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Amigos de San Josemaría: años 1902-1927

Constantino Anchel
Investigador académico de la Universidad de Navarra


En el comienzo de la carta pastoral del 1 de noviembre de 2019 sobre la amistad, el prelado del Opus Dei ha escrito: «san Josemaría nos recordaba continuamente la importancia humana y cristiana de esta realidad. Son, además, muchos los testimonios de cómo personalmente cultivó muy numerosas amistades, que conservó durante toda su vida»[1]. Estas palabras me han traído a la memoria multitud de recuerdos, sobre la amistad de tantas personas con san Josemaría. Algunos los he encontrado en libros y artículos[2]. Otros son fruto de años de trabajo en la búsqueda de documentación y relatos sobre san Josemaría, que me llevaron a conocer y tratar a bastantes personas que se consideraban amigos del fundador del Opus Dei. Las líneas siguientes se proponen tratar de esas amistades en los años de la vida de san Josemaría previos a su llegada a Madrid, en 1927. No es mi intención hacer una reflexión teológica sobre la amistad, sino exponer, sobre la base documental existente, testimonios de esa relación de amistad[3].


Años de Barbastro y Logroño


Un repaso a la biografía del fundador del Opus Dei nos lo muestra, ya desde su infancia y adolescencia, como una persona sociable, con facilidad para relacionarse con los demás. Esa cualidad en parte venía favorecida por el ambiente familiar, en el que abundaban los hijos y los primos. No en vano el hogar de la abuela Florencia Blanc era conocido en Barbastro como la casa de los chicos. Además, el proceso de socialización, más allá de la familia, se intensificó a temprana edad: en la escuela de las Hijas de la Caridad, desde los tres años y en el Colegio de los Escolapios, desde los seis. Las amistades infantiles, nacidas en los años de Barbastro, perduraron en el tiempo, a pesar de haberse ausentado de su ciudad a los trece años. La correspondencia con las hermanas Esperanza y Adriana Corrales, José Mur, Martín Sambeat y su mujer Lola Lacau, Miguel Cavero, o Cándido Baselga, junto con los relatos escritos por algunos de ellos, confirman esta amistad.


Dice el prelado en su carta: «fortalecer los vínculos con los amigos conlleva tiempo, atención, y a menudo supone huir de la comodidad o prescindir de las propias preferencias»[4]. Este proceso se aprecia en Logroño, donde creció en madurez la capacidad de san Josemaría de hacer amigos. Lo que, en un primer momento, no era más que expresión de una disposición natural, se convirtió en manifestación de las virtudes propias que configuran la amistad, consolidadas con el tiempo. Se evidencian ya en esta época rasgos propios de estas cualidades específicas: capacidad de escuchar, ponerse en el lugar de la otra persona, papel de la justicia en las relaciones personales, sentido del servicio, prontitud para ayudar, alegría en el trato. Fruto de este modo de proceder fue que las amistades forjadas en Logroño adquirieron más solidez, como reflejan los recuerdos y las cartas de José Luis Mena, José María Millán, Pedro Baldomero Larios, Vicente Sáenz de Valluerca, Isidoro Zorzano.


Este cuadro quedaría incompleto si no se mencionara que también surgieron amistades con gente de más edad. Es un aspecto que tiene sus orígenes en los años de Barbastro y en el gusto familiar por la historia. Las gentes del Alto Aragón sienten muy hondamente las gestas y tradiciones de su tierra, y gustan hablar de ellas: del pasado del Sobrarbe y de las epopeyas aragonesas, antiguas y modernas, oiría hablar en su casa, en los domicilios de sus primos y de los de familias amigas. Y no sólo en Barbastro, ya que en Fonz, a donde se trasladaba durante los veranos, tuvo ocasión de asistir a tertulias en el hogar de su abuela Constanza, a las que acudía habitualmente el célebre arabista Francisco Codera y Zaydín, pariente próximo de los Escrivá.


De la aptitud de encontrarse y de escuchar a los mayores surgieron unas relaciones profundas, aunque lógicamente con características distintas de las habidas con sus coetáneos[5]. Recordaba san Josemaría con frecuencia las conversaciones y anécdotas de Daniel Alfaro, sacerdote castrense que le ayudó a sufragar los gastos del entierro de su padre. No iba a la zaga, en la mutua admiración y afecto, Calixto Terés, su profesor de filosofía en el Instituto. A éstos se pueden añadir Xavier de Lauzurica, profesor del seminario y, más tarde obispo, y Gregorio Fernández Anguiano, vicerrector del seminario, que no dudó en comprometer su palabra en favor de san Josemaría[6].


