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Entrevista concedida a The Times, Reino Unido (9-VI-2018)

Entrevista de Tom Kington


—¿Qué ha logrado en su primer año y cuáles son sus planes para los próximos años?


—¡Creo que haber llegado al primer año ha sido ya un logro! A lo largo de todo este tiempo me he sentido muy apoyado por la oración de mucha gente, en especial de las personas del Opus Dei, pero soy muy consciente de que soy el primer prelado que no ha trabajado estrechamente con nuestro fundador, y eso puede abrumar un poco. Sin embargo, creo que hemos establecido algunas prioridades claras: apoyar a la familia como institución, trabajar cada vez más con los jóvenes y llegar más a las personas necesitadas. Son horizontes hacia los que seguir caminando. Estos son los objetivos que se establecieron en el congreso que me eligió en enero de 2017.


—¿En qué parte del mundo está creciendo el número de miembros y qué tipo de personas se están incorporando?


—Es un crecimiento similar al del conjunto de la Iglesia en todo el mundo. Por ejemplo, en los últimos años se nota un ligero crecimiento de católicos en varias naciones de África o de Asia: también en estos continentes hay un aumento de personas que desean formar parte del Opus Dei. En otros lugares del mundo más secularizados, experimentamos las mismas dificultades que otras muchas instituciones de la Iglesia, y procuramos reaccionar con paz y esperanza. Independientemente de las estadísticas, me gusta considerar que es casi un milagro que haya tantos millones de personas en la Iglesia que, con la gracia de Dios, responden libremente, cada día, a su llamada cristiana de amor y de servicio. Y entre ellos, también muchos miles de hombres y mujeres del Opus Dei, o que participan en las actividades de la Obra.


Las personas que llegan al Opus Dei son laicos (mujeres y hombres), mayores de edad, que sienten una especial vocación o llamada a buscar a Dios y a transmitir el Evangelio a través de la vida ordinaria: en el trabajo profesional, en la familia, en las relaciones sociales y profesionales. Desde un punto de vista sociológico, se trata mayoritariamente de personas casadas (un 70%), trabajadores, gente de clase media, que tiene que batallar para llegar a fin de mes.


—¿Cómo percibe ahora el Opus Dei el público en general?


—Creo que cada vez somos más aceptados. El apoyo y el aliento que hemos recibido de todos los Papas a lo largo de los años, incluyendo al Papa Francisco ahora, y de tantos obispos en tantos lugares, han ayudado a la gente a ver que somos simplemente una institución más en la Iglesia. No queremos que nos consideren especiales, ni positiva ni negativamente. En efecto, no ser demasiado aceptados es un desafío, pero es la misma batalla que tiene cada persona e institución cristiana. En otras palabras, los cristianos están llamados a ser sal de la tierra, y la sal nunca debe perder su sabor. Nuestra meta no es la aceptación, es llevar el testimonio de Cristo en las entrañas de la sociedad. Y para hacer eso, a veces tienes que destacar y no conformarte con lo que los demás están haciendo.


—El Opus Dei ha sido acusado de ser un grupo elitista, que atrae a las altas esferas de la sociedad, y de tener técnicas de reclutamiento bastante agresivas para los jóvenes. ¿Hay algo de verdad en esto?


—Usted señala dos acusaciones específicas. Considerémoslas de una en una.


De hecho, hay muchos miembros del Opus Dei que son pobres, sobre todo en los países menos desarrollados, y los miembros del Opus Dei promueven muchas iniciativas al servicio de los pobres. Eso es un hecho. Yo diría que los miembros del Opus Dei provienen de los mismos niveles de la sociedad que los demás católicos de ese país. En Gran Bretaña, y en la mayoría de los países, eso significa clase media. El Papa Francisco animó recientemente a los miembros del Opus Dei a seguir evangelizando «las periferias de las clases medias» en los países donde viven y trabajan.


