentación de pensar que lo que está ocurriendo no es cierto» (LS 59). Por eso la LS invita a «un debate honesto y transparente» (LS 188).

Dios en primer lugar, recuerda el Papa. «La capacidad de transformar la realidad que tiene el ser humano debe desarrollarse sobre la base de la donación originaria de las cosas por parte de Dios» (LS 5). Francisco lamenta en efecto que la relación del hombre con la naturaleza se haya reducido a una forma de dominación irrespetuosa (cfr. LS 106). La técnica se emancipa de su carácter de medio para acabar condicionándolo todo, de forma que los objetos que produce «no son neutros» (LS 107). La economía misma sufre de su instalación en teorías preocupadas sólo por el objetivo de la maximización de las ganancias en detrimento de la persona (cfr. LS 109, 128, 187) y del ambiente (cfr. LS 190, 195). La LS pide a los cristianos una «conversión ecológica», porque estamos llamados a proteger la obra de Dios. Además, «el ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos» (LS 48).

Las cosas tienen un valor en sí mismas. «No basta pensar en las distintas especies solo como eventuales recursos explotables, olvidando que tienen un valor en sí mismas» (LS 33). La encíclica no duda en citar ejemplos paradigmáticos de uno y otro orden -seres con un valor intrínseco y otros que sirven para la explotación-: desde los manglares al anhídrido carbónico (cfr. LS 23, 39), del coral al cianuro y a la dinamita (cfr. LS 41): son los nombres que tiene la cuestión ecológica en la vida cotidiana de muchas personas y en la opinión pública.

Esos problemas provienen del desorden y de la ignorancia. «Dios ha creado el mundo inscribiendo en él un orden y un dinamismo que el ser humano no tiene derecho a ignorar» (LS 221). Porque «la Biblia no da lugar a un antropocentrismo despótico que se desentienda de las demás criaturas» (LS 68). Hay un mensaje en el ser, «la naturaleza está llena de palabras de amor» (LS 225). Francisco habla de los pájaros en referencia al Antiguo Testamento (cfr. Dt 22,4-6) y a unas palabras de Cristo (cfr. Lc 12, 6), y comenta: «¿Será [uno] capaz de maltratarlos o de hacerles daño?» (LS 221; cfr. LS 68). No es, pues, simplemente porque se manifiesta aquí un desorden afectivo personal por lo que no hay que hacerles daño. Un gorrión es muy pequeño, pero Dios lo cuida (cfr. Mt 10, 29; Lc 12, 6). El amor del hombre por la creación se manifiesta también en las cosas pequeñas. Lo recuerda así la predicación de san Josemaría: «Ordinariamente no encontraréis lugar para hazañas deslumbrantes, entre otras razones, porque no suelen presentarse. En cambio, no os faltan ocasiones de demostrar a través de lo pequeño, de lo normal, el amor que tenéis a Jesucristo. También en lo diminuto, comenta san Jerónimo, se muestra la grandeza del alma. Al Creador no le admiramos sólo en el cielo y en la tierra, en el sol y en el océano, en los elefantes, camellos, bueyes, caballos, leopardos, osos y leones; sino también en los animales minúsculos, como la hormiga, mosquitos, moscas, gusanillos y demás animales de este jaez, que distinguimos mejor por sus cuerpos que por sus nombres: tanto en los grandes como en los pequeños admiramos la misma maestría. Así, el alma que se da a Dios pone en las cosas menores el mismo fervor que en las mayores» .

Pascal hablaba, en este sentido, de «hacer las cosas pequeñas como si fueran grandes, a causa de la majestad de Jesucristo, que las ha hecho en nosotros, y que vive nuestra vida; y las grandes como si fueran pequeñas y fáciles, a causa de su omnipotencia». Y es que, precisamente, el Verbo de Dios se ha hecho pequeño.

Francisco interpela en particular al cristiano como tal, que tiene como modelo a Jesucristo, hombre perfecto. «En la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, [Cristo] manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación». Nos corresponde encarnar el mensaje de Cristo en la época en que vivimos, una misión que está muy presente en la predicación de san Josemaría: «Veo todas las incidencias de la vida —las de cada existencia individual y, de alguna manera, las de las grandes encrucijadas de las historia— como otras tantas llamadas que Dios dirige a los hombres para que se enfrenten con la verdad; y como ocasiones que se nos ofrecen a los cristianos, para anunciar con nuestras obras y con nuestras palabras, ayudados por la gracia, el Espíritu al que pertenecemos. Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo: para eso, necesita comprender y compartir las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de darles a conocer, con don de lenguas, cómo deben corresponder a la acción del Espíritu Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Corazón divino. A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio».

Cuando habla del ambiente y la exclusión, el Papa quiere afrontar un problema real y a menudo ignorado, pero que interesa a todos. Si es verdad que el bautizado renace para cambiar el mundo, ¿cómo podrá llevar a cabo esa tarea sin una clave de interpretación? San Josemaría subraya que la revelación de la bondad de Dios se nos desvela en un mundo llamado a ser salvado: «Un buen lema para la vida cristiana puede encontrarse en aquellas palabras del apóstol: Todas las cosas son vuestras, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios (1 Co 3, 23), para realizar así los designios de ese Dios que quiere salvar al mundo». Invita a «amar al mundo apasionadamente», título de una conocida homilía que trata también de las realidades materiales. «El mundo es bueno —dice san Josemaría— porque las obras de Dios son siempre perfectas»; y añade que «somos los hombres los que hacemos malo al mundo por el pecado». Santiago Sanz habla con razón de un «optimismo creacional de san Josemaría», en contraste con aquella visión decepcionada del mundo que opina que la diferencia entre un optimista y un pesimista reside simplemente en el hecho de que el segundo está mejor informado que el primero. Las enseñanzas del fundador del Opus Dei sobre el amor cristiano al mundo y sobre la llamada del hombre a santificarlo —respetando sus leyes propias y llevando a la plenitud sus potencialidades— nos ofrecen un rico acervo desde el que reflexionar sobre el cuidado de nuestro entorno, a la luz de las perspectivas y propuestas de la LS, con su llamamiento vibrante a la justicia social.

Egoísmos contra pobrezas

Francisco proclama efectivamente la dignidad de los pobres (cfr. LS 158), porque la vida siempre es un bien: «En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan solo a proponer una reducción de la natalidad» (LS 50). Ahora bien, tratar a la persona humana como un objeto, como si no fuese un fin en sí ante la mirada de Dios, sería el culmen del relativismo. «La cultura del relativismo es la misma patología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como mero objeto» (LS 123). En la LS sopla un espíritu cristiano que se rebela ante la coexistencia de grandes pobrezas y de egoísmos personales y colectivos ya consolidados que, si no son su causa, son al menos su corolario (cfr. LS 105, 149, 204, 230). Una libertad económica «sólo declamada» (LS 129), falsa (cfr. LS 203), anula la libertad real. Cuando la política se somete a la economía (cfr. LS 191, 196) el poder corrompe con facilidad (cfr. LS 122, 198). Hay numerosos directivos de empresa con rendimientos correctos y que, por negarse a despedir al personal del que dependen sus familias, son expulsados por los accionistas de la sociedad, que hacen después lo mismo con los empleados. Francisco hace un llamamiento a una verdadera revolución: «aceptar cierto decrecimiento» (LS 193), «redefinir el progreso» (LS 194), volver al sentido del sacrificio y de la bondad para saber convivir (cfr. LS 199), educar en la «ciudadanía ecológica» (LS 211). ¿Cómo poner por obra esta «revolución cultural» (LS 114) y social? El desafío, en todo caso, atañe a todos: empresas, escuelas y centros de enseñanza superior, a la sociedad, a las naciones, a cada ciudadano.

La LS no duda en denunciar la «corrupción» (LS 54, 142, 172). Con la globalización, la evolución de los fenómenos sociales sufre una asombrosa aceleración. Francisco retoma en este contexto el neologismo «rapidación» (LS 18), que va de la mano con aquella «fugacidad» (LS 113) que conduce fácilmente a la superficialidad: es el peligro de no «preguntarnos por los fines y por el sentido de todo” (LS 113) a causa de la «velocidad que imponen los avances tecnológicos actuales» (LS 133). La LS coincide con algunas posturas de Toni Judt sobre los efectos perversos del progreso y de la innovación, como el temor a la rapidez incontrolable del cambio, el miedo a perder el empleo y a salir perjudicado en una distribución cada vez menos equitativa de los recursos. La LS manifiesta, en fin, una cierta impaciencia. Las situaciones de pobreza y desigualdad que se han abierto camino en los últimos decenios causaban indignación también a san Josemaría: «Se comprende muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes, con un alma naturalmente cristiana, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar. Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas, porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como números de una estadística. Comprendo y comparto esa impaciencia, que me impulsa a mirar a Cristo, que continúa invitándonos a que pongamos en práctica ese mandamiento nuevo del amor» .