En el seminario de San Francisco de Paula


En el otoño de 1920, san Josemaría se trasladó a Zaragoza, para continuar los estudios sacerdotales en la Universidad Pontificia de San Valero y San Braulio y, más adelante, cursar la carrera de Derecho. En esta ciudad fueron objeto de su trato y amistad tres colectivos: seminaristas, universitarios y profesores. En el seminario de San Francisco de Paula[7] se encontró con una situación nueva: la convivencia con jóvenes provenientes de un ambiente social y cultural muy distinto. Había muy pocos que venían de familias de clase media y urbana. Con estos últimos, inicialmente, sintonizó más. Su gran amigo en estos años fue Francisco Moreno, cuyo padre era médico. Los recuerdos de Moreno sobre la época del seminario reflejan una amistad profunda y son los que mejor describen la estancia de san Josemaría en el San Francisco de Paula. El aprecio y afecto, a pesar de muchas vicisitudes y diferencias, duraron hasta el final. En los últimos años de su vida reconocía Moreno que algunos de los consejos que le daba sobre su situación personal le molestaban, pero al mismo tiempo afirmaba que fue el único que siempre le dijo la verdad, a la cara y con nobleza, a la vez que procuraba prestarle su ayuda[8]. Era la mayor prueba de amistad[9].


El trato con Francisco Moreno no le llevó a cerrarse a los demás seminaristas. Como recuerda Agustín Callejas, «Josemaría era muy atento y buscaba la amistad con todos los compañeros». En 1922 comenzó a tener responsabilidades, al ser nombrado Inspector. La función de ese cargo era mantener la disciplina entre los seminaristas, en ausencia del Rector. Como el Inspector era también seminarista, las posibilidades, en cuanto a la convivencia y a la formación, se movían dentro de unos cauces estrechos y limitados. Cuenta Callejas que en este encargo «se puso de manifiesto su espíritu de compañerismo y comprensión. Pienso que el sentido de amistad con todos era tan fuerte como el de su responsabilidad en el cumplimiento del encargo: nunca dejó en mal lugar a ningún seminarista ante los Superiores»[10]. Lo que nadie podía impedir, en el cumplimiento del oficio de Inspector, era que se interesara por sus compañeros. Años después escribió san Josemaría: «Esta preocupación mía [por la formación de los demás] no es cosa de ahora; desde los 21 años lo he venido predicando y lo he procurado vivir con todas mis fuerzas». Y añadió: «Es posible que en el Seminario de San Carlos se conserven papeles míos –porque siempre he sido amigo de poner las cosas por escrito–, de cuando era Superior, con observaciones llenas de comprensión, alabando los cambios a mejor de los seminaristas, hablando de caridad y de la necesidad de dar ejemplo de caridad»[11]. Como testimonio de este esfuerzo por superar esas barreras, tenemos los «Informes sobre la conducta de los seminaristas del Seminario de San Francisco de Paula», que se guardan en el archivo diocesano de Zaragoza[12].


Se podrían señalar muchos aspectos de la amistad y convivencia con los seminaristas, pero pienso que es indicativo mencionar uno que, técnicamente, se denomina tolerancia, y que, en el lenguaje coloquial, se conoce como “hacer la vista gorda”. Lo describe gráficamente Agustín Callejas y, a pesar de su extensión, vale la pena recogerlo: «Cuando íbamos a clase o de paseo largo […], fingía no darse cuenta si alguno se apartaba de las filas para fumar disimuladamente porque comprendía que aquello no tenía una gran trascendencia y eran lógicas expansiones de chicos jóvenes, como éramos. Tenía yo entonces una enorme afición al fútbol –cosa que no he perdido con los años– y no sólo me gustaba jugarlo sino ir a ver los partidos que se jugaban los domingos en el campo del Iberia, mi equipo favorito. Esa afición mía era conocida y, tácitamente tolerada en el Seminario. Para poder asistir a aquellos partidos, cuando los seminaristas se iban de paseo, yo me quedaba en la habitación y salía después como podía. Cuando, a la hora de cenar nos encontrábamos, Josemaría me decía con media sonrisa, una sonrisa cariñosa y muy característica de él: “¿Qué, Agustín, también hoy te has encontrado mal y no has podido venir de paseo?”; yo asentía, bromeando. Eran pequeñas cosas, no autorizadas expresamente, pero permitidas de hecho y que no dañaban a nadie. Allí se veía el gran compañero que era Josemaría para todos, su amistad y comprensión, y se manifestaba aquel amor a la educación en la libertad que luego ha practicado en toda su vida»[13].


En la universidad


En la Facultad de Derecho, la amistad que trabó con sus compañeros no fue algo pasajero, pues el afecto mutuo persistió hasta el final. Desde el comienzo se relacionó con los demás alumnos de igual a igual y sin ocultar su condición de clérigo. Hay que tener en cuenta que, en los ambientes intelectuales, se consideraba que los miembros del clero, como regla general, eran de espíritu reaccionario o no tenían la formación intelectual suficiente para comprender las grandes cuestiones de la modernidad. Uno de sus compañeros recuerda que el entorno estudiantil universitario «no era un ambiente fácil para un sacerdote. La mayor parte de los estudiantes no eran muy religiosos y veían al sacerdote con respeto sí, pero no con cariño o admiración, sino más bien con frialdad e indiferencia. Se les veía lejanos y procurábamos inconscientemente mantener aquellas distancias»[14].


