envelope-oenvelopebookscartsearchmenu

A mí me lo hicisteis

Al convocar un jubileo, el Santo Padre Francisco invita a considerar que la Iglesia se sabe portadora de ese empuje irrefrenable del Señor: la salvación es hoy. Utinam hodie vocem eius audiatis: nolite obdurare corda vestra, !Ojalá escuchéis hoy su voz! No endurezcáis vuestro corazón (Sal 95, 8). En el Antiguo Testamento, una prefiguración de la salvación de Dios es precisamente el año jubilar, que tenía lugar cada 50 anos. Al cumplirse siete semanas de anos (Lv 25, 8) —siete veces siete años— se iniciaba un ano en el que los esclavos eran liberados, y cada uno volvía a su propiedad y a su familia (cfr. Lv 25, 10.39), porque los hombres no pertenecen a nadie, sino a Dios (cfr. Lv 25, 55). Si una palabra tuviera que resumir lo que suponía un jubileo para el pueblo de Israel, podría ser “libertad” (cfr. Lv 25, 10).


En la escena del juicio final que Jesús presenta en el Evangelio, tanto los justos como los injustos se preguntan perplejos, y preguntan al Señor, cuándo le vieron hambriento, desnudo, enfermo, y le auxiliaron, o dejaron de hacerlo: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Las obras de misericordia corporales son una respuesta a estas palabras de Cristo. «Hay que abrir los ojos —afirma san Josemaría— hay que saber mirar a nuestro alrededor y reconocer esas llamadas que Dios nos dirige a través de quienes nos rodean. No podemos vivir de espaldas a la muchedumbre, encerrados en nuestro pequeño mundo. No fue así como vivió Jesús. Los Evangelios nos hablan muchas veces de su misericordia, de su capacidad de participar en el dolor y en las necesidades de los demás» (Es Cristo que pasa, n. 146).


Un primer movimiento de las obras de misericordia corporales es la solidaridad con todos los que sufren, aunque no les conozcamos. «No solo nos preocupan los problemas de cada uno, sino que nos solidarizamos plenamente con los otros ciudadanos en las calamidades y desgracias públicas, que nos afectan del mismo modo», recordaba san Josemaría en los años cincuenta (Carta14-II-1950, n. 20). Aunque no sea posible estar al corriente de las dolencias de cada hombre, ni remediar materialmente todos esos problemas, un cristiano no se desentiende de ellos, porque los ama con el corazón de Dios: «¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor?» (2 Co
12, 28-29).


La solidaridad en cristiano se concreta, pues, en primer lugar en la oración por los que sufren, aunque no les conozcamos. La mayor parte de las veces no veremos los frutos de esa oración, hecha también de trabajo y sacrificio pero, como afirma el Papa, estamos convencidos de que «todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida» (Evangelii gaudium, n. 279).


La solidaridad también se despliega en «simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo», frente al «mundo del consumo exacerbado», que es a la vez «el mundo del maltrato de la vida en todas sus formas» (Laudato si’, n. 230). Todos, pequeños y mayores, tenemos que aprender a levantar la mirada para descubrir las menudas indigencias cotidianas de quienes viven con nosotros. En particular, es necesario acompañar a los familiares y amigos que sufren enfermedades, sin considerar sus dolencias como una distorsión para la que habría que encontrar soluciones meramente técnicas. Son muchos los avances de la ciencia que permiten mejorar las condiciones de los enfermos, pero ninguno de ellos puede reemplazar la cercanía humana de quien, en lugar de ver en ellos un peso, adivina a «Cristo que pasa», Cristo que necesita que le cuidemos. «Los enfermos son Él», escribió san Josemaría (Camino, n. 419), en expresión audaz, que refleja la llamada exigente del Señor: «en verdad os digo… a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).


«¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a verte?». En ocasiones, puede costar ver a Dios detrás de la persona que sufre. Pero la persona enferma, precisamente por su debilidad, se hace aún más merecedora de ese amor. Un resplandor divino ilumina los rasgos del hombre enfermo o cautivo que se asemeja a Cristo doliente, tan desfigurado que «no hay en él parecer ni hermosura que atraiga nuestra mirada, ni belleza que nos agrade de él» (Is 53,2).


La atención de los enfermos, de los ancianos, de los moribundos, requiere por eso buenas dosis de paciencia, y de generosidad con nuestro tiempo, especialmente cuando se trata de enfermedades que se prolongan en el tiempo. El buen Samaritano «igualmente tenía sus compromisos y sus cosas que hacer», dijo el Papa en la última audiencia del mes de abril. Pero quienes, como él, hacen de esa atención una tarea ineludible, sin refugiarse en la frialdad de soluciones que a fin de cuentas consisten en descartar a quienes ya humanamente pueden aportar poco, el Señor les dice: «Si comprendéis esto y lo hacéis, seréis bienaventurados» (Jn 13,17). A quienes han sabido cuidar de los débiles, Dios les reserva una bienvenida llena de ternura: «Venid, benditos de mi Padre» (Mt 25,34).


Son muchas las necesidades materiales que podemos detectar a nuestro alrededor: familias que emigran huyendo de la guerra, personas en desempleo, «prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna» (Misericordiae vultus, n. 16) como la drogadicción, el hedonismo, la ludopatía...  Uno podría no saber por dónde o cómo empezar. La experiencia demuestra que muchas pequeñas iniciativas, dirigidas a resolver alguna carencia de nuestro entorno más inmediato, empezadas con lo que se tiene, y con quien puede —la mayor parte de las veces con más buen humor y creatividad que tiempo, recursos económicos o facilidades de los entes públicos—, acaban haciendo mucho bien, porque la gratuidad genera un agradecimiento que es motor de nuevas iniciativas: la misericordia encuentra misericordia (cfr. Mt 5,7), la contagia. Se cumple la parábola evangélica del grano de mostaza: «es, sin duda, la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas» (Mt 13,32).


Las necesidades de cada lugar y las posibilidades de cada uno son muy variadas. Lo mejor es apostar por algo que esté al alcance de la mano, y ponerse a trabajar. Con el tiempo, muchas veces menos de lo que pensaríamos, se abrirán puertas que parecía que iban a permanecer cerradas. Y se llega entonces a los encarcelados, a los cautivos de tantas otras adicciones, que están abandonados como en la alcantarilla de un mundo que les ha descartado cuando se han roto.


Evocando sus primeros años de sacerdote en Madrid, san Josemaría recordaba cómo iba por aquellos descampados «a enjugar lágrimas, a ayudar a los que necesitaban ayuda, a tratar con cariño a los niños, a los viejos, a los enfermos; y recibía mucha correspondencia de afecto [...] y alguna que otra pedrada» (Notas de una reunión familiar, 1-X-1967, en AGP, P03, XII-1967, p. 26). Y pensaba en las iniciativas que hoy, junto a tantas promovidas por los cristianos y por otras personas, son una realidad en muchos lugares del mundo; y que tienen que seguir creciendo quasi fluvium pacis, como un río de paz: «Hoy para mí esto es un sueño, un sueño bendito, que vivo en tantos barrios extremos de ciudades grandes, donde tratamos a la gente con cariño, mirando a los ojos, de frente, porque todos somos iguales» (íbid).

Romana, Nº 62, Enero-Junio 2016, pag. 10-14.