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Meditaciones mensuales sobre las obras de misericordia

  • Enero: Visitar y cuidar a los enfermos

La primera obra de misericordia corporal que nos propone la Iglesia, se centra en visitar y cuidar a los enfermos: una tarea que Jesucristo realizó con continuada frecuencia durante su paso por la tierra. Entre otras muchas escenas del Evangelio, le vemos sanar a la suegra de Pedro (cfr. Mt 8, 14-15); devolver la salud a la hija de Jairo (cfr. Mc 5, 21-43); atender al paralítico de la piscina de Betsaida (cfr. Jn 5, 1-16) o pararse ante los ciegos que le esperaban a la entrada de Jerusalén. El dolor de esas personas nos muestra que Dios va a su encuentro y les anuncia la salvación que ha venido a traer a todos los hombres.

En los enfermos, el Señor contemplaba a la humanidad más necesitada de salvación. Sucede que, mientras gozamos de salud, puede surgir la tentación de olvidarnos del mismo Dios, pero cuando se presenta el dolor o el sufrimiento en nuestra vida, quizá viene a nuestra mente el grito del ciego al salir de Jericó: «¡Hijo de David, ten compasión de mi!» (Mc 10, 47). En la debilidad, nos sentimos criaturas especialmente menesterosas.

Detengamos también nuestra marcha ante las fatigas de los demás, como vemos proceder a Cristo. El Espíritu Santo, Amor infinito, consolará a otras personas a través de nuestra compañía, de nuestra conversación y de nuestro silencio respetuoso y constructivo cuando el paciente lo necesita. Todos nos ocupamos de numerosas actividades cada día, y las tareas se multiplican sin cesar; pero no debemos permitir que una agenda apretada conduzca nuestra vida al olvido de los enfermos.

Son muchos los ejemplos de santos y de santas que imitaron a Jesús también en esta obra de misericordia. Por ejemplo, san Josemaría solía explicar que el Opus Dei había nacido —como una necesidad— en los hospitales, entre los enfermos. Desde que se trasladó a Madrid en 1926 o 1927 y hasta 1931, colaboró intensamente en varias instituciones asistenciales —el Patronato de Enfermos, la confraternidad de San Felipe Neri, etc.— desde donde se atendían a pacientes de los hospitales y de las periferias de la capital[1]. Madrid contaba entonces con más de un millón de habitantes; los suburbios estaban muy distantes entre sí; escaseaban los medios de transporte y, con el fin de servir a los enfermos en sus casas y chabolas, acudía donde fuera preciso, siempre a pie, y les transmitía el aliento de Cristo y el perdón de Dios Padre. ¡Cuántas personas se habrán ido al Cielo por esa labor sacerdotal de san Josemaría!

En esos u otros hospitales y lugares, sobre todo a partir de 1933, iba acompañado por algunos jóvenes a quienes asistía en su vida espiritual; con ellos, ofrecía a los pacientes palabras de cariño o les prestaban diversos servicios, como lavarles, cortarles las uñas, peinarles o facilitarles una buena lectura. Precisamente muchos de esos jóvenes, al contacto con el dolor y la pobreza de otras personas, descubrieron con hondura a Jesús en el enfermo y en el desvalido[2].

Hijas e hijos míos, amigos y amigas que participáis en los apostolados de la Prelatura: esta atención a los desvalidos no ha de reducirse a una característica sólo de los inicios: el Opus Dei sigue naciendo y creciendo cada día en ti, en mí, cuando practicamos la misericordia con los desamparados, cuando descubrimos a Cristo en las almas que nos rodean, especialmente en las atormentadas por algún mal.

Como Cristo, llevémosles la misericordia de Dios con nuestros cuidados, con nuestra presencia, con nuestros servicios, incluso con una simple llamada telefónica. Podremos así distraerles del dolor o de la soledad, escuchar con paciencia las preocupaciones que les opriman, transmitirles cariño y fortaleza para que reaccionen con dignidad ante sus circunstancias; y recordarles que la enfermedad es una ocasión para unirse a la Cruz de Jesús.

En Camino, obra conocida en todo el mundo, san Josemaría escribió: «—Niño. —Enfermo. —Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son Él» (n. 419). Y ya desde su juventud, san Josemaría veía a Cristo en quienes sufren, porque Jesús no sólo curó a los enfermos, sino que se identificó con ellos. El Hijo de Dios padeció dolores inmensos: pensemos, por ejemplo, en su agotamiento físico y espiritual en el huerto de los olivos; en la indescriptible pena de cada latigazo durante la flagelación; en el dolor de cabeza y la debilidad física que debieron inundarlo con el pasar de las horas durante la Pasión... 