Impaciencia, angustia, deseos inquietos… Se comprende que la encíclica tenga a menudo el tono de un grito de sufrimiento (cfr. St 5, 4), que es al mismo tiempo un canto de amor. La LS denuncia la perversidad de los sistemas actuales. Hay críticas análogas de la postmodernidad en los escritos de Zygmunt Bauman: he aquí una época marcada por el placer y la exclusión, en esta «sociedad líquida» donde las relaciones sociales se han deformado porque el consumir se ha convertido en criterio único; asistimos a la emergencia de nuevas pobrezas (cfr. LS 158), ya que unos pocos ricos no sirven para contentar al resto. Francisco reclama el rol del Estado (cfr. LS 197). Como el hombre no es sólo consumidor (cfr. LS 226), debería ser, sobre todo, buen administrador.

Ser administradores y evitar malgastar

¿Qué actitud debemos adoptar ante los bienes de la casa común del mundo? Se trata claramente de romper con la reducción del hombre a mero consumidor, que va de la mano con el derroche (cfr. LS 109). En su encíclica, el sucesor de Pedro propone ideas concretas: no desperdiciar el agua (cfr. LS 185), ni el papel (cfr. LS 22, 211), además de economizar la energía (cfr. LS 211), por citar solo algunas. «Una minoría se cree con el derecho de consumir en una proporción que sería imposible generalizar» (LS 50).

Como numerosos escritores, el fundador del Opus Dei daba ejemplos basados en su calado espiritual, y en su experiencia de la guerra y de la escasez. Es verdad, como decía san Bernardo, que la pobreza en cuanto virtud reside esencialmente en el amor a la pobreza. San Josemaría ponía en práctica algunas aplicaciones concretas que enumeraba de esta manera: «No tener nada como propio; no tener nada superfluo; no lamentarse cuando falta lo necesario; cuando se puede escoger, elegir la cosa más pobre, menos simpática; no maltratar los objetos que usamos; hacer buen uso del tiempo» .

También solía decir: «No basta querer ser pobre. Hay que aprender a ser pobre». Uno puede disponer de medios, pero esa circunstancia le obliga a remediar las necesidades del prójimo. «No consiste la verdadera pobreza en no tener, sino en estar desprendido: en renunciar voluntariamente al dominio sobre las cosas» . Para evitar el desperdicio, Josemaría Escrivá «empleaba siempre hojas usadas por una cara para escribir por la otra apuntes o borradores; decía en broma que, si fuera posible, escribiría por el canto» . En cuanto a la electricidad, solía aconsejar: «Mira, ahí encendieron las luces para abrir las ventanas, y como se llenó toda la habitación de luz natural, se olvidaron de apagar las lámparas. […] Sube por favor y dile con delicadeza que apague, porque se está gastando luz inútilmente» . Invitaba a quienes encontraba a prestar atención a las cosas pequeñas, por caridad: el hecho de economizar los recursos y evitar desperdicios es una forma de sentirse unido a los que pasan necesidad. Me acuerdo en este sentido de una residencia en Nairobi en la que renunciaban regularmente a usar agua caliente por solidaridad. Según el beato Álvaro del Portillo, el fundador del Opus Dei animaba «a estar bien desasidos de las cosas humanas —somos tan sólo administradores [cfr. LS 116]—, y a actuar con sentido común, sin malgastar, sin derrochar, administrando lo mejor posible cuanto hayamos de manejar» . Antes que de una cuestión económica, se trata aquí de una búsqueda espiritual; es así también como lo percibe Francisco, al tiempo que subraya la gravedad de la falta de justicia social. Se entiende que el Papa hable de la oración antes y después de las comidas como de una tarea anti-consumista (cfr. LS 227), por no mencionar del arte culinario, que igualmente puede ser asociado a la ecología (cfr. LS 133-134).

2.Trabajo y responsabilidad ciudadana

Cuidar de la creación es una responsabilidad que podría ser calificada como ciudadana y que se ejerce especialmente en el trabajo. El concepto de ciudadanía es amado por san Pablo, que se declaró firmemente ciudadano romano ante el centurión (cfr. Hch 22, 25-28), atribuyendo una clara connotación política a ese concepto. Invita a los filipenses a ser ciudadanos dignos del Evangelio de Cristo (Flp 1, 27). A menudo la palabra griega “politeuesthe”, “ser ciudadanos”, no aparece en las traducciones de la Biblia; y, sin embargo, es la acepción literal de la palabra en ese versículo. La LS vuelve con frecuencia a la idea de la responsabilidad ciudadana y subraya el rol del trabajo, realidad estrechamente vinculada con la Eucaristía, sacramento que está muy presente también en la encíclica.

Ciudadanos libres y responsables

Francisco emplea el término ciudadano (LS 45, 179), reconoce las «agrupaciones ciudadanas» (LS 14), valoriza «las perspectivas de los pobladores» (LS 150) y crea la expresión «ciudadanía ecológica» (LS 211) para apelar al ejercicio de las virtudes personales. En una palabra, Francisco invita al ciudadano a tomar conciencia de sus responsabilidades (cfr. LS 118) y a ejercerlas:
«Si los ciudadanos no controlan al poder político —nacional, regional y municipal—, tampoco es posible un control de los daños ambientales» (LS 179).

De esta forma el ser ciudadano no implica solo la pertenencia a una comunidad sino también la participación, de un modo u otro, en el poder. En las obras de san Josemaría, esta perspectiva ciudadana aparece en el marco de una visión cristiana de la existencia: dedica un capítulo de Surco al tema de la ciudadanía —33 aforismos (números 290-322)— puesto que para él, todo cristiano que vive «en medio del mundo» es un «ciudadano más» (n. 321).

El enfoque de san Josemaría parte aquí también del amor al mundo en Dios: «Amamos apasionadamente este mundo porque Dios así nos lo ha enseñado» (n. 290). El referente bíblico es aquí Jn 3, 16, en el marco de una perspectiva encarnacionista y escatológica: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna». Asimismo, cualquier católico debe caracterizarse por «una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos; y una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida» (n. 428).

De ahí el entusiasmo responsable (n. 292) en el que todos los valores humanos se encuadran «en la esperanza de Cristo»: «amistad, arte, ciencia, filosofía, teología, deporte, naturaleza, cultura, almas...» (n. 293). Todo eso debe ser entregado a Dios (cfr. n. 295), a cambio ciertamente de renunciar a «ese encanto inconcreto y placentero del mundo» (n. 294). Josemaría Escrivá nos invita al «buen cumplimiento de nuestras obligaciones de ciudadanos» pero también a «exigir nuestros derechos y ponerlos al servicio de la Iglesia y de la sociedad» (n. 300). Lo cual conlleva el pago de impuestos, el interés por el bien común, la participación en la vida política y social, etc., que se puede resumir en la puesta en práctica de la enseñanza social cristiana.

No estaría de más precisar dos temas. Por un lado, la perspectiva en la que se encuentra el pensamiento de Escrivá sigue siendo la de Dios, como en la LS: «la felicidad eterna» (n. 305), la alegría y la audacia de «los hijos de Dios» (n. 306); por otro, la responsabilidad ciudadana del cristiano integra realidades como:

- su libertad fundamental de hijo de Dios: «Qué triste cosa es tener una mentalidad cesarista, y no comprender la libertad de los demás ciudadanos, en las cosas que Dios ha dejado al juicio de los hombres» (n. 313); san Josemaría afirma una verdadera «doctrina de libertad ciudadana», que incluye la responsabilidad personal para cumplir las obligaciones como ciudadanos en la vida política, económica, universitaria, profesional;

- el respeto de «los derechos de los demás pueblos» (n. 316), porque «si el patriotismo se convierte en un nacionalismo que lleva a mirar con desapego, con desprecio —sin caridad cristiana ni justicia— a otros pueblos, a otras naciones, es un pecado» (n. 315).

