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El descubrimiento de la vocación

Reflexiones sobre la vocación y el discernimiento a partir de las enseñanzas de san Josemaría


Pablo Marti del Moral
Profesor de Teología Espiritual, Universidad de Navarra


El concepto del discernimiento es una realidad tan amplia como fundamental. El tratamiento que el clásico Dictionnaire de spiritualité ascétique et mystique hace sobre el “discernement des esprits”[1] comprende aspectos variados como los motivos de las elecciones y actuaciones, las posibles influencias sobre esas motivaciones, los signos de los tiempos, los carismas, las inspiraciones y mociones interiores, el acompañamiento espiritual, etc. En todos los casos, se evidencia que el ser humano no está determinado, y se enfrenta con la tarea de discernir sobre sus convicciones y resoluciones. Así pues, la relevancia del discernimiento deriva de su relación con la libertad, que a su vez depende de la comprensión sobre la verdad práctica (“qué es lo que conviene hacer”).


Mucho se ha escrito sobre el discernimiento espiritual[2], esto es, el discernimiento asociado a la vida del espíritu y más específicamente a la vida cristiana[3]. El papa Francisco ha empleado el término en numerosos discursos y documentos, en contextos diversos. De modo particular, ha acudido a él para referirse a la vocación de personas jóvenes, especialmente en la reciente Exhortación Apostólica Christus vivit; dice, por ejemplo: “Una expresión del discernimiento es el empeño por reconocer la propia vocación”[4].


En los escritos y predicación de san Josemaría se encuentran varias consideraciones sobre el descubrimiento de la propia vocación cristiana, que se puede entender como el acto de reconocer que Dios llama a la santidad por un camino específico. Como veremos más adelante, el fundador del Opus Dei empleó pocas veces el término “discernimiento” en este contexto, quizá por la amplitud de su significado a la que hemos aludido. Sin embargo, esto no impide que sus enseñanzas, como la de tantos maestros de vida espiritual, arrojen luces sobre el ejercicio del discernimiento vocacional, que en estos meses lógicamente ha estado en el foco de la reflexión eclesial. Precisamente, con las siguientes líneas proponemos unas consideraciones sobre el discernimiento entendido como descubrimiento de la vocación, partiendo de las enseñanzas de san Josemaría.


1. Un nuevo fenómeno pastoral, a partir de la llamada universal a la santidad


En las obras de san Josemaría publicadas hasta ahora, las alusiones al descubrimiento de la propia vocación son numerosas, mientras que los vocablos discernimiento y discernir aparecen únicamente en Conversaciones, concretamente en tres ocasiones de una misma entrevista (nn. 59 y 70). Las afirmaciones que ahí se hacen están enmarcadas en la llamada universal a la santidad, núcleo de su predicación.


En la introducción a la edición crítica de Conversaciones, J.L. Illanes señala que el fundador del Opus Dei decide acudir a la palestra pública para explicar el mensaje del Opus Dei[5] concediendo entrevistas en distintos medios de comunicación, entre ellos al entonces Osservatore della Domenica –ligado a la información oficial en la Curia romana– que gozaba de especial resonancia en el ámbito eclesiástico. Quizá por esto aparecen ahí los términos discernimiento de espíritus y discernir, que resultan familiares a los lectores de ese ámbito, mientras que no aparecen en las otras entrevistas concedidas a publicaciones como el New York Times o Le Figaro.


El centro de la exposición, desde el inicio de la entrevista, es la vocación de los fieles laicos. “La característica fundamental del proceso de evolución del laicado es la toma de conciencia de la dignidad de la vocación cristiana. La llamada de Dios, el carácter bautismal y la gracia, hacen que cada cristiano pueda y deba encarnar plenamente la fe. Cada cristiano debe ser alter Christus, ipse Christus[6], presente entre los hombres”[7].


Se puede decir que el mensaje de san Josemaría supone la comprensión profunda del bautismo, como sacramento que comporta la elección divina de la persona bautizada: una llamada personal de Dios, es decir, una realidad vocacional. A partir de la condición vocacional del ser cristiano se comprende la vocación propia de los fieles laicos, como un modo específico de contribuir a la santidad y al apostolado de la Iglesia[8]. En la entrevista se resalta que la vocación específica al Opus Dei implica un compromiso a responder personalmente a la llamada a la santidad en la vida ordinaria, civil y secular, y a difundir la conciencia de esa llamada universal. La incorporación al Opus Dei comporta una vocación divina: no es simplemente una realidad asociativa fruto del querer de los sujetos[9].


La comprensión de esta vocación específica presupone la realidad de la vocación y misión de los laicos, lo cual “trae consigo una visión más honda de la Iglesia, como comunidad formada por todos los fieles, de modo que todos somos solidarios de una misma misión, que cada uno debe realizar según sus personales circunstancias”[10]. Para impulsar la conciencia de la vocación laical se precisa una nueva pastoral “que lleve a descubrir en medio del Pueblo de Dios el carisma de la santidad y del apostolado, en las infinitas y diversísimas formas en las que Dios lo concede”[11]. Una pastoral a partir de la cooperación orgánica de los fieles laicos con los ministros sacerdotes.


Esta nueva pastoral, tan exigente como necesaria, requiere “el don sobrenatural del discernimiento de espíritus”, a lo que san Josemaría une “la sensibilidad para las cosas de Dios y la humildad de no imponer las propias preferencias y servir a lo que Dios promueve en las almas. En una palabra: el amor a la legítima libertad de los hijos de Dios, que encuentran a Cristo y son hechos portadores de Cristo, recorriendo caminos entre sí muy diversos, pero todos igualmente divinos”[12].


