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Meditaciones mensuales sobre las obras de misericordia

Julio: Corregir al que se equivoca

La historia de la salvación nos muestra un continuo alternarse del amor misericordioso de Dios y de la debilidad de los hombres. Como una madre sigue por la casa a su hijo más pequeño, evitándole peligros o daños, así ha guiado Dios a la humanidad a lo largo de los siglos. Cada uno de nosotros ha podido experimentar en su propia vida esa guía, esa mano cercana de la Providencia divina. Y por esto, ¡cuántas caídas o equivocaciones en nuestro caminar se han convertido en ocasiones de encuentro con el Señor!

Corregir al que se equivoca nos anuncia una obra de misericordia que el Señor ejerció constantemente, como leemos en los relatos bíblicos, cada vez que los hombres se empeñaban —y podemos decir, nos empeñamos— en emprender el camino del mal. La historia del pueblo elegido es una clara manifestación de este cuidado divino. En muchas situaciones, Yahweh podría haberlos soltado de su mano, pero siempre —también a veces con castigos y otras con advertencias de los profetas—, volvía a atraerlos hacia sí, reencaminándolos por las vías de la salvación.

Con la encarnación del Verbo, la misericordia de Dios ha tomado un rostro humano: el de Jesús. Dios se ha hermanado con nosotros para buscarnos uno a uno: en nuestras circunstancias, con nuestras características, con los muchos o pocos talentos que poseamos. En el Evangelio, vemos que Jesucristo no se abstiene de reprender, de corregir, a quienes desea llevar por la senda recta; no sólo a los fariseos que rechazaban su mensaje, sino también a sus amigos: a Pedro, incluso con dureza, cuando el apóstol le insinúa que debe evitar la Pasión; o a Marta en Betania, con dulzura, por preocuparse en exceso de las tareas de la casa. El Señor sabía utilizar el tono y el lenguaje que más convenía a cada persona.

Siguiendo el ejemplo del Señor, recordemos que la corrección fraterna practicada con rectitud, sin humillar, ha sido una ayuda en la Iglesia desde los comienzos. «Hermanos
–escribió san Pablo a los Gálatas (Gal 6,1)—, si acaso alguien es hallado en alguna falta, vosotros, que sois espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, cuidando de ti mismo, no vaya a ser que tú también seas tentado». No señala el apóstol otra cosa distinta sino el mandato de Jesús: «Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15).

Por tanto, la corrección fraterna apunta un deber de todos los cristianos. Cuando alguien nos hace una advertencia para nuestro bien, hemos de ver ahí una manifestación de la misericordia divina, que se sirve de instrumentos humanos con el fin de guiarnos por el camino del bien. En un primer momento, quizá nos resulte amarga, poco agradable. El orgullo puede impulsarnos a rebelarnos, a buscar excusas que siempre son fáciles de hallar. Sin embargo, si se considera en la presencia de Dios esa advertencia, surgirá el agradecimiento sincero porque alguno se ha tomado la molestia de advertirnos un error que no habíamos percibido.

No subestimemos aquí el poder de la misericordia, ya que una corrección fraterna aceptada con humildad, puede consolidar una relación, reforzar una amistad, evitar futuras complicaciones o ser el punto de inicio de una nueva etapa en la vida.

Hace años, el Papa Benedicto XVI —a quien debemos estar muy agradecidos— se refirió ampliamente a esta manifestación de la caridad. «Hoy somos generalmente muy sensibles —decía— al aspecto del cuidado y de la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos». Y añadía: «Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos —confirmaba el Papa— que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien»[1].

Por esto, os digo a todos y me digo a mí, al ayudar con la corrección fraterna, hay que guiarse por la caridad y la prudencia, buscando el momento oportuno y el modo más adecuado de hablar, para no herir innecesariamente a esa hermana o a ese hermano nuestro. El mismo san Pablo animaba a los Gálatas a corregirse «con dulzura». Entonces, para hacer bien una corrección fraterna lo mejor será pensar sobre ese modo de ayudar en la presencia de Dios, rogando al Espíritu Santo que ponga en nuestra boca las palabras oportunas, con plena rectitud de intención.

