envelope-oenvelopebookscartsearchmenu

En la inauguración del año académico, Universidad Pontificia de la Santa Cruz, Roma (3-X-2016)

Eminencias Reverendísimas, Excelencias, profesores, colaboradores, estudiantes, señoras y señores:

En el curso académico que estamos inaugurando se cumplirán 50 años de la publicación de un documento magisterial de particular interés, especialmente si se lee desde la perspectiva histórica del momento actual. Me refiero a la encíclica Populorum Progressio del beato Pablo VI, publicada el 26 de marzo de 1967. La voz del Papa invitaba entonces a la Iglesia y al mundo a una conversión auténtica, fundada en un despertar de la conciencia sobre la dimensión social del evento cristiano y, por tanto, del ser del hombre.

La encíclica termina in crescendo con una serie de llamamientos. Entre ellos hay uno que, hoy, aquí, nos interesa de modo particular. El Sumo Pontífice se dirigía a los hombres de pensamiento, en los siguientes términos: «Y si es verdad que el mundo se encuentra en un lamentable vacío de ideas, Nos hacemos un llamamiento a los pensadores y a los sabios, católicos, cristianos, adoradores de Dios, ávidos de absoluto, de justicia y de verdad: todos los hombres de buena voluntad. A ejemplo de Cristo, Nos nos atrevemos a rogaros con insistencia «buscad y encontraréis» (Lc 11,9); emprended los caminos que conducen, a través de la colaboración, de la profundización del saber, de la amplitud del corazón, a una vida más fraternal en una comunidad humana verdaderamente universal»[1].

Después de 50 años, podemos captar en estas palabras el fundamento de aquel «¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!» que proclamó san Juan Pablo II al inicio de su pontificado. Pero la actualidad y la urgencia de esta cita del beato Pablo VI aparece también en Caritas in veritate. Comentando la afirmación de Pablo VI, sobre que el mundo sufre por falta de pensamiento, Benedicto XVI escribe: «Es preciso un nuevo impulso del pensamiento para comprender mejor lo que implica ser una familia; la interacción entre los pueblos del planeta nos urge a dar ese impulso, para que la integración se desarrolle bajo el signo de la solidaridad en vez del de la marginación. Dicho pensamiento obliga a una profundización crítica y valorativa de la categoría de la relación»[2].

Desde la Populorum Progressio hasta el Papa Francisco, pasando por las palabras de Caritas in Veritate, se advierte en el Magisterio un hilo conductor, que alienta a los hombres de ciencia y de cultura a relacionarse entre sí para reflexionar juntos sobre la dimensión social del ser humano y su perfección, es decir, sobre su camino a la felicidad.

En el trabajo académico, este reto puede comportar una triple apertura, en función de los tres niveles en que se desarrollan las relaciones en la Universidad y desde
la Universidad:

  • a) La apertura a una comunicación recíproca de los estudios e investigaciones que cada profesor realiza dentro la institución universitaria;

  • b) La apertura a la relación externa con los demás ámbitos científicos de las disciplinas civiles en general, y en particular con los que estudian las ciencias humanas y sociales;

  • c) La apertura a la realidad concreta del hombre de hoy y a las necesidades de las sociedades y pueblos a los que pertenecemos cada uno de nosotros.

Para realizar esa labor es necesaria una estrecha colaboración entre las diversas facultades, especialmente en los ámbitos donde el Magisterio invita a desarrollar una visión metafísica de la relación entre las personas. También se requiere tener un conocimiento real, sapiencial, de cómo la auténtica comunión entre los hombres no niega a la persona, sino que la llena de valor y la libera.

La familia es un lugar privilegiado de esa experiencia. Por eso, debe ser siempre la perspectiva desde la que se accede a la tarea académica. Como el médico investiga con la mirada puesta en los pacientes que desea curar —aunque tal vez solo pueda tratar directamente a unos pocos—, así el profesor que quiere tomarse en serio la invitación del Magisterio, desde Pablo VI en adelante, deberá tener siempre en cuenta la familia humana, desde su realización fundamental en la unión matrimonial hasta su dimensión universal.