San Josemaría no pretendía ofrecer un programa de acción social institucional para el Opus Dei, porque eso no forma parte de la misión de esta prelatura, que está abierta a todos los programas admisibles para los cristianos, y que anima a sus fieles a asumir libremente sus responsabilidades; en cambio, se empeñó en difundir la llamada evangélica a la santidad y al apostolado en el trabajo profesional y en la vida cotidiana, en el respeto de la naturaleza, en el cumplimiento de los deberes cívicos.

Todo esto exige formación personal. Francisco deplora en particular «la fragmentación de los saberes» (LS 110). A san Josemaría le parecía esencial su unidad: tenía un alto concepto de la universidad como «casa común» y deseaba que viera la luz un catecismo de la doctrina social. El cardenal Van Thuân señala que «Josemaría Escrivá quería que en el catecismo de la doctrina cristiana se hiciese mención de los deberes sociales y políticos de los cristianos en la comunidad civil, para así formar a los católicos en la unidad de vida desde la infancia: un buen cristiano debe ser también un buen ciudadano». Deseaba que los católicos contribuyesen al bien de la sociedad. Acto seguido recomendaba que cada uno se uniera a otras personas e instituciones, cristianas o no, para afrontar juntos los problemas de la sociedad (cfr. LS 219), cumpliendo lo mejor posible todo lo que debiera hacer, y por amor. Además del esfuerzo por cumplir los deberes de estado, que es el primer paso para disminuir la miseria, hay que empeñarse en erradicarla directamente. Baste mencionar aquí, como manifestación de esta necesaria opción social, las 40 iniciativas impulsadas por el beato Álvaro del Portillo: hospitales en África, promoción de la mujer en América Latina, escuelas de formación profesional en Filipinas, bancos de alimentos en Europa, centros de integración para inmigrantes en Estados Unidos.

El crecimiento de esta toma de conciencia ciudadana pasa por una educación integral y sapiencial que es todo un desafío (cfr. LS 209). Se responderá tanto mejor con ella a las exigencias actuales cuanto más se inspire en las enseñanzas del último concilio. A medida que se distancia en el tiempo, se corre el riesgo de una cierta ignorancia. Y hemos recibido el encargo «de una hermosa y paciente asimilación del Concilio Vaticano II, de esforzarnos por ponerlo en obra cada vez más eficazmente» de modo especial en lo que se refiere a «la armonía y colaboración entre fe y razón»: ser ciudadanos en la tierra con la mirada en el cielo. El Concilio ha subrayado que «el carácter secular es propio y peculiar de los laicos» . Ángel Rodríguez Luño ha puesto de relieve la «dimensión teológica positiva de la secularidad», no sólo sociológica, en las intuiciones de san Josemaría. Escrivá fundamenta su pensamiento en la encarnación y el misterio pascual.

«Es la fe en Cristo, muerto y resucitado, presente en todos y cada uno de los momentos de la vida, la que ilumina nuestras conciencias, incitándonos a participar con todas las fuerzas en las vicisitudes y en los problemas de la historia humana. En esa historia, que se inició con la creación del mundo y que terminará con la consumación de los siglos, el cristiano no es un apátrida. Es un ciudadano de la ciudad de los hombres, con el alma llena del deseo de Dios, cuyo amor empieza a entrever ya en esta etapa temporal, y en el que reconoce el fin al que estamos llamados todos los que vivimos en la tierra» .

En efecto, no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura (Hb 13,14). Esta ciudad futura existe ya como realidad escatológica, porque el misterio pascual nos ha situado en estas primicias de gloria que son la alabanza de Dios y la comunión con nuestros hermanos en la caridad. Todo esto se actualiza en el culto cristiano, al que se asocia el trabajo. Como ha escrito Joseph Ratzinger, «hay una realidad que salta a los ojos desde que uno se asoma a la vida de Mons. Escrivá de Balaguer o desde que se pone en contacto con sus escritos: un sentido muy vivo de la presencia de Cristo». Una presencia que volveremos a encontrar en el tema del trabajo, porque «Jesús trabajaba con sus manos, tomando contacto cotidiano con la materia creada por Dios para darle forma con su habilidad de artesano» (LS 98).

Trabajo, desarrollo personal, relación y santificación

El trabajo es un aspecto importante de la encíclica de Francisco (cfr. LS 98, 124-129), aunque en ella se traten problemáticas mucho más extensas. El Papa proclama la necesidad para el hombre de tener un trabajo (LS 127-129), especialmente para llevar una vida digna. Recuerda el valor del trabajo, expresado particularmente por Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens (cfr. LS 124). La LS cita la hermosa máxima benedictina ora et labora (LS 126) y evoca el mensaje de Charles de Foucauld (LS 125). La encíclica insiste en el «múltiple desarrollo personal» (LS 127) que debería tener lugar en el trabajo: un trabajo necesario, que dignifica la persona (cfr. LS 128). Francisco detiene su atención en una cuestión personalista esencial: «Cualquier forma de trabajo tiene detrás una idea sobre la relación que el ser humano puede o debe establecer con lo otro de sí» (LS 125). Esta perspectiva hace de hilo conductor de la encíclica.

Es bien sabido que la santificación del trabajo es un rasgo esencial del espíritu del Opus Dei, junto con la afirmación de la filiación divina como fundamento de toda vida, y la centralidad de la Eucaristía, misterio que de algún modo corona la encíclica (cfr. LS 236-337). Con respecto a la idea sutil de la concepción de una relación con los demás (cfr. LS 112), la veo expresada en el mensaje de Josemaría Escrivá como amistad y como servicio: «El espíritu de servicio, el deseo de trabajar para contribuir al bien de los demás hombres» implica cierta competencia profesional: «No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos, ese deseo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para dejar las cosas acabadas, con humana perfección» . Escrivá tiene la fórmula: «para servir, servir» . El teólogo Antonio Aranda comenta que «servir» puede tener dos significados: hacer bien el trabajo, es decir, ser un buen profesional, pero también, trabajar con espíritu de servicio, pensando en los demás. La misma idea aparece en la homilía del Papa Francisco en La Habana: «Quien no vive para servir, no sirve para vivir». Por eso, «amar significa recomenzar cada día a servir», y «la entrega viene como consecuencia de la libertad». Así explicaba Jesucristo el motivo profundo de su vida en la tierra en referencia al servicio: el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (Mt 20, 28).

Un aspecto más de la importancia de la relación en el trabajo es, cuando sea el caso, el gobierno colegial, que se opone a la arbitrariedad y que está a favor de la pluralidad. Se puede apreciar en algunas empresas un movimiento inverso del de la especialización creciente de la época industrial, que trajo consigo organigramas repletos de mandos jerárquicos y una cierta deshumanización y desatención de responsabilidades. Gracias a las tecnologías contemporáneas, dentro de los nuevos tipos de estructuras orgánicas, se tiende a que cada persona realice —en el marco de unidades pequeñas— funciones que corresponden a un enfoque integral de la persona. Así se asumen poco a poco diversos tipos de responsabilidades: producción, investigación, marketing, comercial, ventas; el acceso más fácil a los recursos financieros hace que sean verdaderamente medios y no un fin en sí. En las actividades primarias de la agricultura o secundarias de la industria, la tierra, las temporadas, un producto material -en una palabra, las realidades que nos recuerda la LS- siguen siendo puntos de conexión donde se da todavía una relación entre trabajadores. En la actividad del servicio, o terciaria, y en la cuaternaria, esta mediación a través de lo real ha desaparecido; la sociedad occidental contemporánea se sumerge en bienes inmateriales, virtuales, y la cuestión de la adecuada comprensión del enlace entre trabajo y relación a la que LS invita, es seguramente una tarea fundamental sobre la que se debe reflexionar: la delegación, la transmisión, el acompañamiento, el empowerment contribuyen al bien del otro y al de la empresa.

