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En la inauguración del año académico, Universidad Pontificia de la Santa Cruz, Roma (8-X-2018)

Como cada año, iniciamos este nuevo curso académico con la Misa del Espíritu Santo, esta vez nuestra invocación al Paráclito coincide casi con la del Santo Padre y los miembros del Sínodo dedicados a la juventud, la fe y el discernimiento vocacional. La pertinencia de los temas del Sínodo es grande; todos compartimos el mismo deseo de transmitir a los jóvenes la belleza de nuestra fe, sin ignorar las dificultades de esta tarea apostólica. No parece difícil, por tanto, vincular nuestra petición de ayuda del Espíritu Santo a la del Santo Padre y a la de toda la Iglesia para el resultado del Sínodo. En cierto modo, la razón por la que estáis en Roma como estudiantes, profesores o empleados de una universidad pontificia es para poner vuestro estudio, vuestro trabajo, vuestras cualidades al servicio de la difusión de la fe. En muchos casos fue precisamente el discernimiento vocacional lo que te llevó a Roma para dedicar tus mejores esfuerzos a esta tarea. Esta feliz coincidencia os permite no olvidar la importancia de vuestra estancia en Roma y dirigir al Espíritu Santo la oración de convertirnos en instrumentos dóciles de su acción en la Iglesia y en el mundo.


Si nos preguntamos por qué comenzamos el año académico de esta manera -es decir, con la Misa del Espíritu Santo- comprendemos sin dificultad que el recurso al Paráclito no se refiere sólo a la dimensión intelectual de su obra. No pedimos solamente su ayuda, que ya sería mucho, para profundizar el conocimiento de la fe, para formar la inteligencia, para seguir con provecho el currículo académico. Nos dirigimos a Él para que nos conduzca, como prometió Jesús, a «toda la verdad», porque no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que haya oído» (Jn 16,13). Y «toda la verdad, además de una dimensión teórica, por así decirlo, tiene también una dimensión práctica. El Espíritu Santo no sólo ilumina nuestra inteligencia, sino que configura nuestra vida en todas sus dimensiones, nuestro pensar y actuar, nuestra inteligencia y nuestra voluntad, nuestra alma y nuestro cuerpo, toda nuestra persona. Cada uno de nosotros, por tanto, tiene la tarea de dejarse guiar por Él, de hacer nuestra la invitación de Pablo, de caminar según el Espíritu para alcanzar toda la verdad, al mismo Cristo. Como escribía san Josemaría: «Nuestro Señor Jesús lo quiere: es preciso seguirle de cerca. No hay otro camino. Esta es la obra del Espíritu Santo en cada alma -en la tuya-, y has de ser dócil, para no poner obstáculos a tu Dios» (Forja, 860).


Al comienzo de un nuevo año académico, por lo tanto, es muy oportuno que los estudiantes se den cuenta de que la meta no es sólo poder pasar los exámenes, aprender muchas cosas, profundizar en las diferentes disciplinas: la meta es siempre la identificación con Cristo, la santidad. Esta es nuestra vocación, la de todo cristiano, que puede configurarse según los diferentes carismas que el Espíritu inspira en la Iglesia. Es tan claro que la invocación del Espíritu Santo involucra a todos, no sólo a los estudiantes y profesores, sino a todos los que trabajan en la Universidad, cualquiera que sea su tarea; Dios nos llama a todos a la santidad y para todos nosotros envía su Espíritu.


«¿Cómo sabemos -nos pregunta el Santo Padre en su exhortación apostólica Gaudete et Exsultate (n. 166)- si algo viene del Espíritu Santo o si viene del espíritu del mundo o del espíritu del diablo? El único camino es el discernimiento, que requiere no sólo buen razonamiento y sentido común, sino también un don que hay que pedir. Si pedimos al Espíritu Santo con confianza, y al mismo tiempo nos esforzamos por cultivarlo con la oración, la reflexión, la lectura y el buen consejo, seguramente podemos crecer en esta capacidad espiritual». En nuestra presente invocación al Espíritu Santo incluimos esta petición, el don de la sabiduría para poder dirigir toda nuestra vida a Dios, y especialmente en este período, en este año escolar que estamos a punto de comenzar.


Nuestra docilidad al Espíritu Santo nos permitirá crecer, madurar, abrirnos y aspirar a toda esa verdad que Jesús nos prometió, a esa santidad a la que nos llama, sin descuidar, mas aún, sirviéndonos de nuestros compromisos diarios. Saber cultivar la ambición a la santidad en el cuidado de las tareas cotidianas, desear vivir en intimidad con Dios ofreciéndole lo mejor de nosotros mismos en las cosas, incluso en las más pequeñas de nuestra jornada. Y esta será la mejor manera de convertirnos en esos testigos que Jesús nos pide que seamos para nuestro mundo -«y vosotros también daréis testimonio de mí» (Jn 15,27)- llevando con nosotros la belleza de nuestra fe, haciendo presente a Cristo mismo en nuestras vidas.


Tenemos en nuestra Madre, María, el más bello ejemplo de discernimiento y docilidad al Espíritu Santo. Llena de gracia y Madre de Jesús por obra del Espíritu Santo, con su ayuda pudo discernir en todo momento la voluntad de Dios hacia ella para responder cada vez: «Aquí estoy, haz en mí lo que quieras». Le pedimos que sepamos reconocer y seguir dócilmente la acción del Espíritu Santo en nosotros.

Romana, Nº 67, Julio-Diciembre 2018, p. 265-266.

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