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7 de octubre. Audiencia del Santo Padre y Misa de acción de gracias

El día 7 la plaza de San Pedro fue de nuevo escenario de una concentración inusual de fieles. El tradicional triduo de acción de gracias que suele seguir a toda canonización iba a comenzar esta vez allí mismo, en el “epicentro” de la catolicidad, con una Misa celebrada por el Prelado del Opus Dei a la que iban a asistir muchas de las personas –casi todas, en realidad– que habían participado en la canonización.

Con Monseñor Echevarría concelebraron Monseñor Fernando Ocáriz, Vicario General de la Prelatura, Monseñor Francisco Vives, Vicario Secretario Central, y todos los Vicarios Regionales.

En su homilía, el Prelado del Opus Dei animó a los fieles a convertir el natural sentimiento de gratitud por la canonización en obras de fidelidad a Dios y de servicio a las almas. Este es el texto completo:

1. Laudate Dominum omnes gentes (Sal 116 [117] 1), alabad al Señor todas las gentes. La invitación del Salmo responsorial, que ha resonado hace unos momentos, constituye un buen resumen de los sentimientos que se desbordan hoy de nuestro corazón: Deo omnis gloria!, para Dios toda la gloria. Queremos adorar al Dios tres veces Santo y darle gracias por el don con que ha enriquecido a la Iglesia y al mundo: la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, Fundador del Opus Dei, realizada ayer por nuestro amadísimo Papa Juan Pablo II.

Nuestra gratitud se dirige también al Santo Padre, que ha dado cumplimiento a este designio de la Trinidad: mientras nos disponemos a elevar nuestra plegaria al Cielo, confiamos al Señor su Augusta Persona y sus intenciones. Sabemos que esta súplica agradará mucho a San Josemaría, que amó con toda su alma al Vicario de Cristo en la tierra, hasta el punto de no separar nunca ese amor al Papa del que profesaba a Jesucristo y a su Madre bendita. En efecto, desde el mismo instante en que el Señor irrumpió en su alma con los primeros barruntos del Opus Dei, que entonces aún no conocía, comenzó a rezar y a trabajar para hacer realidad el clamor que brotaba de su corazón: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, todos, con Pedro, a Jesús por María.

Todos los participantes en esta Santa Misa, y las innumerables personas unidas espiritualmente a nosotros en el mundo entero, nos reconocemos gustosamente deudores del nuevo santo que Dios ha concedido a la Iglesia. Muchos de nosotros hemos obtenido por su intercesión gracias y favores de todo tipo. No pocos nos esforzamos por seguir sus pasos de fidelidad al Señor en la tierra, tratando de reproducir en nuestras almas el espíritu que él encarnó. A todos, San Josemaría nos ha mostrado –con su ejemplo y con sus enseñanzas– un modo bien concreto de recorrer la senda de la vocación cristiana, que tiene como meta la santidad. Por esto, la canonización del Fundador del Opus Dei asume los rasgos característicos de una fiesta: la fiesta de esta gran familia de Dios, que es la Iglesia. Por todo esto queremos dar gracias al Señor en esta celebración eucarística.

2. No han transcurrido cuarenta años desde que el Concilio Vaticano II proclamó la llamada universal a la santidad y al apostolado (cfr. Lumen gentium, cap. V), pero queda aún mucho camino por recorrer, hasta que esa verdad llegue efectivamente a iluminar y a guiar los pasos de los hombres y las mujeres de la tierra. Lo ha recordado explícitamente el Romano Pontífice, en su Carta apostólica Novo Millennio ineunte, al proponer esa doctrina como «fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio» (n. 31).

Todos en la Iglesia, cada Pastor y cada fiel, estamos llamados a comprometernos personalmente en la búsqueda diaria de la santidad personal y a participar –también personalmente– en el cumplimiento de la misión que Cristo nos ha confiado. Si el siglo XX ha sido testigo del “redescubrimiento” de esa llamada universal –que estaba contenida en el Evangelio desde el principio, y de la que San Josemaría Escrivá fue constituido heraldo por la personal vocación divina recibida (cfr. Misa de San Josemaría Escrivá, Colecta)–, el siglo que estamos recorriendo ha de caracterizarse por una más efectiva y extensa puesta en práctica de esa enseñanza. He aquí uno de los grandes desafíos que el Espíritu lanza a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

San Josemaría Escrivá procuró despertar esta urgencia de santidad en todos los hombres. El hecho de que su canonización haya tenido lugar en los albores del nuevo siglo, resulta particularmente significativo. Su mensaje resuena con especial fuerza en los momentos actuales: «Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa –homo peccator sum (Lc 5, 8), decimos con Pedro–, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: no es necesario abandonar el propio estado en el mundo, para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo» (Carta 24-III-1930, n. 2).