Para quienes padecen una enfermedad, esa situación doliente quizá se acoja como una carga oscura y carente de sentido; la realidad puede tornarse sombría y sin razón. Por eso, si el Señor permite que experimentemos el dolor, aceptémoslo. Y si hemos de ir al médico, obedezcamos dócilmente a sus indicaciones, seamos buenos pacientes: con la ayuda del Cielo, esforcémonos en aceptar esa situación y deseemos recuperar las fuerzas para servir con generosidad a Dios y a los demás. Pero, si su voluntad fuera otra, digamos como la Virgen: fiat!, ¡hágase! Cúmplase tu voluntad...

De esta forma, sabremos dirigirnos al Señor en nuestra oración, manifestándole: yo no entiendo lo que quieres, pero tampoco exijo que me lo expliques. Si tú permites la enfermedad, concédeme la ayuda para sobrellevar este tiempo: que me una más a ti, que me una más a quienes me acompañan, que me una más a toda la humanidad. Y, repitiendo unas palabras de san Josemaría, confiemos al Espíritu Santo: «¡Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras...»[3].

¡Cuánto bien causa al alma de cada una y de cada uno ser portadores de la misericordia! Roguemos al Señor, a través de su santísima Madre, que nos sostenga para transmitir el cariño de Dios a quienes carecen de salud, y acojamos con paz la misericordia del Señor, si su voluntad se traduce en que nos unamos a él por medio de la Cruz.


  • Febrero: Dar de comer al hambriento y dar de beber al sediento

Nos detenemos hoy en dos obras de misericordia materiales: dar de comer al hambriento y dar de beber al sediento.

Dios, Padre de misericordia, ha alimentado a lo largo de los siglos a su Pueblo y lo hace ahora a diario, cuando pone en nuestra mesa los alimentos que tomamos. Por eso, resulta muy oportuno que se extienda entre las familias la costumbre de rezar una oración antes de las comidas, y de agradecer a Dios sus beneficios al terminar. No nos abstengamos de manifestar esta costumbre, también cuando nos encontremos fuera del propio hogar, pues encierra una profunda manifestación de fe y quizá sea un apostolado eficacísimo ante quien nos ve.

En este Jubileo extraordinario de la Misericordia, el don diario de los alimentos ha de reavivar en nosotros no sólo la acción de gracias a Dios, sino también la preocupación por aquellos hermanos que carecen del sustento diario. Pensemos en esos millones de personas en el mundo, que no cuentan con nada o con casi nada que llevarse a la boca. Por contraste, en algunos lugares se desperdician a veces los alimentos: por motivo de reducción de reservas, por negligencia o con la finalidad de mantener altos los precios.

«Los alimentos que se tiran a la basura —son palabras del Santo Padre— se roban de la mesa del pobre»[4]. Por eso, el Papa ha invitado en diversas ocasiones a mejorar la distribución de los productos en el mundo, y combatir así, con esta y otras iniciativas, la cultura del descarte, como él mismo afirma. 

Volvamos nuestra mirada a Cristo, y admiremos cómo multiplica los panes y los peces para saciar a la multitud hambrienta. Poco antes, los apóstoles le habían sugerido que despidiese a la gente: «Que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto» (Lc 9, 12), le proponen. Curiosamente, los apóstoles pretendían, después de haber escuchado la Palabra de Dios, que cada familia buscase el sustento por su cuenta. Pero el Señor manifiesta con hechos que alimentar al hambriento nos afecta a todos: «Dadles vosotros de comer» (Lc 9, 13), les responde, y a continuación opera el portentoso milagro que llena de sorpresa a todos. 

Los doce aprendieron bien la lección, pues más adelante, en los primeros años de la Iglesia, fomentaron la distribución de alimentos entre los fieles más pobres. Esta actitud se ha manifestado en la Iglesia hasta hoy, y han brotado numerosísimas iniciativas de caridad impulsadas por los cristianos. En países menos desarrollados, y también en las periferias de aquellos desarrollados, han surgido bancos de alimentos, comedores públicos, escuelas de cocina para personas sin formación y otras muchas iniciativas de servicio. No nos conformemos con admirar estas iniciativas; al menos, recemos para que sean muy eficaces y pongamos nuestra mano si estamos en condiciones de hacerlo.

Llenos de gozo y generosidad, seamos portadores de la misericordia de Dios con todos, y especialmente con los indigentes. Las posibilidades —muy variadas— no faltarán si practicamos la caridad: por ejemplo, dedicar un tiempo periódicamente en organizaciones de solidaridad; implicarse en esa misma tarea también como ocupación profesional; aportar ayudas económicas a esas iniciativas; trabajar para modificar las leyes que impiden un comercio justo de los alimentos; evitar el derroche de comida en la propia casa, etc. 

Deben resonar en nuestras almas las palabras de Jesucristo: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber» (Mt
25, 35). Preguntémonos: ¿qué puedo hacer yo?, ¿cómo animo a los demás? 