Puede surgir la tentación de pensar que esa advertencia caerá en saco roto, o que esa persona no luchará para cambiar, o que sus problemas no nos afectan... Y no es así. Quienes estamos en la Iglesia formamos un cuerpo unido, y los errores de los demás, sin escandalizarnos y sin juicio crítico, han de despertar en nosotros sentimientos de misericordia y necesidad de ayudar con caridad.

Cuando se corrige, es necesario también contar con el tiempo: la gracia interviene de modo efectivo, pero las personas necesitan —necesitamos— tiempo para lograr el cambio oportuno. Recordemos que el apóstol Pedro no aceptó que Cristo fuera a la muerte, ni siquiera tras habérselo anunciado el Maestro, y lo hizo expresamente y con energía. Fue preciso que le contemplara en cadenas para meter en su alma que aquel sacrificio era la voluntad de Dios.

Quizá también a nosotros nos ocurra que, tras haber corregido a alguien, su actitud no mude y persista en el error. En esos casos, recemos por esa persona, ya que la oración es el primer modo de ayudar. Una vez plantada la semilla de la misericordia, hay que regarla con oración, con paciencia y cariño humano, y así esa semilla germinará y dará fruto.

Consideremos además que con la práctica de la corrección fraterna se combaten eficazmente las habladurías y los comentarios irónicos, que tanto daño causan en las relaciones familiares y sociales. Este puede ser un buen propósito para el Jubileo de la misericordia: evitar hasta la más pequeña crítica a nuestros parientes o amigos, a los superiores y a quienes dependen de nosotros, a conocidos y desconocidos. Puede parecernos tarea no fácil, pues a lo largo de la jornada quizá se presentan numerosos roces y malentendidos; pero, si nos empeñamos, con la ayuda y la fortaleza de Dios, seremos sembradores de una serenidad que aporta quien huye de la confrontación y propone soluciones positivas.

        Ayudémonos pues mutuamente con el bálsamo de la misericordia. Nadie logrará la felicidad si la busca él solo. No seamos ajenos a las luchas de los demás y pidamos al Señor la sencillez de corazón para aceptar las correcciones con humildad y agradecimiento, cuando nos las hagan; y para ayudar corrigiendo con afecto y comprensión a quienes tengamos que prestar esa ayuda.

            Agosto: Perdonar al que nos ofende

Una de las obras de misericordia que más necesita el mundo —ahora y siempre— consiste en perdonar al que nos ofende. «¡Qué difícil nos puede parecer muchas veces perdonar! —ha señalado el Santo Padre—. Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices»[2].

Este vivir felices se alza ante nosotros como un deseo de todos los seres humanos. Pero nadie puede alcanzar la felicidad por cuenta propia, a espaldas de Dios y de los demás. Con alguna frecuencia, quizá crece la sensación de que quienes nos rodean resultan más bien un obstáculo: porque nos ofenden; porque nos maltratan; porque nos causan dolor físico o moral... males que experimentó el mismo Jesucristo, crucificado por aquellos a quienes vino a traer la salvación.

El Señor, rostro visible de la misericordia del Padre, perdonó sin dar cabida al resentimiento: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34), rezó mientras pendía del leño de la Cruz. De ese modo, rompió decididamente el círculo vicioso del odio que sólo genera más odio, del círculo de la venganza, del rencor; e hizo que de esa Cruz manara una fuente de misericordia, capaz de cambiar la historia de cada mujer y de cada hombre.

La Cruz del Señor nos ayuda a comprender que todos necesitamos del perdón: de perdonar y de ser perdonados. Quien no asimila esta realidad, se vuelve incapaz de sondear la buena profundidad del amor que le une a otra persona o a Dios.

Repasemos la parábola del hijo pródigo. El joven, cegado por la inexperiencia y el orgullo, se alejó de la casa paterna y dilapidó todo lo que había recibido. Si regresó a casa, se debió a que habría palpado muy de cerca, en otros momentos, la misericordia paterna, su comprensión, y sabía de sobra que no sería rechazado. Al reencontrar a su padre, éste le entregó, con un abrazo, su don más grande: el perdón. Y procedió así sin humillarle, sin recordarle ni siquiera por un instante sus anteriores advertencias y consejos. Sólo entonces, el joven alcanzó a comprender el verdadero tesoro del amor paterno que había ignorado y dejado atrás, y que, afortunadamente, al volver contrito, había recuperado.