3. En todo instante –como aconsejaba el nuevo Santo ya desde los años 30 (cfr. Camino, n. 382)– hay que buscar al Señor, encontrarle y amarle. Sólo si nos esforzamos día tras día en recorrer estas tres etapas, llegaremos a la plena identificación con Cristo: a ser alter Christus, ipse Christus. «Quizá comprendéis –os repito con sus palabras– que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre (...). Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos (cfr. Flp 3, 20)» (Amigos de Dios, n. 300).

A Jesús le encontramos en la oración, en la Eucaristía y en los demás sacramentos de la Iglesia; pero también en el cumplimiento fiel y amoroso de los deberes familiares, profesionales y sociales propios de cada uno. Se trata en verdad de un objetivo arduo, que sólo al final del peregrinar terreno podremos alcanzar plenamente. «Pero no me perdáis de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana». Así exhortaba San Josemaría en una de sus homilías; y añadía: «Por eso te digo que, si deseas portarte como un cristiano consecuente (...), has de poner un cuidado extremo en los detalles más nimios, porque la santidad que Nuestro Señor te exige se alcanza cumpliendo con amor de Dios el trabajo, las obligaciones de cada día, que casi siempre se componen de realidades menudas» (Ibid., n. 7).

Santificar el trabajo. Santificarse con el trabajo. Santificar a los demás con el trabajo. En esta frase gráfica resumía el Fundador del Opus Dei el núcleo del mensaje que Dios le había confiado, para recordarlo a los cristianos. El empeño por alcanzar la santidad se halla inseparablemente unido a la santificación de la propia tarea profesional –realizada con perfección humana y rectitud de intención, con espíritu de servicio– y a la santificación de los demás. No es posible desentenderse de los hermanos, de sus necesidades materiales y espirituales, si se quiere caminar en pos del Señor. «Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor; que tomemos parte como ciudadanos corrientes en todas las actividades temporales, para ser levadura (cfr. Mt 13, 33) que ha de informar la masa entera (cfr. 1 Cor 5, 6)» (Es Cristo que pasa, n. 120).

4. La Providencia divina ha dispuesto que la trayectoria terrena de San Josemaría Escrivá tuviese lugar en el siglo XX, tiempo que ha presenciado enormes desarrollos de la ciencia y de la técnica, que no siempre, por desgracia, han estado al servicio del hombre. En efecto, es preciso reconocer que, junto a logros admirables del espíritu humano, en este tiempo nuestro abundan los torrentes de aguas amargas, que tratan inútilmente de apagar la sed de felicidad de los corazones. Pero también es cierto –como escribió Mons. Álvaro del Portillo– que, con el mensaje espiritual del nuevo Santo, «todas las profesiones, todos los ambientes, todas las situaciones sociales honradas (...) han quedado removidas por los Ángeles de Dios, como las aguas de aquella piscina Probática recordada en el Evangelio (cfr. Jn 5, 2 y ss), y han adquirido fuerza medicinal» (Carta pastoral, 30-IX-1975, n. 20).

Al recordar al primer sucesor de nuestro Padre, a don Álvaro del Portillo, sentimos muy cerca su presencia espiritual en estos momentos. Con él podemos afirmar, llenos de agradecimiento a Dios, que gracias a la doctrina y al espíritu del Fundador del Opus Dei, «hasta de las piedras más áridas e insospechadas han brotado torrentes medicinales. El trabajo humano bien terminado se ha hecho colirio, para descubrir a Dios en todas las circunstancias de la vida, en todas las cosas. Y ha ocurrido precisamente en nuestro tiempo, cuando el materialismo se empeña en convertir el trabajo en un barro que ciega a los hombres, y les impide mirar a Dios» (Ibid.).