El encuentro con san Josemaría supuso para sus compañeros el comienzo de una amistad auténtica que considerarán siempre abierta y viva y que no dieron por cerrada, incluso después de largos años sin trato directo. Cuando les llegó la noticia de su fallecimiento, el afecto se convirtió en devoción[15]. Esta estima arrancaba de una espontánea simpatía hacia el porte y la personalidad de san Josemaría, hacia sus cualidades humanas[16]. Y se arraigaba a medida que comprobaban la consideración hacia sus personas y el interés que se tomaba por sus cosas. El trato no lo redujo sólo a los temas académicos o derivados de su estancia en la universidad. En sus conversaciones abarcó también asuntos más personales y de naturaleza espiritual. No hacía acepción de personas ni excluía a aquellos que, por sus ideas, estaban alejados de la fe. Un caso significativo es el del magistrado Pascual Galbe, que ejercía de juez, en la Audiencia de Barcelona, durante la guerra civil. Su afecto por san Josemaría saltó por encima de sus diferencias de pensamiento. En otoño de 1937 lo recibió, en Barcelona, con gran afecto e incluso se ofreció a ayudarle en caso de presentarse problemas en su huida de la zona republicana[17].


Algunas características de su relación con los compañeros


De los testimonios de quienes le trataron en la Universidad, se pueden destacar las siguientes características de su modo de actuar:


— La primera era que no ocultó su condición de clérigo, como se ha dicho antes[18]. Trató a sus compañeros con un planteamiento que podía chocar en aquellos años. No se sirvió de su estado como de una atalaya desde la cual se ponía en relación con los profesores y alumnos de la universidad. Prevaleció, en ese trato, la cualidad de discípulo para con los profesores, y de condiscípulo para con sus compañeros. Aceptó con señorío, sin pedir excusas ni ocultar su condición clerical, los valores y virtudes humanas del mundo universitario y adquirió una auténtica mentalidad jurídica. Según el testimonio de los que le conocieron en la Universidad, así se comportó desde este primer curso[19]. Sus compañeros enfocan esta mentalidad secular desde la perspectiva del prestigio profesional. Así, Luis Palos recuerda la regularidad en la asistencia a las clases[20]. Y Juan Antonio Iranzo, Fernando Vivanco y Arturo Landa lo recuerdan como buen estudiante, que obtenía buenas calificaciones[21].


— La segunda característica era la sencillez y humildad con que actuó en sus relaciones. Son muchos los que destacan su naturalidad, sencillez, llaneza, ausencia de afectación, simpatía, alegría en su comportamiento en las aulas. Juan Antonio Iranzo recordaba que, a pesar de ser clérigo, le trataban todos; algunos, al conocerle vestido de sotana, sintieron cierto reparo, pero la confianza y franqueza con que se mostró siempre, hizo que sintiesen hacia él la misma cordialidad que con los demás. Se comportaba con todos igual. De un modo análogo se expresa el resto de los compañeros[22].


— Otro rasgo distintivo, el tercero, fue la comprensión y delicadeza en el trato. Las cualidades innatas de san Josemaría, que se habían desarrollado a lo largo de los años, hacían destacar su personalidad en el ambiente universitario. Poseía un atractivo especial que le ganó espontáneamente la estima de los universitarios que le conocieron. Pero descubrían además en él un talante humano no común, que contrastaba con la idea que entonces se tenía del comportamiento de un clérigo. Comprobaron de inmediato una capacidad muy notable para comunicarse. Tenía una extraordinaria delicadeza, era una persona educada que sabía estar en su sitio. Pero eso, a su vez, no le distanciaba. Le resultaba fácil la convivencia con todos, porque conocía el estilo universitario y se movía en él con gran soltura. Poseía un espíritu abierto, lleno de comprensión hacia los modos de pensar de los demás. Abundan los testimonios sobre este talante y el recuerdo de algunas situaciones en que se puso más de manifiesto. Dice Luis Palos que «Josemaría apareció por la Universidad con aquel extraordinario don de gentes que le llevaba enseguida a trabar amistad con todos […]. Indiscutiblemente ejercía un atractivo humano muy fuerte sobre todos nosotros. Tenía una mentalidad abierta, un espíritu universal»[23]. Lo mismo atestiguan otros compañeros: «Era un excelente compañero de clase para todos. Era queridísimo de todos, fueran o no creyentes y a pesar de que había algunos compañeros claramente anticlericales», dice Fernando Vivanco[24].