También cada uno de nosotros necesita acudir con frecuencia al sacramento del perdón, para entender de alguna manera la hondura del amor divino. «Dios no se cansa de perdonar —recuerda el Papa—, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón»[3]. En efecto, por desgracia alimentamos incluso la determinación de acostumbrarnos a la frialdad del pecado. Por eso, si ya nos beneficiamos de este sacramento, hagámoslo con las mejores disposiciones a nuestro alcance, yendo con mayor frecuencia o preparándonos mejor. Para lograrlo, arrojémonos en los brazos misericordiosos de Dios, eliminemos radicalmente los prejuicios y las excusas que nos impiden percibir en el alma esa caricia de la comprensión del Señor. ¿Acaso no recordamos la felicidad experimentada la última vez que nos reconciliamos con una persona? ¿No resulta la petición de perdón un gesto humano capaz de poner rostro a ese Dios, que tantas veces apartamos de nuestra vida y cuya bondad hemos olvidado?

Muchos cristianos desconocen la belleza de la Confesión. Convenzámonos: este sacramento no ha pasado ni pasará de moda nunca. Posee y poseerá una potencia siempre actual. Más aún, es un sacramento que abre nuestra vida al futuro, porque nos devuelve la esperanza. Recemos por tanto para que el Año jubilar de la misericordia permita a tantos cristianos recuperar la senda de vuelta a la casa paterna.

Quizá a alguno se le antoje que, para confesarse, se requiere una preparación previa muy compleja, y no es así: basta desear la gracia, hacer un buen examen de conciencia —quizá con la ayuda de un guión o con la colaboración de una persona competente— y luego, confiadamente, acudir al sacerdote. No pasemos por alto que fueron los sufrimientos interiores y exteriores, el conocimiento de la propia miseria y el recuerdo del amor paterno, lo que movió interiormente al hijo pródigo para ponerse en marcha. En una situación similar se encuentran muchas personas a nuestro alrededor: sólo necesitan a alguien que les acompañe en ese viaje de regreso a la casa del Padre.

Por otro lado, así como Dios absuelve también nosotros debemos saber perdonar cuantas veces sea necesario en la vida cotidiana. Puede ocurrir que quizá a causa de malentendidos, diferencias de caracteres, divergencias políticas o culturales, o cuestiones de otro tipo, algunos hombres y mujeres arrastran durante años el recuerdo de las ofensas causadas por amigos o por terceros. Desgraciadamente, con una disposición en el alma de ese género, los conflictos pueden prolongarse en el tiempo, sin que ninguno dé su brazo a torcer.

Inmersos de lleno, como estamos, en el Año de la misericordia, ¿no descubrimos este tiempo como ocasión magnífica para ofrecer nuestra reconciliación, aunque hayamos sido nosotros los ofendidos? El Señor da siempre el primer paso para perdonarnos, aunque no merezcamos su gracia; ¿no nos decidimos a seguir el ejemplo del Maestro? «Esfuérzate, si es preciso —escribió san Josemaría—, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti»[4].

Deseemos vivamente que la decisión de perdonar y pedir perdón se convierta en una actitud habitual en nosotros, en cada familia, entre los amigos. Pensemos que, sin la disposición de perdonar, todos los escenarios en los que nos movemos —también la propia familia— se convierten en ambientes desoladores, egoístas, tristones, que emponzoñan las almas o las entristecen. Bien precisa es la lección de Jesucristo: amar sin descanso, también al que nos hiere.

Por tanto, si los demás corresponden a nuestro perdón, demos gracias a Dios; pero si no obtenemos esa respuesta que desearíamos, no nos desanimemos, porque la misericordia es gratuita, no espera nada a cambio. Jesucristo murió rezando por los que le crucificaban y le ofendían. Su muerte redentora fue causa de que el velo del odio cayera de los ojos de las almas. Y sólo entonces, al contemplar cómo expiró Jesucristo, el centurión que estaba junto a la Cruz pronunció este hermoso acto de fe: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39).