Jesús, que es Dador de Vida, no solamente repartió los panes y los peces en una colina de Galilea sino que, cuando llegó el momento sublime de la Última Cena, le vemos distribuir el pan convertido en su Cuerpo y el vino convertido en su Sangre. Si en alguna ocasión encontramos excusas para no empeñarnos en obras de caridad, o si el egoísmo nos inclina a apartar la vista de quienes carecen del mínimo necesario; si derrochamos dinero en nuestros gastos; o si pensamos que el hambre es un tema demasiado complejo para afrontarlo personalmente, miremos más fijamente a Cristo-Eucaristía: él, suma justicia, se ha ofrecido como alimento y se ha dado completamente. Vino a este mundo, para que su vida sirviera como sustento de la nuestra. Su generosidad nos otorga vigor, y su muerte nos devuelve la vida. 

Jesucristo, «rostro de la misericordia del Padre»[5], nos brinda el sustento de su Cuerpo y de su Sangre bajo las apariencias de pan y de vino, trayéndonos así una participación en la vida eterna. Imitémosle: nosotros no podemos llegar a ese extremo de entrega, pero sí contamos con la capacidad de dar de comer y de beber a los miembros del Cuerpo místico de Cristo, invitándoles a acercarse a la Eucaristía y también a otras ayudas materiales.

Desde el comienzo del Opus Dei, san Josemaría inculcó a quienes acudían a formarse a su lado el gran afán cristiano de salir al encuentro de los indigentes, de quienes carecen de medios materiales; y se dirigió amablemente a los necesitados y a otros que trataban de ocultar su pobreza con dignidad. Les llamaba los pobres de la Virgen, y habitualmente los visitaba en sábado, en honor de nuestra Señora. Practicaba esa obra de misericordia sin humillar. Además, con los muchachos a los que sugería que le acompañaran, facilitaba que diesen un poco de dinero o algo entretenido para leer, o unos juguetes para los niños, unos dulces a los que tenían acceso sólo los ricos…; y, sobre todo, les transmitía afecto, conversación, interés verdadero por sus necesidades y sus problemas, porque veían en ellos —¡con alegría!— que estaban trabajando con sus hermanos[6].

Ocasiones similares podrán repetirse a diario en las vidas de cada uno y de cada una. Podemos pedir a san Josemaría que nos ayude a identificarlas y a seguir su ejemplo de servicio, de caridad, que es cariño verdadero.


  • Marzo: Vestir al desnudo y visitar a los encarcelados

Reflexionamos en este mes sobre dos obras de misericordia materiales, que abordan diferentes tipos de pobreza: la de quien no tiene vestido y la de quien carece de libertad.

Vestir al desnudo no es sólo resguardar al cuerpo de la intemperie; equivale también a ayudar a una persona a mantener su dignidad. El vestido hace posible, a cada hombre y a cada mujer, presentarse convenientemente ante los demás y es, frecuentemente, reflejo de cristiana elegancia interior.

Al meditar la Pasión del Señor, salta a la vista que Cristo padece las injusticias de los hombres. Nadie, nadie, salvo su Madre y pocas personas más, le dirige un gesto de misericordia en las horas de la crucifixión. Le arrancaron incluso sus vestidos, que fueron sorteados entre los soldados (cfr. Jn 19, 23-24). Cuando Jesús nos invitó a vestir al desnudo, sabía que ni siquiera ese gesto de misericordia le sería concedido a él. La desnudez de Cristo en la Cruz es imagen de la ausencia de misericordia por parte de nosotros los hombres, de las mujeres; de nuestra falta de amor, de la frialdad causada por nuestras ofensas y del egoísmo.

Lo que nuestros antepasados no hicieron en el Gólgota, podemos en cierta manera enmendarlo ahora con nuestros hermanos los hombres. No son pocos, también en las sociedades opulentas, los que no disponen de medios materiales ni para proporcionarse ropa digna, ni para vestirse con normalidad. Este Jubileo nos ofrece otra ocasión para «abrir los ojos a las miserias del mundo»[7], y descubrir también en nuestro entorno a estas personas necesitadas. Existen, o se pueden promover, instituciones de caridad con las que es posible contribuir de diferentes maneras —con nuestro tiempo o nuestro dinero—, para facilitar ropa digna a quien lo necesita. 

Al mismo tiempo, en una sociedad que ha hecho de la moda un peso que en ocasiones esclaviza, esta puede ser una ocasión para destinar algún dinero a obras de caridad, ahorrándolo de compras de ropa originadas por el capricho y cuidando mejor los propios vestidos. También cabe esforzarnos por dar ejemplo con una apariencia externa sencilla y digna.

Ejerceremos también esta obra de misericordia si ayudamos —con caridad, respeto y paciencia— a quienes, por pobreza de ideales o de formación, rebajan su propia dignidad en el modo de vestir. Sugerir que no se sigan ciertas modas de malo o de gusto dudoso, es una tarea educativa de especial importancia de los padres y madres hacia sus hijos e hijas, y de cualquier persona hacia sus amigos o amigas. Cada uno de nosotros es hijo o hija de Dios, y también el modo de vestir forma parte del reconocimiento de la propia dignidad. Hagamos ver que los vestidos, los trajes, cubren un cuerpo informado por el alma espiritual, que es lo importante, y destinado a la resurrección gloriosa.

