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Decreto sobre la celebración de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, en el Calendario Romano General, Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (11-II-2018)

CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS


ROMA


SOBRE LA CELEBRACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA, MADRE DE LA IGLESIA,EN EL CALENDARIO ROMANO GENERAL


DECRETO


La gozosa veneración otorgada a la Madre de Dios por la Iglesia en los tiempos actuales, a la luz de la reflexión sobre el misterio de Cristo y su naturaleza propia, no podía olvidar la figura de aquella Mujer (cfr. Gal 4,4), la Virgen María, que es Madre de Cristo y, a la vez, Madre de la Iglesia.


Esto estaba ya de alguna manera presente en el sentir eclesial a partir de las palabras premonitorias de san Agustín y de san León Magno. El primero dice que María es madre de los miembros de Cristo, porque ha cooperado con su caridad a la regeneración de los fieles en la Iglesia; el otro, al decir que el nacimiento de la Cabeza es también el nacimiento del Cuerpo, indica que María es, al mismo tiempo, madre de Cristo, Hijo de Dios, y madre de los miembros de su cuerpo místico, es decir, la Iglesia. Estas consideraciones derivan de la maternidad divina de María y de su íntima unión a la obra del Redentor, culminada en la hora de la cruz.


En efecto, la Madre, que estaba junto a la cruz (cfr. Jn 19, 25), aceptó el testamento de amor de su Hijo y acogió a todos los hombres, personificados en el discípulo amado, como hijos para regenerar a la vida divina, convirtiéndose en amorosa nodriza de la Iglesia que Cristo ha engendrado en la cruz, entregando el Espíritu. A su vez, en el discípulo amado, Cristo elige a todos los discípulos como herederos de su amor hacia la Madre, confiándosela para que la recibieran con afecto filial.


María, solícita guía de la Iglesia naciente, inició la propia misión materna ya en el cenáculo, orando con los Apóstoles en espera de la venida del Espíritu Santo (cfr. Hch 1,14). Con este sentimiento, la piedad cristiana ha honrado a María, en el curso de los siglos, con los títulos, de alguna manera equivalentes, de Madre de los discípulos, de los fieles, de los creyentes, de todos los que renacen en Cristo y también «Madre de la Iglesia», como aparece en textos de algunos autores espirituales e incluso en el magisterio de Benedicto XIV y León XIII.


De todo esto resulta claro en qué se fundamentó el beato Pablo VI, el 21 de noviembre de 1964, como conclusión de la tercera sesión del Concilio Vaticano II, para declarar a la bienaventurada Virgen María «Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa», y estableció que «de ahora en adelante la Madre de Dios sea honrada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título».


Por lo tanto, la Sede Apostólica, especialmente después de haber propuesto una misa votiva en honor de la bienaventurada María, Madre de la Iglesia, con ocasión del Año Santo de la Redención (1975), incluida posteriormente en el Misal Romano, concedió también la facultad de añadir la invocación de este título en las Letanías Lauretanas (1980) y publicó otros formularios en el compendio de las misas de la bienaventurada Virgen María (1986); y concedió añadir esta celebración en el calendario particular de algunas naciones, diócesis y familias religiosas que lo pedían.


El Sumo Pontífice Francisco, considerando atentamente que la promoción de esta devoción puede incrementar el sentido materno de la Iglesia en los Pastores, en los religiosos y en los fieles, así como la genuina piedad mariana, ha establecido que la memoria de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, sea inscrita en el Calendario Romano el lunes después de Pentecostés y sea celebrada cada año.


Esta celebración nos ayudará a recordar que el crecimiento de la vida cristiana, debe fundamentarse en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de Cristo en el banquete eucarístico, y en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos.


Por tanto, tal memoria deberá aparecer en todos los calendarios y libros litúrgicos para la celebración de la Misa y de la Liturgia de las Horas: los respectivos textos litúrgicos se adjuntan a este decreto y sus traducciones, aprobadas por las conferencias episcopales, serán publicadas después de ser confirmadas por este dicasterio.


Donde la celebración de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, ya se celebra en un día diverso con un grado litúrgico más elevado, según el derecho particular aprobado, puede seguir celebrándose en el futuro del mismo modo.


Sin que obste nada en contrario.


En la sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, a 11 de febrero de 2018, memoria de la bienaventurada Virgen María de Lourdes.


Robert Card. Sarah
Prefecto


Arthur Roche
Arzobispo Secretario




Comentario al decreto del prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

La Memoria de María, “Madre de la Iglesia”


Por decisión del Papa Francisco, la Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos ha ordenado la inscripción de la
memoria de la «Bienaventurada Virgen María Madre de la Iglesia» en el
calendario romano general, con decreto del día 11 de febrero de 2018,
ciento sesenta aniversario de la primera aparición de la Virgen en
Lourdes. Se adjuntan al decreto los respectivos textos litúrgicos, en
latín, para la Misa, el Oficio Divino y el Martirologio Romano. Las
conferencias episcopales tendrán que aprobar la traducción de los textos
necesarios y, después de ser confirmados, publicarlos en los libros
litúrgicos de su jurisdicción.


