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En los Actos de inicio del Año Eucarístico en la Prelatura, Iglesia Prelaticia de Santa María de la Paz, Roma, 30-X-2004/1-XI-2004

El 30 de octubre de 2004, desde las 15,30 a las 17,30, tuvo lugar en la Iglesia prelaticia de Santa María de la Paz un acto de adoración eucarística. Con el que se inició el Año de la Eucaristía proclamado por el Santo Padre Juan Pablo II.
El Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, introdujo la celebración con las siguientes palabras.

Como nos ha recordado el Concilio Vaticano II, retomando el magisterio precedente, «en la Santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y pan vivo por su carne, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, que da vida a los hombres» (Presbyterorum Ordinis 5). Con esta estación eucarística deseamos unirnos a la oración de alabanza, adoración y acción de gracias que millones de personas en todo el mundo, acogiendo la invitación del Santo Padre Juan Pablo II, se preparan a vivir en este año especialmente dedicado al Santísimo Sacramento del Altar.

En primer lugar os recuerdo que, para convertirnos en verdaderos adoradores del Señor —como acabamos de cantar en el Adoro te devote—, es imprescindible que nos esforcemos por llevar a cabo una nueva conversión. Miremos al Señor. Jesús nos habla desde la Custodia y nos dice tantas cosas con su sola Presencia real bajo las sagradas Especies. Nosotros le hemos dirigido la palabra en nuestro corazón y le hemos repetido muchas peticiones también con oraciones vocales. Le hemos dicho: ¡perdónanos, Señor! Te lo decimos ahora de nuevo, Señor Jesús: gracias por habernos rescatado en la Cruz; seguimos contando con tu perdón porque advertimos constantemente nuestras debilidades, pequeñas y a veces no tan pequeñas. En efecto, para una persona que sabe amar, los disgustos que a veces damos a los seres más queridos son siempre grandes.

Recordamos la devoción eucarística de San Josemaría Escrivá de Balaguer —estamos muy cerca de sus sagrados restos—, y le pedimos que interceda para que Dios nos dé un amor cada vez más ardiente a este Santísimo Sacramento. En cada uno de nosotros debe estar presente sinceramente la certeza de que Él, Jesucristo, nos acompaña en cada instante. Por tanto, examinemos qué es lo que nos aleja de Jesús. Porque ésta es la verdad: Él permanece siempre a nuestro lado; somos nosotros, cada uno de nosotros, los que provocamos —con nuestra negligencia, con nuestras faltas de amor— la lejanía de este Señor que es Padre, Maestro, Médico, Amigo.

Señor, haz que cada uno de tus hijos experimente tu cercanía y los deseos de aumentar cada día su amistad contigo, hasta convertirse en amigo íntimo. Haznos vivir una vida limpia, una vida de amor; para esto es preciso fomentar el espíritu de contrición: convertirnos constantemente.

La vida cristiana no es ni pesimista ni triste; al contrario, participa de aquella felicidad que proviene de ser una sola cosa con el Ser infinitamente feliz. Por eso, la contrición constituye una ayuda fortísima para todos nosotros, pues nos hace capaces de amar más, de vivir más en sintonía con el Señor. Por eso los santos —y nosotros hemos de procurar serlo, aunque seamos poca cosa— siempre han sido muy amigos de la contrición. Recuerdo cómo San Josemaría nos aconsejaba —¡tantas veces!— vivir la contrición como “dolor de amor”.

Señor, querría amarte más. Eres Tú, con tu bondad, quien cancelas mis debilidades. Vivamos la contrición para amar más. Y dirijámonos con devoción, con urgente necesidad, a Nuestra Señora. María, escuchando al Señor, aceptando plenamente la voluntad de la Trinidad Santísima, fue el primer sagrario de Jesús —un tabernáculo viviente— en el momento de recibir en su purísimo seno a este Señor nuestro, que ha recorrido nuestros caminos terrenos para ayudarnos a dar sabor y sentido sobrenatural a todo lo que hacemos.