El Opus Dei está interesado en ayudar a personas de todo tipo —ya sean ricos, de clase media o pobres— a acercarse a Jesucristo. Sin embargo, no creo que lleguemos a tanta gente en las altas esferas de la sociedad. Ojalá pudiéramos llegar más lejos, como también desearía que pudiéramos llegar a muchas más personas pobres. Estamos tratando de promover más proyectos para personas más pobres e inmigrantes, y tenemos algunas iniciativas maravillosas, como el Baytree Centre en Brixton, en Londres, o Braval, en Barcelona, o las actividades con refugiados sirios en una parroquia en Colonia, Alemania. Pero rezo para que hagamos más. Sin embargo, diría, y este es un punto clave, que la esencia misma del espíritu del Opus Dei no es tanto lo que hacemos como institución como lo que sus miembros individuales —la mayoría de los cuales son laicos— hacen a través del ejercicio de su trabajo diario. Así que, aunque las actividades específicas del Opus Dei siempre serán limitadas, espero que la gente del Opus Dei se tome en serio la llamada evangélica a servir a los pobres en su vida familiar y laboral.


En cuanto a las «técnicas agresivas de reclutamiento de jóvenes», aunque creo que la acusación es un tanto injusta, diría que también hemos aprendido que es muy necesario que los que quieran entrar en la Prelatura cuenten con la opinión de tantas personas como deseen, y que no den un paso adelante sin convicción. Junto con toda la Iglesia, amamos cada vez más el valor de la libertad. Si me permiten una referencia personal, les remito a una carta pastoral del 9 de enero de este año que escribí sobre la libertad y que está disponible en la página web del Opus Dei.


—El Opus Dei atrajo a más miembros después del Código Da Vinci. ¿Por qué?


—Sí, de hecho, el Código Da Vinci desempeñó el papel contrario a lo que se podría imaginar. Esto se debió principalmente a la gracia de Dios, que convierte cada cruz en una bendición. Las mentiras sobre nosotros —sobre la Iglesia Católica en general y sobre el Opus Dei en particular— fueron tan chocantes y descaradas que obligaron a muchos católicos a ponerse en marcha para explicarse. Muchos de los miembros del Opus Dei se divirtieron dando charlas, hablando con los medios de comunicación o simplemente con sus amigos. De repente, todos querían saber de nosotros. Y el hecho de que el libro estuviera tan lleno de falsedades ridículas e infundadas ayudó a otros católicos a valorarnos más y a superar cualquier recelo que pudieran haber tenido anteriormente sobre el Opus Dei. Al ver todas las cosas ridículas que el libro decía sobre la Iglesia, los católicos se dieron cuenta de que mucho de lo que decía sobre el Opus Dei tampoco podía ser verdad. Por ejemplo, como saben, en el libro el villano principal es Silas, un «monje asesino del Opus Dei», cuando en realidad no hay monjes en el Opus Dei ni puede haberlos, porque, por maravillosos que sean los monjes, somos una Prelatura sólo para laicos y sacerdotes seculares. Errores como este eran ridículos, pero Dios los permitió para el bien; siempre que permite el mal es para sacar un bien de él.


—¿Le preocupa el número creciente de los conservadores críticos con el Papa Francisco?


—¿Es realmente un número creciente? Cualquiera que sea su número, vivo con pena y dolor toda manifestación crítica hacia el Papa. De la boca de un hijo de la Iglesia no debería salir una crítica destructiva hacia nadie, y menos aún hacia quien es padre común y factor de unidad en la Iglesia. Me gusta pensar en el reto que nos ponía el fundador del Opus Dei: manifestar, en todas las circunstancias, un cariño al Santo Padre que sea a la vez efectivo y afectivo.


El Papa Francisco está llamando especialmente a la evangelización y a vivir la misericordia para alcanzar a los marginados de la sociedad. Como sucedía frecuentemente con sus predecesores, la llamada de Francisco a la acción social y a la defensa de los pobres es incómoda —porque está criticando, con razón, tanta injusticia en nuestro mundo— y todos deberíamos ser interpelados por ella.


—¿Cuál es su posición en el debate sobre la concesión de la comunión a las divorciados que se han vuelto a casar?