Los sacerdotes “deben ser realmente siervos de los siervos de Dios”[13], para que los cristianos corrientes, los laicos, hagan presente, en todos los ambientes de la sociedad, a Cristo. “La misión de dar doctrina, de ayudar a penetrar en las exigencias personales y sociales del Evangelio, de mover a discernir los signos de los tiempos, es y será siempre una de las tareas fundamentales del sacerdote. Pero toda labor sacerdotal debe llevarse a cabo dentro del mayor respeto a la legítima libertad de las conciencias: cada hombre debe libremente responder a Dios. Por lo demás, todo católico, además de esa ayuda del sacerdote, tiene también luces propias que recibe de Dios, gracia de estado para llevar adelante la misión específica que, como hombre y como cristiano, ha recibido”[14]. Todos los fieles están llamados a llevar a cabo esa misión, en virtud del sacerdocio común recibido en el Bautismo.


Los párrafos de san Josemaría recientemente citados son densos de implicaciones. Sostienen una visión de la Iglesia desde su misión de llevar Dios al mundo, es decir, como recuerda el papa Francisco, “una Iglesia en salida”. Dentro de la misión de la Iglesia se discierne claramente cuál es el papel y la identidad de los ministros sagrados: “siervos de los siervos de Dios”, para ayudar a los laicos y moverles a descubrir la voluntad de Dios, poniéndoles delante de su responsabilidad personal. Y cuál es la misión y la identidad específica de los laicos: hacer “presente en todos los ambientes de la sociedad a Cristo”, respondiendo libremente a la llamada de Dios.


El ser cristiano como una vocación o llamada personal de Dios a cada sujeto en el bautismo, implica connotaciones existenciales profundas, tanto teológicas (apartados 2 y 3) como pastorales (apartados 4-6). Pasemos a reseñarlas.


2. Todos tienen vocación, cada uno la suya


Para el pensamiento teológico, comprender la vida cristiana como vocación implica subrayar que Dios llama a todos, que todos los bautizados tienen vocación, cada uno la suya y, por tanto, que la vida se configura como una respuesta a la iniciativa de amor de Dios. “Si permanecéis en medio del mundo, no es porque Dios se haya olvidado de vosotros, no es porque el Señor no os haya llamado”[15].


La iniciativa es siempre de Dios: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros” (Jn 15, 16). La vocación cristiana no es una auto-realización, ni una búsqueda de rendir al máximo, sino un estar a las cosas de Dios. Jesucristo ha entrado en nuestra vida sin pedirnos permiso. “Yo tampoco pensaba que Dios me cogiera como lo hizo. Pero el Señor —déjame que te lo repita— no nos pide permiso para “complicarnos la vida”. Se mete y... ¡ya está!”[16]. Cada persona puede escuchar la voz del Espíritu y dirigir su vida libremente por el querer de Dios. Esta es la clave del discernimiento: dónde, cuándo y cómo se manifiesta Dios en nuestra vida.


Y Dios quiere que todos seamos partícipes de la misión de Jesús: “id al mundo entero y predicad el evangelio” (Mt 28, 19; Mc16, 15). Es preciso por tanto una pastoral vocacional; de ahí la pregunta sobre si “¿será lícito meterse de ese modo en la vida de los demás?”. A la que san Josemaría responde con claridad: “Es necesario. Cristo se ha metido en nuestra vida sin pedirnos permiso. Así actuó también con los primeros discípulos”[17].


El planteamiento de la vocación cristiana cambia sustancialmente a partir de la llamada universal a la santidad, de la condición vocacional del ser cristiano. Si todos los cristianos tienen vocación, entonces la finalidad de la pastoral vocacional y del discernimiento, no es descartar a muchos y decidir quién cabe en una vocación, sino ayudar a cada persona a que descubra la suya. El discernimiento no se debe reducir a quién sí y quién no tiene vocación a la vida religiosa o al ministerio sacerdotal, sino a descubrir cuál es el camino de cada uno[18].


Todavía más, el protagonista del discernimiento ya no es el animador vocacional o el director espiritual, sino el propio sujeto, aunque sin duda necesite consejo. Y así cada fiel cristiano es ayudado a discernir su propio camino y a elegirlo libremente. En la Iglesia hay múltiples vocaciones que modalizan la única vocación bautismal: el sacerdocio ministerial, la vida consagrada en sus diferentes modelos y la vida laical con distintos carismas. ¿Qué vocación es la mejor? “Para cada uno, lo más perfecto es –siempre y sólo- hacer la voluntad de Dios”[19].


Por eso, el discernimiento amplifica principalmente una cuestión fundamental en la vocación: que conviene escuchar, a Dios y a cada persona. De la persona que ayuda a discernir –sea sacerdote, religioso o laico–, se espera que esté dotada de sensibilidad para las cosas de Dios, de humildad para no imponer las propias preferencias, y que desee servir a lo que Dios promueve en cada alma. En resumen, que le mueva el amor a la legítima libertad de los hijos de Dios[20]. “Ese modo de obrar y ese espíritu se basan en el respeto a la trascendencia de la verdad revelada, y en el amor a la libertad de la humana criatura. Podría añadir que se basa también en la certeza de la indeterminación de la historia, abierta a múltiples posibilidades, que Dios no ha querido cerrar”[21]. Como señala el texto que acabamos de citar, la salvación –verdad revelada–, la libertad y la historia no se pueden separar y están en la raíz de nuestras consideraciones.


3. La historia como salvación[22]


Podemos analizar el tercer texto donde san Josemaría habla explícitamente de discernimiento: “El mal y el bien se mezclan en la historia humana, y el cristiano deberá ser por eso una criatura que sepa discernir; pero jamás ese discernimiento le debe llevar a negar la bondad de las obras de Dios sino, al contrario, a reconocer lo divino que se manifiesta en lo humano, incluso detrás de nuestras propias flaquezas. Un buen lema para la vida cristiana puede encontrarse en aquellas palabras del Apóstol: “Todas las cosas son vuestras, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1 Cor 3, 22-23), para realizar así los designios de ese Dios que quiere salvar al mundo”[23].