Dios no nos pide una heroicidad inasequible a nuestras fuerzas. Nos ofrece su gracia y espera de nosotros un heroísmo que está a nuestro alcance. Como nos ha enseñado San Josemaría, para un cristiano que debe santificarse en medio de la realidad de la vida cotidiana, la heroicidad es la de la fidelidad a Dios en las cosas habituales —ordinariamente cosas pequeñas— que aparecen a lo largo de nuestra jornada, en el cumplimiento de los deberes familiares, profesionales, sociales... En nuestra casa, en nuestro trabajo, en nuestro estudio, en nuestras amistades, en los momentos de descanso...: ahí debemos poner en práctica esa caridad que nos une a Dios y, con Dios, a todos los hombres y a todas las mujeres.

Demos gracias al Señor por el Santo Padre que nos ha dado. Le agradecemos muy concretamente esta gran idea de proclamar un “Año de la Eucaristía” que quiere ser como el «vértice de todo el camino recorrido» durante los años que precedieron y que han seguido al Gran Jubileo (cfr. Mane nobiscum Domine, n. 10). En cierto sentido, después de las Cartas apostólicas Novo millennio ineunte y Rosarium Virginis Mariae, este Año de la Eucaristía significa el coronamiento del designio pastoral de Juan Pablo II para la Iglesia del siglo XXI.

El Año de la Eucaristía ha comenzado hace pocos días: ¿qué hemos hecho hasta este momento? ¿Hemos formulado propósitos concretos? ¿Estamos decididos a hacer que toda nuestra jornada adquiera un tinte más decididamente eucarístico? Digamos al Señor con todas nuestras fuerzas que queremos ser hombres y mujeres verdaderamente eucarísticos, que tienen como centro de su vida el altar y el sagrario; hombres y mujeres que quieren vivir con Él, para Él y alrededor de Él; hombres y mujeres que, con su existencia, desean una sola cosa: que Jesús sea conocido, amado y adorado por todas las criaturas.

La tarea que nos aguarda es maravillosa; es entrar en el círculo más íntimo del Señor. Esforcémonos por estar a la altura, purificando nuestra vida mediante frecuentes actos de dolor. Recurramos con más devoción a los sacramentos. Hagamos un hondo apostolado de la Eucaristía, hablando a mucha gente de la maravillosa fuente de riqueza de amor que es la Eucaristía. Hablemos sin respetos humanos del santo sacramento de la Penitencia, que nos da —a nosotros, pobres criaturas— la posibilidad de estar bien preparados para recibir a Aquel que es el Rey de la gloria, el Salvador del mundo.

¡Señor, ven a nosotros y quédate con nosotros! Te suplicamos que cada uno de nosotros se disponga —cada día y en todo momento— a recibirte del modo más digno posible. Así sea.

En la tarde del 1 de noviembre de 2004, solemnidad de Todos los Santos, en la Iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, tuvo lugar un acto de adoración eucarística con motivo del “Año de la Eucaristía”. En el transcurso de la celebración, que se prolongó varias horas, el Prelado del Opus Dei dirigió a los presentes las siguientes palabras.

Hace un momento hemos cantado: Iesu, quem velatum nunc aspicio. Verdaderamente, Señor, es grande tu poder; aunque estás oculto tras el velo de las Especies sacramentales, reúnes a tu alrededor a tantas multitudes del mundo entero. Nosotros queremos contarnos siempre entre estas multitudes, y concretamente ahora, para poder hablarte con intimidad. No sólo ahora tenemos esta oportunidad, porque en realidad se puede hablar con Jesucristo en cualquier circunstancia. Pero, durante esta Exposición eucarística, nos ayuda la Presencia real de Nuestro Señor, que nos preside con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad.

Señor, te damos gracias porque vienes a nosotros y permaneces con nosotros. Te adoramos, Señor, porque verdaderamente eres el Rey de Reyes y te gusta estar en medio de nosotros, pobres criaturas. Te buscamos, Señor, porque en verdad eres el refugio en nuestras dificultades, el perdón para nuestras faltas. Nos dirigimos a ti, Señor, porque si pensamos en nuestra vida con un mínimo de objetividad, nos damos cuenta en seguida de que no tenemos nada; y lo poco bueno que tenemos procede de ti.

