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En la Misa celebrada en la Fiesta de San Josemaría, Parroquia de San Josemaría

Queridos hermanos y hermanas.

1. San Ambrosio afirma que «el nacimiento de los santos va acompañado de una alegría general, porque los santos son un bien que pertenece a todos» [1]. También el 26 de junio, dies natalis de San Josemaría Escrivá, es un día de alegría para la Iglesia y de exultación para las personas – centenares de millares– que en todo el mundo colman grandes templos urbanos y pequeñas iglesias rurales para dar gracias a Dios, siempre admirable en sus santos [2], por habernos concedido este amigo y protector. Si bien la devoción a este santo sacerdote se ha difundido en todo el mundo, pienso que, en Roma, esta festividad adquiera una fuerza especial, porque aquí el fundador del Opus Dei entregó su alma a Dios y aquí, en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, se veneran sus restos sagrados.

Este año es la primera vez que conmemoramos a Josemaría Escrivá con el título de santo, canonizado por el Santo Padre Juan Pablo II el pasado 6 de octubre. Por esta razón el día de hoy asume un tono particularmente festivo para nosotros, que deseamos inspirar nuestra vida cristiana con su espíritu y con el ejemplo de sus enseñanzas, y que nos sentimos deudores de su intercesión por tantas gracias y favores recibidos del Cielo.

San Josemaría es y será siempre una figura muy cercana a nosotros. No sólo por su personalidad de gran alcance histórico, sino porque recurrimos de forma habitual a su intercesión en las diversas necesidades cotidianas, también en las más pequeñas. Hemos experimentado su paternidad, sabemos que nos escucha, nos acompaña, nos sostiene. Verdaderamente se trata de una figura familiar, pues aún no han pasado muchos años desde su marcha al Cielo. Algunos de nosotros lo hemos conocido personalmente; pero pienso que todos nos dirigimos a él en la intimidad de nuestra alma, donde el Señor le concede el hacerse presente para ayudarnos a recorrer el camino de la santidad y del compromiso apostólico.

Gratias tibi, Deus, gratias tibi! Nuestro agradecimiento adquiere hoy una intensidad muy particular. Damos gracias, en primer lugar, a la Trinidad Santísima, que ha donado al mundo y a la Iglesia este siervo santo, alegre, lleno de celo apostólico. Damos gracias a la Virgen María, porque todas las gracias nos llegan a través de su mediación materna. Gracias, en fin, a San Josemaría por su fidelidad, por la completa dedicación a la misión que Dios le asignó desde la eternidad: abrir en el mundo un camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano, como recita la oración con la cual millones de personas invocan su intercesión. Un camino que puede ser recorrido –de hecho ya lo recorren– por innumerables hombres y mujeres de las más diversas condiciones. Gratias tibi, Deus, gratias tibi!

2. El Evangelio de la Misa es una invitación a considerar, una vez más, la llamada de Jesús a sus primeros discípulos. El Señor fue a buscar a Pedro y a Andrés mientras se encontraban inmersos en su trabajo profesional. Les pide prestada la barca y que la alejen un poco de la orilla para poder dirigir la palabra a la muchedumbre. Cuando terminó de hablar, les invitó a navegar mar adentro y a lanzar las redes para la pesca. Simón Pedro, después de alguna resistencia inicial vencida por la fe en la palabra de Jesús, asistió estupefacto al milagro de una pesca extraordinaria. Luego, ante la invitación del Señor –desde ahora serán hombres los que has de pescar [3]- maduró la decisión de acompañar a Jesús para siempre, junto con los otros once: sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron [4].

San Josemaría meditó con frecuencia este episodio, en el que descubría una clara confirmación del encargo que Dios le había encomendado: mostrar a todos los hombres que el trabajo profesional, los asuntos seculares, pueden ser ocasión de un encuentro personal con Cristo, que a todos llama a la santidad y al apostolado. En un punto de Camino resume así estas consideraciones: «Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. –¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión?

Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores...

Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos» [5].