Arturo Landa es quien se explaya con mayor amplitud: «Era simpatiquísimo. Tenía siempre en sus labios una sonrisa muy característica. En cuanto se hablaba con él de cualquier cosa, asomaba ya la sonrisa. No era, por supuesto, la sonrisa de una persona que quiere hacerse simpática artificialmente. En Josemaría la sonrisa era espontánea. Era simpático: de verdad [...]. A pesar de su juventud tenía ya Josemaría una serena gravedad, era serio [...]. Trataba con todos de manera igual y no rehuía el trato con nadie, a pesar de que [...] podían ser muchos los que pensaban de forma diferente a la suya. Sabía Josemaría Escrivá respetar las ideas que los demás pudiesen tener y abría su amistad a todos. Recuerdo que en clase había un compañero que por hacerse el gracioso –un tanto también por fastidiarle– contaba delante de Josemaría chistes inconvenientes: no es que tuviesen nada especial e incluso podían considerarse naturales entre estudiantes, pero desdecían de la consideración que se debe a un sacerdote. Él se quedaba callado y a mí me parece que le subía un poco el color, porque aquello tenía que ser molesto para él. Callaba, como digo, y, con elegancia, pasaba a otro tema»[25].


— Una cuarta cualidad que se desprendía de su modo de actuar era la vibración apostólica manifestada en la relación con los compañeros. Desde que empezó a frecuentar las aulas universitarias, sus compañeros –aunque en un primer momento lo que llamaba más su atención era su gran talla humana–, enseguida se hicieron conscientes de hasta qué punto amaba y se identificaba con Cristo: recibían de él un impulso humano y sobrenatural muy notable.


Prácticamente todos los compañeros de seminario y de universidad conservaban un gran recuerdo de san Josemaría, pero con alguna diferencia entre unos y otros. Así, los del Seminario se dieron cuenta de que trascendía los esquemas o cuadros normales del seminarista de entonces, pero, en la mayoría de los casos, no pasaban de ahí: es decir, no consiguieron captar su hondura espiritual y se quedaron sólo en esa percepción de que era distinto. Sin embargo, los de la Facultad de Derecho no sólo advirtieron que era un sacerdote que trascendía la media, sino que se dieron cuenta de su fuerza interior y de su profunda inquietud espiritual.


Quizá esto explique que sus compañeros de Facultad siempre le trataron como si fuese ya sacerdote, aun antes de llegar al presbiterado. Hubo algunos que, por sus cualidades y su mayor amistad con él, fueron objeto de una especial confianza por su parte. En algunos testimonios se dice que David Mainar, Domingo Fumanal y Luis Palos fueron los amigos más íntimos de san Josemaría. Sin duda éstos son los que han dejado por escrito un relato más claro de su piedad y de su vibración apostólica[26]. Sin embargo, Mainar observaba, con cierta sorpresa, el modo de proceder de san Josemaría en su relación con los compañeros. No le veía hacer un apostolado desde su condición de clérigo, sino desde la amistad. Por eso destacó que san Josemaría «no les hablaba a sus compañeros de religión. No le gustaba “sermonear”, sino sólo buscaba el trato de amistad»[27]. Por su parte, Fernando Vivanco, dice que, a pesar de no recordar que tratara de transmitirle especiales inquietudes apostólicas, más adelante, cuando san Josemaría se ordenó, decidió confesarse con él: «A mí me gustaba confesarme con él, cuando ya fue sacerdote. Y lo hacía con mucha frecuencia. Los compañeros que se enteraban, me decían como con cierta vergüenza y pudor que cómo lo hacía con él teniendo como teníamos tanta confianza y amistad. A mí me parecía justamente lo más natural del mundo y lo ideal incluso tener esa amistad para confesarme con mayor facilidad»[28].


— Una última cualidad, que cierto modo sintetiza las anteriores, era su disponibilidad para ayudar y servir a sus compañeros. Es indicativo que el primer cruce de cartas que se conserva, se produjo entre san Josemaría y Francisco Villellas, estudiante de Derecho. En esta correspondencia se habla de temas académicos, como apuntes y programas prestados, pero no son ajenos favores materiales muy alejados del ámbito universitario: Villellas, por ejemplo, le pide que pregunte en una tienda de accesorios de automóviles por una rueda recauchutada que dejó allí antes de acabar el curso y marchar al domicilio familiar fuera de Zaragoza[29].


El agustino José López Ortiz recuerda su primer encuentro con san Josemaría. Fue en junio de 1924. Había acudido a la Facultad de Derecho de Zaragoza para examinarse. En cuanto le vio por el claustro, se ofreció para asesorarle. Y recuerda: «Josemaría estaba muy bien preparado y conocía un ambiente que para mí era desconocido; generosamente, como lo más natural, me daba valiosas orientaciones sobre los distintos temas referentes a los estudios»[30].


Otro ejemplo para concluir. En la Facultad de Derecho, era conocido que el Catedrático de Canónico, Juan Moneva, consideraba que sus alumnos, por haber estudiado lengua latina en el bachillerato, tenían que saber traducir correctamente los cánones del Código de la Iglesia, y recitarlos en latín cuando se les preguntaba. Algunos alumnos se encontraron con serias dificultades. Como recuerda Domingo Fumanal, «nos encontrábamos en un aprieto para poder examinarnos. […] Josemaría se prestó a darnos clases»[31]. Y Juan Antonio Iranzo, concreta: «íbamos tres días a la semana al Seminario de San Carlos a recibir una hora de clase»[32]. Y Fumanal añade: «nos estuvo dando clases –íbamos Juan Antonio Iranzo, alguien más y yo– en el Seminario de San Carlos, en su habitación. Creo que no nos cobró nada a pesar de que no andaba sobrado de recursos»[33].


