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“Misericordia. La Obra de Dios”, en Niedziela, Polonia, (septiembre de 2016)

Por Paweł Zuchniewicz

El prelado del Opus Dei, Javier Echevarría, estaba entre el millar de obispos que asistieron a la JMJ en Cracovia. Durante esos días se reunió con varios miles de jóvenes que participan en las actividades de formación espiritual que ofrece la Prelatura.

El Opus Dei fue fundado por san Josemaría Escrivá de Balaguer el 2 de octubre de 1928. Como solía decir el fundador, entonces «tenía 26 años, la gracia de Dios y buen humor». Hoy en día, ese trabajo apostólico cuenta con más de noventa mil fieles (unos 2.000 son sacerdotes), y está presente en 60 países, incluyendo Polonia. Entre las iniciativas que realizan muchas personas del Opus Dei no faltan las de caridad. Un ejemplo, entre otros, es Harambee Africa, una organización internacional que promueve programas sociales y educativos en el África subsahariana. Esta iniciativa fue creada para conmemorar la canonización de Escrivá de Balaguer en 2002.

Mantuvimos esta entrevista con el segundo sucesor de san Josemaría (después del beato Álvaro del Portillo) el viernes 29 de julio. Fue inmediatamente después del Via Crucis que el Papa Francisco presidió en el Parque Jordan de Błonia (Cracovia).

¿Cuáles fueron sus primeras reflexiones después del Via Crucis? 

El Via Crucis es siempre un encuentro con el amor de Cristo. Un encuentro doloroso pero a la vez esperanzado y purificador. Rememorar los momentos de la Pasión me ayuda siempre a recordar que Cristo sigue amando a los hombres, a cada uno de nosotros. Y ver a tantos chicos y chicas que le siguen detrás de la Cruz, me hace considerar que la juventud sigue buscándole, no se conforma con sucedáneos del amor.

Además, aquí el Via Crucis me ha traído particularmente a la memoria el recuerdo de san Juan Pablo II, inspirador de estas jornadas mundiales de la juventud y arzobispo de Cracovia antes de su elección como Papa. Su vida —y no solo la parte final, cuando su rostro se convirtió en icono del sufrimiento— fue un decidido empeño de llevar con alegría la cruz de cada día, con Cristo, por la salvación de los hombres.

San Juan Pablo II comenzó las JMJ, Benedicto XVI las continuó. Toma el testigo el Papa Francisco, que ha venido a Cracovia, a la Ciudad de la Misericordia. ¿Cómo ve a estos tres pontífices en su afán por buscar a los jóvenes?

Veo continuidad en el esfuerzo por dirigirse a los jóvenes. Por una parte, porque la Iglesia es siempre bella, capaz de llegar tanto a personas jóvenes como ancianas. Y también porque tanto san Juan Pablo II como Benedicto XVI y, ahora, el Papa Francisco no han querido otra cosa más que hacer presente a Cristo: son sus vicarios y, actuando en consecuencia, no han buscado nunca brillar con luz propia. Han tratado de llevar la mirada de los jóvenes hacia Cristo, y Cristo atrae siempre.

En los meses previos a la JMJ creció el riesgo de atentados terroristas en Europa Occidental, también con motivo de la crisis migratoria... ¿Cómo superar el temor que nace en las personas por este motivo? 

—La inmigración y el terrorismo son problemas distintos. El terrorismo no puede ser utilizado como excusa para cerrar las puertas a quien se ve obligado a abandonar su lugar de origen.

No tengo fórmulas políticas —no es mi misión— para arreglar esos problemas. Pero la solución más humana y más cristiana pasa siempre por el diálogo con Dios (la oración) y el diálogo entre los hombres. Ante esas noticias o temores, recemos, pues la oración es el inicio de un camino que conduce a la paz. 

San Josemaría, el fundador del Opus Dei, nos animaba a contemplar a la persona de Cristo en la Cruz, con los brazos abiertos hacia todos: los de la derecha, los del centro, los de la izquierda; los de arriba y los de abajo. La Cruz de Cristo —nos decía— es como el signo más
de la suma, signo de unión y no de división. Esa es la actitud cristiana de fondo: llevar la caridad de Cristo a todos los rincones de la tierra, y ahora especialmente a esos millares de refugiados que están llegando a nuestros países. Lógicamente, se trata de hacerlo de modo responsable, y para eso también es importante el diálogo y el estudio de las soluciones más oportunas en cada caso.  