Saludo a quienes habéis acudido a Roma desde países de lengua inglesa, para asistir a la canonización de San Josemaría Escrivá. Al regresar a vuestros hogares, llevad con vosotros y tratad de poner en práctica las enseñanzas del nuevo Santo. Pedid a San Josemaría que os enseñe a convertir la prosa diaria –las situaciones más comunes– en versos de poema heroico: en afanes y realidades de santidad y de apostolado.

A los que procedéis de países de lengua francesa, os recuerdo la importancia de colaborar en la misión apostólica de la Iglesia, que es deber de todo cristiano, procurando fecundar con el espíritu del Evangelio las artes y las letras, las ciencias y la técnica. Pedid la intercesión de San Josemaría, para llevar a la práctica aquella aspiración que Dios mismo grabó en su alma: poner a Cristo –con nuestro trabajo, sea el que sea– en la cumbre de todas las actividades humanas.

Hoy la Iglesia venera a la Virgen Santísima con la advocación de Nuestra Señora del Rosario. Me da alegría pensar que la canonización de nuestro Fundador ha tenido lugar en la víspera de una fiesta de Santa María; esta coincidencia es como un signo más de su cariñosa asistencia de Madre. A su mediación materna acudimos, llenos de confianza, al tiempo que renovamos nuestro agradecimiento al Señor por esta canonización. Deo omnis gloria!, repito una vez más, mientras pedimos que se difunda entre los cristianos, cada día con más fuerza, el deseo de santidad personal y de apostolado en las circunstancias de la vida ordinaria. Así sea.

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Terminada la Misa, en la que, como el día anterior, cientos de sacerdotes descendieron en procesión hasta el final de la Via della Conciliazione para distribuir la comunión, el Papa llegó en automóvil a la plaza y dio comienzo la esperada audiencia.

Cuando Juan Pablo II se sentó y los aplausos se aplacaron, el Prelado del Opus Dei, en nombre de todos los presentes, dirigió al Santo Padre un afectuoso saludo:

Beatísimo Padre.

Hace diez años, en esta misma Plaza, mi inolvidable predecesor como Prelado del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo, dirigía a la Santidad Vuestra unas sentidas palabras de agradecimiento tras la beatificación de Josemaría Escrivá. Hoy me corresponde a mí el honor inmerecido de manifestar la alegría y la gratitud de los millares de fieles y cooperadores de la Prelatura, y de los innumerables devotos de San Josemaría Escrivá que, en Roma y fuera de Roma, han participado con intenso júbilo en la ceremonia de canonización. Gracias, Santo Padre.

El solemne reconocimiento de la santidad de este siervo bueno y fiel, a quien Dios Nuestro Señor constituyó en heraldo de la llamada universal a la santidad y al apostolado en las circunstancias ordinarias de la vida, invita a todos los católicos a salir al encuentro de Dios en el cumplimiento de los propios deberes familiares, profesionales y sociales.

La canonización de Josemaría Escrivá es, sin duda alguna, un don para el mundo entero, porque siempre tendremos necesidad de intercesores ante el trono de Dios. Entraña un nuevo motivo de confianza especialmente para los fieles laicos, que ven reafirmada una vez más su excelsa vocación de hijos de Dios en Jesucristo, llamados a ser perfectos como el Padre celestial (cfr. Mt 5, 48) en las circunstancias ordinarias de la vida. Como ha escrito Vuestra Santidad en la Carta apostólica Novo Millennio ineunte, «es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria» (n. 31). Entiendo que San Josemaría Escrivá ha sido uno de los que se han anticipado a los tiempos, recordando la llamada universal a la santidad y al apostolado que con tanta fuerza proclamó el Concilio Vaticano II. En efecto, no sólo difundió por el mundo esta doctrina, respaldada por el ejemplo de su lucha ascética alegre y constante, sino que abrió en la Iglesia, por Voluntad divina, un camino de santificación «viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo», otro signo elocuente de la misericordia divina con los hombres y eficaz instrumento al servicio de la Iglesia para el cumplimiento de la misión salvífica.

