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Entrevista concedida a Tertio, Bélgica (8-XI-2017)

Realizada por Emmanuel Van Lierde

—¿Cómo conoció el Opus Dei? ¿De qué manera descubrió su vocación al Opus Dei y al sacerdocio?

—Conocí el Opus Dei a través de uno de mis hermanos, al que estoy muy agradecido. El me invitó a participar en unas clases de formación espiritual organizadas en un centro para jóvenes estudiantes: me gustó el ambiente, el tono amable y práctico de esas reuniones formativas. Sin embargo, como en el colegio de los jesuitas en que estudiaba ya teníamos bastantes clases de formación religiosa, no vi la necesidad de seguir participando. Más adelante, durante el verano anterior al ingreso en la universidad, en 1961, comencé a frecuentar otro centro del Opus Dei. Cuando, en ese verano, me plantearon la posibilidad de formar parte de la Obra, lo pensé bastante, recé y consideré que era eso lo que Dios me pedía, y escribí una carta al fundador pidiéndole la admisión. Así de simple.

Seis años después, acepté la invitación a trasladarme a Roma, para profundizar en los estudios filosóficos y teológicos. Y es allí donde se me abrió la posibilidad de servir de un modo nuevo a los demás, a través del sacerdocio. La propuesta me la hizo el mismo fundador, san Josemaría Escrivá. Como era algo que ya me rondaba en la cabeza, me bastó poco para decidirme: son decisiones fundamentales que se toman en la oración, en diálogo con Jesucristo.

—Usted es el tercer sucesor de san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. ¿Cuál era su carisma específico y por qué fundó el Opus Dei? ¿Guarda recuerdos personales de san Josemaría?

—San Josemaría decía que el Opus Dei no fue idea suya, sino el fruto de una inspiración de Dios, que tuvo lugar en Madrid el 2 de octubre de 1928. Ni el contexto cristiano de la época, ni las reflexiones del joven Josemaría a partir de sus estudios teológicos, ni su intensa vida de oración en los años previos a la fundación de la Obra explican el nacimiento del Opus Dei, aunque lógicamente ayudaron a que recibiera esa luz fundacional con las disposiciones apropiadas.

Su mensaje esencial consiste en buscar a Dios —Padre bueno y misericordioso— en las actividades de cada día, especialmente en el trabajo profesional, y también en la vida de familia y de amistad. La misión de esta prelatura de la Iglesia católica consiste en recordar que la santidad no es una meta para privilegiados, sino algo asequible para Usted, para mí, para un joven o un anciano, para una madre o un padre de familia, para un sano o enfermo, un rico o un pobre. En palabras del fundador, es un mensaje «viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo».

Conocí a san Josemaría cuando vino a vernos a los que participábamos en un curso de verano en la Universidad de Navarra, en el verano de 1963. Me atrajo su simpatía, su capacidad de hablar a la vez con profundidad y sencillez. Pero fue sobre todo en Roma, desde octubre de 1967 hasta su fallecimiento en junio de 1975, donde pude tratarle más, escuchándole con frecuencia en grupos más reducidos y, en ocasiones, en conversaciones personales.

Me marcó, sobre todo, su amor a Dios, a la Virgen y a la Iglesia; su amor a la libertad y su buen humor. Le recuerdo como una persona de gran corazón, que se hacía cargo de las necesidades de los demás y que sabía llevarnos hacia Dios. Le recuerdo también como persona de gobierno, enérgico y decidido cuando era necesario. 

—¿Cuáles son las prioridades del Opus Dei en el mundo de hoy? Es decir, ¿cómo se aplica el carisma original a nuestro tiempo?

—El objetivo principal es que cada mujer y hombre que compone o participa en las actividades apostólicas del Opus Dei se sienta acompañado para vivir el cristianismo en plenitud, santificando el trabajo profesional y todas las otras tareas y circunstancias de la vida ordinaria. Para esto, se trata de partir de la contemplación de Jesucristo. En este sentido, el programa de san Josemaría será siempre válido: «Que busques a Cristo; Que encuentres a Cristo; Que ames a Cristo». Son momentos para adentrarse más y más por caminos de contemplación en medio del mundo, en medio de las profesiones, sea en los grandes edificios de Bruselas que en las periferias de las grandes metrópolis como Sao Paulo, Lagos, México o Manila.

