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Del vicario auxiliar: En la solemnidad litúrgica de san Josemaría, parroquia de San Josemaría, Roma (26-VI-2016)

Me llena de alegría celebrar aquí la Santa Misa en la fiesta de san Josemaría, en esta parroquia dedicada a él. En primer lugar quisiera transmitiros un saludo cariñoso de Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, a quien tanto le gusta celebrar la Eucaristía en esta iglesia, aunque hoy no haya podido asistir. Podéis estar seguros de sus oraciones por vuestra comunidad parroquial, por cada uno de vosotros y por vuestras familias.

Han pasado veinte años desde que san Juan Pablo II dedicara esta iglesia. Recuerdo muy bien ese día, en el que tuve la suerte de participar en la celebración eucarística. El entonces Papa se dirigía a los fieles con palabras que llamaban al compromiso en la misión cristiana: «Esta iglesia —decía— no se construye sólo con ladrillos, sino con piedras vivas, y estas piedras vivas son las personas, todos los bautizados. Vosotros estáis bautizados: por tanto sois también piedras vivas y con estas piedras vivas se construye una Iglesia viva». Dos décadas después, ¡cuánta vitalidad  en la parroquia de San Josemaría! Sacerdotes y laicos han trabajado mucho, han impulsado iniciativas muy variadas: la catequesis para niños y adolescentes, obras de caridad, cursos de preparación al matrimonio, etc.  ¡Cuánto os quieren el párroco y los demás sacerdotes!

Estamos todos inmersos en una gran aventura apostólica. En el Evangelio que acabamos de leer, Jesús involucra a muchas personas en su tarea de enseñar el camino para alcanzar la verdadera felicidad. Se reunía tanta gente en torno a él que Jesús pidió a Simón que le dejase subir a su barca. Al final de su predicación, el Señor dirige este desafío al pescador: «Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca» (Lc 5, 4). Guía mar adentro… Duc in altum! (en el texto latino). Son palabras que golpearon el corazón de san Josemaría, y cuyo eco sintió durante toda su vida. Duc in altum! A su vez, san Josemaría dirigió esta llamada del Señor a tantos cristianos, para que no se conformasen con una relación superficial con Dios, para que no cayesen en la tentación de encerrarse en sí mismos. «Bogad mar adentro, y echad vuestras redes para pesca —nos exhorta san Josemaría—. Ese celo apostólico, que Cristo ha puesto en nuestro corazón, no debe agotarse —extinguirse—, por una falsa humildad. […] Pero nos manda que luchemos, que reconozcamos nuestros defectos; no para acobardarnos, sino para arrepentirnos y fomentar el deseo de ser mejores»[1].

Dios y los demás: estos son los grandes horizontes de nuestra vida: ir al encuentro del Dios que es nuestro padre, y de los demás, que son nuestros hermanos. Hoy, al igual que Pedro y sus compañeros pescadores, escuchamos las palabras del Maestro: Duc in altum, ¡mar adentro! Es el Señor que nos llama a adentrarnos en ese mar de amor infinito que es él mismo, a dejarnos guiar por el Espíritu Santo, como dice san Pablo, para poder tener un diálogo de hijos con su Padre. Sumerjámonos en ese océano de paz y de amor que es Dios: en nuestra oración diaria, en esos espacios de silencio y de oración íntima que podemos encontrar —con un poco de esfuerzo— en medio de la agitación de cada día. Descubriremos que el Señor está siempre con nosotros, incluso cuando parece que nuestras jornadas terminan con las redes vacías, como sucedía a Simón Pedro el día que se encontró con el Maestro en el lago de Genesaret.

Duc in altum, mar adentro: es también una llamada a ir hacia esos otros mares que son los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para transmitirles la alegría de ser hijos de Dios. No podemos quedarnos al lado de la comodidad, contentos quizá de tener una relación de mera cortesía con los demás. Los cristianos estamos llamados, como Pedro, a dejar las orillas del egoísmo para convertirnos en pescadores de hombres, personas con valentía para comunicar la cercanía de Dios con palabras y obras, incluso con gestos simples, como una broma divertida que arranca una sonrisa a quien está más cansado, un consejo que anima a un amigo desanimado o un detalle que hace más agradable una reunión familiar.

Quienes hemos tenido el gran don de Dios de haber seguido de cerca a san Josemaría, podemos asegurar que estaba siempre en la presencia de Dios y, al mismo tiempo, se interesaba por la vida de cada persona, con gestos muy concretos. Tenía un corazón de padre que amaba intensamente, también cuando debía corregir a quien se equivocaba, porque como dice el Papa Francisco, «un buen padre sabe esperar y sabe perdonar desde el fondo del corazón. […] El padre que sabe corregir sin humillar es el mismo que sabe proteger sin guardar nada para sí»[2]

Adentrémonos mar adentro en nuestra relación con Dios y con los demás. Y pidamos a la Virgen que nos acompañe y sostenga en esta decisión, ella que es —como decía a menudo san Josemaría— Spes Nostra, nuestra Esperanza.


[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 159.

[2] Francisco, Catequesis en la Audiencia General, 4-XII-2015.

Romana, Nº 62, Enero-Junio 2016, pag. 103-105.