La Universidad de la Santa Cruz procura responder a dicha invitación, precisamente en un ambiente donde se encuentran pueblos diversos, donde las diferentes disciplinas pueden colaborar para poner en práctica, con la ayuda del Espíritu Santo, esta invitación —más actual que nunca— del Concilio Vaticano II: «Auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada»[3].

La triple apertura, a la que me refería antes, puede entonces traducirse en una investigación y una didáctica que ayuden a llevar la fe verdadera y completa al hombre de hoy, que vive inmerso en el mundo, «en medio de la calle». Se trata de escuchar y de escucharse, para que la fe pueda iluminar las preguntas y las aspiraciones de los corazones de los hombres de hoy y de los diversos pueblos que aquí se encuentran realmente, dada la diversidad de proveniencia de estudiantes y docentes.

Para traducir de un modo más práctico esta disposición de apertura de la que estamos hablando, es importante que cada profesor se interese por el fruto de la investigación y de la didáctica de los demás docentes. Esta es la base para que la actividad académica esté animada por un auténtico espíritu de servicio a la verdad y a la sociedad.

Dicha actitud se puede extender también a la colaboración entre docentes, tanto a nivel de investigación como de didáctica. Pero aún más, esa disposición de escucha y colaboración debería animar la vida de toda la Universidad, con el diálogo entre las personas que se ocupan de las diversas funciones. Todos nosotros —tanto el personal administrativo, los docentes y alumnos, los empleados o quienes se ocupan de los órganos de gobierno— realizamos juntos esta empresa maravillosa. Como enseñaba san Josemaría, no existe un trabajo superior a otro, sino que el valor de cada actividad depende de la perfección y el amor con que se realiza.

Sobre estas bases se puede desarrollar verdaderamente un pensamiento que sepa escuchar el mundo, que sepa llevar la luz de la fe a todos los pueblos de la tierra. Advierte el Papa Francisco: «La crisis actual se centra en la incapacidad que tienen las personas de creer en cualquier cosa más allá de sí mismas. La conciencia individual se ha vuelto la medida de todas las cosas. Esto genera una fisura en las identidades personales y sociales. Esta nueva realidad provoca todo un proceso de alienación debido a la carencia de pasado y por lo tanto de futuro»[4].

No habrá respuesta a esta crisis si nuestro trabajo no parte desde el tesoro de la Tradición de la Iglesia —memoria de nuestra identidad cristiana— que cada persona está esperando, aunque sea inconscientemente. Dios es Padre, y en Cristo somos hermanos de todos los hombres: por eso toda la actividad de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz debe estar al servicio del anuncio y del estudio de qué significa ser hijos de Dios.

Pensemos en el fundamento de la apertura relacional a la que aludía antes: la capacidad de pensar el mundo a la luz de nuestro trato con Dios, con Cristo resucitado, presente en medio de nosotros. Con palabras de san Josemaría, os aseguro «que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que Él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡Todo por darle gusto a Él, a Nuestro Padre Dios!»[5].

Deseo que esta Universidad pueda ser una casa para todos aquellos que desean llevar a Cristo a cada miembro de la familia humana en el mundo, en medio del mundo: para que quien crea pueda seguirlo con mayor profundidad y agradecimiento; y quien no crea pueda encontrar respuesta a las inquietudes y a los deseos más profundos del propio corazón.

Por eso, encomendamos a la Santísima Virgen María, Reina de la Iglesia y del mundo, el año académico 2016–2017 que declaro así inaugurado.


[1] Beato Pablo VI, Encíclica Populorum progressio
(26-III-1967), n. 85.


[2] Benedicto XVI, Encíclica Caritas in veritate (29-VI-2009), n. 53.


[3] Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes  (7-XII-1965), n. 44.


[4] Francisco, Video-mensaje al Congreso internacional de Teología en la Pontificia Universidad Católica Argentina, enviado el 3-IX-2015.


[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 67.

Romana, Nº 63, Julio-Diciembre 2016, p. 341-344.