Aquí aparece el término discernimiento asociado a la afirmación de que el mundo es bueno; es más, el mundo es santo. San Josemaría afirma en la entrevista que santificar el trabajo profesional, santificarse en ese trabajo y contribuir a santificar a los demás mediante la profesión, es propio de la vocación al Opus Dei, como parte de los designios de Dios para la salvación.


Esta afirmación sobre el mundo es una afirmación también sobre la persona, su libertad y su acción en el mundo. En definitiva, implica una concepción fuerte de la historia. La historia es el lugar de salvación porque resulta de la encarnación de Jesucristo y de la libertad de los hijos de Dios ayudados por la gracia divina[24]. La filiación divina –la seguridad de que Dios es Padre– configura una visión profunda, contemplativa, mística, del acontecer cotidiano que permite reconocer lo divino que se manifiesta en lo humano[25].


Nos parece que de aquí deriva la comprensión de san Josemaría sobre la vocación como una realidad existencial. No es una llamada genérica. La vocación es la vida vista a la luz de un Dios Padre que manifiesta su amor en la historia, y por tanto reclama la respuesta de la libertad personal[26]. San Josemaría lee la biografía personal con la profunda confianza en la providencia de un Dios Padre que cuida a sus hijos[27].


La lectura cristiana de la historia contempla un relato dinámico donde intervienen, en primer lugar, Dios Padre, luego uno mismo con el empleo de la propia libertad. La historia queda forjada por los acontecimientos desencadenados como fruto de las decisiones personales inspiradas por la gracia del amor divino. Para comprender e imprimir una dirección a esos acontecimientos, el Señor concede la luz y la fuerza de la vocación: “Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación”[28].


4. La importancia de dar formación a todos


Esta orientación en la teología de la vocación comporta una serie de consecuencias pastorales. Si partimos de que todos tienen vocación –cada uno la suya– y de que Dios se manifiesta en la historia, pero contando con la libertad personal, entonces es preciso dejar actuar al Espíritu Santo. Ponerse en camino para descubrir la propia vocación y misión apostólica implica, por lo tanto, adquirir una formación cristiana profunda, sin quedarse en lo superficial, inmediato y vistoso.


San Josemaría estaba convencido de la importancia de ofrecer una formación amplia a todo tipo de personas como premisa para que puedan responder al llamado del Señor. En este sentido, al referirse específicamente a la institución que fundó por inspiración divina, decía que se trataba de una “una gran catequesis”[29]. Así, en la Instrucciónpara la obra de San Rafael –sobre el apostolado del Opus Dei con gente joven– afirma con rotundidad que el fin inmediato de toda esa labor apostólica es la formación de los jóvenes, mientras que el fin mediato es formar a aquellos que, de entre ese grupo más amplio, podrán recibir la vocación a realizar la misión apostólica de la Obra, sea en el celibato o en el matrimonio[30].


Una directriz esencial de esta formación es la educación en libertad. El ambiente formativo que promovió el fundador del Opus Dei presupone un delicado respeto a la intimidad de la persona. Para esto, se necesita crear un clima de confianza que permita a cada alma dar salida a la energía de la propia libertad sin caer en una conducta hipócrita o con miras estrechas. Por eso se funda en la amistad, que permite ayudar a las personas a “encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad”[31].


Lógicamente, como se ha apuntado ya, en la formación la acción primordial es la de Dios. Quienes ayudan a formar –y, en este contexto, a discernir el querer del Señor– deben cultivar la humildad que lleva a reconocer la primacía del Espíritu, que se sirve de ellos como instrumentos en sus manos. De ahí que, para llevar a cabo dicha misión, el punto de arranque sea la propia vida interior: ser almas de Eucaristía[32]; se trata de una siembra sobrenatural[33].


En otra de sus Instrucciones[34], san Josemaría destaca todavía más la hondura que precisa la tarea formativa para los que se incorporan al Opus Dei como numerarios o agregados. Como punto de partida se encuentra siempre el afán de acercar a Cristo a todas las almas, ayudándolas a descubrir su propia vocación[35]. La formación que estos fieles del Opus Dei reciben está al servicio de su misión; por eso, el fundador subraya que la santidad en medio del mundo, por su rico trasfondo humano y divino, implica la necesidad de formarse con especial profundidad[36].


La labor pastoral con los que se sienten llamados al Opus Dei, consiste en formarlos espiritualmente en la piedad, en el conocimiento científico de la religión católica, en las virtudes humanas, en la santificación de su profesión u oficio, y en la misión apostólica[37]. San Josemaría habla en muchas ocasiones de cinco aspectos de la formación: humana, doctrinal-religiosa, espiritual, profesional y apostólica. Formación que es “fundamento de vuestra vida de almas entregadas a Jesucristo”[38].


5. Una libre elección de la persona[39]


A medida que la formación va calando en la persona, llega un momento de madurez en que, por impulsos de la gracia, el sujeto se pone frente a su vida entera, planteándose su futuro y los compromisos necesarios para recorrer su camino en la Iglesia. Este momento está marcado normalmente por dos componentes psicológicos: la inquietud y la atracción.


Generalmente, el fenómeno vocacional llega acompañado por una experiencia psicológica, una turbación –“se turbó por estas palabras” (Lc 1, 29)–, que hace consciente a la persona de haber recibido un encargo. Sin necesidad de percibir ninguna manifestación extraordinaria de cariz sobrenatural, con sencillez, se es consciente de que algo ha pasado. Dios irrumpe en el acontecer diario y habla sin palabras, utilizando mediaciones humanas (un amigo, un sacerdote), o circunstanciales (una lectura, un suceso). La experiencia psicológica se puede presentar como desasosiego, miedo o intranquilidad o con otras manifestaciones de variada intensidad (como un anhelo profundo por cosas grandes, etc.): el Señor “obra con esas inspiraciones internas, que comienzan quitándonos un poco la comodidad y la tranquilidad”[40].


