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En la inauguración del año académico, Universidad Pontificia de la Santa Cruz, Roma (8-X-2018)

Eminencias Reverendísimas, Excelencias, profesores, colaboradores, estudiantes, señoras y señores:


Esta vez el inicio del año académico es el momento previsto para la entrada en vigor de la constitución apostólica Veritatis Gaudium, con la que el Santo Padre ha querido dar una nueva estructura legislativa a las universidades y facultades eclesiásticas (cfr. art. 88). En esta ocasión quisiera señalar brevemente una línea de fondo que, en mi opinión, apoya el proemio de este documento, a saber, la inserción plena y vital de los estudios eclesiásticos en el proceso de evangelización del mundo al que estamos llamados. En palabras del Papa: «Es una buena ocasión para proceder con determinación reflexiva y profética a promover, a todos los niveles, un relanzamiento de los estudios eclesiásticos en el contexto de la nueva etapa de la misión de la Iglesia, marcada por el testimonio de la alegría que brota del encuentro con Jesús y del anuncio de su Evangelio, que he propuesto programáticamente a todo el Pueblo de Dios en la Evangelii Gaudium» (Constitución Apostólica Veritatis gaudium, Proemio, n. 2).


En este sentido, debe ser evitada con decisión la idea de que el mundo de las ciencias eclesiásticas es una especie de clausura separada, con una lógica aparentemente autosuficiente, respecto a los problemas reales de la Iglesia y del mundo. Una visión meramente erudita de esas ciencias nos llevaría a concebir el ámbito académico como cerrado en su creciente especialización, lejos de cualquier preocupación por proclamar el Evangelio y, en consecuencia, por responder a las inquietudes personales y colectivas. La actitud científica en la investigación y la docencia parecería exigir una especie de desapego de lo que está ocurriendo en el mundo real y de toda perspectiva de verdadero servicio.


La separación de la realidad viva de la Iglesia se hace más profunda cuando se olvida que, en palabras de la Veritatis Gaudium, «el criterio prioritario y permanente [de la renovación de los estudios] es el de la contemplación y de la introducción espiritual, intelectual y existencial en el corazón del kerigma, es decir, de la siempre nueva y fascinante noticia gozosa del Evangelio de Jesús» (Proemio, n. 4a). Por tanto, el alma de los estudios debe ser siempre la autenticidad del mensaje cristiano, con el presupuesto fundamental de servir a la Iglesia y a la sociedad. De este modo, no existe el riesgo de confundir la libertad en el trabajo de la teología y en otras disciplinas y el legítimo pluralismo, con un distanciamiento intelectual y vital de la única verdad que salva, de la adhesión a Cristo y a la Iglesia.


En esta universidad contamos con un patrimonio fundacional que afirma vigorosamente la trascendencia apostólica de nuestros esfuerzos. Me vienen a la mente, por ejemplo, algunas palabras de san Josemaría, que ciertamente van más allá del ámbito de las ciencias eclesiásticas, pero que se aplican perfectamente a ellas: «Para ti, que deseas formarte una mentalidad católica, universal, transcribo algunas características: -amplitud de horizontes, y una profundización enérgica, en lo permanentemente vivo en la ortodoxia católica; -afán recto y sano  -nunca frivolidad- de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía y en la interpretación de la historia...; -una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos; -y una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida» (Surco, 428). El fundador del Opus Dei nos animó a buscar la unidad de vida en todos los ámbitos de la existencia cristiana, en plena armonía con un horizonte que une el estudio con el servicio, sin olvidar nunca nuestras raíces en la vida sacramental y en la oración.


Recuerdo un encuentro informal que el beato Álvaro del Portillo, fundador de esta universidad, tuvo en 1984 con el profesorado, que estaba a punto de comenzar la vida de lo que entonces se llamaba Centro Académico Romano de la Santa Cruz. Entre los otros consejos prácticos que nos dio se encontraban dos que indicaban muy bien la forma en que concebía el trabajo académico. El primero se refería a la elección de temas de investigación: entre tantas posibilidades, Mons. Del Portillo nos aconsejó encarecidamente que optáramos por aquellos que pudieran tener un mayor impacto en el servicio de la Iglesia y de las almas. La segunda sugerencia, no menos práctica, estaba dirigida especialmente a los filósofos, pero era válida para todos: buscar claridad en nuestros textos, esa claridad que él amaba y buscaba en sus escritos.


La inclusión en la misión salvífica de la Iglesia debe informar toda la labor universitaria y concierne a todos los componentes de la universidad. Dedicarse como profesores a la investigación y a la enseñanza de las ciencias sagradas es en sí mismo una tarea profundamente apostólica. Pasar tiempo en Roma como estudiante no sólo no es separarse del servicio a la Iglesia, sino que implica un don para fortalecer ese servicio. Trabajar en la universidad en las diversas tareas de dirección, organización y de carácter técnico muestra todo su valor cuando se vive como una participación indispensable para la misión común.


Pidiendo por intercesión de María Sedes Sapientiae el don de la alegría de la verdad, declaro inaugurado el año académico 2018-2019.

Romana, Nº 67, Julio-Diciembre 2018, p. 278-280.

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