El Congreso del Opus Dei que tuvo lugar en enero de 2017 señaló como prioridades, entre otras, el trabajo de evangelización en el campo de la familia, de los jóvenes y de los más necesitados. Hoy resulta especialmente necesario redescubrir la belleza del amor matrimonial. Por lo que respeta a los jóvenes, es clave ayudarles a encontrar las respuestas a sus anhelos, preocupaciones e ideales. En cuanto a los más necesitados, tanto en el cuerpo como en el espíritu, es necesario tener presente que están en el centro del Evangelio y en el corazón de Jesucristo. Se trata de seguir impulsando iniciativas que ayuden a paliar las necesidades concretas en este nuestro mundo herido y a través de las que se pueda transmitir el consuelo de Dios.

—Muchos laicos son miembros del Opus Dei. ¿Cuál es su opinión sobre el apostolado de los laicos? ¿Cómo pueden ser testigos de la fe en sus trabajos y tareas seculares? ¿Cómo potenciar a los laicos en la Iglesia y en la sociedad?

—El sacerdocio ministerial es esencial en la Iglesia: sin los sacramentos —especialmente la Eucaristía y la Penitencia que solo el sacerdote administra—, el apostolado de los laicos resultaría completamente insuficiente. Por su parte, sin el apostolado de los laicos, el sacerdocio ministerial quedaría extraordinariamente limitado: ¿qué haríamos los sacerdotes para la formación cristiana de las nuevas generaciones sin la colaboración de los padres y madres de familia? ¿Cómo podría alcanzar la labor pastoral de los sacerdotes a tantas personas del mundo de la ciencia, de la economía, de los derechos humanos, de la política, del arte, del periodismo, y de tantas otras profesiones y trabajos?

San Josemaría decía que el modo más específico con el que los laicos contribuyen a la santidad y al apostolado en la Iglesia era llevando el fermento del mensaje cristiano a la sociedad, a través de su acción libre y responsable en las estructuras temporales.

Ahí, en la sociedad, laicos evangelizan con su ejemplo; con la honradez, la laboriosidad, la justicia, le alegría, la lealtad, la fe, la fraternidad con todos. La amistad con sus colegas y el prestigio profesional que puedan alcanzar con su trabajo, ofrecen la posibilidad de ayudar personalmente a los demás, al encuentro con el Evangelio, a pesar de las limitaciones que todos tenemos y de nuestros errores.

Ya el Concilio Vaticano II ha recordado que esa es la principal misión de los laicos en la Iglesia. Esto no quita que algunos sean llamados, además, a cargos de responsabilidad en la estructura de la Iglesia, que no exijan para su ejercicio el haber recibido el sacramento del Orden. Será otra muestra de generosidad y servicio a los demás. Pero no olvidemos que eso no es lo esencial del laico y que, como dice el Papa Francisco, promover el laicado no consiste en clericalizarlo.

—Existen diferentes prejuicios o percepciones negativas hacia el Opus Dei. ¿Cómo contrarrestar estas percepciones y dejar claro que la gente no debe tener miedo del Opus Dei?

—Ante las críticas, provengan de donde provengan, siempre hemos de hacer examen, para ver si están justificadas de alguna manera por nuestro comportamiento, por nuestra falta de correspondencia a la gracia de Dios; y, en ese caso, corregirnos. Además, hemos de tener paciencia: el Opus Dei es aún joven y las novedades en la vida de la Iglesia y de la sociedad han sido frecuentemente recibidas con dificultad.

Pienso sinceramente que no hay ningún motivo para tener «miedo» —por usar la palabra que usted menciona— del Opus Dei, dentro o fuera de la Iglesia: no buscamos imponernos ni imponer nada. Amamos —no solo respetamos— la libertad nuestra y la de todos, también la de los que no piensan ni viven como nosotros. La única ambición del cristiano, sea o no del Opus Dei, es la de mostrar cómo la esperanza cristiana responde a los deseos de felicidad del hombre.

—Recientemente, usted dijo a la prensa que existe una cálida relación entre el Papa Francisco y el Opus Dei. ¿Cómo apoya el Opus Dei las prioridades de este Papa: ser misericordiosos, ir a las periferias y a los pobres, ser una Iglesia pobre para los pobres, mostrar la alegría del Evangelio, prestar atención a las familias, a los jóvenes y a los ancianos, cuidar nuestra casa común...?