Relación con los profesores


En su etapa universitaria hay otro campo de expansión para establecer nuevas amistades. Su paso por las aulas le brindó la oportunidad de tratar con cierta intensidad y confianza a bastantes profesores. Algunos eran relativamente jóvenes, como Miguel Sancho Izquierdo, nacido en 1890 y Catedrático de Derecho Natural y de Filosofía del Derecho. Cuenta cómo fue su primer encuentro con san Josemaría. Fue a verle a su despacho y le explicó «que quería estudiar Derecho y como era un seminarista, ocupado todavía en los estudios teológicos, debería matricularse como alumno no oficial, en la Facultad. Quería, sin embargo, asistir a clase, y conocer así, desde dentro, el ambiente de la Universidad, frecuentando sus aulas»[34]. De entonces nació una relación que duró toda su vida. Y a modo de resumen, concluye: «El Padre sabía comprender a las personas, amarlas y hacerse amar, respetando la personalidad de cada una sin ser nunca exclusivista, sino al contrario, valorando y apreciando lo propio de cada una»[35].


Carlos Sánchez del Río, futuro catedrático de Derecho Romano y sólo cinco años mayor que san Josemaría, recuerda el momento en que le solicitó permiso para asistir a las clases en condición de alumno no oficial: «Correrían los primeros años del decenio de los veinte cuando conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer en Zaragoza. Él era entonces aún seminarista y me vino a consultar sobre los estudios que quería hacer en la Facultad de Derecho de la Universidad de la que yo era, a la sazón, Secretario General. De aquel primer encuentro ya me quedó la impresión –que luego se fue confirmando– de su personalidad distinguida, su aspecto elegante, su naturalidad, sin ninguna afectación, ya que no era nada –absolutamente nada– pretencioso, sino al contrario, sencillo y alegre»[36]. El trato se extendió más allá del periodo de estudios universitarios. Pasados los años, al ser nombrado Sánchez del Río Delegado del Gobierno en el Estudio General de Navarra, los encuentros se hicieron más frecuentes. Y, fruto de su experiencia, resume: «era muy sociable con todo el mundo. Para cada uno tenía la palabra oportuna. Era, asimismo, muy humilde […] No hay duda de que lo más destacable de D. Josemaría era su alegría y cordialidad. Sus respuestas a cualquier pregunta eran espontáneas y rápidas. Suponían una gran agilidad mental»[37].


Otros profesores eran de mayor edad, como Juan Moneva, Inocencio Jiménez y José Pou de Foxá. Moneva, nacido en 1871, era catedrático de Derecho Canónico. Desde el primer momento se creó, entre el profesor y el alumno, una especial sintonía y una profunda amistad y, de hecho, fue una de las pocas personas que estuvo presente en su primera Misa[38]. En el discurso que san Josemaría pronunció en la Universidad de Zaragoza, al recibir el Doctorado honoris causa, dedicó unas sentidas palabras a la memoria de su maestro: «Fue, de todos mis profesores de entonces, al que más de cerca traté y de ese trato nació entre nosotros una amistad que se mantuvo viva, después, hasta su muerte. Don Juan me demostró en más de una ocasión un entrañable afecto y yo pude apreciar siempre todo el tesoro de recia piedad cristiana, de íntegra rectitud de vida y de tan discreta como admirable caridad, que se ocultaba en él bajo la capa, para algunos engañosa, de su aguda ironía y de la jovial donosura de su ingenio. Para don Juan y para mis otros maestros, mi más emocionado recuerdo»[39].


Por último, está el catedrático de Derecho Romano, el sacerdote José Pou de Foxá. El encuentro «se produjo en el curso 1923-24, recién llegado éste a la Cátedra de Derecho Romano de la Universidad de Zaragoza. Josemaría Escrivá se matriculó de esta asignatura en ese curso, y como hizo en los primeros años de la carrera, asistió a las clases de oyente, como alumno libre. Pasado el verano, se presentó a los exámenes. En el caso de la asignatura de Romano, Pou de Foxá le dio la calificación de sobresaliente con matrícula de honor»[40].


En el Archivo General de la Prelatura se encuentra una carta que Pou dirigió a José Escrivá Corzán el 18 de noviembre de 1924. Dice así: «A su debido tiempo recibí la grata [carta] de Vd., del 26 del pasado. Mucho me hubiera agradado que hubiera venido V. a ésta para tener el gusto de conocerle, pues por la persona y carácter del hijo de V. se me han hecho ya simpáticos todos los de su familia»[41]. Como se deduce de esta carta, «muy pronto descubrió las cualidades de su discípulo, y su actitud derivó a la admiración. A pesar de la diferencia de edad, surgió una gran amistad. Al principio, las conversaciones tenían como objeto los temas propios del mundo académico, pero con el tiempo comenzaron a tratar, con gran confianza, otros asuntos más personales, de carácter sacerdotal y del ámbito eclesiástico de Zaragoza»[42].