Otra obra de misericordia clara es acudir a visitar a los encarcelados. De nuevo volvemos los ojos a Cristo: el Señor de la tierra estuvo cautivo la noche previa a su crucifixión. ¡Qué horas tan amargas para Jesús! Le privaron de la libertad encerrándolo, mientras aguardaba un juicio y una condena absolutamente injustos, inicuos. Paradójicamente, en un acto de completa libertad, aquel Prisionero, con mayúscula, —despreciado por todos—, nos estaba liberando del pecado y no desdeñaba ese servicio porque es el Hijo de Dios, hermano de todos los hombres y mujeres.

Quien está privado de la libertad necesita ser confortado en la esperanza. Por eso, en numerosas ocasiones, los Papas, también el Papa Francisco, han ido a visitar a los presos, y les han transmitido palabras de aliento, invitándoles a aprovechar ese periodo de sus vidas para abrirse a Dios. «Cuando Jesús entra en la vida —dijo el Papa Francisco en una cárcel de Bolivia—, uno no queda detenido en su pasado sino que comienza a mirar el presente de otra manera, con otra esperanza. Uno comienza a mirar con otros ojos a su propia persona, a su propia realidad. No queda anclado en lo que sucedió, sino que es capaz de llorar y encontrar ahí la fuerza para volver a empezar»[8]

Visitar a los presos, o ayudarles en su reinserción social, es servir a quienes han sido apartados de la sociedad. ¡Qué labor más hermosa pueden desempeñar los que trabajan o colaboran en esa tarea! Especialmente, atendiendo a quienes se hallan presos por motivos religiosos, tan frecuentemente ahora.

Pensemos también en quienes están encerrados no en cárceles de cemento, sino entre rejas de otro tipo: las que originan el alcohol, la pornografía, las drogas, u otros vicios que aherrojan el alma y la hunden en un abismo.

Llevemos a todas estas personas nuestra cercanía, nuestra comprensión, nuestro consejo y, por encima de todo, nuestra oración. Recordémosles que Dios no deja caer de su mano a nadie, que no abandona a ninguno de sus hijos. A todos ofrece nuevas oportunidades, siempre, hasta el último instante de nuestros días.

San Josemaría acudió en ocasiones a la cárcel modelo de Madrid durante los años 30 del siglo pasado. Allí había algunos jóvenes a los que atendía espiritualmente, encarcelados exclusivamente por motivos políticos. Vestido con sotana, en tiempos donde se agredía a los sacerdotes, les ayudaba a rezar y les animaba a aprovechar el tiempo, estudiando idiomas o repasando el catecismo. Incluso, en ese ejercicio de la caridad, les invitó a que jugaran a fútbol con presos de ideas opuestas —anticristianas—, para que, de esa amistad que se generaba con el deporte, pudiera surgir el respeto mutuo[9].

San Josemaría sabía que las cárceles, físicas o morales, pueden ser también lugares de encuentro con Cristo, lugares de conversión profunda. Por eso recomendaba a los fieles de la Prelatura que no dejásemos de ocuparnos de esa tarea con un sentido cristiano y de fraternidad. Si los cristianos llevamos a esos lugares el bálsamo de la misericordia de Dios, muchos de los detenidos podrán experimentar la verdadera liberación: la conciencia de saberse hijos de Dios y, por tanto, amados sin condiciones, y protegidos también por nuestra Madre, la Virgen.


  • Abril: Dar posada al peregrino

«Era peregrino y me acogisteis» (Mt 25, 43). Quienes escucharon de Jesucristo estas palabras, conocían bien los peligros que amenazaban a aquellos que se aventuraban por los caminos: ladrones, fieras, una climatología adversa u otros riesgos. También María y José experimentaron la indefensión de los peregrinos cuando Cristo vino al mundo. Una tras otra, se les cerraron las puertas de Belén (cfr. Lc
2, 7). Sólo un establo acogió al Dios nacido. Tiempo después, la Sagrada Familia, perseguida por el rey Herodes, marchó al exilio en un país extranjero, sin llevar apenas nada consigo por la urgencia de la marcha (cfr. Mt 2, 13-15). 

El Santo Padre ha dicho que «la predicación de Jesús nos presenta las obras de misericordia, para que podamos considerar si vivimos o no como discípulos suyos»[10]. Por tanto, cabe preguntar a Dios, en nuestra oración personal: ¿Por qué, Señor, nos invitas a dar posada al peregrino? ¿Qué nos quieres enseñar?

Dar posada al peregrino es acoger al extraño, es hacer espacio en nuestro mundo seguro y estable a quien necesita ayuda; es ofrecer protección a quienes se ven amenazados, arriesgando con ellos nuestra propia comodidad, compartiendo nuestro bienestar y, por lo tanto, perdiendo un poco esa tranquilidad para nosotros mismos, y hacerlo con alegría externa e interna.

