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Roma (23-V-2009)

En la ordenación sacerdotal de 30 diáconos de la Prelatura, Basílica de San Eugenio

1. Queridos hermanos y hermanas. Queridísimos diáconos.

Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos (...) hasta los confines de la tierra (Hch 1, 8).

Con estas palabras recogidas en los Hechos de los Apóstoles, Jesucristo se despide de los discípulos antes de ascender al Cielo. Les anuncia que recibirán el Espíritu Santo dentro de pocos días, y los invita a permanecer en la Ciudad esperando el cumplimiento de su promesa. En efecto, diez días más tarde el Paráclito descendió sobre ellos, en forma de lenguas de fuego, colmándoles de sus dones.

Estas palabras del Señor se dirigen hoy, de modo especial, a los diáconos de la Prelatura del Opus Dei que van a recibir la consagración como presbíteros. Desde hoy, conformados con Cristo Cabeza de la Iglesia, podrán desempeñar el ministerio sacerdotal: predicar la Palabra de Dios con autoridad, administrar los sacramentos, sobre todo la Penitencia y la Eucaristía, guiar al pueblo cristiano por las sendas de la vida eterna.

En realidad, todos nosotros —en el Bautismo y luego en el día de la Confirmación— hemos sido configurados con Cristo para continuar su misión salvífica, como instrumentos en sus manos. Todos estamos llamados a transmitir la buena nueva que Él ha traído a la tierra.

El Espíritu Santo nos ha sido enviado para que podamos cumplir esta misión. Preparémonos desde ahora para recibirlo con fruto cada día, y de modo especial el próximo domingo, solemnidad de Pentecostés. Decidámonos a vivir los últimos días del mes de mayo permaneciendo más cerca aún de la Virgen. ¿Quién puede enseñarnos a rezar mejor que María, que acompañó a los Apóstoles en los días anteriores a Pentecostés? Como ellos, también nosotros hemos de recogernos alrededor de nuestra Madre, rezar con Ella y como Ella. Procuremos finalizar del mejor modo posible el mes mariano, cuidando especialmente el rezo y contemplación del Santo Rosario y el rezo del Regina Caeli.

2. Me dirijo ahora más directamente a vosotros, diáconos, que estáis a punto de convertiros en sacerdotes. Con palabras del Apóstol Pablo, que deseo que hagáis vuestras de modo responsable, os exhorto: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda el Espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle; iluminando los ojos de vuestro corazón, para que sepáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuáles las riquezas de gloria dejadas en su herencia a los santos, y cuál es la suprema grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes (Ef 1, 17-20).

El Apóstol os invita a considerar de modo especial tres aspectos. En primer lugar, la esperanza a la que el Señor os llama, que no es otra —y no puede existir un don más grande— que la posesión de la vida eterna. Con la ordenación presbiteral, en efecto, Jesucristo os llama a ser santos de un modo nuevo, específico del estado sacerdotal: a través del ejercicio del ministerio de la Palabra y de los sacramentos, cuidando vuestra personal vida interior. Ésta es la grandeza extraordinaria de vuestra llamada.

Todos hemos sido invitados —lo afirma Jesucristo mismo— a ser perfectos como es perfecto el Padre celestial. San Josemaría escribió: «No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas. A todos invita el Señor, para que cada uno se santifique en su propio estado. En el Opus Dei esta pasión por la santidad —a pesar de los errores y miserias individuales— no encuentra diferencia en el hecho de ser sacerdote o seglar» [1].

Por otra parte, es indudable que los sacerdotes están particularmente obligados a ser santos. Con palabras de nuestro Padre, os recuerdo que «la vocación sacerdotal lleva consigo la exigencia de la santidad. Esta santidad no es una santidad cualquiera, una santidad común, ni aun tan sólo eximia. Es santidad heroica» [2].

Recemos, pues, por los nuevos sacerdotes. Recemos mucho por el Santo Padre Benedicto XVI, que tanto confía en las oraciones de los fieles. Recemos por su Cardenal Vicario, por los Obispos, los sacerdotes, los diáconos y los seminaristas de todo el mundo. Recemos para que no falten nunca ministros de Dios bien preparados, comprometidos por entero al servicio de las almas.

3. El Santo Padre Benedicto XVI, con la convocatoria de un año sacerdotal con ocasión del 150º aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, ha querido llamar la atención del pueblo cristiano sobre la necesidad de que haya muchos sacerdotes santos. Como sabéis, el año sacerdotal comenzará el próximo 19 de junio y se prolongará hasta la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús del año 2010. A todos se nos invita a que, a lo largo de estos meses, ofrezcamos oraciones y mortificaciones por la santidad de los sacerdotes.

En un discurso pronunciado durante una visita pastoral, Benedicto XVI señaló los puntos más importantes de la vida de los sacerdotes: «La fidelidad en el ejercicio del ministerio y en la vida de oración, la búsqueda de la santidad, la entrega total a Dios al servicio de los hermanos y hermanas, gastando vuestra vida y vuestras energías, promoviendo la justicia, la fraternidad, la solidaridad, el compartir» [3].

Un sacerdocio así, vivido un día y otro —proseguía el Santo Padre—, «suscita admiración en los fieles, es fuente de bendición para la comunidad, es la mejor promoción vocacional, es la más auténtica invitación para que también otros jóvenes respondan positivamente a la llamada del Señor. Es la verdadera colaboración para la construcción del reino de Dios» [4].

Antes de terminar, deseo dirigir unas palabras de agradecimiento a los padres y hermanos de los nuevos sacerdotes, también a aquéllos que no han podido participar en esta ceremonia. Todos habéis colaborado con Dios para hacer germinar en vuestros parientes la vocación sacerdotal; estad seguros de que ellos os tendrán muy presentes cada día en la celebración del Sacrificio de la Misa. Pero vosotros no dejéis de rezar por ellos, por su fidelidad y por la eficacia de su ministerio.

Tornemos al momento de la Ascensión del Señor y escuchemos de nuevo sus palabras. Id al mundo entero —nos dice— y predicad el Evangelio a toda criatura (...). Y ellos, partiendo de allí, predicaron por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba la palabra con los milagros que la acompañaban (Mc 16, 15-20).

También nosotros queremos comportarnos del mismo modo, con la protección de la Virgen Santísima. Así sea.

[1] SAN JOSEMARÍA, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.

[2] SAN JOSEMARÍA (AGP, P01, 1993, p. 172).

[3] BENEDICTO XVI, Discurso a los sacerdotes en el Santuario de Aparecida, Brasil, 12-V-2007.

[4] Ibid.

Romana, Nº 48, Enero-Junio 2009, p. 80-83.