El reconocimiento de esas relaciones supone que se dé «primacía al espíritu sobre la organización», según la expresión de Escrivá, y conlleva el ejercicio de las virtudes humanas –fortaleza, serenidad, paciencia, magnanimidad, aplicación en la tarea, diligencia, veracidad y justicia, templanza, prudencia– y las virtudes sobrenaturales, especialmente las teologales, en la alegría. La dignidad de un trabajo está esencialmente ligada al amor que se pone en él. Fundamentalmente Josemaría Escrivá invita a cada uno «a sentirse hijo de Dios» en todos los oficios «capaces de ser elevados al plano sobrenatural, es decir, injertados en esa corriente de Amor que define la vida de un hijo de Dios». Encontramos aquí una «actitud de adoración» (LS 127), y aquella «ternura paterna» (LS 73; cfr. 77, 96) que debemos compartir con los demás (cfr. LS 91, 220, 242) y que aflora tantas veces en las enseñanzas del Papa.

La LS nos conduce de esta forma a la enseñanza de san Josemaría sobre la vida cotidiana, enraizada en los textos bíblicos, desde el Génesis hasta la situación de Cristo en Nazaret (cfr. Mc 6,3; cfr. LS 98). Con respecto a la expresión ora et labora, san Josemaría hacía suyo este comentario del beato Álvaro del Portillo:

«No se puede olvidar el gran bien que con su constancia en el trabajo, comprendido de ese modo, han hecho los benedictinos a la Iglesia y a la sociedad civil, conservando el depósito cultural en las épocas oscuras de la Edad Media, haciendo roturar gran parte de Europa, etc.».

Charles de Foucauld parte de la vida oculta en Nazaret. Para el fogoso converso se trata sobre todo de kenosis: «En el amor, la adoración, la inmolación, la suplica, el trabajo manual, la pobreza, el abajamiento, el recogimiento, el silencio, imitaremos lo más fielmente posible la vida oculta de Jesús de Nazaret»]. En el mensaje de san Josemaría, «la tonalidad es otra», como sugiere Laurent Touze, a pesar de que la humildad será siempre el fundamento de todo.

En efecto, según san Josemaría, «para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas». Para Escrivá esto significa transformar el trabajo en oración: el trabajo se convierte en contemplación. El culto es designado en hebreo como adoración de Dios: culto de Dios, una expresión que se refiere a la idea de sumisión y de servicio (“avodat Elohim”). Si existe una definición genérica común al culto y al trabajo, probablemente sea la de obra de Dios. Podríamos hablar analógicamente de una liturgia del trabajo.

Además de ser medio esencial de santificación, en el pensamiento de Escrivá, el carácter profesional del trabajo es algo esencial. Es un concepto que engloba realidades como el aprendizaje, la preparación, la formación continua y permanente, el estar al día: la competencia profesional que busca ofrecer un servicio mejor. La LS advierte el peligro de que los excluidos queden desplazados porque los «profesionales» pierdan «contacto directo con sus problemas» (LS 49). San Josemaría remarcaba que a menudo el trabajo comporta una especialización acompañada de un prestigio merecido, que oponía al diletantismo. Esto implica un legítimo entusiasmo que no debe faltar ni en el trabajo profesional ni en el «empeño por construir la ciudad temporal», «nuestra casa común» (LS 13), «una ciudad habitable» (LS 143). Haciendo lo mejor posible su trabajo y respetando la ética profesional, el ser humano ejercita las virtudes (concretamente la laboriosidad), animadas por la caridad: se hace mejor persona, ama a Dios y a su prójimo: se santifica.

Pero hay más aún: trabajando de esta forma, el hombre perfecciona el mundo con su trabajo. Leemos en el Génesis: Dios […] descansó de toda la obra que Dios había hecho cuando creó. Literalmente este versículo se leería así: «Dios descansó del trabajo que El Elohim había creado para hacer». Ese «para hacer» puede referirse perfectamente al hombre, sabiendo que Elohim es el sujeto de «crear». En otras palabras, la continuidad de la acción creadora reside también en el hecho de que Dios crea para que otro haga. El hombre está asociado a la creación y participa del poder divino. El amor a la creación se convierte en un acto de co-creación.

José Luis Illanes despliega las dimensiones del trabajo presentes en el mensaje de san Josemaría: cósmica, antropológica, socio-familiar, socio-histórica, teológico-creacional y soteriológica. La santificación del trabajo va mucho más allá de la lucha contra el ocio, y de la obtención de los necesarios medios de subsistencia (cfr. Mt 10, 10), porque se trata de un mandato de Dios y del eje alrededor del cual gira la santidad y el apostolado. Se trata de hacer fructificar los talentos (cfr. Mt 25, 26), dar fruto (cfr. Mc 11, 13: la higuera que quedó seca). El trabajo realizado con perfección, pero sin perfeccionismo (otros podrán mejorarlo, decía Escrivá), es elevado al orden sobrenatural y se convierte en instrumento de santificación. Este espíritu de trabajo es contagioso; san Josemaría llega a esta fórmula aparentemente paradójica: «Nos es, hijos, tan connatural el trabajo constante y ordinario, que nuestro hobby es también trabajo: con un trabajo, descansamos de otro». En este sentido, el trabajo arduo de alguien en paro es precisamente la búsqueda profesional de un empleo. Esta cuestión ha atraído especialmente la atención del actual prelado del Opus Dei; su experiencia pastoral le propuso la siguiente reflexión al día siguiente de la publicación de la LS: «Bien comprende el valor de dignificación del trabajo quien sufre el desempleo y experimenta la angustia de la falta de ingresos económicos. Por este motivo, las personas que padecen el desempleo son una intención constante en las oraciones y preocupaciones del cristiano. Como afirma el Papa, ayudar a los pobres o a los desempleados con dinero “debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias”. El gran objetivo, en cambio, “debería ser permitirles una vida digna a través del trabajo” (LS 128). Del mismo modo, la encíclica nos recuerda que “dejar de invertir en las personas para obtener un mayor rédito inmediato es muy mal negocio para la sociedad” (LS 128)».

El primer desafío para la persona en desempleo puede ser la confianza en sí mismo y su relación con los demás, especialmente si el trabajo definía en un grado fuerte su identidad. La búsqueda de trabajo está relacionada también con la necesidad de conservar las relaciones con los demás. Desde ese marco podrá encontrar el empleo para el que ha sido hecho, el trabajo que debe aceptar aunque no satisfaga completamente sus expectativas legítimas; manifestará entonces su concepción de la relación con la que humanizar de nuevo su vida, en lo que puede dar y recibir.

En francés, alguien en paro es un chômeur, que viene del latín bajo caumare, descansar durante el calor, que a su vez deriva del griego kauma, calor que quema. En español estar en paro, del latín parare, implica el cese de todo movimiento. Ahora bien, un ser vivo que cesa de moverse, muere. La persona en paro está llamada a ponerse de pie entre los trabajadores y a redescubrir el calor bueno, el calor humano. ¡Humanización! El trabajo verdaderamente santificado debería conducir a «la humanización del mundo», contra lo que la LS llama «situaciones persistentes de miseria deshumanizadora». Pienso en ese vendedor de naranjas de La Paz, Bolivia, que contestó a un cliente que quería comprarle de un golpe toda la mercancía del puesto: «una docena solo; ¿qué haría durante el resto de la jornada?» Una respuesta que hace eco a estos versos de Hesíodo: «El trabajo no es ningún oprobio; la ociosidad sí que es oprobio». Independientemente de su interpretación, esta fórmula comporta la idea, ciertamente injusta, de una humillación enfática y pública: volvemos a la noción de relación.

Alabanza eucarística y recapitulación

El carácter central de la persona en el trabajo, que está relacionado con su dignidad y crecimiento humano y espiritual, se encuadra en el horizonte de la primacía de Dios. «El fin último de las demás criaturas no somos nosotros. Pero todas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios, en una plenitud trascendente donde Cristo resucitado abraza e ilumina todo. Porque el ser humano, dotado de inteligencia y de amor, y atraído por la plenitud de Cristo, está llamado a reconducir todas las criaturas a su Creador» (LS 83).

Esta transformación del mundo es posible por la unión con Cristo en la Eucaristía, ya que en cada celebración eucarística «Jesús atrae hacia sí todas las cosas». Es este un tema central en la predicación de san Josemaría que aparece con fuerza en la LS (cfr. 233-237). Así se expresaba san Josemaría durante la celebración de una Misa en el campus de una universidad:

«Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu. ¿Qué son los sacramentos —huellas de la Encarnación del Verbo, como afirmaron los antiguos— sino la más clara manifestación de este camino, que Dios ha elegido para santificarnos y llevarnos al Cielo? ¿No veis que cada sacramento es el amor de Dios, con toda su fuerza creadora y redentora, que se nos da sirviéndose de medios materiales? ¿Qué es esta Eucaristía —ya inminente— sino el Cuerpo y la Sangre adorables de nuestro Redentor, que se nos ofrece a través de la humilde materia de este mundo —vino y pan—, a través de los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, como el último Concilio Ecuménico ha querido recordar?».