—Como todos los católicos, sabemos que el Papa es el Vicario de Cristo en la Iglesia universal. Y que una misión del católico es unir a la cabeza, llevar —como decía san Josemaría— «Roma a la periferia y la periferia a Roma».

En la audiencia que me concedió tras mi nombramiento, el Papa estuvo muy cariñoso, cercano, e interesado por la labor apostólica del Opus Dei en diferentes países. Me dio consejos sobre cómo responder, desde la fidelidad al carisma recibido del fundador, a las circunstancias cambiantes de cada tiempo y lugar.  Entre otras cosas, nos animó a tener muy presente la labor de evangelización en la «periferia de las clases medias»: llevar el amor de Dios al extenso mundo de las profesiones. También hubo ocasión para conversar sobre diferentes proyectos que personas de la prelatura y amigos han puesto en marcha para tratar de paliar las carencias más básicas en diversos países, como iniciativas de integración de refugiados e inmigrantes en Alemania, la promoción de las curas paliativas en lugares del llamado «primer mundo», nuevas iniciativas para la promoción humana en barrios pobres de diferentes ciudades, y actividades de formación humana y cristiana en muchos países del mundo.

Desde luego, procuramos apoyar las prioridades del Papa Francisco con los medios a nuestra disposición y desearíamos hacer mucho más.

—En 2018 se celebrará un Sínodo dedicado a la juventud y a las vocaciones. Hoy en día, en muchos lugares, los jóvenes se sienten abatidos, sin ideales y muchas veces sin esperanza. ¿Cómo dar esperanza, fe y amor a los jóvenes? ¿Qué pueden ofrecer la Iglesia y el Opus Dei a los jóvenes?

—Los cristianos tenemos una respuesta que ofrecer a los jóvenes, aunque en bastante ocasiones sea poco escuchada, quizá porque hay demasiado ruido en las redes sociales que frecuentan, y desánimo en sus almas ante la corrupción y las injusticias.

La propuesta cristiana, como han recordado Benedicto XVI y Francisco, no es solo ni principalmente  una doctrina, menos aún una serie de preceptos poco comprensibles, sino una persona: Jesús de Nazaret. Hay que ayudar a cada muchacho, a cada muchacha, a encontrar a Jesucristo; a ponerse ante el hombre-Dios, que nos conoce y nos quiere personalmente.

Desde la Cruz o desde la Hostia consagrada, Jesús nos mira a cada uno; nos dice que nos conoce por nuestro nombre; que sabe también de nuestros errores, desánimos y miserias, pero que a pesar de todo ha decidido venir a la tierra, sufrir la pasión y morir por nuestra felicidad terrena y eterna. Y que él solo nos pide nuestra correspondencia.

A los cristianos nos toca presentar este panorama a la generación actual. Sobre todo a los numerosos jóvenes que ya han encontrado a Jesús y que pueden acercarse a sus amigos más fácilmente que los adultos. Ese apostolado hay que hacerlo, ante todo, con la oración, después con nuestras vidas, y finalmente con nuestra palabra.

—En Roma, el Opus Dei es también responsable de la Universidad Pontificia de Santa Cruz. ¿Cuáles son los puntos fuertes de esta Universidad? ¿Cómo ofrece un servicio a la Iglesia? ¿Qué espera de la misión y del perfil de este centro académico?

—La Universidad de la Santa Cruz es una de las más jóvenes universidades pontificias. Reconozco que yo la tengo especialmente en mi corazón, porque ha sido querida por san Josemaría, fundada por su sucesor, el beato Álvaro del Portillo, y seguida muy de cerca por mi predecesor, Mons. Javier Echevarría. Y, además, antes que Gran Canciller, yo mismo he sido profesor de Teología Fundamental allí durante bastantes años.

En su aún corto tiempo de vida, ha procurado trabajar bien, tiene unas publicaciones de buen nivel científico y procura dar una formación completa —doctrinal, desde luego, y también pastoral y espiritual— a sus alumnos.

Desea así servir a la Iglesia, a los obispos y superiores religiosos que envían alumnos; y cooperar con las otras Universidades Pontificias, algunas con siglos de vida, en la preparación de un clero y un laicado bien formado, con una doctrina teológica, jurídica, filosófica actualizada y, al mismo tiempo, fiel a la tradición secular de la Iglesia. No es poca ambición. Y pido oraciones a los lectores de Tertio para que se pueda ir en esta línea.

Romana, Nº 65, Julio-Diciembre 2017, pag. 313-317.