En los últimos meses, contemplamos a diario, con dolor, cómo millares de personas están desgastando, consumiendo sus vidas para lograr una existencia más digna en un país o en un continente distinto del suyo. No es un fenómeno nuevo, pero recientemente las desigualdades sociales y las guerras han llegado a tales niveles, que ni el mar ni otros límites naturales han podido contener por más tiempo ese flujo emigratorio.

El peregrino ya no es una figura lejana, sino que está cada vez más presente en las calles de nuestras ciudades. El Papa ha señalado que, si miramos con indiferencia el doloroso viaje de estas familias, es que «hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraternal»[11].

Sociedades que durante siglos se han desarrollado al calor del cristianismo, afrontan ahora este reto gigante. Por eso, me atrevo a decir que sólo habrá capacidad de acoger a los que se ven forzados a emigrar, si nos ejercitamos todos a diario en la caridad de Cristo. Esa misericordia —que tantas veces les ha consolado en sus tierras de origen, de mano de misioneros, religiosos, religiosas y de tantos hombres y mujeres de buena fe a los que debemos estar muy agradecidos—, inspirará ahora la creatividad de muchas otras personas. 

Será necesario desarrollar iniciativas diversas para distribuir entre todos el bienestar indispensable, los puestos de trabajo, los hogares, la educación, etcétera. Comprendamos bien que no se trata sólo de un problema económico, sino principalmente moral, porque cuando un hermano reclama justicia, el cristiano debe responder también con la caridad.

En el Evangelio se nos muestra cómo el mismo Señor disfrutó de la hospitalidad de muchos de sus amigos, mientras predicaba por Judea y Galilea. Y, a quienes le abrían las puertas de sus casas, Jesús les transformaba la vida: Marta, María y Lázaro gozaron así de la amistad del Redentor (cfr. Jn 12, 1-11); Simón el fariseo aprendió el valor del perdón (cfr. Lc 7, 16-50); Zaqueo abandonó su vida egoísta... (cfr. Lc 19, 1-10) Ahora, en estos tiempos, Cristo sigue buscando amigos que lo acojan en los emigrantes o desplazados.

Tú y yo podemos hospedar al Señor en nuestras almas a diario, cuando lo recibimos en la Santa Eucaristía. Hermanas y hermanos míos, amigos y amigas, pensemos: ¿qué hospitalidad damos al Redentor? ¿Preparamos bien el corazón como esos personajes del Evangelio dispondrían sus casas antes de la llegada del Maestro? ¿Con qué detalles de cariño cuidamos al divino Huésped?

Si hablamos de la Eucaristía, no nos estamos alejando del tema de la misericordia, porque sólo un corazón que sabe tratar a Cristo y se esfuerza por amarlo cada día más, será capaz de acoger al hermano que necesita ayuda, trabajo o simplemente una atención especial.

Si cuidamos la Comunión, el Señor nos hará más generosos, más sensibles al sufrimiento ajeno, más disponibles para ofrecer nuestros medios materiales, nuestro tiempo o posibilidades a los indigentes de estos cuidados. 

San Josemaría también sufrió la prueba de quien debe huir y buscar cobijo. A causa de la persecución religiosa, que se produjo en España en 1936, tuvo que refugiarse, durante largos periodos de tiempo, en diversos lugares de Madrid, en buhardillas y habitaciones angostas, en lugares extraños. Si pensaba que las personas que lo habían acogido no iban a denunciarlo, les revelaba su condición de sacerdote, y —sin miedo a poner en peligro su vida— les ofrecía la participación en los sacramentos, como la Confesión o la Eucaristía, verdaderos consuelos en aquellos meses tan difíciles. De ese modo, entre el odio y el miedo propios de un conflicto, Cristo se abría paso una vez más en el corazón de aquellas personas.

Antes de terminar este diálogo con vosotros, pidamos a la Virgen y a san José, peregrinos en Belén y emigrantes en Egipto, que nos enseñen a abrir la puerta de nuestra vida a ese Cristo que está reclamando nuestra generosidad en quienes necesitan ser acogidos.


  • Mayo: Dar sepultura a los difuntos

La última obra de misericordia corporal es enterrar a los difuntos. Volvamos de nuevo los ojos a Cristo, que nos habla en los Evangelios. En su Pasión, la crueldad de los hombres  niega el más mínimo gesto de misericordia hacia el Señor, a quien vemos cautivo, sediento, enfermo, desnudo y rechazado por su pueblo.

Sin embargo, apenas Cristo muere en la Cruz descubrimos un gesto de misericordia con su Cuerpo, de esa misericordia que Dios ha sembrado en los corazones de los hombres. Unas manos piadosas descuelgan al Señor de la Cruz, lo entregan a su Madre, y lo envuelven en un sudario limpio y lo entierran en un sepulcro nuevo.

