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«El cristiano no puede esperar pasivamente el fin de la historia», artículo publicado en “Il Tempo” de Roma, el domingo de Pascua, (12-IV-1998)


«He resucitado y viviré siempre contigo»: con estas palabras comienza la Misa del día de Pascua. Cristo nos asegura que su victoria sobre la muerte es garantía y promesa de un renovamiento profundo de la vida de cada cristiano y del mundo entero. Cristo, en efecto, vive, y está con nosotros para siempre. Una mirada superficial al mundo y a las constantes heridas que lo afligen parecería desmentir la confianza de los creyentes en la presencia perenne de Jesús en la historia. Sin embargo, si la Resurrección constituye el fundamento más sólido de la fe, como afirma San Pablo (cfr 1 Cor 15, 16-17), ninguna tragedia, ni histórica ni individual, puede convertir en ilusoria la esperanza cristiana.

La Pascua nos obliga a mirar con ojos distintos nuestra propia vida y la misma historia del mundo. Desde hace dos mil años ya, los cristianos creen que Cristo ha vencido sobre la muerte y el pecado. Desde hace dos mil años, se obstinan en cultivar la certeza de que el mal pertenece a una fase transitoria del acontecer humano. Y desde hace esos dos mil años la experiencia cotidiana parece querer inducirles al desencanto. Es por eso muy común, aun en países de antigua tradición cristiana, la idea de que la fe es una de las tantas ilusiones propias de la infancia, cuando todavía se cree que todos los hombres son buenos. Después, hay que crecer, afrontar la vida: el hombre maduro —se dice— es aquel que conoce el mal.

Hoy debemos comprender, una vez más y mejor, que Cristo venció verdaderamente al pecado. Esto significa que, para quien mira el mundo con ojos de verdadera fe, el pecado —aunque con su potencia devastadora obstaculice las relaciones entre los hombres, arranque de los corazones la confianza recíproca y reduzca la necesidad de amor al instinto de autodefensa— en realidad no deja de ser algo anecdótico, y un día tendrá fin. Se nos muestra duro, amargo, difícil de combatir; pero, pese a todo, e inevitablemente está destinado a desaparecer de la escena del mundo. El cristiano sabe que la victoria de Cristo es segura. Cree firmemente que el mal se verá cancelado. Cree que triunfarán el amor y la justicia.

Pero el cristiano no puede esperar pasivamente el fin de la historia, porque es ciudadano del mundo, llamado por Cristo a colaborar con la salvación, a la lucha contra el mal. En una homilía sobre la Pascua, el Beato Josemaría Escrivá escribe: «Se comprende muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes (...) no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado (...). Comprendo y comparto esa impaciencia» (Es Cristo que pasa, n. 111). Pero la conclusión de estas consideraciones constituye un grito de optimismo: «La experiencia del pecado no nos debe hacer dudar de nuestra misión» (ibid., n. 114). Estamos llamados a tomar parte en la Pasión de Cristo, para ser así partícipes también de su Resurrección y difundir su potencia salvífica. Mientras estemos sobre la tierra, el mal se mezclará siempre con el bien, como la cizaña con el grano de trigo. Por eso, la vida cristiana es una llamada continua a la conversión, lucha contra el pecado, y no presunción de impecabilidad. «Ave Rex noster: tu solus nostrus es miseratus errores», hemos recitado en la liturgia del miércoles santo: Cristo tiene compasión de nuestros errores y los sana.

La Pascua nos confirma en la esperanza. La victoria de Cristo es también nuestra victoria. Acogiendo la gracia que nos llega por medio de los sacramentos de la Iglesia, podemos verdaderamente eliminar poco a poco el mal de nuestra vida. Y así llegar a ser partícipes del amor salvífico de Cristo, difundiendo en el mundo el don que Él ha venido a traer a los hombres: el amor que perdona y salva.

Si «don» es la palabra más frecuente entre quienes se aman, ¿cómo vamos a maravillarnos de que ese apelativo de «Don» sea uno de los nombres del Espíritu Santo, Persona de la Santísima Trinidad en la que toda la Iglesia medita durante este segundo año de preparación para el Gran Jubileo? Precisamente Él, el Espíritu Santo, como da a entender el apóstol Juan (cfr Jn 7, 39), no podía ser donado a la humanidad si no hubiera existido el Viernes Santo. La Resurrección sucede a la Cruz.

Esta ciudad de Roma está palpando el empeño apasionado del Vicariato para coordinar los esfuerzos destinados al desarrollo de la Misión Ciudadana de preparación del Gran Jubileo. Se trata de una llamada a nuestro compromiso de testigos del Evangelio, a nuestra fe y a nuestra esperanza en Cristo vivo. Una verdadera movilización al servicio de las necesidades espirituales de todos los romanos, porque, como el Santo Padre ha recordado durante estos días, la Iglesia debe servir al hombre si quiere servir a Dios.

Romana, Nº 26, Enero-Junio 1998, p. 97-99.