envelope-oenvelopebookscartsearchmenu

El significado secreto del jubileo. Artículo publicado en "Il Messaggero", Roma, 26-VI-1997

Desde el comienzo de su primera encíclica, Redemptor hominis, Juan Pablo II convoca a la Iglesia y a la humanidad al Jubileo del año 2000: un hito que, en la mente del Santo Padre, va mucho más allá que la mera conmemoración de una divisoria de aguas en la historia. El mismo Papa ha indicado que la preparación del Jubileo constituye la clave interpretativa de todo su pontificado: solamente bajo esta luz puede contemplarse la ejecutoria del Papa.

En los escritos del Santo Padre —pienso ahora en Cruzando el umbral de la esperanza— aparece a menudo la afirmación de que «el cristianismo es religión de salvación». En la base de la reflexión sobre el sentido del Jubileo encontramos el reconocimiento de la existencia del mal, que en todas sus formas hiere nuestra vida, así como la necesidad del perdón que Jesucristo nos ofrece en la Iglesia. Pero encontramos también la esperanza segura de la salvación, el innato optimismo cristiano que proyecta sobre el Jubileo la luz de una alegría imperecedera. El año jubilar, en efecto, es el año del renacimiento interior. En la reconciliación con Dios y con los hombres se descubre la principal manifestación de esa alegría que evoca la palabra "Jubileo".

Es preciso tener claro el significado de la conversión cristiana: por una parte, arrepentimiento y perdón; por otra, inseparablemente, esperanza y compromiso. Lo que a veces se olvida es que los dos aspectos están igualmente impregnados de esa paz profunda que sólo en Dios se encuentra.

En Jesús, el amor de Dios por el hombre se revela como un amor capaz de una paciencia infinita. Cristo se presenta al mundo como el Redentor que no sólo perdona, sino que cancela el mal, disuelve las sombras de nuestra alma, regenera. Alguien ha escrito que en la misericordia absoluta del Dios cristiano está la prueba más convincente de su omnipotencia: no hay límites para su perdón, precisamente porque Él mismo es Amor sin confines, un amor tan grande que soporta todo y todo perdona.

«Hijo, tus pecados te son perdonados» (Mc 2, 5): la certeza del perdón, otorgado por Jesús con expresiones de desarmante ternura al paralítico, a la mujer adúltera, al buen ladrón, a Pedro, inunda de alegría la conciencia de todo cristiano cuando, en el sacramento de la Confesión, la voz del sacerdote pronuncia la fórmula de la absolución: «... "Yo" te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo». No es el sacerdote quien nos perdona: es Dios mismo quien nos acoge.

Sin embargo, el núcleo de la moral cristiana no es la culpa. Ya es hora de despejar el campo de equívocos tan enraizados como artificiosos. La historia, también la más reciente, con sus masacres exterminadoras, desmiente las radiantes promesas de los ideólogos de una salvación puramente mundana. Solamente el Dios que padece en la Cruz puede salvar al hombre que sufre, y darle esa felicidad que el mundo no puede dar. El Beato Josemaría Escrivá ha escrito: «¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! —Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa; y, en el divino, se perdona. ¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia!» (Camino, n. 309). Lo que me urge subrayar ahora es que el perdón divino, más que al pasado, nos mueve a mirar al futuro. El sacramento de la Confesión es sacramento de alegría, principio de un nuevo nacimiento, nuevo punto de partida, invitación a redescubrir la esperanza de poder vivir verdaderamente una vida nueva, esto es, de poder recomenzar. La claridad con que, en la Tertio Millennio adveniente, el Santo Padre señala en la liberación del pecado y en la elección del bien las dos vertientes del camino de la conversión, nos debe hacer meditar. La conversión nace con el dolor, pero culmina en la esperanza y en la experiencia del bien. La alegría es patrimonio de quienes se saben hijos de Dios y quieren vivir como tales.

El Jubileo, por consiguiente, constituye sobre todo una ocasión para volver a asumir con plena coherencia nuestro testimonio cristiano. Hablaba antes de equívocos y prejuicios. La reflexión sobre el perdón desmiente la obsesión de que el cristianismo es una moral de prohibiciones y de que, por tanto, la vida del cristiano se reduce a una serie de renuncias y de cargas frustrantes. Cristo, Dios hecho carne, es perfecto hombre. Seguir a Jesús significa realizarse humanamente: significa la auténtica felicidad, no sólo en el Cielo, sino también en la tierra. Liberación de los restos del egoísmo, de la desconfianza, de la sospecha, incrustados en el carácter a causa de nuestras rendiciones ante el mal; libertad interior y capacidad de comunicar todo el bien que nos ha sido dado y para el que hemos sido creados: ésta es, en síntesis, la verdadera experiencia del cristiano.

Sin embargo, tanto la fe como la experiencia rechazan el espejismo —tentación perenne de todas las ideologías— del reinado del bien sobre la tierra. El cristiano recomienza cada día, está siempre poniéndose en camino, mira hacia adelante, cae una y otra vez, pero —porque cree en la salvación de Cristo— nunca deja de levantarse. Esto no elimina el mal del mundo. No habrá nunca una paz total sobre la tierra; por eso hay que practicar continuamente la lección del perdón. Sólo cuando el hombre, perdonado por Dios de sus errores, que nunca faltan, aprende a perdonar cada vez que sufre un agravio; sólo cuando los grupos y las naciones —hombres, en definitiva— se hacen capaces de perdonar, reemprende en la historia el camino de la paz.

No es mera retórica lo que incita al Papa a hacerse presente en los territorios lacerados por los conflictos de nuestro tiempo con el fin de predicar, de suplicar el perdón para los adversarios. No es ingenua la insistencia con que, en tantos documentos, renueva el augurio de una «notable reducción, si no una total condonación, de la deuda internacional, que grava sobre el destino de muchas naciones». En el perdón, efectivamente, descubrimos la señal de un camino de reconciliación que presupone siempre la sinceridad, es decir, el reconocimiento de la responsabilidad operativa que incumbe a todos los hombres y a todas las naciones. Y en esta madura asunción de responsabilidad, en este decidirse positivamente a hacer lo que está en nuestras manos para mejorar las cosas, comenzando por uno mismo, se encuentra la diferencia entre la esperanza y la mentira de las utopías intramundanas.

+Javier Echevarría
Obispo Prelado del Opus Dei

Romana, Nº 24, Enero-Junio 1997, p. 104-106.