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En los oficios de Viernes Santo, iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, Roma (14-IV-2017)



[Francés]

Acabamos de escuchar el relato de la Pasión y muerte de Jesucristo. Justo antes, hemos escuchado la profecía de Isaías (cfr. Is, 52,13–53,12), que algunos siglos antes había predicho esos acontecimientos. Isaías nos describe al «Siervo de Yahveh», es decir, Jesús, cargado con los pecados de los hombres, muriendo para expiar nuestras faltas.

La encarnación y el nacimiento de Jesús, su vida, su pasión, su muerte, su resurrección y su ascensión al Cielo son realidades históricas que la liturgia hace nuevas, presentes, actuales. La fuerza divina trasciende los límites de la historia. Hoy, viernes santo, en la acción litúrgica que celebramos, esos acontecimientos se vuelven, de alguna manera, contemporáneos para cada uno de nosotros.

[Español]

Contemplemos de cerca a Cristo, no como meros espectadores. En el Gólgota, los discípulos y las santas mujeres no se darían cuenta de lo que estaba sucediendo, lo entenderían después. Sólo la Virgen, en medio de su tremendo sufrimiento, conocía el sentido de aquella muerte. Nosotros conocemos por la fe su significado y su eficacia redentora. Situémonos cada uno de nosotros frente a Jesús crucificado. A san Josemaría le daba mucha devoción la figura de Cristo aún vivo, clavado en la Cruz, que nos mira como miró a san Juan y que nos habla como habló al ladrón arrepentido. También ahora quiere que nosotros nos arrepintamos de nuestras culpas, que nos decidamos a ser fieles discípulos suyos. Podemos considerar, como dirigidas a nosotros, a cada uno, aquellas palabras que san Josemaría pone en boca de Jesús en el libro Via Crucis: «Yo sufriendo, y tú... cobarde. Yo amándote, y tú olvidándome. Yo pidiéndote, y tú... negándome» (XI estación, n. 2). ¿Qué responderemos a estas palabras? Con dolor por nuestros pecados y, a la vez, con un inmenso agradecimiento al Señor que da la vida por nosotros.

[Italiano]

Podemos intuir lejanamente los sentimientos de nuestra Madre en aquellas horas del primer viernes santo. No era sólo el dolor de una Madre. Ciertamente recordaría las promesas divinas que le había revelado el arcángel Gabriel en la Anunciación: su hijo, que era el Hijo de Dios, reinaría eternamente sobre la casa de Jacob y su reino no tendría fin (cfr. Lc 1,32-33). En cambio lo veía ahí, clavado en la Cruz, desfigurado hasta el punto de no tener ya un aspecto humano, hemos escuchado en la profecía de Isaías (cfr. Is 52,14). Despreciado por los jefes de su pueblo y por la muchedumbre, abandonado por sus discípulos. Pero María entendía que se estaba cumpliendo la promesa divina cuando el Señor sufría para salvarnos de nuestros pecados y para darnos la posibilidad de convertirnos en hijos de Dios. Además del arrepentimiento por nuestras culpas y del propósito de acudir a la Misericordia divina en el sacramento de la Penitencia, debemos vivir con un profundo agradecimiento porque la Cruz de Cristo es la manifestación más grande del Amor de Dios por cada uno de nosotros.

[Inglés]

Dirijamos nuestra mirada de nuevo al Calvario. Jesús acaba de morir. Al pie de la Cruz está su Madre. Ella fue la primera en recibir el don del Espíritu Santo: en su Inmaculada Concepción, en el momento de la Encarnación y ahora, al pie de la Cruz, cuando Jesús «inclinando la cabeza, entregó su espíritu» (Jn 19,30). Quizá nos sintamos débiles o frágiles a menudo. En esos momentos tenemos un remedio maravilloso: acudir a nuestra Señora, que es nuestra Madre. Acabamos de escuchar cómo Jesús la dio como Madre a san Juan, que nos representa a todos. Y las madres saben siempre cómo olvidar, perdonar, alentar. Por lo tanto, estemos muy cerca de nuestra Señora, contemplando estos días la pasión y muerte de Cristo a través de su mirada, sintiendo con su corazón. Acudamos a ella, trono de gracia y de la gloria de Dios, ut misericordiam cosequamur (Hb 4,16), para alcanzar la misericordia que el mundo, y cada uno de nosotros, tanto necesitamos. Amén.

Romana, Nº 64, Enero-Junio 2017, pag. 127-128.