Si los cristianos perdonamos prontamente las ofensas recibidas, con alegría y sencillez de corazón, muchos se sentirán atraídos por el amor de los hijos de Dios, y llegarán a encontrar al Padre bueno que a todos desea abrazar con su misericordia.

         Septiembre: Consolar al triste


El día siguiente al sábado, María Magdalena acudió llena de dolor y de amor a la tumba del Maestro, para ungir al Crucificado. Es un acontecimiento que leemos en los Evangelios con verdadera alegría, porque conocemos que allí, junto al sepulcro, encontrará al mismo Jesucristo resucitado, con cuerpo glorioso. El Señor, en ese encuentro, queriendo revelarse, llamó a la Magdalena por su nombre: ¡María! Ella le reconoció enseguida y exclamó: ¡Rabboni!, ¡Maestro! María no puede ni quiere contener ese grito de alegría al tener la certeza de que el Señor está vivo. En ese instante, las tinieblas del alma de esa mujer desaparecieron; la tristeza abrió paso a una alegría incontenible. El Señor se deja reconocer por una mujer de fe.

He querido recordar este episodio para que descubramos que, en la primera acción que cumple Cristo resucitado, lleva a cabo la obra de misericordia que nos ocupa hoy: consolar al triste.

Efectivamente, los hijos de Dios estamos hechos para gozar del Bien. Pero podemos tropezar en nuestro caminar con el dolor, porque escogemos triste y libremente el pecado o porque la Providencia de Dios permite el sufrimiento para que nos unamos a su Cruz, como pide en el Evangelio. Forma parte del misterio del hombre este coexistir cotidiano con el mal, una realidad que no debería desanimarnos, sino conducirnos a aumentar la esperanza en el Señor y el deseo de recurrir a él, confiados en que el dolor y el sufrimiento, no escapan a sus designios llenos de amor, como tampoco cae fuera de su providencia la invitación a arrepentirnos y recomenzar cuando hemos errado.

Puede ocurrir quizá que quien experimenta el mal tienda a aislarse, creyendo ser capaz de sobrellevar sin ayuda de nadie esa carga. Con esta añagaza, el diablo nos va separando de Dios y de nuestros hermanos —haciéndonos ver a nuestro alrededor sólo incomprensión y enemistad—, ofreciéndonos a cambio unos consuelos falsos que, al final, dejan únicamente posos de amargura. Sola estaba Eva en el Paraíso cuando se atrevió ella a dialogar con el tentador, así como solo estaba Judas cuando se desesperó en la noche de la Pasión. Con clara razón concluye san Pablo en su carta a los Corintios que «la tristeza del mundo produce la muerte» (2 Cor 7,10).

Las contradicciones forman parte de la vida, pero ¡qué mal haríamos si las afrontáramos exclusivamente por nuestra cuenta! Ante esa lucha, puede surgir la tristeza, y la tristeza arrastra consigo hacia el pesimismo, alejándonos así de Dios y de nuestros hermanos. «El abismo llama al abismo» (Sal 42,8), dice la Sagrada Escritura. En esos momentos, necesitamos de unas manos que nos impidan seguir cayendo.

A quien atravesaba esa mala racha, san Josemaría aconsejaba que buscase en primer lugar consuelo en la oración y en el Sagrario, pues de Dios procede toda la misericordia. «Para poner remedio a tu tristeza —escribió en Camino— me pides un consejo. Voy a darte una receta que viene de buena mano: del apóstol Santiago. “Tristatur aliquis vestrum?” – Estás triste, hijo mío? – “Oret!” – ¡Haz oración! – Prueba a ver»[5].

El fundador del Opus Dei acudía al Cielo cuando le costaba aceptar una situación dura, por ejemplo la muerte de una persona cercana, de un pariente o de un amigo. Aunque sufría el lógico dolor de padre —de hijo, de hermano, de amigo—, no se abandonaba a la tristeza, sino que rezaba así: «Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima voluntad de Dios sobre todas las cosas. – Amén. – Amén»[6]. Y repetía dos veces la palabra amén, para remachar con fuerza su adhesión a la voluntad divina, aunque le costase o no comprendiese el porqué. Recuerdo muy vivamente cómo san Josemaría encontraba un gran consuelo en esa oración para seguir caminando.