Millones de personas, Santo Padre, están hoy de fiesta en el mundo entero, dentro y fuera de los confines visibles de la Iglesia. Son muchos, en efecto, los no católicos e incluso los no cristianos que admiran la figura de Josemaría Escrivá y acuden a sus enseñanzas como fuente inspiradora de su propia conducta y de su actividad profesional y social. También estas personas han recibido un impulso esperanzado en el esfuerzo por mejorar nuestro mundo, afligido por injusticias y, al mismo tiempo, deseoso de comprensión y de paz.

En los diez años transcurridos desde la beatificación de Josemaría Escrivá, la acción apostólica de los fieles y cooperadores de la Prelatura del Opus Dei se ha extendido en intensidad y amplitud por muchos países. Sostenidos por la gracia de Dios, han multiplicado sus iniciativas en favor de todo tipo de personas, especialmente de las más necesitadas. Con ocasión del centenario del nacimiento de San Josemaría Escrivá, se han promovido decenas de iniciativas de formación humana y profesional en países en vías de desarrollo y en los barrios pobres de varias grandes ciudades. Se ha querido testimoniar así que la búsqueda de la santidad personal –la unión con Dios– es inseparable de la solicitud –con hechos concretos– por el bien material y espiritual de los hermanos.

Antes de terminar, deseo asegurar a Vuestra Santidad la asidua y ferviente oración por la Persona y las intenciones del Santo Padre, que constantemente elevan al Cielo los fieles y los cooperadores del Opus Dei en el mundo entero. Confío esas plegarias a la Santísima Virgen, a quien hoy recordamos especialmente bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario: enriquecidas por su mediación materna ante Jesús, esas oraciones ayudarán a la Santidad Vuestra en el feliz cumplimiento de la misión de Supremo Pastor.

Santo Padre: permita que le dé las gracias, una vez más, de todo corazón. Al disponernos a acoger y meditar sus palabras, y al felicitarle en nombre de todos por el próximo aniversario de su elección como Sucesor de Pedro, le pido para los fieles y los cooperadores de la Prelatura del Opus Dei, para los incontables devotos de San Josemaría Escrivá, y para mí mismo, la fortaleza de la Bendición Apostólica.

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El Papa respondió con las siguientes palabras:

!Queridísimos hermanos y hermanas!:

Con alegría os dirijo mi cordial saludo, en este día que sigue al de la canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Agradezco a S.E. Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, las palabras con las que se ha hecho intérprete de todos los presentes. Saludo con afecto a los numerosos Cardenales, Obispos y sacerdotes que han querido participar en esta celebración.

Este encuentro festivo une a una gran variedad de fieles, procedentes de muchos países y pertenecientes a los más diversos ambientes sociales y culturales: sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, intelectuales y trabajadores manuales. Es éste un signo del celo apostólico que ardía en el alma de San Josemaría.

En el Fundador del Opus Dei destaca el amor a la voluntad de Dios. Existe un criterio seguro de santidad: la fidelidad en el cumplimiento de la voluntad divina hasta las últimas consecuencias. El Señor tiene un proyecto para cada uno de nosotros, a cada uno confía una misión en la tierra. El santo no consigue ni siquiera imaginarse a sí mismo al margen del designio de Dios: vive sólo para realizarlo.

San Josemaría fue escogido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que las actividades comunes que componen la vida de todos los días son camino de santificación. Se podría decir que fue el santo de lo ordinario. En efecto, estaba convencido de que, para quien vive en una perspectiva de fe, todo es ocasión de encuentro con Dios, todo es estímulo para la oración. Vista de este modo, la vida cotidiana revela una grandeza insospechada. La santidad aparece verdaderamente al alcance de todos.

Escrivá de Balaguer fue un santo de gran humanidad. Todos los que lo trataron, de cualquier cultura o condición social, lo sintieron como un padre, entregado totalmente al servicio de los demás, porque estaba convencido de que cada alma es un tesoro maravilloso; en efecto, cada hombre vale toda la Sangre de Cristo. Esta actitud de servicio es patente en su entrega al ministerio sacerdotal y en la magnanimidad con la cual impulsó tantas obras de evangelización y de promoción humana en favor de los más pobres.