Muchas veces he pensado en este pasaje y entiendo perfectamente que los brazos dignos para acoger el cuerpo de Cristo eran los de su Madre con una vida tan limpia y tan generosa con su Hijo y con todas las personas. Meditando esta escena, se enciende un rayo de esperanza en nuestros corazones, cuando comprendemos que los hombres, los que no supimos acoger al Salvador en su nacimiento y le maltratamos en su paso por la tierra, fuimos capaces de ofrecerle al menos una digna sepultura.

Así narra este episodio san Josemaría: «Nicodemo y José de Arimatea —discípulos ocultos de Cristo— interceden por Él desde los altos cargos que ocupan. En la hora de la soledad, del abandono total y del desprecio..., entonces dan la cara audacter (Mc XV, 43)...: ¡valentía heroica!»[12].

El fundador del Opus Dei prosigue su oración con estas palabras: «Yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor..., lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones..., lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad! Cuando todo el mundo os abandone y desprecie..., serviam!, os serviré, Señor»[13]. Como él mismo nos aconsejaba, san Josemaría vivía las escenas del Evangelio metiéndose muy dentro como un personaje más.

Cristo nació para morir y así salvarnos. Esta escena debe remover nuestros corazones, pues la muerte forma parte de nuestras vidas y nos ayuda a dar sentido al tiempo que transcurrimos en este mundo. En la encíclica Spe Salvi leemos que sólo Jesucristo «indica el camino más allá de la muerte; sólo quien es capaz de hacer todo esto es un verdadero maestro de vida [...]. El verdadero pastor es Aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte»[14].

Hijos e hijas mías, amigos y amigas: saber morir es tan importante como saber vivir, y en los dos casos podemos ser ayudados. El cristiano ha de afrontar ese momento —en sí mismo o en los demás— con esperanza y serenidad. En ocasiones, puede presentarse la tentación de no hablar sobre la muerte ante una persona enferma o muy débil. A la vez, no dejemos de reconocer que unas palabras de ayuda y consuelo pueden resultar una caricia para el alma.

Ofrecer la Unción de los enfermos no ha de ser motivo de angustia o pesar: en esos momentos la gracia de Dios sostiene al alma de quien podría afrontar con lógica inquietud lo desconocido. Dejemos actuar a Dios. Una y otra vez, los sacerdotes somos testigos de cómo la misericordia del Señor alivia a los moribundos cuando se les administra ese sacramento. En esas ocasiones, recemos con estos pacientes, hablemos con naturalidad del Cielo, sostengámosles con nuestra fe, y recordémosles que no están solos, sino que en la vida eterna les espera el Amor infinito de Dios.

Un día de 1932, san Josemaría acompañaba a morir a un hombre en el Hospital General de Madrid. Aquella persona, ante la cercanía de la muerte, recordaba con viveza todos los errores de su paso por la tierra; y sus ofensas a Dios inquietaban su alma[15]. El fundador del Opus Dei relataba así esta escena años más tarde: «Me decía a gritos, sin que pudiera hacerle callar: —Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor. —¡Pero si le vas a dar un abrazo —le dije— y un beso muy fuerte enseguida, en el Cielo!»[16]. Aquel hombre murió en paz, sostenido también por la fe de este santo sacerdote, que supo estar a su lado en el momento de la prueba final.

Dar sepultura a los muertos es una tarea que está llena de posibilidades para fortalecer la fe de los vivos. Quien experimenta el fallecimiento de un ser cercano, agradecerá que le acompañemos con nuestra oración y serenidad; pero también con unas palabras de pésame, procuremos darles un tono sobrenatural, para que nuestra fe sirva de consuelo a quien lo necesita. Quizá muchas personas carecen actualmente de una amiga o un amigo que les recuerde que Dios es un Padre, que se ocupa también de los que se han marchado.

Asimismo, es muy propio de los cristianos cuidar materialmente los lugares donde reposan los difuntos, limpiando sus tumbas y depositando algunas flores, etc. No se trata sólo de avivar el recuerdo y de rezar por sus almas, sino que estas atenciones hacia los fallecidos demuestran también el respeto que mostramos hacia los cuerpos. Creemos firmemente en la resurrección de la carne, y los lugares donde descansan los restos de quienes conocimos nos hacen presente que volverán a la vida. 

Quien ha rezado ante una tumba sabe que el amor no se apaga, sino que sigue vivo. La fe nos da la certeza de que la misericordia de Dios es capaz de traspasar de modo misterioso la barrera de la muerte. ¡Qué grande es el poder de la misericordia con la que, gracias a la resurrección de Jesucristo, podemos alargar nuestro cariño más allá de los confines de esta vida!