Hay una conciencia de la llamada a una misión y de la necesidad u oportunidad de dar un paso adelante. Con frecuencia, la inquietud viene impulsada por la atracción que suscita la vida de otras personas que siguen ese camino.


San Josemaría valora el silencioso testimonio de una conducta íntegra, pero considera que no basta. Conviene promover diligentemente, por medio de la oración, del ejemplo y de la palabra convincente y alentadora, que los demás sigan a Cristo[41]. Por esto, se fija en una expresión del Evangelio un tanto comprometida, audaz: compelle intrare, “obliga a entrar” (Lc 14, 23): un acompañamiento alentador, en el marco de una amistad auténtica, como “una invitación, una ayuda a decidirse, nunca –ni de lejos– una coacción”. Esta atracción “no es como un empujón material, sino la abundancia de luz, de doctrina; el estímulo espiritual de vuestra oración y de vuestro trabajo, que es testimonio auténtico de la doctrina; el cúmulo de sacrificios, que sabéis ofrecer; la sonrisa, que os viene a la boca, porque sois hijos de Dios (...); vuestro garbo y vuestra simpatía humana”[42].


La persona puede elegir libremente. Pero si todo queda a la libre elección del sujeto, ¿qué lleva a una persona a optar por un camino u otro?, ¿existe una cierta obligación externa?, ¿sería eso la vocación?, ¿cuáles son los motivos para elegir una u otra vocación determinada?


Aunque puede darse una iluminación repentina por parte de Dios, o un gusto especial o deseo natural de abrazar un tipo determinado de vida cristiana, el camino normal es fruto de la razón iluminada por la fe y movida por la caridad[43]. El cristiano, considerando en la oración[44] que ha sido creado para amar a Dios y movido por el deseo de alcanzar este fin, se interroga sobre el camino que debe seguir, meditando el Evangelio y teniendo a la vista los modos de vida autorizados por la Iglesia, para servir mejor a Dios, la Iglesia y todas las personas. Como es lógico, tal claridad de visión y de intenciones no siempre está presente desde el inicio de las auténticas vocaciones, pero conviene alcanzarlo en el periodo de prueba que comporta toda vida entregada a Dios.


A partir de esta conciencia de la llamada de Dios, la persona se siente interpelada a discernir los signos de la voluntad de Dios en su vida: la maduración de la fe en la relación íntima con Dios, los caminos en la Iglesia que son delimitados –aquí y ahora–, la sensibilidad hacia los problemas de los hombres y de las mujeres, las personas que cautivan con su ejemplo, las “casualidades” de la vida que pone en un lugar y momento concreto, las cualidades personales que se quieren poner al servicio de los demás y, sobre todo, las inspiraciones que se acogen en la oración íntima. En definitiva, la historia personal: Dios se sirve de la historia personal para manifestarse.


6. El discernimiento de la vocación[45]


El discernimiento vocacional requiere –en esencia– comprender con profundidad la naturaleza de la vocación a la que cada uno percibe que está llamado, junto con la necesaria aptitud para llevar el ideal a la vida y la rectitud de intención que conduce a actuar por amor a Dios[46].


Sobre el primer aspecto mencionado, san Josemaría se pregunta: ¿cuáles son las características peculiares de la vocación a la Obra? A lo que responde: “Un estado definitivo para buscar la perfección en medio del mundo”[47], semejante a la vida a los primeros cristianos, fundamentada en la práctica de las virtudes[48]. De ahí que concluya “no sacamos a nadie de su sitio”[49].


El segundo, nos hace ver cómo el discernimiento es indispensable para determinar la rectitud de intención de la persona, algo que no siempre es fácil de establecer; y para ver dónde invertir los talentos que se han recibido. Deben ir unidos tanto el discernimiento de la persona (que se apoya en el acompañamiento espiritual), como el discernimiento eclesial sobre la idoneidad del candidato.


a) La rectitud de intención


El discernimiento vocacional versa también sobre la rectitud de intención: lo que el sujeto quiere realmente, lo que ama. La decisión debería depender directa y exclusivamente del amor de Dios. Como el egocentrismo es un defecto frecuente, conviene dejarse ayudar para valorar la rectitud de intención. Se elige un camino con el compromiso de seguirlo para siempre por amor a Dios, por el reino de los cielos, por la edificación de la Iglesia.


La respuesta a la vocación se presenta así como un deseo de servir a Dios “porque me da la gana”[50], y no como resultado de una lógica de beneficios personales, es decir: como una elección de amor, que lleva a hacerse responsable de la Iglesia, de la salvación de las personas. Ahí radica la cuestión vocacional: el compromiso propio con Dios para edificar la Iglesia y la sociedad de un modo específico. La madurez de la persona se sitúa en el paso del yo al nosotros, en cuanto se hace cargo de los demás. El cristiano, unido a Cristo en el Espíritu, colabora con la redención. Se hace cargo de esta misión, a través de un camino concreto y determinado: el que hoy y ahora se le presenta en la historia y en su historia, a través de la Iglesia.


El acompañamiento consiste en la ayuda necesaria para que la persona decida libremente emprender su camino, contando con la experiencia humana y divina de la Iglesia. La función del director espiritual es “ayudar a que el alma quiera –a que le dé la gana- cumplir la voluntad de Dios”[51], “situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana”[52].


Resulta fundamental conocer a las personas y ayudarlas a conocerse. Solo así pueden decidir realmente los interesados, aunando el conocimiento de sus debilidades con el de la esperanza. Conviene, por tanto, fijarse en la intención, las motivaciones vocacionales y por tanto la consistencia o coherencia vocacional[53]. Es claro que la rectitud de intención se exige tanto al sujeto protagonista como al que promueve las vocaciones.