Esta mañana meditaba un pasaje de un escrito de San Josemaría; leía que, al ponerse delante del Señor, sentía en el fondo del alma, tantas veces, aquel grito urgente, cercanísimo: ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur? (Lc 12, 49). Verdaderamente el Señor nos habla a todos con un grito íntimo, continuamente espera que le ofrezcamos más espacio en nuestra alma para llenarnos de su bondad, de su amor.

El Señor ha muerto en la Cruz y ha resucitado por nuestra salvación. Como ha escrito el Santo Padre, «este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes» (Ecclesia de Eucharistia, 11). Así, antes de irse, ha querido instituir la Sagrada Eucaristía, para que cada hombre y cada mujer, hasta el final de los tiempos, pueda estar muy cerca del Sacrificio del Calvario, que se hace presente cada vez que se celebra la Santa Misa. «Todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente. Ésta es la fe de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones cristianas» (Ib).

¡Cuántos tesoros tenemos en nuestras manos! ¡Cuánta responsabilidad! Es lógico, por tanto, que nos fijemos —sin escrúpulos ni miedos— en nuestra vida para considerar si somos mujeres y hombres que saben exigirse cada día junto a la Cruz, con María, Juan y las santas mujeres, durante la Santa Misa, conscientes de que tenemos la posibilidad de participar en el Sacrificio del Calvario con toda nuestra alma y con todo nuestro cuerpo.

Oh Señor, que eres para todos el Maestro que nos enseña, el Amigo que nos hace compañía, el Pastor que nos guía, el Médico que nos cura: haz que todos seamos más conscientes del tesoro de amor que confías a nuestra debilidad. Realmente, como decía tantas veces San Josemaría, dan ganas de postrarse en el suelo, con la boca en tierra, para pedir al Señor su misericordia. Como hizo el padre del hijo pródigo, veremos cómo nos levanta y nos llena de su amor.

Por eso, es muy importante que constantemente nos dirijamos a Él: cuando las cosas van bien, porque Él es quien concede la ayuda, la fuerza, la posibilidad de sacar provecho de lo que hacemos; y también cuando nos encontramos con las dificultades propias de la vida cotidiana, para aprender a amar la Cruz y a llevarla con garbo, como ha hecho Nuestro Señor por cada uno de nosotros.

Señor, Tú quieres que la gente te conozca también a través de nuestra respuesta. Por eso, como nos ha enseñado San Josemaría, te decimos que queremos ser otro Cristo, queremos ser como Tú: queremos ser alter Christus, ipse Christus. Todos podemos lograrlo, porque Él no hace acepción de personas: toma posesión del alma de quienes le son fieles, le siguen, le aceptan. Acojamos al Señor, procuremos corresponder, seguirle muy de cerca.

Para esto es indispensable la ayuda de María, «Mujer eucarística», como la ha llamado el Santo Padre. Para las mujeres es un privilegio que la criatura más cercana a Jesús, cuando todos le abandonan, sea una mujer, María Santísima. Si todos somos hijos de la Virgen, si a todos nos quiere mucho, se podría decir que las mujeres tienen un parte muy particular de ese amor. Si quieren, con la intercesión de Santa María, pueden renovar esta cercanía del Calvario en un mundo que huye locamente de Cristo.

Pensemos en esta responsabilidad y digamos al Señor en confidencia: Señor, quédate con nosotros, porque nosotros intentaremos no separarnos de ti; te traeremos almas de todo el mundo, porque queremos que vivas en todos. Así aprendemos de la Eucaristía una consecuencia clara: la necesidad de hacer mucho apostolado, tanto del sacramento de la Penitencia como del sacramento de la Eucaristía, Pan vivo que da la vida y vivifica.

Convirtámonos en apóstoles más decididos para hablar a los demás de Dios, para llevar el amor de Dios a todas las personas que nos esperan. ¡Que el Señor esté siempre con vosotros!

Romana, Nº 39, Julio-Diciembre 2004, p. 191-194.