envelope-oenvelopebookscartsearchmenu

En la ordenación sacerdotal de fieles de la Prelatura, santuario de Torreciudad, España (4-IX-2016)

Queridísimos hermanos y hermanas, queridísimos ordenandos:

En este presbiterio magnífico, proyectado en todas sus líneas por san Josemaría, celebramos esta gran fiesta para la Iglesia; por la ordenación sacerdotal de estos seis diáconos de la prelatura del Opus Dei, queremos darte las gracias más rendidas, Señor Dios del Universo, por tu bondad y misericordia, pues nos haces partícipes a todos, hombres y mujeres, de tu sacerdocio: tanto a los presbíteros como —en modo esencialmente distinto— a los demás, con el sacerdocio común o real. Somos conscientes de que, no obstante nuestras limitaciones personales, nos encontramos en condiciones de colaborar en tu grandioso mandato de ir por todo el mundo a difundir tus enseñanzas de salvación y de felicidad.

San Josemaría, fundador del Opus Dei, nos asiste hoy de modo especial con su intercesión desde el Cielo, y nos repite —con la insistencia con que nos lo recordaba en sus conversaciones en la tierra— que hemos de vivir el mandamiento nuevo, que Jesucristo concretó en la última Cena: «Os doy un precepto nuevo: que os queráis los unos a los otros, como yo os he amado» (Jn 13,34).

En esta fecha, aunque es deber permanente, para dar cumplimiento a esa petición, seamos más generosos en la oración por el Papa, por los obispos, por los sacerdotes del mundo entero, por estos hombres que reciben, en esta celebración litúrgica, el grandísimo don del sacerdocio. A la vez, sintamos la obligación de rezar y ofrecer sacrificios por todos los demás, con una oración alegre, activa, que nos impulse a servir gozosamente a nuestras familias, a nuestros colegas y amigos, a los ancianos, a los pobres y a los ricos, a los enfermos. Con la idea clara de que cada una, cada uno ha de seguir los pasos del Maestro, que vino a servir y no a ser servido (cfr. Mt 20,28), consideremos cómo abrimos nuestras almas, nuestro ser, a este espíritu cristiano de saber gastarnos, en todo y en cualquier momento, por los demás.

El Papa no cesa de insistir en que salgamos, y más en este Año de la misericordia, al encuentro de los enfermos, de los necesitados, de los pobres. Y cada una y cada uno puede verse también entre estos indigentes; por tanto, roguemos al Señor con constancia que brille su caridad en nuestra conducta, cumpliendo lo que predicó el fundador del Opus Dei: que «hemos de conocer a Cristo, darlo a conocer y llevarlo a todos los sitios», porque es deber de cada bautizado.

Quiero dirigirme ahora a estos hijos que reciben hoy el gran sacramento del sacerdocio. En primer lugar, que toméis conciencia de que la Trinidad os hace el don mayor que puede recibir un hombre, y estamos obligados a ser en cualquier hora —como deseaba san Josemaría— «sacerdotes al cien por cien». Para lograrlo, amad intensamente el Sacrificio eucarístico, la Santa Misa, en la que Jesucristo es la Víctima y el Oferente, el que hace sacramentalmente presente —con sus palabras— el Sacrificio del Calvario, la Santa Cruz. Él quiere servirse de vosotros; id a su encuentro cada día, mostrándoos siervos fieles. Sentíos, como ha proclamado el profeta Ezequiel, ungidos por el Espíritu Santo, y diariamente urgidos a transmitir a las almas la llamada universal a la santidad, que proclamó Jesucristo.

Amad ardientemente el sacramento de la Confesión, tanto cuando lo recibáis como cuando lo administréis. Ruego al Señor que, como enseña la Iglesia, améis el confesonario, para que allí encuentren los fieles el perdón —el Amor misericordioso de Dios— y la paz de la propia conciencia. Si todos hemos de ser apóstoles de este sacramento, que tanto facilita la amistad y la unión con nuestro Padre del Cielo, a vosotros os corresponde la tarea —a veces dura hasta físicamente— de pasar horas en el confesonario, transmitiendo el perdón amoroso que nos consiguió Jesucristo en la Cruz.

Hijos míos, sed dispensadores de la buena doctrina; amad el Evangelio, y también el estudio diario de la Teología, del Magisterio y de los Padres de la Iglesia. Recurrid al ejemplo de san Josemaría, gran pastor de almas, que sólo quiso hablar de Dios y alzarle en todas las realidades humanas nobles. Tened una plena confianza filial en Dios, para que, como hemos oído asegurar a san Pablo en su carta a los Efesios, a nuestro esfuerzo personal —somos conscientes a la vez de nuestro poco valer— siempre nos enviará el Señor su gracia, para poner el incremento a las almas. Tomad también conciencia de que hacéis presente el único sacerdocio: el de Cristo. Por tanto, debéis ser buenos pastores que cotidianamente buscan a todas las ovejas, atienden a las desvalidas y saben entregar la vida generosamente por la grey.

Ahora, no quiero dejar de felicitar a vuestros parientes, padres y hermanos; a vuestros amigos y colegas, y a tantas otras almas que oran por cada uno de vosotros: ruegan al Cielo que sepáis, con todos los sacerdotes, gastaros por los fieles, por la humanidad.

Recemos por el Papa, por mi querido hermano el obispo de Barbastro-Monzón, por los demás obispos y por todos los sacerdotes de la Iglesia.

También hoy nos unimos a la alegría de Roma, del mundo católico, por la canonización de la beata Teresa de Calcuta, recordando, los que somos de la Prelatura, el afecto que tuvo a la prelatura del Opus Dei y su agradecimiento por el servicio que le prestaron los sacerdotes de la Prelatura para atender a sus hijas espirituales.

Mi deseo final es que nos decidamos todos, todas, cada uno, cada una, a recurrir, con más ahínco y perseverancia, a nuestra Madre, la Santísima Virgen. En este santuario, y en los más diversos lugares, el fundador del Opus Dei se dirigió a la Madre del Sumo Sacerdote, considerando con profundidad que ella, con fidelidad acendrada, total, supo estar, por singular designio de Dios —como proclamó el Concilio Vaticano II—, «iuxta crucem Iesu» (Jn
19,25), interna y externamente unida al Redentor: junto a la Cruz nos recibió como hijos, a todas y a todos, y junto al Santo Madero, íntimamente unida a la oración de Jesucristo, instó a la Trinidad para que la eficacia del Sacrificio salvador, informe plenamente todo nuestro caminar cristiano; y aquí enlazan de modo significativo unas palabras de san Josemaría, pronunciadas en la fiesta de la Asunción, en 1961: «Cristo quiere encarnarse en nuestro quehacer, animar desde dentro hasta las acciones más humildes» (Es Cristo que pasa, n. 174).

Santa Madre, Reina de los Ángeles, Señora de Torreciudad, ayúdanos a corresponder con generosidad total al amor que Dios nos tiene. Así sea.

Romana, Nº 63, Julio-Diciembre 2016, p. 306-308.