Francisco invita al respeto de la creación, incluido el mundo vegetal y animal (cfr. LS 124, 130). San Josemaría hace lo mismo, a veces refiriéndose a la Eucaristía. En el misterio del altar, el trigo y las uvas simbolizan la naturaleza, el ambiente, el mundo; se han hecho pan y vino, y así se ofrecen trabajo, cultura, artes, ciencias, historia, relaciones interpersonales, para transformarlo todo en Cristo, Hijo de Dios y de Santa María, en alabanza a Dios, en la alegría del Espíritu Santo:

«Cuando celebro la Santa Misa con la sola participación del que me ayuda, también hay allí pueblo. Siento junto a mí a todos los católicos, a todos los creyentes y también a los que no creen. Están presentes todas las criaturas de Dios —la tierra y el cielo y el mar, y los animales y las plantas—, dando gloria al Señor la creación entera».

Hay por tanto una forma de liturgia de la creación. Se trata de un «anticipo de la transformación universal de este mundo al final de los tiempos». Esa acción litúrgica, que hace entrar la tierra en el Cielo y que tiene una dimensión cósmica, anuncia la recapitulación de todas las cosas en Cristo (cfr. LS 100). Con palabras de Santo Tomás de Aquino, al final de los tiempos «toda criatura sensible recibirá una cierta novedad de gloria». ¿Qué se puede decir al respecto? Esta cuestión aparentemente desligada de las preocupaciones del hombre moderno se reaviva durante una conversión personal, una catástrofe natural o la muerte de un ser querido. La muerte, que a menudo es escondida en nuestras sociedades postmodernas, es algo seguro e ineludible. Fernando Ocáriz explica que, según el Aquinate, no habrá para los bienaventurados ruptura ni desproporción entre la contemplación inmediata y amorosa de la Trinidad que tendrá el alma, y lo que sus propios ojos glorificados verán del mundo material: «La plenitud de la Revelación histórica y la plenitud de la Revelación cósmica no sólo coinciden en Cristo Revelador, sino que, además, en su consumación escatológica coinciden también, en la medida de lo que es posible a la capacidad de la realidad material glorificada, en el contenido más alto que es revelado: la Trinidad divina».

También, después de celebrar la Eucaristía, el fundador del Opus Dei amaba rezar un himno tomado del libro de Daniel (cap. 3) unido al Salmo Laudate (Sal 150): el Trium puerorum o Benedicite, cuyo uso se remonta al menos al siglo tercero. Este himno invita a toda la creación a bendecir al Señor: la mirada apunta hacia el sol, la luna, las estrellas; alcanza la inmensa extensión de las aguas; se eleva hacia las cimas nevadas para contemplar la variedad de condiciones atmosféricas, desde el frío al calor, desde la luz a las tinieblas; se detiene en el mundo mineral y vegetal; interpela las especies animales para finalmente culminar con el hombre, imagen de Dios. Por su simple existencia, todos los seres bendicen a Dios y le dan gloria (cfr. LS 69), a pesar de que, dejando a un lado a los ángeles, sólo el ser humano puede dirigirse a Dios en un acto voluntario libre y actual.

Como enseña la Constitución Gaudium et spes, «en la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza la voz para la libre alabanza del Creador».

El Papa Francisco nos invita a esta alabanza, eco del Cántico de las criaturas de san Francisco de Asís. Un canto que alaba al Creador en sus criaturas, de manera análoga a nuestra alabanza de los santos en la liturgia, puesto que en ellos exaltamos a Dios que, coronando sus méritos, corona sus propios dones. Ciertamente no todo es Dios: el mundo o su devenir no son Dios. Pero sabiendo esto, nuestra fe reconoce que «las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios». Movido por un profundo sentido de su filiación divina, el autor de Camino no tenía todavía treinta años cuando su pluma anotaba en sus Apuntes íntimos este arrebato del alma: «Niño: Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso… Dale gracias por todo, porque todo es bueno».

Se trata de una acción de gracias que, lejos de ser pasiva, nos lleva a actuar, como nos invita también el Papa Francisco a lo largo de su encíclica (cfr. por ej. LS 13, 19, 189, 217). La exigencia cristiana va mucho más allá de la ayuda material: Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría (1 Co 13, 3). Francisco ha repetido con frecuencia que la Iglesia no es una organización humanitaria, ya que es signo y sacramento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano, como enseña el Concilio Vaticano II. La Iglesia nace del amor de Dios y nos devuelve a él, dando al hombre aquello que este no puede dar, como los sacramentos que nos unen. Las personas y sus relaciones, precisamente, están en el centro de la LS.

3. Persona y relación

¿Cuáles son los rasgos que caracterizan a nuestra sociedad? No hay unanimidad sobre este punto. Me limitaré a un cierto reconocimiento universal de la dignidad de la persona humana, o incluso de su subjetividad; la importancia decisiva de las nuevas tecnologías, que están cambiando las formas de comunicación; la multiplicación de las relaciones entre las distintas religiones, pero también sus choques en algunos casos; la pérdida del sentido de la vida, sobre el trasfondo de una tendencia al relativismo y al nihilismo. Conviene mencionar además los desafíos de la investigación para lograr un dominio orgulloso sobre el bien y el mal (cfr. Ge 2,9.17.22), el rechazo a considerar la vida como un bien —algo que era casi espontáneo en el pasado—, el individualismo (cfr. LS 162, 208), la deconstrucción, la ideología de género y el espejismo cyborg, que pretende crear un hombre artificial. Para completar la lista, añadiré que tras las certezas de la modernidad, sus “mitos” —«individualismo, progreso indefinido, competencia, consumismo, mercado sin reglas» (LS 210)—, su crisis (cfr. LS 119), hemos pasado a una época postmoderna en la que la «falta de identidad se vive con angustia» (LS 203): el hombre ha tomado conciencia de su vulnerabilidad e incluso de su fragilidad. La afectividad, frecuentemente exacerbada, se convierte en aspecto esencial del hombre postmoderno, que a menudo sufre el desamor y que, a su vez, experimenta dificultades para «saber amar».

Hay un pasaje particularmente importante de la encíclica que afirma la «novedad cualitativa» de la persona humana, un ser que está fuera de un hipotético proceso evolutivo en el que Dios no intervendría: «El ser humano, si bien supone también procesos evolutivos, implica una novedad no explicable plenamente por la evolución de otros sistemas abiertos. Cada uno de nosotros tiene en sí una identidad personal, capaz de entrar en diálogo con los demás y con el mismo Dios. La capacidad de reflexión, la argumentación, la creatividad, la interpretación, la elaboración artística y otras capacidades inéditas muestran una singularidad que trasciende el ámbito físico y biológico. La novedad cualitativa que implica el surgimiento de un ser personal dentro del universo material supone una acción directa de Dios, un llamado peculiar a la vida y a la relación de un Tú a otro tú. A partir de los relatos bíblicos, consideramos al ser humano como sujeto, que nunca puede ser reducido a la categoría de objeto» (LS 81).

