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En la solemnidad litúrgica de san Josemaría, basílica de San Eugenio, Roma (25-VI-2016)

Sea alabado Jesucristo.

Queridos hermanos y hermanas:

No podemos dejar de maravillarnos y de llenarnos de agradecimiento ante el diálogo entre Jesús y Pedro que recoge el Evangelio. Después de haber utilizado su pobre barca, el Señor invita a Simón a dirigirse mar adentro para la pesca y lo acompaña. Sabe que ese hombre es un pescador experto y que por eso le dice, con gran sencillez y confianza, que durante toda la noche no ha pescado nada.

Pedro se pregunta cómo es posible que cambie su suerte ahora que se ha hecho de día. Aun así, fiándose de quien le aconseja, hace lo que Jesús le pide y echa las redes. La extraordinaria fecundidad de aquella pesca mueve a Pedro a ponerse de rodillas. Y Cristo le responde con un don aún mayor: le anuncia que, desde aquel momento, él y sus compañeros serán pescadores de hombres.

En este Año Jubilar de la Misericordia advertimos, en este gesto del Señor, una muestra más de la misericordia divina. Jesús se apiada de esos pescadores que no han logrado ningún fruto del trabajo del que han de vivir. Pero respeta su libertad y, en vez de llevar a cabo él un milagro dejándoles con la boca abierta pero sin haber hecho nada, les sugiere que echen una vez más las redes. De este modo son ellos, los propios apóstoles, quienes logran «una gran cantidad de peces», tan grande que incluso «casi se rompían las redes». ¡Es lógico! Precisamente porque el Señor ha tenido compasión, su comprensión suscita en ellos una fe tan grande que se hace palpable: el Maestro no ignora su capacidad de trabajar, de empeñarse, de crecer esforzándose juntos.

Podemos afirmar que la misericordia de Dios, que Cristo ha traído a la tierra, da alas a la libertad humana. ¡Qué maravilla! Dios nos deja hacer, desea que aportemos nuestra contribución. Cuenta con la profesionalidad de cada uno: pescadores, maestros, albañiles, artesanos, funcionarios..., y tantos otros. Cada uno de nosotros —médicos, personal sanitario, periodistas..., jóvenes y ancianos...— puede encontrar aquí una lección que propone san Josemaría, que comentaba así la invitación del Señor: «¡Mar adentro! —Rechaza el pesimismo que te hace cobarde»[1]. A todos, a cada uno, nos conviene no solo recibir, sino dar, más aún, darnos, entregarnos para llegar a ser dignos de escuchar la llamada del Señor: «No temas, desde ahora serás pescador de hombres».

En ese entregar la vida por dar a conocer y amar a Jesús —pues en esto consiste el ser pescador de hombres— encontramos nuestra verdadera dignidad. Como enseña el Concilio Vaticano II, el hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás»[2].

Pero volvamos al Evangelio. Hemos contemplado cómo el Señor ha llevado a Pedro hacia una verdad más alta: de la eficacia material de una pesca a la fecundidad del apostolado.

«Aléjate de mí —exclama Pedro, todavía en la barca—, porque soy un pecador». También nosotros, como Pedro, nos reconocemos pecadores. Y a la vez también nosotros, como Jesús, encontramos en la vida personas que inexplicablemente han sido alejadas, marginadas, rechazadas, y a quienes el sufrimiento ha llevado a encerrarse en su propia miseria y soledad.

San Josemaría comprendió desde su juventud esta realidad, y movido por su sensibilidad de pastor, acudió a visitar a los enfermos, abandonados de todos en los hospitales o en sus casas, trasladándose con frecuencia a las periferias de Madrid.

El Papa Francisco, en la carta que escribió con motivo de la beatificación de mi predecesor, hizo mención de esa predisposición a salir al encuentro de todos, que él descubría también en el beato Álvaro: también él, dijo el Papa, «iba a los barrios para ayudar en la formación humana y cristiana de tantas personas necesitadas»[3].

A lo largo de su vida —afirmó san Juan Pablo II—, san Josemaría, «santo de gran humanidad [...], impulsó tantas obras de evangelización y de promoción humana en favor de los más pobres»[4]. Y hoy, siguiendo también el ejemplo personal del Papa y acogiendo con alegría su invitación a «anunciar la misericordia de Dios»[5]
, desearía animar a todos los fieles y amigos de la Prelatura a seguir —como gracias a Dios ya hacen— este camino abierto por Cristo y tan amado por los santos: servir a los demás, ayudarles en sus necesidades, salir de sí mismos, ir como Cristo «mar adentro» y acompañarlo allí donde tantas personas, quizá sin saberlo, nos esperan.

También nosotros, como Cristo con Pedro, podemos generar en los demás la sorpresa que cada uno experimenta cuando encuentra comprensión, ánimo y ayuda espiritual o material. Y, como Pedro, podemos apoyarnos en nuestra profesión de fe diaria o en nuestro trabajo para extender la misericordia de Dios: el maestro lo hará cuando enseña a quien no sabe; el médico, cuando cura a los enfermos con delicadeza; el juez, si trabaja con seria dedicación; el cocinero, cuando prepara de comer para quien tiene hambre... También en la maravillosa «profesión» de ser padres: vosotros, padres y madres de familia, sois testigos de misericordia en cada instante de vuestra jornada, desde la mañana hasta la noche, sin pausas, ayudándoos mutuamente y educando a vuestros hijos en la alegría del amor.

Por último, podemos decir con san Josemaría que la existencia del cristiano se desarrolla en el clima de la misericordia de Dios. «Ese es el ámbito de su esfuerzo, por comportarse como hijo del Padre»[6]. «Te daré [...] los confines de la tierra en propiedad», canta el Salmo 2: sí, el Señor nos da la tierra en herencia para que llevemos a todo el mundo precisamente la sorpresa, el amor y la alegría de los hijos de Dios.

Que la Virgen, madre de misericordia, nos dé un corazón misericordioso para amar a los demás como hijos de Dios y, de este modo, amar la alegría de ponernos a su servicio.

Sea alabado Jesucristo.


[1] San Josemaría, Camino, n. 792.

[2] Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et Spes, n. 24.

[3] Francisco, Carta al prelado del Opus Dei con motivo de la beatificación de Álvaro del Portillo (26-VI-2014).

[4] San Juan Pablo II, Discurso, 7-X-2002.

[5] Cfr. Francisco, Bula Misericordiae vultus (11-IV-2015).

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 8.

Romana, Nº 62, Enero-Junio 2016, pag. 101-103.