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En los oficios de Viernes Santo, iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, Roma (30-III-2018)

La liturgia del Viernes Santo nos sitúa directamente ante el gran Misterio cristiano de la Cruz y del Crucificado.


En el Evangelio hemos contemplado al Señor apresado, en el Huerto de los olivos, por esa cohorte encabezada por Judas; hemos visto cómo es conducido ante el sumo sacerdote Caifás y cómo, después de ser interrogado, recibe una injusta bofetada de uno de los servidores. Después, en presencia de Pilato, el pueblo grita: «¡Crucifícalo, crucifícalo!» (Jn 19,6); e inmediatamente Jesús es azotado y coronado de espinas. Podemos preguntarnos: ¿Por qué todo esto? El Evangelio sigue: Jesús carga el madero en presencia de la gente que él amaba; es despojado de sus vestiduras y, aparentemente, también de su dignidad; y en el momento de la crucifixión, el Señor dirige estas palabras a Dios Padre, recogidas por san Mateo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt 27,46). Nos preguntarnos nuevamente: ¿por qué la Cruz?


Aunque lograremos entenderlo solo en parte, la crucifixión nos revela que ahí donde parece haber solo debilidad, ahí Dios manifiesta su poder sin límites; donde vemos fracaso, derrota, incomprensión y odio, precisamente ahí Jesús nos revela el gran poder de Dios: el poder de transformar la Cruz en expresión de amor. Esta lógica de la fe se aprecia en el paso de la primera a la segunda lectura. Mientras Isaías nos muestra ese rostro «sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres» (Is 53,2-3), la epístola a los Hebreos proclama que ahí encontramos «el trono de la gracia, para alcanzar misericordia» (Heb 4,16).


Esta fue la experiencia de uno de los ajusticiados que estaban al lado de Cristo en el Gólgota. El «buen ladrón» experimenta en su mayor fracaso y debilidad cómo la Cruz de Jesús se convierte en el lugar poderoso en el que se sabe perdonado y amado: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43). En la Cruz oímos pronunciar la palabra Paraíso.


De instrumento de tortura, de violencia y de desprecio, la Cruz se transforma en medio de salvación, en símbolo de esperanza, pues se ha convertido en manifestación del amor gratuito y misericordioso de Dios, que para nosotros se hace presente —de modo eminentemente eficaz— en los sacramentos. No dejemos de acudir a la misericordia divina en la Confesión; no escatimemos esfuerzos por participar frecuentemente en la Eucaristía. También en los sacramentos veremos, como explica san Josemaría, cómo Cristo «se entrega a la muerte con la plena libertad del Amor». Mirar al Crucificado es contemplar nuestra esperanza.


El Papa Francisco dijo a los jóvenes: «¡No se dejen robar la esperanza!». Por esto, os invito a experimentar el poder transformador del Amor de Dios, que en la Cruz abraza lo débil y lo llena de esperanza. Hacer nuestro el símbolo de la Cruz significa convertirse, allí donde estamos, en signo concreto del amor de Dios. En vuestras familias, en vuestras amistades y en vuestra futura profesión podéis ser signo concreto de esperanza.


La Iglesia hoy dirige su atención hacia el Lignum Crucis, el árbol de la Cruz. En la liturgia rezamos: «adoramos tu Cruz, Señor, y alabamos y glorificamos tu santa Resurrección. Por el madero ha venido la alegría al mundo». La adoración de la santa Cruz es un gesto de fe y una proclamación de la victoria de Jesús. Es también un gesto de esperanza, que proviene de la experiencia del poder trasformador del amor de Dios.


Acabamos pidiéndole a la Virgen que nos ayude también a permanecer cerca de la Cruz, pues ahí se nos revela el origen de la esperanza que, como cristianos, deseamos ofrecer a nuestros contemporáneos.

Romana, Nº 66, Enero-Junio 2018, p. 87-89.

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