La decisión vocacional es fruto de la libertad de la persona como una respuesta al amor de Dios que nos desvela sus planes en los distintos momentos de nuestra vida. Toda vocación cristiana es una respuesta exclusiva de amor. Se elige un camino para realizar la misión de la Iglesia, teniendo en cuenta su diversidad. Pero el motivo de la elección es siempre el amor, no el simple “hay que hacerlo”, “así podré salvarme”, etc. Se trata de una correspondencia a Dios que sale al encuentro.


b) La aptitud de la persona


La vocación entraña el libre ofrecimiento de la propia vida por amor y con amor, en el sacerdocio, en el estado religioso o en la vida laical. A priori no hay exclusiones a un camino u otro: la biografía personal va configurando el camino y nos sitúa en unas encrucijadas o en otras[54]. Cualquier persona puede embarcarse en una vida de servicio, de absoluta entrega, de íntegra donación[55]. La vocación cristiana recibida por el bautismo se concreta a lo largo de la historia de la persona, a través del discernimiento personal y eclesial, como por ejemplo atendiendo a la invitación hacia el matrimonio, o al celibato apostólico. El planteamiento de la vocación en la Iglesia considera la belleza del matrimonio y, a partir de ahí, la belleza del celibato por el reino de los cielos[56].


La vocación al Opus Dei implica disponer en la vida ordinaria de las cualidades requeridas por ese camino y misión concreta, para traducir el amor a Dios y al prójimo en comportamientos y actitudes de vida. En definitiva, se requiere que la persona sea madura y esté formada humana y espiritualmente. En este sentido, san Josemaría daba algunas orientaciones para conocer a fondo a la persona, su biografía y las cualidades que ha ido formando: hablaba de conocer su posición en la sociedad, desde la que puede irradiar la caridad de Cristo en su propio ambiente (que puede ser muy variado); pero también las circunstancias de familia, infancia y adolescencia que configuran el carácter; el talento o condiciones favorables para determinadas actividades que tienen que ver con la misión; y sobre todo, la virtud, expresión de la formación personal, en cuanto es signo de la incorporación libre a la personalidad de los hábitos que hacen posible el juicio, la decisión y la realización de los ideales vitales[57].


El mismo santo también decía que en el Opus Dei caben “todos los que tengan el corazón grande, aunque hayan sido mayores sus flaquezas”[58], mientras que los egoístas, tibios o frívolos no encontrarían un lugar en él. Se resalta como únicamente indispensable la capacidad de amar con generosidad que, con el tiempo, y gracias a la formación, podrá germinar en virtudes que hagan efectivo el compromiso vocacional.


El discernimiento incluye un juicio sobre las aptitudes de una persona, la idoneidad. Versa sobre lo posible, los caminos a mano hoy y ahora, no en el futuro más o menos lejano. El futuro supera a la persona, porque implica un crecimiento para el que hay que capacitarse correspondiendo a la gracia de Dios. Eso sí, cada persona debe poner todos los talentos en juego, como explica la parábola de san Mateo (25, 14-30); y no quedarse con nada sin negociar, sin que sirva para algo.


Conclusión: fidelidad a la vocación


Como la vocación se vive en la historia, solo en el vivir se comprueba la idoneidad de la persona[59]. Esto se realiza conjugando el discernimiento personal y el discernimiento eclesial, que son paralelos, porque el origen es el mismo: el Amor de Dios por cada uno.


Podemos pensar que san Josemaría comprende así la vocación. Por eso sigue la tradición de la Iglesia cuando establece, en el caso de la llamada específica al Opus Dei, unos tiempos de discernimiento especiales, las incorporaciones temporales hasta la incorporación definitiva[60], para vivir la llamada en la historia y para subrayar la libertad de cada uno en la entrega.


Estos tiempos asumen las implicaciones teológicas y pastorales sobre la vocación que hemos señalado. Principalmente, la libertad de la persona: la respuesta a la vocación es la libre elección de un compromiso por amor, que responde a una iniciativa divina, a la acción de Dios: como la gracia asume y eleva todo lo humano, necesita de una maduración con el tiempo. Después, la formación, como consecuencia de la sinergia entre libertad, gracia e historia.


La vocación es la vida, una historia fruto de la respuesta libre a los dones que Dios ofrece también libremente[61]. Por eso, depende todo de Dios y todo de uno mismo, de las decisiones que se asumen en concreto, de la lucha del hoy y ahora que posibilitan los pasos en el futuro. De ese modo se entiende también que, cambiar de camino, cuando ya se ha comenzado, exige una justificación. En el fondo, toda decisión o elección requiere una justificación: pero esa justificación tiene que ir dirigida hacia Dios, no hacia uno mismo. Debe ser totalmente libre: porque le da la gana, el sujeto se orienta hacia Dios y no hacia la propia voluntad o amor propio.


“La vocación nos lleva –sin darnos cuenta- a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: esa es la llamada”[62].


La primera decisión, el primer paso en la vocación, requiere una correspondencia sostenida a lo largo del tiempo. Constatar que aún falta camino para configurar la propia vida a la llamada divina debería de ser una invitación para volver a decidirse por el Señor. Es verdad que entonces el ideal puede aparecer como costoso, y cabe que se insinúen la desilusión y la sensación de ir a contrapelo. En este escenario pueden surgir las crisis. Estas, en ocasiones, son necesarias y se les puede dar un sentido positivo, si se transforman en crisis de crecimiento. Pero también cabe la triste posibilidad de retroceder en la vida, volviendo la mirada hacia atrás.