Últimamente la misericordia es la palabra más usada en la Iglesia y en el mundo. ¿No se abusa de ella?

—Dios es misericordia, y si la misión de la Iglesia es hablar de Dios, lógicamente tiene que hablar de su misericordia. Ciertamente, es preciso no solo hablar de la misericordia, sino vivirla con el prójimo: la misericordia no puede ser solo una palabra bonita.

Uno de los actos del Jubileo de la misericordia será la canonización de Madre Teresa de Calcuta, que es otro extraordinario ejemplo de dedicación a los demás. Ponía en la base de su trabajo la oración, y especialmente la adoración eucarística, y decía: «Sin mi oración, no podría trabajar ni media hora». 

Deseo recordar también que ese afán por atender al menesteroso fue una práctica habitual en san Josemaría Escrivá: veía en los pobres al mismo Cristo, y se desvivía para que los pacientes o los indigentes tocasen la misericordia de Dios que se hacía presente a través de sus hermanos y hermanas en la fe. Por eso recomendó siempre a los fieles de la Obra que se acercasen con alegría a Cristo que sufre en los enfermos o en los pobres, y, gracias a Dios, así se presta esa atención en los diferentes países.

El Opus Dei, que usted preside, realiza una amplia labor con la gente joven. ¿Cómo ayudar a quienes viven la juventud para que sea una periodo fructífero desde el punto de vista espiritual?

—Tenemos que recordar a los jóvenes que el Señor cuenta con ellos, y también tenerlo muy presente nosotros. A los muchachos y a las chicas, pide que sepan darse, con su amor a sus padres, y también con su estudio, con su vida íntegra y limpia, con su positiva rebeldía que no se acomoda a los chantajes de una falsa libertad. Cuenta también con su capacidad de entrega por una causa noble. En sus mensajes con ocasión de las jornadas mundiales de la juventud, san Juan Pablo II solía animar a los jóvenes a entregarse a Dios, si sentían la llamada, y ahora el Papa Francisco ha vuelto a mencionarlo.

Rezo para que este encuentro excepcional, que hemos vivido en esta tierra de Cracovia, sea también ocasión de muchas decisiones de entrega a una conducta de fe alegre y coherente: en la mayoría de los casos, de esa entrega cristiana, laical, que puede concretarse en el matrimonio o en el celibato apostólico, pero sin excluir, como es lógico, la llamada al sacerdocio o a la vida consagrada. Y hago un inciso, a propósito de la vida consagrada: deseo agradecer a sor Tobiana y a su comunidad la deferencia cargada de buen humor con que atendieron a san Juan Pablo II.

El mensaje de estos días en Cracovia es una llamada a la generosidad, a la audacia, una especie de rebeldía ante la injusticia. ¿Cómo puede responder un joven a esta llamada?

—En Cracovia, ciudad de santa Faustina Kowalska, el mensaje de la misericordia tiene raíces profundas. Yo abrigo la esperanza de que, en el marco de esas decisiones de generosidad que esta jornada mundial puede despertar en los corazones de los jóvenes, precisamente en esta ciudad y precisamente en este año jubilar de la misericordia proclamado por Francisco, no falten las que salgan al encuentro de las necesidades de paz y justicia de los hombres de nuestro tiempo. Pienso, sobre todo, en tantos casos —repito— de indigencia material, y también espiritual, que piden la activación de aquella «nueva imaginación de la caridad», de la que hablaba san Juan Pablo II.

La JMJ no sólo un encuentro de cientos de miles de jóvenes, también hay casi mil obispos. Estamos, tal vez, ante la reunión más grande de obispos desde el Concilio Vaticano II. ¿Qué significa para usted, obispo, prelado del Opus Dei, este evento?

—Son días en que se siente de modo muy profundo la comunión de toda la Iglesia. Para mí ha sido estupendo poder ver de nuevo al queridísimo cardenal Dziwisz, y recordar —al verle— toda la ayuda y compañía que prestó al santo pontífice polaco. Y, junto a él, poder rezar los unos por los otros, con motivo de estos días de fraternidad, que se hacen más intensos cuando se toca de modo tangible la universalidad de la Iglesia.

También es formidable notar esa unidad entre los jóvenes y los pastores, y pedir muchas veces a la juventud —ahora y en el futuro de la Iglesia— que recen por nosotros, para que los pastores seamos enteramente de Cristo, de modo que, incorporándonos a sus pasos, nos gastemos en nuestra misión de servir y de querer a todos. 

Romana, Nº 63, Julio-Diciembre 2016, pag. 315-318.