El hombre, ser relacional

Este es el horizonte en el que puede desplegarse la «ecología humana» (LS 5, 148, 152, 155, 156) de la que habla el Papa Francisco, siguiendo a Juan Pablo II y a Benedicto XVI. Marcelo Sánchez Sorondo apunta que, en la LS, Francisco ha querido decir que, «en definitiva, la naturaleza, la tierra, es la casa común y por tanto está relacionada de modo fundamental con el hombre». La LS ofrece una visión que, de hecho, concede una gran importancia a la relación, ya que, por ejemplo, «cualquier forma de trabajo tiene detrás una idea sobre la relación que el ser humano puede o debe establecer con lo otro de sí» (LS 125). Ese concepto está muy presente en el mensaje de san Josemaría. Así pues François-Xavier Guerra ha ofrecido un análisis sobre «los términos que Escrivá emplea para expresar los vínculos entre las personas y su articulación con la colectividad. […] La palabra más empleada es “relación”, “relaciones”, “vida de relación”. La incidencia de estos términos es muy numerosa en los libros posteriores a Camino, y se refieren a diversos tipos de relación, desde las más elevadas e íntimas hasta las más corrientes. Las “relaciones con Dios” o con “las tres Personas divinas” ocupan el primer lugar de esta escala, en un registro léxico que hace referencia a “trato”, “intimidad”, «amistad: una relación eminentemente interpersonal, en un sentido que está también muy presente en todo lo referido a las ‘relaciones entre esposos’. Después se dan, en círculos concéntricos, otras relaciones: de parentesco, amistad, trabajo, vecindad, afinidad cultural o política, pertenencia a diversas asociaciones… El tipo de colectividad que se perfila aquí es, de hecho, una ‘sociedad civil’ y no un todo orgánico; un tejido relacional que, aunque incluya núcleos permanentes de pertenencia —la familia, la amistad—, es esencialmente móvil, fluido, voluntario. Son esas relaciones que los cristianos están llamados a santificar, a cristianizar, a humanizar; de forma natural, muy alejada de un voluntarismo organizacional cualquiera, como si toda relación humana estuviera destinada a parecerse a las más elevadas relaciones interpersonales».

Guerra ha propuesto acertadamente un primer análisis de las referencias históricas en las que se movió Escrivá, su manera de concebir el individuo y la sociedad, y las formas de acción temporal que se desprenderían: Escrivá invita «a la transformación no sensible del tejido relacional que constituye la sociedad moderna, rechazando todo clericalismo que limite la libertad de acción temporal de los cristianos».

Seres de carne y de sangre: tierra, exilio e identidad

Más que tener un cuerpo, somos a la vez cuerpo y alma. El respeto a la naturaleza humana (cfr. LS 155) y el sentido de la encarnación (cfr. LS 99) están muy presentes en el pensamiento del Papa Francisco. «La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria para acoger y aceptar el mundo entero como regalo del Padre y casa común» (LS 155). Se pueden distinguir tres manifestaciones de esta realidad:

- La primera es el reconocimiento de un hecho evidente, nuestra condición sexuada. «Aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana. También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente» (LS 155). El Papa zanja así las teorías del género, verdadera ideología, por estar desligadas de la realidad, por carecer de fundamento científico y tener como objetivo la transformación de las estructuras de la sociedad, violentando la libertad personal desconectada de la verdad (cf. Gn 1,27; Jn 8,32): «Es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente. Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda “cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma” (LS 155)».

- Otra consecuencia de nuestra condición corporal es el carácter irreemplazable del encuentro cara a cara con las personas. Ciertamente se puede dialogar por internet, chatear, hacer videoconferencias entre personas separadas por miles de kilómetros de distancia. Pero, realmente, nada sustituye a un encuentro personal directo. «Tienden a reemplazarse las relaciones reales con los demás, con todos los desafíos que implican, por un tipo de comunicación mediada por internet» (LS 47). El Papa detecta en esto varios inconvenientes: la selección de las relaciones según el libre arbitrio, la creación de emociones artificiales, a veces el hecho de no «tomar contacto directo con la angustia, con el temblor, con la alegría del otro y con la complejidad de su experiencia personal» (LS 47). Este tema estaba ya presente en la exhortación apostólica Evangelii gaudium: «Muchos tratan de escapar de los demás hacia la privacidad cómoda o hacia el reducido círculo de los más íntimos, y renuncian al realismo de la dimensión social del Evangelio. Porque, así como algunos quisieran un Cristo puramente espiritual, sin carne y sin cruz, también se pretenden relaciones interpersonales sólo mediadas por aparatos sofisticados, por pantallas y sistemas que se puedan encender y apagar a voluntad. Mientras tanto, el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo»

He aquí una llamada al espesor de lo real, y una invitación a la verdadera caridad. No es suficiente encontrar al otro en el espejo de internet, usando la imagen del apóstol Santiago, que prevenía a los primeros cristianos, invitándoles a ser de los que ponen por obra la Escritura (cfr. St 1, 22-24). Como sugiere Aristóteles, los muchos amigos no lo son en realidad, porque «no es posible ser amigo decidido de un gran número de personas». Ciertamente, la red ofrece oportunidades magníficas de evangelización, gracias a las nuevas tecnologías. Benedicto XVI constataba que «el ambiente digital no es un mundo paralelo o puramente virtual, sino que forma parte de la realidad cotidiana de muchos, especialmente de los más jóvenes. Las redes sociales son el fruto de la interacción humana pero, a su vez, dan nueva forma a las dinámicas de la comunicación que crea relaciones».

El gran peligro es abusar de las redes sociales. En realidad, el Papa Francisco nos invita a no caer en el materialismo. Hoy nos encontramos en una paradoja: la carrera por hacerse rico —que denuncia el Obispo de Roma— y, al mismo tiempo, un cuidado excesivo del cuerpo (que se convierte en máscara) o su desprecio (impureza, muerte por aborto, cfr. LS 120). El hombre piensa que tiene un cuerpo, mientras que en realidad, es cuerpo y alma. En casa de Simón el fariseo, los pies de Cristo merecían ser perfumados por aquella mujer; ese gesto tiene un sentido natural que Cristo aprecia (cfr. Lc 7, 36-50); aunque la significación de los gestos humanos puede ser también alterada, como el beso de Judas, que provoca el reproche del Señor (cfr. Lc 22, 48). El Judas que había protestado cuando María en Betania derramó el perfume —alegando que su precio podría haberse empleado mejor con los pobres— hizo también que el Señor profetizara: A los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis (Jn 12, 8).

- Finalmente, nuestra condición material nos lleva necesariamente a echar raíces en un lugar y en una época. La encarnación del Verbo está ligada a la Judea de Herodes. Y es que hay un tema que, de vez en cuando, aparece en boca del Papa que los cardenales «han ido a buscar casi al fin del mundo»: la memoria, y concretamente la de los lugares. Judt ha remarcado que cada vez tenemos menos cosas en común con los mundos velozmente cambiantes de nuestros contemporáneos, y menos aún con los pasados.

Nuestra relación con el ambiente en que vivimos nos afecta, nos convertimos un poco en aquello que somos en función del sitio en el que vivimos (cfr. LS 147). Necesitamos sentirnos «en casa» (LS 151). «La espiritualidad no está desconectada del propio cuerpo ni de la naturaleza o de las realidades de este mundo» (LS 216). También el retorno a ciertos lugares conectados con nuestra infancia refuerza nuestra identidad (cfr. LS 84). Están ligados a una historia y una cultura (cfr. LS 143). Nuestros orígenes se enraízan en la tierra de nuestros antepasados (cfr. LS 146). Estamos invitados a percibir mejor el tema del exilio como retorno a la tierra, tan presente en la literatura universal, y especialmente en la Biblia. Bastaría mencionar el Salmo 137, cuyo canto evoca, a la vez, el recuerdo de la caída de Jerusalén y el del exilio en Babilonia, tema recurrente en diversas culturas. Exilio y dispersión están ligados al pecado. El drama del exilio está en el centro de nuestra historia y de nuestra identidad, desde la nostalgia del paraíso perdido a la tendencia hacia el Cielo, que es la vida en Dios; la literatura universal se hace eco de todo este drama. Los apellidos son a menudo topónimos. Además, un nombre, nomen, es también noumen, memoria; y —más que el omen (presagio)— el nombre puede ser elegido como inspiración (cfr. LS 10), programa o expresión de una vocación que, en algunos casos, contribuirán al renombre de la persona.

Los cristianos que, con ese nombre, hacen memoria de Cristo desde que se dispersaron a causa de las persecuciones (cfr. Hch 11, 26), se consideran exiliados aquí abajo, según canta la Salve Regina: “post hoc exilium”. La hospitalidad es la respuesta al dolor del exilio (cfr. LS 71). El Antiguo Testamento invitaba ya a amar al extranjero como a uno mismo (cfr. Lv 19, 33-34). Porque son «las grandes motivaciones que hacen posible la convivencia, el sacrificio, la bondad» (LS 200). A Cristo lo asociaron con su aldea, Nazaret (cf. Mt 21, 11; Jn 1, 45-46). Ahora bien, el gran inmigrante clandestino es Dios hecho Hombre en Cristo Jesús. Huyendo a Egipto, desconocido y después rechazado por los suyos, le vemos también volver a Galilea después de su resurrección (cfr. Mt 28, 11). Algunos le adoran, otros dudan. Nada impide pensar que Jesús volvería a los lugares de su infancia, su trabajo, su primera predicación, testigos de tantos fallos también, con la emoción y los recuerdos de ese Hombre perfecto que es, esencial y eternamente, el Hijo engendrado del Padre.