Pensemos lógicamente en María, la Madre del Crucificado. Sobre sus rodillas descansó Cristo cuando le desclavaron de la Cruz. Ella continuó llenándole de cuidados, aun con el corazón roto. «Ninguno como María —ha dicho Papa Francisco— ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre para salvarnos. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor»[17]. Como nos invita el Santo Padre, imitemos a la Virgen dolorosa en nuestro servicio diario a los vivos y a los difuntos.


  • Junio: Enseñar al que no sabe y dar buen consejo al que lo necesita

Entre las obras de misericordia espirituales, me detengo hoy en las dos primeras: enseñar al que no sabe y dar buen consejo al que lo necesita. Enseñar es una de las tareas más hermosas que podemos llevar a cabo todas y todos. Pensemos en el trabajo educativo de las madres, porque ¡con cuánta paciencia, alegría y generosidad demuestran en su existencia atención a los hijos, para ayudarlos a alcanzar la madurez humana y sobrenatural! El Papa Francisco ha dicho que «la madre, ante todo, enseña a caminar en la vida y sabe cómo orientar a los hijos [...]. No lo ha aprendido en los libros, sino que lo ha aprendido en el propio corazón»[18].

Quiero añadir que, al mismo tiempo, también el padre de familia tiene que aprender cada día, con corazón recto, a ser buen esposo, buen padre, gastándose cotidianamente —como hace su esposa— para atender y encender el buen clima del hogar.

El corazón: ése es el secreto de las obras de misericordia, que mueven la voluntad y que nacen de la caridad, de ese amor de Dios que puede llegar a otras personas a través de ti, de mí.

En el Evangelio, escuchamos estas palabras de Cristo a quienes acudieron a capturarle en el huerto de los olivos: «Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo» (Mt 26, 55). Su vida pública, en efecto, había consistido sobre todo en enseñarnos el camino de hijos de Dios, en iluminar nuestra inteligencia, en abrirnos la vía para llegar a Dios Padre, con la ayuda del Paráclito. 

Y en esa misma línea, maravilla la fuerza de su discurso de la montaña (cfr. Mt 5), de las parábolas que describen el reino de los cielos (cfr. Mt 13, 1-55) y también los diálogos de Jesús con diferentes personajes: escenas en las que el Maestro transmite a todos —también a los que caminamos ahora— modos diversos de recorrer las sendas de la salvación. Por eso, como señala también el Papa, «para ser capaces de misericordia, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige»[19]

Sólo cumple el oficio de buen maestro, y sólo puede aconsejar rectamente a los demás, quien está permanentemente dispuesto a aprender. Todos, todos, debemos abrirnos con docilidad a las enseñanzas del Maestro si de veras deseamos ayudar al prójimo con sinceridad. Por eso, leer el Evangelio con atención y recogimiento —una costumbre que os invito a practicar todos los días, con una lectura tranquila, reposada, meditando lo que Dios nos predica—, nos hará más sensibles para experimentar la misericordia de su Padre celestial y captar así las inspiraciones del Espíritu Santo. Y entonces, cuando tengamos luego que orientar o dar un consejo a una persona, brotará en nosotros la pregunta inmediata: ¿cómo lo haría Cristo? Y actuaremos en consecuencia.

En muchas ocasiones —¡en todas!—, también el buen ejemplo será el mejor modo de ayudar a los demás. San Josemaría recuerda en su libro Forja que «comenzó Jesús a hacer y luego a enseñar: tú y yo hemos de dar el testimonio del ejemplo, porque no podemos llevar una doble vida: no podemos enseñar lo que no practicamos. En otras palabras —prosigue el fundador del Opus Dei—, hemos de enseñar lo que, por lo menos, luchamos por practicar» (n. 694). En efecto, nuestra lucha, nuestro deseo de conversión, constituirá un acicate para que otros se fijen en nuestro empeño por vivir la fidelidad cristiana; y, si queremos ayudarles, tenemos que exigirnos primero personalmente.

Por otro lado, dar un consejo oportuno para servir, supone un acto de generosidad, porque requiere salir del propio yo y ponerse en la situación del prójimo, tratando de comprenderle a fondo —sin olvidar sus personales circunstancias—, con el fin de acertar con lo que sugerimos. Se tratará siempre de un consejo de amistad y, con frecuencia, siempre, con intención sobrenatural, ya que así se podrá ayudar al otro y verá las cosas con un horizonte más amplio, que es el de Dios. 

Estas obras de misericordia nos deben impulsar a mostrar generosamente a otros el camino que conduce a Cristo. San Josemaría apuntaba que «el apostolado es como la respiración del cristiano: no puede vivir un hijo de Dios, sin ese latir espiritual […]. El celo por las almas es un mandato amoroso del Señor, que [...] nos envía como testigos suyos por el orbe entero»[20].

