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En la inauguración del año académico, Universidad Pontificia de la Santa Cruz, Roma (3-X-2016)

«Ecce ego vobiscum sum omnibus diebus usque ad consummationem sæculi» (Mt 28,20): «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos». La voz de Jesús resuena en el mundo y continuará sonando hasta su venida final, cuando todas las cosas —del cielo y de la tierra— serán recapituladas en él (cfr. Ef 1,10). La promesa del Señor es sumamente actual e impulsa a todos los cristianos a anunciar la presencia del Verbo encarnado entre los hombres. Es Jesús mismo quien garantiza la autenticidad de su presencia salvífica mediante el envío del Paráclito, que vive en la Iglesia y en nuestros corazones.

Confiar el desarrollo del año académico al Espíritu Santo es una necesidad: requerimos de una guía segura en nuestro caminar. Invocarlo no significa pedir una ayuda ajena a nuestra condición de cristianos y de universitarios dedicados al estudio y a la investigación. Desde nuestro corazón —donde tiene su morada— desde lo profundo de nuestro ser, como desde la fuente borboteante prometida por Jesús (cfr. Jn4,14), el Espíritu Santo «nos purifica, nos ilumina, nos renueva, nos transforma porque nos hace partícipes de la vida misma de Dios que es Amor [...]. Este es el don precioso que el Espíritu Santo trae a nuestro corazón: la vida misma de Dios, vida de auténticos hijos, una relación de confidencia, de libertad y de confianza en el amor y en la misericordia de Dios, que tiene como efecto también una mirada nueva hacia los demás, cercanos y lejanos, contemplados como hermanos y hermanas en Jesús a quienes hemos de respetar y amar», como dice el Papa Francisco (Audiencia general, 8-V-2013).

Por lo tanto, ninguno de nosotros considera el año académico como un proyecto exclusivamente individual, centrado en satisfacer expectativas puramente humanas. Ciertamente, las expectativas humanas son legítimas y forman parte de la vocación profesional del estudiante, del investigador, del profesor, de quien se encarga de las tareas técnicas, administrativas o de gestión. Pero la vocación cristiana —y con ella el agua viva, la luz y fuerza impetuosa del Espíritu Santo— nos lleva a mirar más alto, con una actitud activa y con el deseo de corresponder a los dones que él ha preparado para cada uno de nosotros a lo largo de este año.

A pocas semanas de la conclusión del Año Jubilar, es bueno pararse a considerar los frutos que el Espíritu Santo ha suscitado en nosotros. Se ha consolidado nuestra fe en Jesucristo, rostro de la Misericordia del Padre, y en su Iglesia, donde descansa su divina presencia. Pero ¿hemos hecho el propósito de dejarnos guiar por el Espíritu para ir a todas las naciones, conscientes de que cada persona tiene, aunque sea de forma todavía poco consciente, sed de Dios?

Para entender mejor la misión que se nos ha confiado, nos podemos fijar en las obras de misericordia —de modo particular en las espirituales— ya que éstas perfilan el programa de formación integral, inspirado en la figura de Jesús, que la Iglesia debe impartir, también en las instituciones académicas y educativas para las que hoy inicia un nuevo curso.

El Evangelio nos recuerda que, cuando los discípulos se encontraron con Jesús justo antes del envío misionero, «ellos se postraron» (Mt 28,17). Pidamos al Espíritu Santo que el trabajo de los próximos meses, estrechamente unido al Sacrificio de Jesús en el Altar, sea un acto de adoración al Padre; y pidamos también que nuestro trabajo no pierda de vista el horizonte de la misión universal de la Iglesia.

Con este horizonte, católico, hablaba san Josemaría del trabajo universitario: «Los universitarios necesitan ser responsables, tener una sana inquietud por los problemas de los demás y un espíritu generoso que les lleve a enfrentarse con estos problemas, y a procurar encontrar la mejor solución. Dar al estudiante todo eso es tarea de la Universidad» (Conversaciones, n. 74).

La capilla del Santísimo de esta iglesia es el corazón de toda la actividad de la Universidad. Aquí se venera la Virgen del Apolinar. Invoquémosla para que interceda por nosotros, de manera que fructifiquen todos los dones que el Señor quiera concedernos en este año académico. Que así sea. Sea alabado Jesucristo.

Romana, Nº 63, Julio-Diciembre 2016, p. 308-310.