La paz y la alegría de la entrega son señal del camino emprendido. Las crisis implican a menudo un oscurecimiento de esa paz y alegría, como consecuencia de un choque entre los sentimientos y la coherencia, que van por caminos distintos. Pero esos momentos de oscuridad y de prueba, porque falta el sentimiento de la bondad de la vida entregada a Dios o se nublan tanto las razones de la inteligencia y las decisiones de la voluntad que habían explicado y conducido a la maravilla de la vocación, pueden servir para purificar y llevar a la afirmación de la confianza en Dios y el abandono.


El combate entre el amor a Dios y el amor desordenado a uno mismo es permanente. La clave para el discernimiento del camino sería: ¿voy hacia Dios, hacia una apertura más madura y un amor más realista, o me voy cerrando más hacia mí mismo y me repliego según mi voluntad? Por eso, como explica el Papa Francisco, la gran pregunta del discernimiento no es quién eressino para quién eres[63]. La pauta evangélica es “por sus frutos los conoceréis”: conviene optar por el desarrollo de la vida entera, no por una gratificación inmediata. Lo importante no es tanto cómo se siente uno o qué se siente en un momento dado, sino de dónde viene ese sentimiento, qué pensamientos derivan de él y adónde llevan. El espíritu guiado por el amor a Dios educa los sentimientos y crece en libertad a través de la entrega cotidiana a los demás.




[1] Véase el amplio artículo Discernement des esprits, en el vol. 3 del mencionado Dictionnaire, col. 1222-1291 (de autores diferentes, según las diversas partes: J. Guillet, G. Bardy, F. Vandenbroucke, H. Martin y J. Pegon).


[2] Además del artículo anterior, una buena exposición sintética puede verse en M. Ruiz Jurado, El discernimiento espiritual, BAC 1994.


[3] Para una visión más histórica, entre otros Ch.A. Bernard, Teología espiritual, Atenas 1994, 375-400; A. Cappelletti, Discernimiento de espíritus, en Diccionario de Espiritualidad I, Herder 1983, 628-632; J. de Guibert, Lecciones de Teología espiritual, Razón y Fe 1953, 321-332.


[4] Francisco, Exh. Ap. Christus vivit, 25-III-2019, n. 283.


[5] San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, edición crítico-histórica, J.L Illanes (dir), Rialp 2012, 13-25. En adelante Conversaciones y el número.


[6] La relevancia de esta fórmula cristológica referida al cristiano es esencial en la enseñanza de san Josemaría: cfr. A. Aranda, El cristiano «alter Christus, ipse Christus» en el pensamiento del beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Scripta Theologica 26 (1994), 513-570.


[7]Conversaciones, n. 58. Esta entrevista realizada por L’Osservatore della Domenica se titula “El Opus Dei: Una institución que promueve la búsqueda de la santidad en el mundo”.


[8] Como síntesis de la amplia bibliografía, cfr. E. Burkhart — J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría I, Rialp 2010, 198-239.


[9] “Estamos aquí [en el Opus Dei] porque Dios nos ha llamado, con una vocación personal y peculiar”, san Josemaría, Carta, 14-II-1944, n. 1, citado en F. Ocáriz, El Opus Dei en la Iglesia, Rialp 2014, 160. En algunos de los textos que usamos a continuación, san Josemaría se refiere directamente a los fieles del Opus Dei. Sin embargo, como en el fondo explican la vida cristiana a partir de su visión peculiar del misterio de Jesucristo, sus enseñanzas sirven para todos los cristianos.


[10]Conversaciones, n. 59. Estas verdades recogen perfectamente el núcleo de la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia y su misión: Lumen Gentium nn. 39-40 y Apostolicam Actuositatem, nn. 2 y 4. Cfr. G. Philips, La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II: historia, texto y comentario de la constitución “Lumen Gentium”, Herder 1968.


[11]Conversaciones, n. 59.


[12]Idem.


[13] “Siervos de los siervos de Dios”, es una expresión fuerte, normalmente usada para referirse a los Papas. En la homilía Sacerdote para la eternidad, san Josemaría afirma refiriéndose a unos ordenandos: “Se ordenarán, para servir”. Aunque se dirige a los sacerdotes del Opus Dei, de su vida sacerdotal y de su enseñanza se desprende claramente que el ministerio sacerdotal es servicio: servicio a Dios, a la Iglesia y a todas las personas.


[14]Conversaciones, n. 59.


[15] San Josemaría, Es Cristo que pasa, edición crítico-histórica, a cargo de A. Aranda, Rialp 2013, n. 20. En adelante Es Cristo que pasa y el número.


[16] San Josemaría, Forja, n. 902. San Josemaría habla de su experiencia desde los barruntos de su vocación, la oración de años pidiendo luces: Domine, ut videam!, hasta los pasos en la fundación del Opus Dei que va aprendiendo en su oración y consultando en la dirección espiritual. Cfr. P.J. Cordes, El discernimiento espiritual en la vida del cristiano, Scripta Theologica 34 (2002), 902-907; J. Alonso, Vocación de san Josemaría, en Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Monte Carmelo 2013, 1296-1300.


[17] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 175.


[18] De hecho, san Josemaría busca un término nuevo para explicar esta realidad, llamada o llamamiento, porque en la época en que escribe Camino, la vocación parecía un fenómeno exclusivo de sacerdotes y religiosos (cfr. Camino, ed. crítica, comentario 27, pp. 243, 945).


[19]Conversaciones, n. 92. El amor a la voluntad de Dios guía la vida y la espiritualidad de san Josemaría, cfr. P. Marti, Voluntad de Dios, en Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Monte Carmelo 2013, 1300-1305.


[20] Cfr. Conversaciones, n. 59.


[21] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 99.


[22] Para comprender la compenetración entre vocación e historia conviene tener en cuenta tanto la relación entre salvación e historia, como la relación entre tiempo y eternidad. Algunas breves pero sustanciales indicaciones, para lo primero, cfr. J. Ratzinger, Teoría de los principios teológicos, “Salvación e historia”, 181-204; “Historia de la salvación, metafísica y escatología”, 204-227, Herder 1985; sobre lo segundo, cfr. J. Ratzinger, Introducción al cristianismo, Sígueme 2013, 263-265.