Muchas personas, quizá sin saberlo, esperan que se les dé a conocer a Cristo. ¡Realmente sin él no cabe la verdadera felicidad! Ojalá las gracias de este Año de la misericordia nos ayuden a superar los obstáculos que a veces nos detienen para hacer apostolado: son los respetos humanos, la pereza, o sencillamente el pensamiento de que se trata de una tarea imposible. Invitemos sin embargo a quienes tratamos en nuestra vida ordinaria a mirar el rostro del Señor; mostremos —insisto— sus enseñanzas con nuestra vida; expliquemos la doctrina de la Iglesia cuando resulte necesario y, desde luego, comportémonos siempre de modo coherente con nuestra fe. De este modo, haremos atractivo un estilo de vida acorde con el Evangelio.

Deseo citar de nuevo a san Josemaría, porque nos señalaba que «hemos de conducirnos de tal manera, que los demás puedan decir, al vernos: éste es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es fanático, porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado, porque manifiesta sentimientos de paz; en una palabra, porque ama»[21].

Así actuó siempre el fundador del Opus Dei. Su vida consistió principalmente en transmitir a quienes encontraba el espíritu que había recibido de Dios. He sido testigo de su celo por dejarnos claro, hasta en los más pequeños detalles, cómo seguir a Cristo santificando la vida ordinaria. Lo hacía con corazón materno y paterno: sirviéndose de detalles corrientes, arrastrándonos con su ejemplo, recordándonos cada cosa con paciencia e incluso con energía, cuantas veces fuera necesario.

Os sugiero que, en este Año de la misericordia, leáis alguna de las biografías que relatan diversos episodios de la vida de san Josemaría, aunque ya las hayáis leído previamente. Sus enseñanzas surgen directamente del Evangelio, y encierran, como dice el Señor, cosas viejas y cosas nuevas, por lo que nos ofrecen siempre la capacidad de dar también un impulso a nuestra propia vida espiritual. Al leer esas biografías o sus escritos, el Señor nos ayudará a descubrir, para nuestra conducta personal, aspectos estupendos, atractivos, del espíritu cristiano, que podremos transmitir a los demás.

San Josemaría definía el Opus Dei como la historia de las misericordias de Dios[22], ya que siempre experimentó —en ese poner en marcha la voluntad divina— la incomparable cercanía del Señor. Esa historia gracias a Dios no se ha detenido, sino que continúa hoy en el quehacer de muchos hombres y mujeres, que se esfuerzan por asimilar ese modo de vivir y de seguir a Cristo, sintiéndose los últimos, los servidores.

Realmente, ¿no supone una gran manifestación de la misericordia divina la posibilidad de encontrar a Dios en las ocupaciones de cada día? ¿No manifiesta una caricia del Señor que podamos colaborar con él en la grandiosa aventura de llevar los frutos de la Redención a todas las encrucijadas del mundo, con nuestra vida corriente?


[1] Cfr. Julio González-Simancas y Lacasa, “San Josemaría entre los enfermos de Madrid (1927-1931)”, en la revista Studia et Documenta, vol. 2, Roma, 2008, pp.147-203.

[2] Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, Vol. I, Rialp, Madrid, 2001, pp. 423-459.

[3]San Josemaría,  Oración al Espíritu Santo compuesta en abril de 1934. citada en Pedro Rodríguez, Camino, edición critico histórica, Rialp, Madrid, 2002, p. 271.

[4] Francisco, Discurso en la audiencia general, 5-VI-2013.

[5] Francisco, Bula Misericordiae Vultus (11-IV-2015), n. 1.

[6] Cfr., por ejemplo, José Luis González Gullón, DYA. La Academia y Residencia en la historia del Opus Dei (1933-1939), Rialp, Madrid, 2016, pp. 187-190, 349-352.

[7] Francisco, Bula Misericordiae Vultus (11-IV-2015), n. 15.

[8] Francisco, Discurso en el Centro de Rehabilitación Santa Cruz-Palmasola, Bolivia, 10-VII-2015.

[9] Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, Vol. I, Rialp, Madrid, 2001, pp. 461-463.

[10] Francisco, Bula Misericordiae Vultus (11-IV-2015), n. 15.

[11] Francisco, Homilía en el primer viaje apostólico de su ministerio, Lampedusa, Italia, 8-VII-2013.

[12] San Josemaría, Via Crucis, XIV estación, n. 1.

[13]Ibid.

[14] Benedicto XVI, encíclica Spe Salvi (30-XI-2007), n. 6.

[15] El enfermo agonizante era de raza gitana y falleció en el Hospital General de Madrid el 14 de febrero de 1932. Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, Vol. I, Rialp, Madrid, 1997, pp. 429-430.

[16] San Josemaría, Via Crucis, III estación, n. 3.

[17] Francisco, Bula Misericordiae Vultus (11-IV-2015), n. 24.

[18] Francisco, Discurso en la audiencia general, 13-IX-2013.

[19] Francisco, Bula Misericordiae Vultus (11-IV-2015), n. 13.

[20] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 122.

[21]Ibid.

[22] Cfr. Romana, n. 61, 2016, Estudio.

Romana, Nº 62, Enero-Junio 2016, p. 107-121.