El Señor le hizo entender profundamente el don de nuestra filiación divina. Él enseñó a contemplar el rostro tierno de un Padre en el Dios que nos habla a través de las más diversas vicisitudes de la vida. Un Padre que nos ama, que nos sigue paso a paso y nos protege, nos comprende y espera de cada uno de nosotros la respuesta del amor. La consideración de esta presencia paterna, que lo acompaña a todas partes, le da al cristiano una confianza inquebrantable; en todo momento debe confiar en el Padre celestial. Nunca se siente solo ni tiene miedo. En la Cruz –cuando se presenta– no ve un castigo sino una misión confiada por el mismo Señor. El cristiano es necesariamente optimista, porque sabe que es hijo de Dios en Cristo.

San Josemaría estaba profundamente convencido de que la vida cristiana implica una misión y un apostolado, de que estamos en el mundo para salvarlo con Cristo. Amaba el mundo apasionadamente, con “amor redentor” (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 604). Por eso sus enseñanzas han ayudado a tantos cristianos corrientes a descubrir el poder redentor de la fe, su capacidad de transformar la tierra.

Éste es un mensaje que tiene abundantes y fructuosas implicaciones para la misión evangelizadora de la Iglesia. Promueve la cristianización del mundo “desde dentro”, mostrando que no puede haber conflicto entre la ley divina y las exigencias del genuino progreso humano. Este santo sacerdote enseñó que Cristo ha de ser el ápice de toda actividad humana (cfr. Jn 12,32). Su mensaje mueve al cristiano a actuar en los lugares en los que se modela el futuro de la sociedad. De la presencia activa del laico en todas las profesiones y en las fronteras más avanzadas del desarrollo ha de derivar forzosamente una contribución positiva al fortalecimiento de esa armonía entre fe y cultura de que tan necesitado está nuestro tiempo.

San Josemaría Escrivá ha gastado su vida en servicio de la Iglesia. Los sacerdotes, los laicos que siguen los más diversos caminos, los religiosos y las religiosas encuentran en sus escritos una fuente estimulante de inspiración. Queridos hermanos y hermanas, al imitarle con apertura de espíritu y de corazón, dispuestos a servir a las Iglesias locales, estáis contribuyendo a dar fuerza a la “espiritualidad de comunión”, indicada en la Carta apostólica Novo millennio ineunte como uno de los objetivos más importantes para nuestro tiempo.

Me es grato terminar con una referencia a la fiesta litúrgica de hoy, Nuestra Señora del Rosario. San Josemaría escribió un hermoso libro titulado Santo Rosario que se inspira en la infancia espiritual, disposición de espíritu propia de quienes quieren llegar a un total abandono en la voluntad divina. De todo corazón confío a la protección maternal de María a todos vosotros, con vuestras familias y vuestros apostolados, y os agradezco vuestra presencia.

Doy las gracias de nuevo a todos los presentes, especialmente a los que han venido de lejos. Os invito, queridísimos hermanos y hermanas, a llevar a todas partes un claro testimonio de fe, según el ejemplo y las enseñanzas de vuestro santo Fundador. Os acompaño con mi oración y de todo corazón os bendigo, así como a vuestras familias y vuestras actividades.

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Algunos fieles pudieron acercarse luego al altar para saludar al Papa. Entre ellos estaba el doctor Manuel Nevado Rey, cuya curación milagrosa de una radiodermitis crónica en las manos por intercesión del Fundador del Opus Dei había abierto las puertas de la canonización al nuevo santo.

Ese mismo día, Su Beatitud Teoctist, Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rumana, comenzaba una visita a Roma. El Papa lo recibió en la misma plaza, al término de la audiencia con los participantes en la canonización de San Josemaría. Los cientos de miles de fieles presentes en la plaza interrumpieron varias veces con aplausos tanto el discurso de Teoctist como el de Juan Pablo II, expresando así su deseo de que llegue pronto el día en que se alcance la plena unidad entre todos los cristianos.

Por la tarde, como el día anterior, muchas personas acudieron a la basílica de San Eugenio para rezar ante los sagrados restos de San Josemaría. Una exposición fotográfica sobre su vida y su mensaje había sido instalada en el patio que separa el templo de los edificios contiguos.

Romana, Nº 35, Julio-Diciembre 2002, p. 208-218.

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