Cuando san Josemaría se trasladó a Madrid, Pou siguió muy de cerca sus primeros pasos académicos y también le ayudó en gestiones que realizó en la curia diocesana de Zaragoza. Mantuvieron una amplia correspondencia, de la que se conservan más de cien cartas. En 1933, con mirada retrospectiva, incluye, entre los sacerdotes que “dieron calor a mi incipiente vocación”, a José Pou de Foxá y le describe como “el amigo leal y noble y bueno, que siempre ha dado la cara por nosotros” [43].


A modo de corolario


Hasta aquí un breve resumen de la amistad en la vida de san Josemaría durante los años previos a la fundación del Opus Dei. A la vista de lo expuesto, se pueden hacer algunas consideraciones.


La mayoría de los que le conocieron y trataron consideraron, entonces, que esta capacidad para la amistad se debía a su peculiar manera de ser, a su sencillez, simpatía, etc. Sin embargo, algunos supieron captar que respondía también a un propósito apostólico. Puede documentarse en diversas fuentes que san Josemaría empezó a asistir a clases en la Facultad de Derecho con una intención apostólica[44].


También hay un consenso entre sus condiscípulos sobre el significado y contenido de estas experiencias apostólicas, que se centraban entonces, de manera especial, en la juventud universitaria, en la que percibía un vacío en su formación religiosa. Pero, a la vez detectaban de alguna manera que no pretendía limitar su actuación a enseñar al que no sabe, sino que buscaba ganar amigos para que, por medio de su trato personal, se sintieran responsables y fuesen capaces de llevar a cabo las empresas apostólicas que su formación universitaria les capacitaría para acometer más adelante[45].


Estas características de su modo apostólico de actuar, manifestadas ya en los años de Zaragoza, continuarán y se consolidarán en los años sucesivos, cuando se traslade a Madrid.



[1] Carta Pastoral, 1-XI-2019, n. 1.


[2] Sin ánimo de ser exhaustivo, mencionaré algunos de estos escritos: José Miguel Cejas, Amigos del fundador del Opus Dei, Madrid, Palabra, 1992. Rafael Serrano (ed.), Así le vieron: testimonios sobre Monseñor Escrivá de Balaguer Madrid, Rialp, 1992. José Luis González Gullón – Jaume Aurell, “Josemaría Escrivá de Balaguer en los años treinta: los sacerdotes amigos”, Studia et Documenta. Rivista dell’Istituto Storico san Josemaría Escrivá, (en adelante SetD) 3 (2009) 41-106. Salvador Bernal, “Rasgos de buena amistad”, Scripta Theologica (ene-abr 2002, Vol. 34). Idem, Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei, Madrid, Rialp 1976, cap. IV, Tiempo de amigos. Lourdes Flamarique, “Amistad”, en Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Burgos-Roma, Monte Carmelo – Istituto Storico san Josemaría Escrivá, 2013, pp. 99-105


[3] La documentación existente está formada fundamentalmente por los relatos de testigos de visu de la vida de san Josemaría, aunque también hay algunas relaciones que recogen recuerdos de otras personas que no pudieron redactar sus memorias por haber fallecido. Junto a estos testimonios, hay documentación varia que ayuda a contextualizar la vida de esos años. Además hay correspondencia, pero en esta primera época, hasta la llegada a Madrid, es muy escasa, no supera la decena de cartas. Para los años siguientes el intercambio epistolar es más abundante, pero para lo que se pretende en este artículo no es significativo.


[4] Carta Pastoral, 1-XI-2019, n. 10.


[5] En el n. 13 de la Carta Pastoral, 1-XI-2019, se lee: «la amistad –como el amor, del que es una expresión– no es una realidad unívoca. No con todos los amigos se da una igual comunicación de la propia intimidad. Por ejemplo, no son idénticas la amistad entre esposos, la amistad entre padres e hijos –tan aconsejada por san Josemaría–, la amistad entre hermanos o la amistad entre colegas. En todas ellas habrá un espacio interior compartido que es propio de cada relación».


[6] Sobre la relación y el trato con Daniel Alfaro, Calixto Terés, Gregorio Fernández Anguiano y Xavier de Lauzurica, cfr. Constantino Ánchel, Sacerdotes en el acompañamiento espiritual de san Josemaría Escrivá, en SetD 12 (2018), pp. 28-42.


[7] En Zaragoza los estudios eclesiásticos se cursaban en la Universidad Pontificia de San Valero y San Braulio, pero los candidatos al sacerdocio residían en dos seminarios: el de San Valero y San Braulio, que estaba anejo a la Universidad Pontificia, y el de San Francisco de Paula, que tenía su sede en dos de las plantas del Real Seminario Sacerdotal de San Carlos. A veces se llamaba al seminario de San Francisco de Paula, el seminario de San Carlos, por el edificio que lo albergaba.