Al mismo tiempo, en tantas ocasiones, la ayuda de Dios nos llegará a través de otras personas: amigos, compañeros, parientes o incluso desconocidos. Nos consolarán o les prestaremos consuelo, abriendo así una vía para que Dios, con su misericordia, suavice las dificultades y pesares que todos afrontamos en nuestro caminar terreno.

Consolar no es tarea fácil, sino que requiere mucho tacto, porque el alma de quien sufre se encuentra, por así decirlo, en carne viva, con una fuerte desazón. Una palabra de más o de menos puede curar o puede herir. Entonces, nuestra presencia resultará suficiente; en otros momentos, será preciso decir algo que transmita esperanza y que ayude a considerar una situación desde otra perspectiva.

Os aconsejo que, para consolar con acierto, reclaméis ayuda a los ángeles custodios. Dios Padre envió a un ángel para consolar a Jesucristo en el huerto de los olivos, durante el momento de intensísimo sufrimiento en la vida de nuestro Salvador. Con esta escena, que tantas veces puede alimentar nuestra oración, se hace patente que consolar es, hijas e hijos míos, hermanas y hermanos míos, una acción divina. Ese consuelo en la agonía de Cristo hace patente el amor de Dios, la asistencia del Espíritu Santo, el gran Consolador.

Recordaréis que san Josemaría —siguiendo la tradición de la Iglesia—afirmaba que nosotros, los hombres y las mujeres, cuando estamos en gracia de Dios, somos templos de la Trinidad. En consecuencia, al ejercer o aceptar un acto de misericordia, estamos manifestando al mundo ese flujo de amor que parte del Padre, acoge el Hijo y revela al Espíritu Santo: algo tan importante que, por la bondad del Señor, puede llevarse a cabo en gestos tan ordinarios como una caricia, unas palabras de consuelo, un tiempo de escucha paciente, un estar callados o acompañando en oración junto a una persona que sufre.

En esa misma escena del huerto de Getsemaní, se nos revela una de las dificultades que presenta esta obra de misericordia: la de no ser capaces de descubrir el sufrimiento de nuestro prójimo. En efecto, a un tiro de piedra de nuestro Señor, los apóstoles dormían ajenos al dolor que invadía a su Maestro. Veámonos reflejados en su torpor. Dormimos cuando estamos ensimismados en nuestros problemas, cuando las prisas nos impiden detenernos a escuchar, cuando no damos importancia a las señales de tristeza que muestra un familiar o un amigo, cuando queremos ofrecer un consejo sin haber escuchado antes, cuando hundimos a quien se ha equivocado, poniendo límite a nuestra paciencia...

Termino con una hermosa oración de alabanza que san Pablo transmitió a sus hermanos de Corinto y que resume el núcleo de la obra de misericordia que hemos comentado hoy. Dice así: «Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios» (2 Cor
1,3) Amén.

         Octubre: Sufrir con paciencia los defectos del prójimo


A lo largo de este año, estamos procurando que la misericordia de Dios deje huella en nuestra vida interior y se traduzca en obras. Como decía san Josemaría, es en las situaciones ordinarias donde se fragua el ambiente más adecuado para hacer presente esa bondad de Dios: o le encontramos allí o no le encontraremos nunca.

Así, la convivencia con los demás y el lugar laboral o familiar se transforman en ocasiones para identificarnos con Él y, con esa palanca del amor, elevar el mundo a Dios. En este sentido, será muy oportuno que examinemos cómo vivimos la obra de misericordia que nos disponemos a considerar este mes: sufrir y amar con paciencia los defectos del prójimo.

 Amor y sufrimiento resultan dos realidades difícilmente separables. ¿Quién no ha sufrido por amor a un cónyuge, a un hijo o a un amigo? A veces, esta singular combinación puede resultar un misterio, pero Jesús desde la Cruz nos demuestra que ese fue el camino recorrido por el mismo Dios. Conscientes de que el Señor sabe más, cuando nos enfrentemos a este misterio en medio de lo cotidiano, miremos la Cruz que será fuente de paz.