El motivo de la celebración es descrito brevemente en el mismo
decreto, que recuerda la madurada veneración litúrgica a María tras una
mejor comprensión de su presencia «en el misterio de Cristo y de la
Iglesia», como ha explicado el capítulo VIII de la Lumen Gentium del
Concilio Vaticano II. De hecho, el beato Pablo VI, al promulgar esta
constitución conciliar el 21 de noviembre de 1964, quiso conceder
solemnemente a María el título de «Madre de la Iglesia». El sentir del
pueblo cristiano, en los dos mil años de historia, había acogido, de
diverso modo, el vínculo filial que une estrechamente a los discípulos
de Cristo con su Santísima Madre. De tal vínculo da testimonio explícito
el evangelista Juan, cuando habla del testamento de Jesús muriendo en
la cruz (cfr. Jn 19,26-27). Después de haber entregado su Madre a los
discípulos y éstos a la Madre, «sabiendo que ya estaba todo cumplido»,
al morir Jesús «entregó su espíritu» para la vida de la Iglesia, su
cuerpo místico: pues, «del costado de Cristo dormido en la cruz nació el
sacramento admirable de la Iglesia entera» (Sacrosanctum Concilium, n.
5).


El agua y la sangre que brotaron del corazón de Cristo en la cruz,
signo de la totalidad de su ofrenda redentora, continúan
sacramentalmente dando vida a la Iglesia mediante el Bautismo y la
Eucaristía. María santísima tiene que realizar su misión materna en esta
admirable comunión, que se ha de potenciar siempre entre el Redentor y
los redimidos. Lo recuerda el texto evangélico de Jn 19,25-34 señalado
en la misa de la nueva memoria, ya indicado —junto con las lecturas de
Gen 3 y Hch 1— en la Misa votiva «de sancta Maria Ecclesiae Matre»
aprobaba por la Congregación para el Culto Divino en 1973, para el Año
Santo de la Reconciliación de 1975 (cfr. Notitiae 1973, pp. 382-383).


La conmemoración litúrgica de la maternidad eclesial de María existía
ya en las misas votivas de la editio altera del Missale Romanum de
1975. Después, en el pontificado de san Juan Pablo II existía la
posibilidad, concedida a las conferencias episcopales, de añadir el
título de «Madre de la Iglesia» a las Letanías lauretanas (cfr. Notitiae
1980, pág. 159); y, con ocasión del año mariano, la Congregación para
el Culto Divino publicó otros formularios de Misas votivas con el título
de María Madre e imagen de la Iglesia en la Collectio missarum de Beata
Maria Virgine. Se había aprobado también, a lo largo de los años, la
inserción de la celebración de la «Madre de la Iglesia» en el calendario
propio de algunos países, como Polonia y Argentina, el lunes después de
Pentecostés; y había sido inscrita en otras fechas tanto en lugares
peculiares, como la basílica de San Pedro, —donde se hizo la
proclamación del título por parte de Pablo VI—, como también en los
propios de algunas órdenes y congregaciones religiosas.


El Papa Francisco, considerando la importancia del misterio de la
maternidad espiritual de María, que desde la espera del Espíritu en
Pentecostés (cfr. Hch 1,14) no ha dejado jamás de cuidar maternalmente
de la Iglesia, peregrina en el tiempo, ha establecido que, el lunes
después de Pentecostés, la memoria de María Madre de la Iglesia sea
obligatoria para toda la Iglesia de rito romano. Es evidente el nexo
entre la vitalidad de la Iglesia de Pentecostés y la solicitud materna
de María hacia ella. En los textos de la Misa y del Oficio, el texto de
Hch 1,12-14 ilumina la celebración litúrgica, como también Gen
3,9-15.20, leído a la luz de la tipología de la nueva Eva, constituida
«Mater omnium viventium» junto a la cruz del Hijo, Redentor del mundo.


Esperamos que esta celebración, extendida a toda la Iglesia, recuerde
a todos los discípulos de Cristo que, si queremos crecer y llenarnos
del amor de Dios, es necesario fundamentar nuestra vida en tres
realidades: la Cruz, la Hostia y la Virgen —Crux, Hostia et Virgo—.
Estos son los tres misterios que Dios ha dado al mundo para ordenar,
fecundar, santificar nuestra vida interior y para conducirnos hacia
Jesucristo. Son tres misterios para contemplar en silencio (Robert
Sarah, La fuerza del silencio, n. 57).


Robert Sarah
Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos





Romana, Nº 66, Enero-Junio 2018, p. 60-64.

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