[8] Recuerda que Florencio Sánchez Bella, que le conoció y trató, le dijo que «había sido el amigo más fiel y el instrumento de que se valió Dios para volverle a la Iglesia» (Relación de Florencio Sánchez Bella, AGP. A.5, 244-1-1).


[9] Cfr. relación de Francisco de Paula Moreno Monforte, AGP, A.5, 230-1-8. Cfr. también Constantino Ánchel, Sacerdotes en el acompañamiento espiritual de san Josemaría Escrivá, en SetD 12 (2018), p. 48; y Ramón Herrando Prat de la Riba, Los años de seminario de Josemaría Escrivá en Zaragoza (1920-1925). El seminario de S. Francisco de Paula, Madrid, Rialp, 2002, pp. 351-359.


[10]Relación de Agustín Callejas Tello, AGP, A.5, 201-3-9.


[11] Palabras de san Josemaría, citadas por Álvaro del Portillo en Romana et Matriten., Beatificationis et Canonizationis Servi Dei Iosephmariae Escrivá de Balaguer, Positio super vita et virtutibus, Summarium n. 153.


[12] Cfr. Ramón Herrando Prat de la Riba, Los años de seminario, pp. 420 ss.


[13]Relación de Agustín Callejas Tello, AGP, A.5, 201-3-9.


[14]Relación de Arturo Landa Higuera, AGP, A.5, 331-1-3. Mons. José López Ortiz, conoció a Josemaría Escrivá en junio de 1924, cuando fue a examinarse en la Facultad de Derecho de Zaragoza. Y recuerda: «En la Facultad observé que todos le conocían, y además por su carácter comunicativo y alegre se veía que era muy apreciado» (Relación de José López Ortiz, AGP, A.5, 224-3-2).


[15] Soy testigo del siguiente hecho: un día de 1988 tuve la oportunidad de conversar con David Mainar. Estaba en Roma y había ido a rezar ante los restos de san Josemaría. Se le veía emocionado. Al terminar, comenzó a evocar recuerdos de sus años universitarios y afirmó varias veces con determinación: “Josemaría y yo éramos muy amigos”. Y para reforzar su aserto, añadió: “Es más, yo era el más amigo”. Al oírle, me vinieron a la memoria expresiones similares de otros compañeros suyos universitarios: querían manifestar que su amistad con san Josemaría era muy intensa, con rasgos de exclusividad.


[16] Un compañero, Juan Antonio Iranzo, recuerda: «Josemaría era muy alegre y tenía un gran sentido del humor […]. En el trato era llano y sencillo, nada engolado ni que pudiese parecer vanidoso. Era un gran compañero, muy abierto y franco» (relación de Juan Antonio Iranzo Torres, AGP, A.5, 220-2-3).


[17] Cfr. Jordi Miralbell, Días de espera en guerra. san Josemaría en Barcelona, otoño de 1937, Palabra, Madrid, 2017, pp. 97-101.


[18] Era un lugar común, entre los compañeros de Facultad de san Josemaría, que no había clérigos en las aulas de la Universidad. Sin embargo, en el mismo curso en que san Josemaría comenzó a asistir a las clases de la Universidad, se matricularon también un sacerdote y tres seminaristas (cfr. la revista del seminario de San Valero y San Braulio, Nuestro Apostolado, Zaragoza, 29‑VI‑1924, núm. 11, p. 75). Pero en los testimoniales referidos, sus compañeros universitarios sólo mencionan el conocimiento de un clérigo, que es san Josemaría.


[19] Es sumamente interesante el testimonio del profesor Miguel Sancho Izquierdo cuando rememora la primera conversación que tuvo con san Josemaría: «recordando posteriormente aquella conversación –que ya entonces me quedó grabada– más de una vez me ha parecido que ya apuntaba esa secularidad, esa valoración de las realidades humanas que iba a ser una característica de su espiritualidad y de su apostolado» (Relación de Miguel Sancho Izquierdo, AGP, A.5, 245-1-9).


[20] Cfr. relación de Luis Palos Yranzo, AGP, A.5, 235-2-13.


[21]Relaciones de Juan Antonio Iranzo Torres, AGP, A.5, 220-2-3; de Fernando Vivanco Soto, AGP, A.5, 351-3-1; y de Arturo Landa Higuera, AGP, A.5, 331-1-3.


[22] Cfr. relación de Juan Antonio Iranzo Torres, AGP, A.5, 220-2-3. Vid. Relaciones de Arturo Landa Higuera, AGP, A.5, 331-1-3; de Fernando Vivanco Soto, AGP, A.5, 351-3-1; y de Juan Antonio Iranzo Torres, AGP, A.5, 220-2-3.


[23]Relación de Luis Palos Yranzo, AGP, A.5, 235-2-13.