Al tema del exilio puede asociarse también el del retorno a casa, que a veces es fuente de grandes sufrimientos, como cuando se sueña con el soldado tras una larga ausencia. Es un argumento que Paul Claudel ha sabido expresar de manera penetrante, y que ha sido representado artísticamente, por ejemplo, en el cine. Ahora bien, en la pluma de Claudel, el retorno puede ser cruel, incluso más triste que la despedida: «El viajero regresa a su casa como un huésped; es extraño a todo, y todo es extraño para él. […] La separación se cumplió, y el destierro en el que entró lo sigue».

El mismo Claudel decía de Rimbaud: «Lo que buscabas tan lejos pasado el mar y más allá de las ciudades, tu madre y tu hermana lo sabían sin haber dejado Charleville». Porque el peor exilio es el exilio de uno mismo. Hay una «relación de cada persona consigo misma» (LS 141; cfr. LS 10). ¿Cómo encontrarse a sí mismo sin volver sobre sí? (cfr. Lc 15,17). En efecto, como dice el cardenal Carlo Caffarra en su comentario a la parábola del hijo pródigo, «el hombre está exiliado de lo más profundo de su personalidad», le hace falta volver a la memoria de una relación originaria y fundacional, la memoria de la casa del Padre (cfr. Lc 15, 11-32), entendida como Principio. Porque el gran y definitivo retorno nos llevará a la casa del Padre con nuestros hermanos los hombres.

Fraternidad universal, misericordia y llamada a la santidad

La paternidad universal de Dios es el fundamento de la «fraternidad universal» (LS 228), que va desde la familia —donde se acoge la vida (cfr. LS 213)— hasta la comunidad local; desde la patria hasta el mundo entero (cfr. LS 142, 157). La familia es un bien social. En la familia, recuerda el cardenal André Vingt-Trois, existe un vínculo social porque «los hijos son amados por sí mismos», tal como son, como eco del amor divino. Tomás de Aquino trata sobre el amor paternal y los padres que ven en los hijos una parte de ellos mismos, «ut aliquid sui existentes». Aquí la paternidad divina no sólo se manifiesta, sino que resplandece y se comunica.

De la gratuidad del amor fraterno, Francisco deduce que «es posible amar a los enemigos» (LS 228). El amor de los enemigos es una joya del mensaje evangélico. Nos enseña a diferenciar entre una ofensa y su autor. Nos unimos a la plegaria de intercesión de Cristo en la cruz: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34). Este amor a los enemigos es prueba de crecimiento en la intimidad filial con el Padre: Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial (Mt 5, 44-45; cfr. Mt 6, 12). El Señor invita a ese amor, a ese comprender a los enemigos, a través de san Juan, que no hace sino hablar del amor fraterno. San Agustín lo considera necesario para llegar a la esencia de la caridad, que es bondad y gratuidad pura. Demuestra que un cristiano aspira a comunicar los dones recibidos. Ve en su enemigo un hermano llamado a la misma santidad que él: «Si al amar a tu enemigo le deseas que sea tu hermano, amándole, amas a tu hermano. Pues no amas en él lo que es, sino lo que quieres que sea».

Ningún mandamiento es superfluo. Además, el amor a los enemigos es fuente de bienes para uno mismo, como manifiesta Antoine de Saint-Exupéry de forma provocadora, al afirmar lo mucho que nos forja la adversidad. Con santo Tomás, Francisco advierte un arte divino en acción: «El Espíritu de Dios llenó el universo con virtualidades que permiten que del seno mismo de las cosas pueda brotar siempre algo nuevo: “La naturaleza no es otra cosa sino la razón de cierto arte, concretamente el arte divino, inscrito en las cosas, por el cual las cosas mismas se mueven hacia un fin determinado. Como si el maestro constructor de barcos pudiera otorgar a la madera que pudiera moverse a sí misma para tomar la forma del barco”» (LS 80).

Para Saint-Exupéry el mar, que aparece aquí como símbolo de amenaza y de enemistad, contribuye también a dar forma a la nave. San Josemaría rezaba cada día con este versículo del Sal 27 [26], 3: «Si me declaran la guerra, me siento tranquilo». Le daba la vuelta al problema: «No os sintáis nunca enemigos de nadie», y confesaba: “no he necesitado aprender a perdonar, porque el Señor me ha enseñado a querer». Evidentemente el Papa Francisco no se inventa ninguna casuística moral ni «nuevos pecados» al hablar de los «pecados contra la creación» (LS 8, 66, 218). Se puede pecar cuando causamos un mal grave e injusto a nuestro prójimo. Siguiendo a Benedicto XVI, Francisco recuerda que cada criatura es palabra de Dios en cuanto que proclama a Dios (cfr. LS 233), e interpela a la responsabilidad del poder público, de emprendedores y ciudadanos, lo cual requiere una formación adecuada (cfr. LS 105). El Papa estigmatiza el consumismo (cfr. LS 34, 50, 203, 210, 219), relacionado o no con la ecología, porque éste ignora el largo plazo, el interés público (cfr. LS 184) y las realidades locales complejas (cfr. LS 144), y porque crea una cierta adicción (cfr. LS 204).

En los relatos de la creación, el hombre y la mujer son seres complementarios (cfr. Gn 2, 18-23), llamados a ser imagen de Dios, a ser fecundos y a dominar la tierra (cfr. Gn 1, 26-29). Con el pecado original, sin embargo, la persona humana se resquebraja en su relación consigo misma y con Dios, con el prójimo (representado aquí por el hijo, fruto de la fecundidad) y con la tierra. El Papa Francisco ofrece una definición del pecado en el marco de la vocación del hombre, ser relacional, descrita en el Génesis: «Estas narraciones sugieren que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra. Según la Biblia, las tres relaciones vitales se han roto, no sólo externamente, sino también dentro de nosotros. Esta ruptura es el pecado» (LS 66).

Cristo vino a remendar lo que fue desgarrado, y así, por ejemplo, pudo Francisco de Asís vivir «con simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturaleza y consigo mismo» (LS 10).

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Con su encíclica Rerum novarum, León XIII dio origen al campo doctrinal del magisterio pontificio de la doctrina social de la Iglesia, que forma parte del mensaje de la fe cristiana y contiene una enseñanza moral: orienta eficazmente el comportamiento humano y llega al «núcleo moral de los problemas» . Del mismo modo la LS puede marcar el comienzo de un conjunto orgánico de enseñanzas sobre la teología de la creación. Sin duda, sus repercusiones sobrepasarán los problemas actuales sobre el cuidado del ambiente. A la Rerum novarum (1891) siguieron los desarrollos doctrinales de la Quadragesimo anno de Pío XI, la carta Octogesimo adveniens de Pablo VI y otros textos, hasta la Centesimus Annus de Juan Pablo II y la Caritas in veritate de Benedicto XVI. Este tipo de exposición podría continuarse, si se diese el caso, con la prolongación de dichos textos magisteriales, aplicados a nuevas situaciones; lo cual brindaría un enfoque cada vez más coherente con el Evangelio de la creación. Por ejemplo, se podría profundizar este pasaje de la LS: «En realidad, la intervención humana que procura el prudente desarrollo de lo creado es la forma más adecuada de cuidarlo, porque implica situarse como instrumento de Dios para ayudar a brotar las potencialidades que él mismo colocó en las cosas» (LS 124).

Las enseñanzas de los santos contribuyen a este progreso. Han entendido el mundo como herencia de los hijos de Dios, que toman en posesión cuando, con el poder de la cruz —o sello del Espíritu Santo (cfr. Ef 1, 12-14)—, santifican las actividades temporales colaborando en que todas las cosas, purificadas del pecado, reflejen la gloria del Creador (cfr. Rm 8, 16-18.29; Ga 4, 4-7).