El fundador del Opus Dei aconsejaba siempre que llevásemos un crucifijo en el bolsillo, o que lo pusiéramos encima de nuestra mesa de trabajo, junto a la fotografía de las personas queridas. De esa manera —besándolo o dirigiendo unas palabras al Crucificado—, resultará más fácil aceptar las contrariedades del día, hacer frente a nuestras derrotas sin desanimarnos o superar los inevitables desencuentros con los demás. San Josemaría añadía que no hay que soportar al prójimo, sino amarlo para recorrer con él su camino cotidiano.

Perder el miedo a la cruz, amarla, abrazarla sin temor cuando llega en las situaciones ordinarias o de manera extraordinaria, nos agrandará el corazón y así acogeremos a los demás cuando más lo necesiten. Nos prepararemos de este modo para presentarnos ante ese Dios que nos comprende y nos aguarda en el Cielo, dispuesto a versar a manos llenas su amor infinito sobre nuestra pobre alma.

San Pablo describía con estas palabras las características de un amor purificado: «El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor...» (1 Co 13,4-6).

Amigos y amigas, si deseamos en serio el bien de los demás, comprenderemos que ante el hermano débil no hay espacio para las prisas, las críticas o la impaciencia. Aunque quizá pretendemos moldear al prójimo a nuestro gusto, y con facilidad nos puede irritar su persistencia en los mismos defectos, ¿no es verdad que Dios ha tenido y tiene más paciencia con nosotros?

Durante la transfiguración, mientras el Señor se gozaba con el Padre y el Espíritu Santo, los nueve discípulos que lo aguardaban al pie de la montaña, intentaban en vano curar a un muchacho lunático. Su falta de fe les volvía incapaces de aliviar al chico, quien se arrojaba al agua y al fuego para causarse daño. Jesucristo, informado del fracaso de sus discípulos, reaccionó con una cierta nota de desencanto, en la que quizá reconozcamos nuestra propia desilusión o distanciamiento ante los defectos de los demás. «¿Hasta cuándo estaré con vosotros? —exclamó el Redentor—. ¿Hasta cuándo habré de sobrellevaros?» (Mt 17,17).

Sin embargo, como Jesús había venido a la Tierra para redimir a los hombres, con gran paciencia hacia todos, curó al muchacho y explicó a sus discípulos el origen de su fracaso: «Si tuvierais fe —les dijo— [...] nada os sería imposible» (Mt 17,20). El amor profundo del Señor por los hombres —por ti, por mí— es la fuerza que le mueve a rescatarnos, a ofrecernos su perdón una y otra vez, a considerar en nosotros la dignidad de hijos de Dios —que él nos ha ganado— y que está oculta bajo la capa de nuestras miserias.

Siguiendo los pasos de Cristo, no nos apartemos ante los defectos del prójimo y, sin victimismos, comprendamos que no se trata de soportarle, sino de acogerlo con humildad. Miremos a los demás con los ojos benignos con los que Dios les mira y nos mira, no con los nuestros. Si con facilidad nos surge la crítica interna o nos creemos incapaces de sobrellevar por más tiempo el carácter de esta o de aquella persona, cuidemos mejor nuestro examen de conciencia personal. Quien no se conoce bien, quien no busca la humildad, tiende a ser intransigente con los demás. Sobre esto, san Agustín escribió que «es mejor un pecador humilde que un santurrón soberbio»[7].

Recuerdo que san Josemaría solía recogerse frente al Sagrario unos minutos, también al final del día, antes de retirarse a dormir, para concretar el balance de su jornada. Esos instantes ante el Señor le ayudaban a recordar las ocasiones en que podía haberse dado más a los otros, y pedía perdón a Dios, y ayuda para afrontar mejor el día siguiente. Sólo quien conoce su propia debilidad, y se ha reído un poco de su poqueza, descubre cuánto necesita de Dios y de la comprensión de los hermanos.

Únicamente un alma paciente y humilde, consciente de sus defectos, está en condiciones de abrirse a quien necesita puntualmente una mano a la que agarrarse, un consejo certero o una sonrisa que expresa una sincera comprensión. Poco se logra, en cambio, con el enfrentamiento o con frases cargadas de cinismo o despecho.