[23]Conversaciones, n. 70.


[24] “Dios Padre, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo Unigénito, que -por obra del Espíritu Santo- tomó carne en María siempre Virgen, para restablecer la paz, para que, redimiendo al hombre del pecado, adoptionem filiorum reciperemus (Ga 4, 5), fuéramos constituidos hijos de Dios, capaces de participar en la intimidad divina: para que así fuera concedido a este hombre nuevo, a esta nueva rama de los hijos de Dios (cfr. Rm 6, 4-5), liberar el universo entero del desorden, restaurando todas las cosas en Cristo (cfr. Ef 1, 9-10), que los ha reconciliado con Dios (cfr. Col 1, 20)”, San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 183. He aquí un resumen de su comprensión de la historia y del papel del cristiano en el mundo.


[25] “Precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo”, San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 65.


[26] Para acercarse a la comprensión que san Josemaría tiene de la libertad, cfr. E. Burkhart - J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría II, Rialp 2011, 161-220; Ll. Clavell, La libertad ganada por Cristo en la Cruz, Romana 33 (2001), 242-271; C. Fabro, El primado existencial de la libertad, Scripta Theologica 13 (1981), 323-337; F. Ocáriz, Naturaleza, Gracia y Gloria, Eunsa 2000, 108-121 y 283-298.


[27] “Un día -no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia-”, Es Cristo que pasa, n. 1. Especialmente su meditación “En las manos de Dios”: San Josemaría, En diálogo con el Señor, Rialp 2017, 307-312.


[28] San Josemaría, Carta, 9-I-1932, n. 9: tomado de F. Ocáriz, El Opus Dei en la Iglesia, Rialp 2014, 146.


[29] Sobre la variedad, naturaleza y contenido de estos documentos llamados “Instrucciones”, cfr. L. Cano, Instrucciones (obra inédita), en Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Monte Carmelo 2013, 650-655; J.L. Illanes, Obra escrita y predicación de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Studia et documenta 3 (2009), 203-276, sobre las Instrucciones específicamente, 217-220 y 257-258.


[30] Cfr. San Josemaría, Instrucción para la obra de San Rafael, 9-I-1935, nn. 65-66.


[31] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 27.


[32] Cfr. San Josemaría, Instrucción sobre el modo de hacer proselitismo, 1-IV-1934, n. 3. El vocablo “proselitismo” deriva de “prosélito”, con el que se designa en la Biblia a quien, procediendo de otro pueblo, se preparaba para acoger la fe judía. La Iglesia asumió esta palabra analógicamente: ya san Justino, por ejemplo, hablaba de “hacer prosélitos” para referirse a la misión apostólica de los cristianos, dirigida a todo el mundo (cfr. Mc 16,15). Muchos autores espirituales –y entre ellos, san Josemaría– han empleado el término “proselitismo” en ese sentido, como sinónimo de apostolado o evangelización: una labor que se caracteriza, entre otras cosas, por un profundo respeto de la libertad, en contraste con la acepción negativa que este vocablo ha tomado en los últimos años del siglo XX. En el surco de esa tradición, san Josemaría utiliza la palabra “proselitismo” con el significado de propuesta o invitación con la que los cristianos comparten la llamada de Jesucristo con sus compañeros y amigos, y abren ante ellos el horizonte de su Amor.


[33] En la misma Instrucción citada en la nota anterior, san Josemaría rememoraba que, en los primeros años de la labor apostólica del Opus Dei, la costumbre era “no hablar de la Obra a persona alguna, sin considerar el asunto despacio en la oración” (n. 11), pedir “con oración y sacrificios, gracia abundante del Cielo” (n. 12) y tratar al Ángel Custodio de la persona (n. 13).


[34]Instrucción para la obra de San Miguel, 8-XII-1941.


[35] Cfr. Íbidem, n. 2.


[36] Cfr. Íbidem, n. 19.


[37] Cfr. Íbidem, nn. 6-7.


[38] Íbidem, n. 16.


[39] San Josemaría entiende la vocación desde la libertad: la libertad de la persona, verdaderamente configuradora de la vocación y de la historia, tanto personal como colectiva. Hay que tener en cuenta que realmente es Dios quien llama. La elección supone acoger o aceptar el don de Dios. La libertad es la respuesta por amor a una llamada que es la expresión del amor de Dios. Llamada y respuesta dan origen a un proceso de gracia y libertad que conforma la historia de cada ser humano.


La dificultad del tema reside en el concepto de libertad que hemos recibido desde la época moderna. La libertad como autonomía absoluta de la voluntad tiene sus raíces en Lutero (autonomía en el creer), Kant (autonomía en el pensar) y Marx (autonomía en el hacer). Sería el fruto del ideal emancipador que nació con la Modernidad y que se puede sintetizar en la pretensión de hacerse a sí mismo exclusivamente a partir de las propias fuerzas, sin depender de nada ni nadie (cfr. J. Ratzinger, “La libertad y la verdad”, en Fe, verdad y tolerancia: el cristianismo y las religiones del mundo, Sígueme: Salamanca 2005, 200-222; R. Guardini, Mundo y persona. Ensayos para una teoría cristiana del hombre, Madrid, Ediciones Encuentro, 2014, pp. 15-43). En la versión más extrema de esta concepción, la libertad, para ser real, debería enfrentarse a Dios, rechazarlo o incluso matarlo como dirá Nietzsche. Solo sin Dios uno podría ser libre. Este concepto de libertad es falso, pero está tan arraigado que incomoda nuestra comprensión. Desde este liberalismo poco libre cuesta entender el significado de la libertad que los santos intuyen en plenitud: la vocación de la persona es la vocación a la libertad, a la verdadera libertad de hijos de Dios, para la que Cristo nos ha liberado. Hay plena armonía entre libertad y gracia, no oposición; hay plena armonía entre la libertad de la persona y el plan de salvación querido por la libertad de Dios. La única oposición viene del pecado que nos esclaviza. Esta relación tan directa entre verdad, libertad y filiación divina, se observa en la homilía de san Josemaría “La libertad, don de Dios”, en Amigos de Dios, nn. 26-27.