[24]Relación de Fernando Vivanco Soto, AGP, A.5, 351-3-1.


[25]Relación de Arturo Landa Higuera, AGP, A.5, 331-1-3.


[26] «Era muy piadoso –escribe Mainar–, con una piedad que también me llamó poderosamente la atención. No era una piedad que yo llamaría sensiblera o, de alguna manera tristona. Era una piedad simpática, alegre, atrayente, que, no sólo era compatible, sino que sería raíz de su constante sentido del humor y de una visión positiva de la vida» (Relación de David Mainar Pérez, AGP, A.5, 226-1-6).


[27]Relación de David Mainar Pérez, AGP, A.5, 226-1-6.


[28]Relación de Fernando Vivanco Soto, AGP, A.5, 351-3-1.


[29] Cfr. Carta de Josemaría Escrivá de Balaguer a Francisco Villellas Orensanz, Zaragoza 27-VII-1925; y de Villellas a Escrivá de Balaguer, Sos del Rey Católico, 5-VIII-1925.


[30]Relación de José López Ortiz, AGP, A.5, 224-3-2.


[31]Relación de Domingo Fumanal Borruel, AGP, A.5 212-3-9.


[32]Relación de Juan Antonio Iranzo Torres, AGP, A.5, 220-2-3.


[33]Relación de Domingo Fumanal Borruel, AGP, A.5 212-3-9. Los otros compañeros de clase eran Antonio Redondo y Manuel Marraco, según recordaba Juan Antonio Iranzo en una Entrevista del 3‑VIII‑1975.


[34]Relación de Miguel Sancho Izquierdo, AGP, A.5, 245-1-9.


[35]Relación de Miguel Sancho Izquierdo, AGP, A.5, 245-1-9. Y añade: «¡Cuántas veces me ha hablado con cariño de mi franciscanismo! Él sabía que mi mayor título de honor es el ser terciario franciscano, y lo alababa».


[36]Relación de Carlos Sánchez del Río Peguero, AGP, A.5, 245-1-5.


[37]Relación de Carlos Sánchez del Río Peguero, AGP, A.5, 245-1-5.


[38] En la relación de Pilar Moneva y de Oro, AGP, A.5 228-4-2, se lee: «Recuerdo que un día, del que no sabría ni siquiera el año preciso, si no fuese por la estampa-recordatorio que conservo, mi madre me dijo: Mañana vamos a ir a la primera Misa de un alumno de tu padre, al que quiere mucho y por el que tiene mucho interés, ya que se ha muerto su padre hace poco: iremos los tres y así nosotras nos volveremos antes. […] Al terminar, el Padre se arrodilló al pie de la Virgen y estuvo quieto un rato. Después salió hacia la Sacristía. Mi padre fue hacia la Sacristía y mi madre y yo nos marchamos».


[39] AA.VV, Josemaría Escrivá de Balaguer y la universidad, Pamplona, Eunsa 1993. Discurso «Huellas de Aragón en la Iglesia Universal», Zaragoza, 21-X-1960, pp. 45-48.


[40] Constantino Ánchel, “Sacerdotes en el acompañamiento espiritual de san Josemaría Escrivá”, SetD 12 (2018) p. 43.


[41] Carta de José Pou de Foxá a José Escrivá Corzán, Zaragoza 18-XI-1924. Unos días después, el 27 de noviembre, falleció José Escrivá.


[42] Constantino Ánchel, “Sacerdotes en el acompañamiento espiritual…”, SetD 12 (2018) p. 43.


[43] Constantino Ánchel, “Sacerdotes en el acompañamiento espiritual…”, SetD 12 (2018) p. 43. Las palabras entrecomilladas son de los Apuntes íntimos, n. 959, del 22 de marzo de 1933.


[44] Es un hecho documentado en otras fuentes que san Josemaría hizo la carrera de Derecho a instancias y por consejo de su padre. Éste fue el motivo por el que se matriculó en la Universidad. Pero junto a esta intención primera, se planteó aprovechar esta nueva situación para dar un contenido a sus deseos de apostolado. Así lo entendieron muchos de sus compañeros de seminario, en los que quedó clara la rectitud de intención con que inició los estudios universitarios, pues no respondía a un afán de ambición humana.


[45] No hay constancia de cómo concebía en estos años san Josemaría el modo de llevar a cabo su actividad apostólica. Pero se puede vislumbrar observando su manera de actuar en la Universidad y teniendo en cuenta lo que años más tarde diría, asegurando que siempre la entendió así. En Es Cristo que pasa, n. 99, se lee: «Si interesa mi testimonio personal, puedo decir que he concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana. Ese modo de obrar y ese espíritu se basan en el respeto a la trascendencia de la verdad revelada, y en el amor a la libertad de la humana criatura. Podría añadir que se basa también en la certeza de la indeterminación de la historia, abierta a múltiples posibilidades, que Dios no ha querido cerrar».

Romana, Nº 69, Julio-Diciembre 2019, pag. 321-332.

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