—Supongo que se refiere aquí a las cuestiones planteadas en 2016 por el documento del Papa Francisco sobre el matrimonio, Amoris Laetitia. Francisco dijo alguna vez que comprende que se haya suscitado ese revuelo, sobre todo con ocasión del capítulo octavo, donde se refiere precisamente a las parejas de fieles católicos divorciados y vueltos a casar civilmente. A este propósito, el Papa nos urge a acercarnos a las personas que se encuentran en situaciones difíciles, como la que mencionaba antes, y a hacerlo con mayor disponibilidad y con una gran misericordia. Pero el mismo Francisco afirma expresamente que la doctrina no cambia. Se trata, en mi opinión, de conseguir que los sacerdotes dediquemos más tiempo a las personas que atraviesan dificultades, acompañándolas en un proceso —a veces largo— que les lleve a comprender su situación personal y a superarla con la gracia de Dios. Ayudarles a dar los pasos necesarios para que un día estén en condiciones de recibir la Eucaristía.


—Usted visitó Londres en diciembre para reunirse con los miembros del Opus Dei. ¿Cuáles fueron sus impresiones de la visita?


—¡Me encantó! Fue estupendo ver la energía y el entusiasmo de los miembros del Opus Dei del Reino Unido y de todos sus amigos. Realmente están tratando de hacer cosas bellas para servir a la sociedad: escuelas maravillosas con una visión auténticamente católica, grandes iniciativas para ayudar a las familias, proyectos para los necesitados, y mucho más, incluyendo sobre todo su testimonio personal. Fue refrescante.


Vi a muchas personas que son verdaderos amigos de sus amigos, como quería nuestro fundador. Pude charlar, por ejemplo, con Peter, un joven estudiante aquejado de cáncer, que fallecería pocas semanas después y que nos ha dejado un gran ejemplo de confianza en Dios, de amistad y de alegría. La cantidad de personas que se han sentido removidas por su muerte me ha llevado a considerar cómo Dios se sirve de la amistad humana para alcanzar con su amor a muchas personas.


—En los últimos años se ha hecho especial hincapié en que el Opus Dei ponga en marcha escuelas de educación primaria y secundaria, abiertas a todos y que han demostrado ser muy populares entre los padres no católicos debido a las normas académicas. ¿Abrirán más escuelas?


—Ciertamente nos gustaría. La propuesta educativa católica es muy hermosa. Queremos compartir esto con la mayor cantidad de gente posible. Ya en los años sesenta, san Josemaría veía que los padres, que son los primeros educadores, debían implicarse más en la creación y gestión de las escuelas. Esta es una visión, por cierto, que el cardenal Newman también tuvo cien años antes, aunque en ese momento los laicos católicos no tenían tanto acceso a una formación adecuada. Las escuelas a las que usted se refiere han sido iniciadas por grupos de padres que quieren estar muy involucrados en la educación de sus hijos, lo que incluye no sólo la educación en la fe, sino también el desarrollo del carácter y un enfoque de tutoría individual que busca lo mejor para cada alumno.


—¿Qué más le gustaría ver conseguir a los británicos del Opus Dei?


—Muchas cosas, pero somos relativamente pocos en Gran Bretaña y sé que mis hijos espirituales lo están haciendo lo mejor que pueden. Espero que haya más miembros para que puedan promover más iniciativas del Opus Dei en el Reino Unido, tanto dirigidas a los pobres y necesitados como en el campo de la educación, además de lo que ya están haciendo. Sobre todo, sería estupendo que los miembros, cooperadores y amigos del Opus Dei sigan llevando a cabo la tarea de evangelización entre sus compañeros, colegas, vecinos y familias, para que ayudemos a que el mensaje de Cristo llegue hasta la última persona en el Reino Unido y en todo el mundo. Me gustaría que los fieles del Opus Dei en Inglaterra pudieran ser, en el ambiente social y profesional en que se desenvuelven, sembradores de paz y de alegría.


—¿Cómo descansa?


—Aunque pienso que no tiene interés, me gusta estar con las personas, y descanso con la lectura, la música clásica (quizá, especialmente, con Beethoven) y con el tenis, ¡aunque no a los niveles Wimbledon!

Romana, Nº 66, Enero-Junio 2018, p. 107-112.

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