San Josemaría hacía este comentario a los matrimonios: «Que procuréis ser siempre jóvenes, que os guardéis enteramente el uno para el otro, que lleguéis a quereros tanto que améis los defectos del consorte, si no son ofensa a Dios»[8]. Amar los defectos del consorte, o de una amiga o un amigo, resulta posible cuando el amor es maduro. Y esa actitud no implica que aceptemos estoicamente los defectos de los otros. Deseamos el bien de los demás, y por tanto trataremos de ayudarle a desterrar esas faltas, como pueden ser el carácter colérico o apático, el desorden, la sensualidad, la pereza o el activismo, la impuntualidad, el derroche, etcétera.

Esas imperfecciones son cruces que cada uno de nosotros carga durante muchos años, quizá de forma permanente. No añadamos más peso a la cruz que cada uno soporta: la paciencia hacia el prójimo será para muchos ese Cirineo que alivia la lucha diaria y que nos ayuda a identificarnos con ese Cristo que camina hacia el Calvario, cargando la Cruz por nosotros.

Pidamos a la Virgen que nos enseñe a ser pacientes. Ella supo acoger a los apóstoles que habían abandonado a su Hijo y acompañó maternalmente a la Iglesia en sus primeros pasos. Estemos seguros de que María camina con nosotros, ayudándonos a llenar de comprensión misericordiosa las relaciones entre los hombres.

         Noviembre: Rezar por los vivos y por los difuntos


«Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Estas palabras que Jesús dirige a sus discípulos —a ti, a mí—, nos revelan que, sin nuestro Padre Dios, sin su ayuda, nuestros esfuerzos por vivir la misericordia resultarán vanos; a la vez, nos confía que, por su interés por los hombres y por las mujeres, desea acompañarnos siempre, si obramos rectamente. Por eso, llegados al final de este año jubilar, nos ponemos nuevamente en sus manos y le volvemos a confiar los propósitos que convertirán nuestra vida ordinaria en un tiempo de misericordia.

La última obra que se nos propone es «rezar por los vivos y por los difuntos». Con la oración por el prójimo, en primer lugar reconocemos con humildad que todo bien procede únicamente de Dios, y por eso a él nos dirigimos; además, obtenemos para las almas la protección divina; y, finalmente, reforzamos los lazos sobrenaturales que nos unen a los otros, también con los que gozan ya de la presencia de Dios.

Esa necesidad de sostenernos mutuamente con la plegaria —tanto por los vivos como por quienes ya han dejado este mundo, pero continúan formando parte de la familia cristiana— tiene todo el sabor de la Iglesia primitiva. «Rezad los unos por los otros, para que os curéis: mucho puede la oración insistente del justo», dice Santiago apóstol (St 5,16). «Damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones» (1 Ts 1-2), apostilla san Pablo a los Tesalonicenses. «Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no es de muerte, rece y Dios le dará la vida», advierte san Juan (1 Jn 5,16). Después de oír esto, preguntémonos, amigos y amigas, si sostenemos así a nuestros colegas de trabajo, a nuestra familia, a los vecinos del barrio, a las personas de la parroquia a la que pertenezcamos. Si alguien atraviesa una dificultad, ¿le asistimos con nuestras oraciones, aunque el interesado no llegue a saberlo?

Ayudarse con la oración supone una obra de misericordia que, por querer de Dios, empapa la historia de la Iglesia, desde sus orígenes hasta nuestros días. Actualmente, el Papa nos pide que recemos con intensidad por los cristianos perseguidos, esos hermanos nuestros decididos a perderlo todo con tal de conservar la fe. De igual manera, nos ha invitado a orar por los inmigrantes que arriesgan sus vidas buscando un futuro en otros países, o por quienes carecen de empleo, también por los ancianos que viven solos, y por otras muchas personas necesitadas del calor de la comunión de los santos.

La oración por el prójimo nos impulsará a evitar el individualismo egoísta que conduce a tantos a encerrarse en una vida cómoda y aparentemente segura, atenta exclusivamente a sus necesidades personales, pero insensible al dolor ajeno. San Josemaría señalaba que «hay que reconocer a Cristo, que nos sale al encuentro, en nuestros hermanos los hombres. Ninguna vida humana es una vida aislada, sino que se entrelaza con otras vidas. Ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos todos parte de un mismo poema divino»[9]. Por tanto, en una sociedad en la que parecen deshacerse poco a poco los lazos que la mantenían cohesionada —y no es pesimista esta afirmación—, la oración cotidiana será un motivo poderoso de unidad y fortalecimiento.