[40] Así respondía san Josemaría a la pregunta: ¿cómo podemos tener certeza de que nuestra vocación es ésta o aquella?, Notas de una reunión familiar, 26-V-1974: tomado de J. L. Soria, Maestro de buen humor, Rialp, Madrid 1994, p. 85.


[41] Después de rezar y hacer rezar, seguidamente se le presenta al sujeto “como algo posible, como una hipótesis, la necesidad del apostolado que nosotros vivimos” (Instrucción sobre el modo de hacer proselitismo, n. 15).


[42] San Josemaría, Carta 24-X-1942, n. 9, citado en G. Derville, Proselitismo, en Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Monte Carmelo 2013, 1030.


[43] Cfr. San Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, n. 177. Para una descripción más detallada: J.B. Torelló, Psicología y vida espiritual, Rialp 2008, 179-205.


[44] Por ejemplo, San Josemaría aconsejaba un triduo de oración al Espíritu Santo a algunos jóvenes con inquietudes sobre la vocación al Opus Dei, cfr. J.L. González, DYA, Rialp 2016, 95-96.


[45] Sobre el discernimiento podemos preguntarnos qué aspectos hay que discernir o quién debe discernir. Aquí nos centramos en el qué del discernimiento. Pero conviene también tener en cuenta el quién: sobre todo debe discernir el sujeto interesado y protagonista, lo que se puede llamar discernimiento personal. Pero también es necesario el discernimiento que podríamos llamar eclesial, sea tanto de la ayuda que la Iglesia presta al sujeto a través de la dirección o acompañamiento espiritual, como de la ayuda que presta con la función de gobierno para discernir la idoneidad o no del candidato a una vocación específica.


[46] Entre otros, cfr. E. de la Lama, La vocación sacerdotal, Palabra 1994; L.M. García Domínguez, Discernir la llamada: la valoración vocacional, San Pablo 2008; J.C. Martos, Abrir el corazón: animación vocacional en tiempos difíciles y formidables, Publicaciones Claretianas, D.L. 2007; A. Pigna, La vocación. Teología y discernimiento, S.E. Atenas 1988.


[47]Instrucción sobre el modo de hacer proselitismo, n. 20.


[48] Cfr. Ibídem, n. 21.


[49]Ibídem, n. 23. J.L. Illanes hace referencia a los nn. 20-23 de la citada Instrucción en La santificación del trabajo, Palabra 2001, 86.


[50] “Libremente, sin coacción alguna, porque me da la gana, me decido por Dios. Y me comprometo a servir, a convertir mi existencia en una entrega a los demás, por amor a mi Señor Jesús”, San Josemaría, Amigos de Dios, n. 35.


[51] San Josemaría, Carta 8-VIII-1956, n. 38, citado en G. Derville, Dirección espiritual, en Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Monte Carmelo 2013, 343.


[52] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 99.


[53] San Josemaría en la Instrucción sobre el modo de hacer proselitismo trata algunos ejemplos relacionados con las motivaciones profundas y la rectitud de intención, ofreciendo algunos juicios prácticos basados en la experiencia personal y en la psicología de la vida espiritual: nn. 44, 46, 50, 54-61.


[54] Un ejemplo de cómo san Josemaría reconocía una variedad de caminos, todos con sentido vocacional, se puede ver en los días de convivencia que promovió para distintos jóvenes de los que pensaba que podrían tener vocación a la Obra en el matrimonio. Algunos descubrieron su vocación al Opus Dei en el matrimonio, otros en el celibato apostólico. Cfr. L. Cano, Los primeros supernumerarios. La convivencia de 1948, Studia et documenta 12 (2018), 251-302.


[55] Cfr. W. Vial, Psicología y celibato, Scripta Theologica 50 (2018), 139-166.


[56] También san Josemaría explica así la vocación a los fieles laicos, tanto al matrimonio como al celibato: cfr. Conversaciones, n. 92.


[57] Cfr. Instrucciónsobre el modo de hacer proselitismo, nn. 63-64.


[58]Instrucciónsobre el modo de hacer proselitismo, n. 66: tomado de A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei I, Rialp 2010, 577.


[59] “La decisión debe ser sometida a la prueba de los hechos en vista de su confirmación. El tiempo es fundamental para verificar la orientación efectiva de la decisión tomada”, Sínodo de los Obispos, Documento preparatorio para la XV Asamblea General Ordinaria “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, 13 de enero de 2017.


[60] Cfr. Estatutos de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, nn. 17-27. Una traducción castellana de este documento se puede consultar en [61] “La" class="redactor-autoparser-object">https://opusdei.org/es/article... vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía”, Es Cristo que pasa, n. 45.


[62] San Josemaría, Carta, 9-I-1932, n. 9, citado en F. Ocáriz, El Opus Dei en la Iglesia, Rialp 2014, 146. Estas palabras se refieren a la vocación específica al Opus Dei, pero se aplican a toda vocación a la santidad en la vida ordinaria.


[63] “Tú puedes preguntarte quién eres y pasar toda una vida buscando quién eres. Pero pregúntate: ¿para quién soy yo? Eres para Dios, sin duda. Pero Él quiso que seas también para los demás, y puso en ti muchas cualidades, inclinaciones, dones y carismas que no son para ti, sino para otros”, Francisco, Ex. Ap. Christus vivit, n. 286.

Romana, Nº 67, Julio-Diciembre 2018, pag. 333-348.

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