A partir de 1928, el Fundador del Opus Dei predicó incansablemente este mensaje y se empeñó por difundirlo y ponerlo en práctica. Éste fue el objetivo de su existencia terrena, la tarea a la que dedicó todas sus energías, los recursos humanos y sobrenaturales con los cuales Dios le había dotado. Ahora, desde el Cielo, prosigue en el cumplimiento de esta misión, intercediendo ante el trono de Dios para que muchos hombres y muchas mujeres se dediquen con todas sus fuerzas a seguir a Jesús de cerca: para que busquen la identificación con Cristo –en esto consiste la santidad– en las circunstancias ordinarias de la vida.

En los veintiocho años transcurridos desde el tránsito del Fundador del Opus Dei al Cielo, han llegado a las oficinas de la Prelatura más de ciento veinte mil relaciones de gracias atribuidas a la intercesión de San Josemaría. Provienen de todas las partes del mundo: desde la salva amazónica hasta las nieves de la Antártida, desde grandes ciudades hasta pequeños pueblos perdidos. Examinando esta masa de testimonios, uno se percata rápidamente de que, además de atender los más diversas peticiones que se le hacen, concede a sus devotos en primer lugar muchas gracias espirituales. Así hace honor a la promesa que tantas veces formuló en los últimos años de su vida, cuando comenzó a considerar que se acercaba el momento de su encuentro con Dios: desde el Cielo os ayudaré más.

A vosotros que me escucháis, os aconsejo recurrir a San Josemaría en todas vuestras necesidades materiales y espirituales, grandes y pequeñas. El Padre os sigue con afecto, con atención, y obtendrá ciertamente de Dios para vosotros mucho más de lo que solicitáis. Pedid con fe, con insistencia, buscando identificaros con la Voluntad divina, hacerla vuestra y cumplirla. Con la intercesión de San Josemaría, acercaos con frecuencia a los canales de la gracia que son los sacramentos.

3. Desde el 2 de octubre de 1928, cuando Dios le desveló la inmensa tarea para la que le había destinado, San Josemaría fue plenamente consciente de que esa misión no podía circunscribirse a un lugar o a un tiempo determinado, sino que poseía un alcance universal y permanente. La vida ordinaria –la familia, el trabajo, las relaciones sociales, etc.,– son realidades permanentes. Como afirmó el Papa el día de la canonización, resumiendo el mensaje de San Josemaría, «el trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana» [6].

La universalidad de la figura y de la enseñanza de San Josemaría se refleja, con palmaria evidencia, en la variedad de los lugares donde es venerado. Hoy o en los próximos días será conmemorado en las Misas que se desarrollarán en centenares de ciudades de los cinco continentes, muchas de ellas celebradas por los respectivos Obispos diocesanos.

Escuchando en el Evangelio el mandato imperioso de Jesús –duc in altum!–, resuena una vez más la invitación del Papa a dejar la huella cristiana en el siglo que acaba de comenzar. «¡Avancemos con esperanza!», escribió en el año 2001. «Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos» [7].

En la homilía de la Misa de canonización, Juan Pablo II recordó cómo San Josemaría «acogió sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro (...): Duc in altum!. La transmitió a toda su familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. “Rema mar adentro –nos dice el divino Maestro– y echad las redes para la pesca” (Lc 5, 4)» [8].

Todos hemos sido invitados a seguir a Cristo de cerca; la mayoría de vosotros sin abandonar la familia, el trabajo, la propia situación en la sociedad. No hemos de tener miedo a navegar mar adentro en todas nuestras actividades, a ser verdaderos apóstoles de Cristo, a dejar que Jesús suba a nuestra barca –entre verdaderamente en nuestra vida– y que sea Él quien la gobierne.

Confiamos a la Virgen, Madre nuestra, por la intercesión de San Josemaría, estos deseos que el Maestro mismo ha sembrado en nuestro corazón. Así sea.

[1] SAN AMBROSIO, Expositio Evangelii secundum Lucam II, 30.

[2] Sal 67/68, 6 (Vg)

[3] Evangelio (Lc 5, 10)

[4] Evangelio (Lc 5, 11)

[5] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 799

[6] JUAN PABLO II, Homilía en la Misa de la Canonización de Josemaría Escrivá, 6-X-2002.

[7] JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, 6-I-2001, n. 58

[8] JUAN PABLO II, Homilía en la Misa de la Canonización de Josemaría Escrivá, 6-X-2002.

Romana, Nº 36, Enero-Junio 2003, p. 99-101.