Los dramas humanos que he mencionado se unen a las dificultades o a las oportunidades con las que cada criatura tropieza en su existencia personal o en su existencia familiar. Por eso, ¡qué evangélico resulta cargar con generosidad sobre nuestra alma los buenos afanes y los pesares de los demás! Y ya que nos proponemos ser cristianamente solidarios, convenzámonos de que cuando un bautizado reza, está ya actuando. Cuando suplicamos la intercesión de Dios, él nos oye e interviene. No permanece indiferente. Creamos seriamente que podemos cambiar la historia del prójimo, de una familia o de una comunidad con la fuerza de nuestra propia oración. En ocasiones, quizá no veremos los resultados, o el desarrollo de una historia no será el que nosotros habíamos imaginado, pues somos bien conscientes de que el Señor marca otros caminos, siempre misericordiosos, siempre sorprendentes. Pero, ¡soñemos!; oremos por aquellos que no nos ofrecen más esperanza; pidamos lo que esté fuera de nuestro alcance; no pongamos límite a la misericordia de Dios.

En la reflexión sobre la obra de misericordia de «enterrar a los muertos», consideramos con seguridad que la misericordia es capaz de atravesar la barrera de la muerte, y beneficiar incluso a quienes aguardan el premio eterno. Las oraciones por los difuntos poseen esa capacidad de trasladar nuestro amor a quienes han entregado su alma a Dios. San Josemaría nos hacía notar cómo la muerte del hijo de la viuda de Naín conmovió profundamente a Jesucristo, que reaccionó recuperándole a la vida. Lo explicaba con estas palabras: «San Lucas dice: Misericordia motus super eam, [Jesucristo] se movió por compasión, por misericordia hacia aquella mujer»[10]. Aprendamos de esa escena: ¿acaso no puede nuestra oración conmover de nuevo al Señor para que, por su misericordia, otorgue la verdadera vida a quienes nos han precedido?

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El año jubilar que ahora concluye no debe constituir únicamente un evento más del calendario, sino que ha de impulsarnos hacia el futuro y renovar en nosotros deseos firmes de santidad. Me pregunto y te pregunto, con confianza, con amistad: ¿ha marcado este tiempo una huella en tu alma? ¿Has descubierto a Dios como Padre misericordioso? ¿Conoces ahora con más profundidad las entrañas del Señor, su interés por cada uno, por cada una?

Recordemos que, como ha dicho el Santo Padre, «no es suficiente haber experimentado la misericordia de Dios en nuestra vida», sino que con los demás «debemos ser su signo e instrumento a través de pequeños gestos concretos»[11]. Por eso, las catorce obras sobre las que hemos meditado juntos durante estos meses nos invitan permanentemente a plantar la semilla de la primera evangelización en tantos corazones que desconocen todavía a Jesucristo o que se han alejado de él. Al calor de ese afecto nuestro y con ayuda de la gracia, muchas almas, quizá endurecidas por la indiferencia, se abrirán de nuevo al amor de Dios, y despertará en ellos el hambre por conocer al Padre bueno que aguarda su regreso.

Ponemos en manos de la Virgen nuestros propósitos e intenciones. A ella, le suplicamos: Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra [...]; vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!


[1] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma, 2012.


[2] Francisco, Bula Misericordiae Vultus, n. 9.


[3] Francisco, Ángelus, 17-III-2013, entre otros.


[4] San Josemaría, Camino, n. 452.


[5] San Josemaría, Camino, n. 663.


[6]Ibid., n. 691.


[7] San Agustín, Sermón 170, 7,7.


[8] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 18-XI-1972,  publicados en Romana n. 39, p. 180.


[9] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 111.


[10] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 25-IX-1971.


[11] Francisco, Audiencia, 12-X-2016.

Romana, Nº 63, Julio-Diciembre 2016, p. 320-333.