A partir de las obras creadas, recuerda Francisco, nos podemos elevar hacia una misericordia divina llena de amor (cfr. LS 77). Hay una relación directa entre el Año de la misericordia y LS, que recuerda «qué nos dicen los grandes relatos bíblicos acerca de la relación del ser humano con el mundo» (LS 65). Como escribió Juan Pablo II comentando el Génesis, «tal dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia» que nos fue revelada en Cristo.

Manifestada de modo eminente en Cristo, la misericordia divina se nos comunica íntimamente en su pasión, su muerte, su resurrección y su ascensión, y el envío del Espíritu Santo, misterios todos unidos al trabajo en Nazaret y a la vida pública. No se trata de una mera empatía con la desdicha del otro. Esa misericordia supone en efecto que ha habido una transformación interior a través del sufrimiento (cfr. Hb 2, 10 ; 4,15). Así sucedió en el caso de la Virgen María: «Así como lloró con el corazón traspasado la muerte de Jesús, ahora se compadece del sufrimiento de los pobres crucificados y de las criaturas de este mundo arrasadas por el poder humano» (LS 241).

¿Hace falta recordar que esa misericordia divina, tan presente en la predicación del Papa Francisco, es exigente? No se limita al perdón. No peques más (Jn 5, 14), dice Cristo al paralítico de Betesda después de curarlo. Anda, y en adelante no peques más (Jn 8, 11), escucha la pecadora perdonada. ¡No hay lugar aquí para el pesimismo antropológico! La cólera misma de Dios es compatible con su misericordia, explica Jean Daniélou. La misericordia exige que se reconozca el pecado, sin presunción (cfr. Si 5, 5-6), aun si, en la Biblia, la raíz “jdh” corresponde tanto a la confesión del pecado (cfr. por ej. Dn 9, 4 y Mc 1, 5) como a la alabanza del poder divino, salvífico y misericordioso (cfr. por ej. Sal 18 [17], 50 y Mt 11, 25).

«En la Biblia, el Dios que libera y salva es el mismo que creó el universo, y esos dos modos divinos de actuar están íntima e inseparablemente conectados» (LS 73). Este enfoque es el leitmotiv de la obra de Jean Daniélou. En la unidad del plan divino, existen categorías esenciales que manifiestan el comportamiento de Dios: bara, la iniciativa es siempre divina; emet, la verdad caracteriza la promesa porque hesed, Dios, que es misericordioso, hace alianza (bérith) de forma irrevocable, puesto que su justicia, tsédeq, aparece en el cumplimiento de su promesa que es la realización del diseño divino de salvación. En la LS toda la historia santa se despliega de manera implícita, desde la creación hasta el Eschaton, como las magnalia Dei (Si 18, 4). El tiempo de la misericordia es también tiempo de convocación, de llamada (cfr. Rm 1, 17; 1 Co 1, 2), tiempo de kerigma, de evangelización, de santidad. En la enseñanza de Josemaría Escrivá, la invitación a vivir santamente la vida ordinaria es «la manifestación más conmovedora de las magnalia Dei, de esas portentosas misericordias que Dios ha ejercido siempre, y no deja de ejercer, para salvar al mundo».

En el año jubilar 2015-2016, es alentador escuchar que la paternidad amorosa de Dios no es una paternidad blanda, sino que es el «clima» en el que se sitúa el «esfuerzo» del cristiano «por comportarse como hijo del Padre». Con un mismo amor, que es el fuego del Espíritu Santo, el «Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima», «nos atrae suavemente hacia Él, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones», invitándonos a seguir a Cristo, a imitarle, en una palabra, a identificarnos con él: una santidad ontológica y moral «de manera que pueda decirse que cada cristiano es no ya alter Christus, sino ipse Christus, ¡el mismo Cristo!». Esta divinización es dinámica, porque requiere una respuesta constante y heroica para dejar que Dios actúe, un vencimiento propio. Josemaría Escrivá confía en la capacidad del hombre de llegar más alto, con la gracia de Dios: «Oigamos al Señor, que nos dice: quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho, y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho (Lc 16, 10). Que es como si nos recordara: lucha cada instante en esos detalles en apariencia menudos, pero grandes a mis ojos; vive con puntualidad el cumplimiento del deber; sonríe a quien lo necesite, aunque tú tengas el alma dolorida; dedica, sin regateo, el tiempo necesario a la oración; acude en ayuda de quien te busca; practica la justicia, ampliándola con la gracia de la caridad. Son éstas, y otras semejantes, las mociones que cada día sentiremos dentro de nosotros, como un aviso silencioso que nos lleva a entrenarnos en este deporte sobrenatural del propio vencimiento. Que la luz de Dios nos ilumine, para percibir sus advertencias; que nos ayude a pelear, que esté a nuestro lado en la victoria; que no nos abandone en la hora de la caída, porque así nos encontraremos siempre en condiciones de levantarnos y de seguir combatiendo».

Por tanto, la misericordia es una llamada a la conversión, y «la conciencia de nuestra filiación divina da alegría a nuestra conversión: nos dice que estamos volviendo hacia la casa del Padre». Esta alegría no es otra que la actividad, a la vez dulce y encendida, del Espíritu Santo en nosotros. La misericordia divina no es, en absoluto, una bendición de la mediocridad, sino la invitación a que den fruto los talentos recibidos. Misericordia, que es compasión, y filiación divina son el clima de la forja materna de dolor y alegría. San Josemaría predicó esta misericordia. Fue también objeto suyo de devoción íntima, la devoción al amor misericordioso promovida por una religiosa francesa de la Visitación. El amor lleva consigo el don de sí, el sentido del sacrificio. «Con el Señor, la única medida es amar sin medida», porque «esta es la verdad del cristiano: entrega y amor —amor a Dios y, por Él, al prójimo». Además, las obras corporales de misericordia son exigentes: visitar a los enfermos, dar al que no tiene, enterrar a los muertos; y liberar a los prisioneros, también tarea ardua que se manifiesta en hacer frente a las «nuevas esclavitudes de la sociedad moderna», como el alcohol y la droga. Entre las obras de misericordia espiritual, el consejo y la corrección pueden ser difíciles de aceptar, y recibir una enseñanza no es siempre sencillo (cfr. Pr 15, 32).

La encíclica LS dirige nuestra mirada hacia la casa común, enseñándonos a contemplar a los que la habitan, y a preguntarnos acerca de nuestras relaciones interpersonales. Esta senda nos invita de nuevo a elevar los ojos al cielo. Entendemos el valor moral del respeto a la creación cuando pensamos que este mundo está llamado a ser figura de lo que, un día, serán los cielos nuevos y la tierra nueva (cfr. 2P 3, 13). «Hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto» (Rm 8, 22; cfr. LS 80): una llamada clara a una «ecología social» y a una «ecología interior». No sorprende, por tanto, que la LS sea concreta y espiritual a la vez: la «cultura ecológica» debería ser «un estilo de vida y una espiritualidad» (LS 111). Al mismo tiempo, «no podemos sostener una espiritualidad que olvide al Dios todopoderoso y creador» (LS 75). ¿No ha tenido el Papa Francisco que «expresar con dolor que la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual»? La LS hace un llamamiento insistente a una toma de conciencia: firmes en nuestra condición radical de hijas e hijos de Dios, encontramos, en la belleza de la obra divina, un espacio común para dialogar y trabajar, y que se convierta en un enclave natural donde «nos unimos para hacernos cargo de esta casa que se nos confió» (LS 244). En la historia, y con la colaboración de nuestra libertad, es cómo se realiza la unidad entre creación y Redención. Proceso dinámico, consecuencia de eso que Josemaría Escrivá llama «unidad de vida»: «En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No admitimos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte, en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones. Cristo nos espera. Vivamos ya como ciudadanos del cielo (Flp 3, 20), siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios».

Es así como el cristiano cuida de la creación, que se encamina hacia su plenitud. Y, como viene diciendo Francisco desde la inauguración de su ministerio en la cátedra de Pedro: «La vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación. […] Seamos “custodios” de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. […] Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza».

En la ciudad de los hombres, donde el alma experimenta el deseo de Dios, «el amor puede más» (LS 149) y despierta la esperanza de que es siempre posible (cfr. LS 205). En la ciudad de los hombres, «¡basta un hombre bueno para que haya esperanza!» (LS 71).

* Traducido del francés por Salvador Rego y Carlos Ayxelà. Revisado por el autor.


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